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Sexo

Relato erótico: Alicia en el país de las maravillas

El relato ganador de nuestro último concurso

Relato erótico: Alicia en el país de las maravillas
La vida de Alicia estaba perfectamente programada de antemano. Su adicción al trabajo era de tal calibre, que el poco tiempo libre que tenía lo organizaba con semanas, e incluso meses de antelación. El café con las amigas, la peluquería, la visita obligada a casa de los padres. Tenía planificado hasta los orgasmos con su novio, Juan, un brillante abogado con el que estaba comprometida hasta que descubrió que se la pegaba con su secretaria.


¡Menuda sorpresa! Le tildó no sólo de infiel, sino también de poco original. Abochornada ante la situación, Alicia no tuvo más remedio que volver a tomar las riendas de su vida, cabalgando de nuevo a lomos de la soltería. Sin embargo se le hacía cuesta arriba toda aquello.

Harta de las citas a ciegas que nunca salían bien y de las páginas de contacto que prometían encontrarte al hombre perfecto, decidió tirar la toalla. Hasta que un día, su jefa de redacción, a la que ella admiraba y que estaba a punto de casarse, le confesó el secreto de su belleza. Ricardo, o al menos así se hacía llamar. Un apuesto joven que se costeaba la universidad a base de complacer a mujeres elegantes con dinero. Sobre todo aseguraba muchísima discreción y sexo muy satisfactorio. Su voz por teléfono le pareció francamente normal, se esperaba una voz como de película porno. Se sintió ingenua al pensarlo.

Tras citarse con él en el bar de un Hotel del centro, aprovechó un par de horas antes para comprarse un conjunto de ropa interior de encaje negro con unas graciosas plumas que asomaban por el centro del sujetador y que había visto semanas antes en la tienda de lencería de la esquina. Enfundada en un ajustado vestido negro con una raja que le llegaba casi hasta la ingle, decidió calzarse unos stilettos rojos a juego con sus labios de carmín y con la corbata de seda de Ricardo, quien le había dicho que así sería más fácil reconocerle. Afortunadamente aquella tarde no había mucha gente en el bar del Hotel y le encontró enseguida. Era insultantemente guapo, vestía un traje chaqueta negro que le sentaba de lujo.

Charlaron y bebieron vino blanco animadamente cerca de una hora o más. Empezaba a sentirse relajada cuando de repente él se levantó, y retirando un mechón de pelo de su oreja le susurró al oído que se fueran a la habitación, donde tendrían más intimidad. Una vez allí le quitó el vestido y se quedó callado, contemplándola. Fue entonces cuando él se arrodilló delante de ella y deslizó sus dedos por los bordes de sus braguitas, ahora prácticamente mojadas, hasta dejarlas en el suelo. Sujetándola de las caderas, comenzó a besar sus muslos. La punta helada de su nariz le producía un agradable cosquilleo en la piel.

Consciente del deseo acumulado entre sus piernas, la tumbó en la cama y por unas horas, Ricardo se llevó a Alicia al país de las maravillas. Dos, tres, hasta cuatro veces aquella noche.

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