Victoria

El día 1 de mayo, caminando por la calle, me topé con esto.

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Mira que era feo, el jodío. Pero, tras intentar endilgárselo a un vecino salva-bichos-descarriados, sin éxito, y tras confirmarme el Señor de las Bestias algo que ya sabía, que si lo dejaba ahí iba a palmar, lo adopté.

Su destino cambió dos veces. El momento en el que cayó del nido y el momento en el que yo me lo llevé a casa. Y quién sabe cuántas veces más iba a hacer este tipo de requiebros.

En su caja portátil encontramos su nombre: Victoria. Le iba al pelo, había dado esquinazo a una muerte segura.

Pero todo esto ya lo conté yo el día 1 de este mes. La historia la sabéis. Pero no todo el mundo sigue este apasionante diario… Y hay un dato nuevo. Así que he escrito esto para Twitter. A ver qué os parece.

LA TREPIDANTE HISTORIA DE UNA PALOMA CONDENADA A MUERTE QUE SE CONVIRTIÓ EN UNA ESTRELLA DEL CELULOIDE

VICTORIA

Cuando cayó del nido, no sabía que se llamaba Victoria. Tampoco yo lo sabía cuando me la encontré en la acera. Era un pollo absolutamente feo. Pero estaba ahí en medio, inmóvil, no sé si desafiante o resignado. Seguramente descolocado y asustado. Bueno, desconozco también si las palomas, a esa edad, se asustan o si se limitan a respirar y a abrir el pico para que les caiga algo de comida. No creo que tengan dudas existenciales. Ni a esa edad ni a ninguna.

Pero yo no soy una paloma y no tenía ninguna duda de que, si la dejaba ahí, moriría. No estaba de prácticas de vuelo, puesto que los pájaros, por lo que sé, necesitan plumas para lanzarse.

Así que, tras esperar a que ocurriera algo para que no tuviera que cogerla y, lógicamente, no pasar nada, la cogí. En casa la metí en una caja de zapatos y le puse pan mojado, aunque con la sospecha de que ella no sabría qué hacer con él. Pero mi casa la habita también alguien que se dedica a criar animales, que vendría a casa del trabajo con comida bajo el brazo y una jeringuilla…

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Cuando adoptas a un pollo, es con todas las consecuencias. Su vida es tu responsabilidad. Has de ocuparte de él e incluirlo en todos tus planes. Como cuando, al día siguiente, lo llevamos con nosotros al Monasterio de Piedra. Buscamos una caja de zapatos pequeña, portátil, para poder trasladarla. Era de mis hijos y de la marca Victoria.

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De ahí su nombre. Victoria.

Por lo pronto, había burlado a la muerte.

Hubo que recoger ramitas porque, por lo visto, si su nido tiene el suelo liso, crece con las patas torcidas. Y hubo que coger más a los tres días, cuando nos la llevamos de casa rural a Soria. Lo hicimos en la Laguna Negra y en la Fuentona, y ella nos esperaba en el coche y nos recibía con emoción. Bueno, también podría ser que con hambre. Hay que ver lo que comen los pollos. Y de noche en la habitación, a oscuras y con todos roncando, ella se zampaba conmigo más de una docena de jeringuillas de papilla de loros, que era lo que, de momento, le habíamos conseguido.

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“¿Y si le salen plumas multicolor?” Fantaseábamos. Pero no le salían ni las grises. Tenía cañones repartidos por todo su cuerpecillo y seguía siendo terriblemente fea.

En casa había que darle de comer antes de ir a trabajar, sacar hueco para hacerlo por la tarde y, por supuesto, asegurarnos de que comiera antes de ir a dormir. Aunque, día tras día, iba perdiendo apetito. Al mismo ritmo que adquiriendo corpulencia y… plumas.

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Parece que cuando los pájaros crecen, no necesitan comer tanto o tantas veces como cuando son pequeños. Pero en mi casa, el orden de prioridades lo encabezaba ella. Si mi hijo pequeño venía a despertarme para pedirme el desayuno porque tenía hambre, yo le decía que primero iba Victoria. Cuando la alimentaba a jeringazos, él esperaba impaciente, protestando enfadado: “¡Yo no quiero tené mascotas!”

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Pero la quiere mucho. Siempre pregunta que dónde está “pollamen” o si ha comido “pollamen”. Mea culpa el apelativo. Y mi hijo mayor, no la deja ni a sol ni a sombra y la cubre de besos sin parar. Que ella quiera huir de él se debe a que no entiende mucho de amor…

Por fin se logró poner más bonita. Bueno, al menos parecida ya a una paloma. Ni su pico es desproporcionado ni sus patas parecen zancos. Está gordita y lustrosa. Y de los pelos amarillos con que la encontré recubierta, solo le quedan unos pocos, testimoniales, en la cabeza. Como de locuela.

