Tener gracia no tiene ni pizca de gracia

He ido a tutoría con la profe de El Cachorro y me ha dicho que le encantan los trabajos que hago. Qué siempre les doy una vuelta. Que a qué me dedico. Que cómo se nota lo creativa que soy. Que son los más entretenidos y los que captan la atención de los críos.

Y mira que el último fue un salir del paso que no veáis…

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Era sobre el transporte en Madrid. Está a medio hacer. Se supone que va por niveles, bajo tierra, carretera y paso elevado. Luego pegué unas fotos del metro, el bus y el tren y andando… Una cutredad, vaya.

Pero, mira, me ha regalado la oreja. Con lo que odio hacer los trabajos estos… ¡Y ahora aumenta la presión! ¡Ahora sé que esperan que lo que lleve Simón sea divertido, chulo, entretenido! ¡Vaaaaya por Dios!

Pero dejemos de hablar de mí (y aparquemos de paso el temita de que los trabajos de los niños los tengamos que hacer los padres, que estoy que trino)… ¿Qué me ha dicho de mi hijo? Nada que no supiera: que es inteligente, tímido, susceptible, simpático. Y muy gracioso.

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Pero, claro, la mezcla de todo esto da problemas, porque, ¿qué ocurre cuando uno es gracioso pero es susceptible?

Lo malo es que mi hijo es gracioso sin quererlo. Él no sabe que lo es, por eso cuando los demás se ríen con sus magníficas ocurrencias, de sus retorcidas pero lógicas conclusiones, de su interpretación de la realidad, le sienta mal. Y cuando se enfada por eso, ¡tiene aún más gracia! Porque suele pasar que el que no quiere ser gracioso, lo es más.

Lo de siempre, el mundo al revés.

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Yo es que con él paso unos ratos de lo más divertidos. Hoy me dice que va a dar un “cipotón”. Y se queda tan ancho. Temblando me ha dejado. Hasta que he descubierto que lo que pensaba hacer era dar un pisotón. Peligrito tiene su lenguaje…

Más tarde…

– Tenía dos hambres. Plátano, no. Algo que se pueda morder. Algo que se parezca a una galleta – me dice después de haberme manifestado que tenía hambre y de haberle plantado delante un plátano.

Lo de “algo que se parezca a una galleta” no me puede fascinar más.

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Le doy una galleta.

– ¡Oyeee, que tenía dos hambres: más de una galleta!

Es la monda lironda.

Es que ahora él hambre lo mide en cantidades. Ayer “dos garbanzos, no cuarenta”. Por tomarle el pelo le puse dos de verdad, uno y dos. Se los comió y, tan resuelto él, me soltó: «¿Y ahora qué hay de postre?» O se creyó que iba en serio o me toma la delantera que no veas.

Por cierto que caigo en que si mi madre no me hacía caso con las cantidades y las preferencias en la comida, lo mismo era porque yo no sabía darle pautas, como hace mi hijo conmigo… Ejem.

Más tarde me ve entrando de la terraza a casa. Y me salta: “¿Cómo has entrado afuera?” Las construcciones gramaticales de El Cachorro son la pera limonera.

Razón no le falta a su maestra con lo de la gracia innata que tiene. En un ratico y sin querer, hace alarde de ello.


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