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Actualidad

Violencia y agresividad: dos conductas muy distintas

¿En qué se diferencian estas conductas?

Es habitual que usemos como sinónimos las palabras violencia y agresividad, pero aunque pueden estar hermanadas en espectro de conducta, son muy distintas en su origen y manifestación. Lo cierto es que no puede haber violencia sin agresividad, pero sí puede existir la agresividad sin violencia; y aunque parezca un trabalenguas, es muy sencillo de comprender.

La agresividad es una conducta adaptativa en la mayoría de las especies que pueblan nuestro planeta, que permite mantenerse alerta y ser más eficientes en el medio en el que nos desenvolvemos, lo que supone algo positivo en la evolución. Por ejemplo, ser agresivas en el trabajo nos permite mejorar nuestro rendimiento y ser más eficaces en nuestra labor, al igual que una leona es agresiva a la hora de cazar para dar de comer o defender a sus crías. 

En resumen, podemos definir la agresividad como una conducta beneficiosa en nuestra adaptación al medio y evolución como especie, ya que nos permite actuar con mayor celeridad y precisión, y nunca va encaminada a dañar a terceros, incluso cuando un depredador caza, su presa juega un papel principal en un sistema natural y justo donde reina la agresividad pero sin un ápice de violencia.

Por su parte, la violencia es la instrumentalización de la agresividad para salirse con la suya, se tenga o no razón, en detrimento de una o terceras personas. Es decir, una conducta punitiva y con uso de la fuerza para situarse por encima de los otros.


La violencia nunca tiene una función adaptativa como la agresividad, ya que no nos mejora en nuestro proceso de adaptación al medio, y supone siempre una conducta destructiva e injusta, por lo que igualmente resulta negativa para nuestra evolución como especie.

Por desgracia, los humanos hemos hecho de la violencia algo habitual en nuestras interacciones, y muy probablemente esto tenga a medio largo plazo costos sobre nuestra propia evolución, tanto en aspectos puramente biológicos, como esencialmente sociales.

La educación es capital en este necesario proceso de mejora, por lo que educar a los más jóvenes en valores anti violencia, se ha convertido en una asignatura pendiente si queremos dejar atrás este aspecto deleznable de una agresividad mal entendida y utilizada.

No hay que olvidar que los humanos somos capaces de hacer lo peor de este mundo, pero también lo somos de hacer lo mejor, y cada vez son más voces las que apelan por hacer valer la parte de esta balanza que nos mejora y nos hace más fuertes realmente; esa parte de la ecuación en la que la violencia quede erradicada para siempre.


AnaGT
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