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Victoria te llama si tiene hambre, se vuelve nerviosa, pía y baila cuando te acercas para darle de comer, te empuja con su ala, vuela hacia ti si huye del “cariño” de los niños y no solo prefiere estar acompañada de humanos que sola, sino que, a poder ser, quiere estar en contacto directo. Ella se abullona si te está tocando el brazo o está sobre tu pierna, y se echa la siesta.

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Pero lo que mejor hace Victoria, es cagar.

Madre mía cómo evacúa este bicho. Así que la he acostumbrado a mantenerse posada en el respaldo de una silla de madera infantil, donde coloco papeles de cocina en el suelo de forma estratégica para que sean el blanco de sus excrementos. Está ahí la mayoría del tiempo, a no ser que note que me voy a la cocina, que es cuando viene volando y aterriza en la encimera. Entonces yo le chillo y le digo que ni hablar del peluquín, que es un sitio donde se preparan alimentos y ella es antihigiénica perdida, y la quito y la devuelvo a la silla, y friego la encimera y, cuando la termino de secar, ahí la tengo de nuevo, revoloteando sobre mi cabeza y esquivando mis manotazos para volver a ponerse en la encimera. Y a empezar de nuevo. No se puede decir que me aburra con ella.

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Lo de realizar pequeños vuelos lo hace desde hace unos diez días. Puede que los vuelos pueda hacerlos largos, pero o no se atreve o no le da la gana. Pero seguimos avanzando. Victoria se cruzó en mi camino un 1 de mayo. Ayer, su padre adoptivo, que tiene 400 animales maravillosos con los que trabaja en la tele, haciendo publi o películas, pero que solamente esta paloma ha conseguido robarle el corazón, y se la lleva a la oficina a que le cague las facturas, me manda un vídeo para enseñarme cómo come de un comedero con grano que le ha puesto en la caja donde vive. Porque todos sus pasos, sus monadas y sus avances, son registrados e intercambiados entre nosotros como material único y preciado.

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La caja donde vive es de las de almacenaje de plástico transparente. La caja de zapatos donde creció se le quedó pequeña. Pero Victoria, esa paloma que cuando era pichón no quería más que volver a su nido cada vez que se me ocurría sacarla, ahora no quiere más que salir de su hogar. Si la metemos dentro para que nos dé un respiro con sus cagadas o porque tiene fijación con la encimera y voy a cocinar o porque queremos que mis hijos no se distraigan y hagan sus deberes o porque tiene que dormir, ella opina que no debería estar ahí y se pega de cabezazos contra la caja. Arma todo un escándalo. Es más burra que burra.

Y está mimada.

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Y si me voy a Pamplona a cuidar a mi padre recién operado, hacemos FaceTime. Y si nos vamos de fin de semana romántico, le buscamos canguros en el vecindario (que tienen un hámster que dicen que pregunta por ella desde que se fue).

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Hace tiempo que hablamos de que tenemos tres niños en casa. Victoria es parte de la familia. Pero un miembro que colabora de forma activa. Porque VICTORIA TIENE TRABAJO.

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Está en Portugal grabando un anuncio para Sky Mobile. Porque Victoria ahora es un animal de cine. No existen muchas palomas a las que no se les corte las alas y no quieran salir huyendo. No existen muchas palomas que busquen ver mundo desde el hombro de una persona. No existen muchas palomas como Victoria.

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Mientras os cuento todo esto, su (también) representante me acaba de llamar para decirme que le han solicitado un presupuesto para otro rodaje para Victoria, en Málaga. Que necesitan a una paloma que vuele de un sitio a otro. Yo le replico que sí, que vuela, pero que no lo hace cuando nosotros le llamamos, que es más bien cuando le da la gana. Él apuesta por que se lo explicamos y ya está, porque “de los tres, el palomo es el más listo”. De los tres hijos que tenemos, se refiere.

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El caso es que hace un mes estaba tirada en una acera y hoy Victoria está bajo los focos. Y por eso os cuento esta historia, porque es una historia de casualidad. Una historia de esperanza. De un chispazo que prendió. De un órdago al destino. De que un pequeño gesto puede provocar el cambio más profundo. De cómo un simple acto puede modificar el devenir de un ser vivo. Es la historia de una paloma condenada a muerte que se convirtió en una estrella de cine.

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Ella ha triunfado, y por eso se llama Victoria.

Aunque quepa la posibilidad de que sea macho…


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