Montar en tren cargada hasta las cejas

Ese maravilloso momento en el que llegas a Atendo de Renfe con dos niños que no paran quietos…

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… dos maletones que pesan cada uno más que los dos hijos juntos, un carrito, un bolso, y te dicen que no hay personal disponible y que te apañes.

 

Lo malo es cuando la tipa quiere ir más allá y hacerme sentir a MÍ culpable por SU falta de personal, que me ve con dos maletas que ocupan como Falete y me dice: “De todas formas son 25 Kg por persona”. Hale, a tocar las narices encima. Casi me la como: “Sí, y somos tres personas. Y llevo un carrito además. Y dos niños pequeños. ¿Adónde quiere ir usted a parar?” Venga, hombre.

 

Suerte que compré cuatro billetes, aunque necesitara tres, porque así me hacía con la mesa del vagón para nosotros solos, y el Señor de las Bestias pudo entrar hasta el andén mismo para ayudarme. Si no, jamás lo habría conseguido.

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El método de transporte que eligen los pequeños para llegar al tren es muy cómodo.

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Y una vez a bordo, compruebo que lo de comprar los cuatro asientos de la mesa es un acierto. Mis peques pueden pintar cómodamente…

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Y dormir en dos asientos.

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Claro que no a la vez, que si no a ver dónde me siento yo.

Teniente

En un restaurante, como están hasta los topes y hay que irse, el Señor de las Bestias se levanta para ir directamente a caja a pagar.

 

“¿Dónde está papá?”, me pregunta El Cachorro. “Pagando”, le digo. “¿Cagando? ¿Dónde está cagando?” Jaaaajajaa. Ha salido tan teniente como yo.

 

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Esto me recuerda a hace como un año, que me pongo a ordenar joyas y se sucede la siguiente conversación:

 

– ¿Qué haces, mamá?
– Ordenar joyas.
– ¿Ordenar pollas?

 

JAAAJAJAA. Lo que nos vamos a divertir con su sordera.

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Este hijo ha heredado mi dureza de oído.

 

Este tema de la herencia genética anda que no es curioso. O debería decir “caprichoso”. Porque El Cachorro tiene de mí la forma de mi cara, o debiera decir la estructura ósea de la cabeza de los Rey. Y la sordera. Pero son cosas como que no saltan a la vista.

 

Del Señor de las Bestias tiene cosas más tangibles, más llamativas. Tiene las orejas, el tipo de pelo, la forma de manos y pies y el tono de piel.

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(Atención a la mano de El Cachorro sobre la mía).

 

Que entre esa morenez y el pelo rubio de Don Bimbas, me pregunto cómo de débil es mi genética como para no dejar huella en mis hijos. Si no fuera por la cicatriz de la cesárea y mi tripa colgandera, juraría que lo he soñado todo y que a estos los encontré en la calle.

 

Viaje accidentado y eterno

Vamos a irnos de viaje a Asturias. Los niños se han levantado hiperpronto, lo cual es un fastidio la mayoría de las veces pero en esta ocasión nos viene hasta bien, para así poder acabar de cerrar maletas y salir enseguida.

 

Enseguida, en nuestro estándar, viene siendo mediodía (generalmente hacemos planes y salimos de casa a la una y media de la tarde). Yo no sé en qué narices nos entretenemos. El caso es que salimos pero antes pasamos por “El Corte Inglés” para cambiar unas zapatillas de luces que le han caído al peque por su cumple, que le quedan pequeñas. A la que subo, aprovecho para pasarme por la sección de hombres y adquirir un abrigo que cuando compramos las zapatillas de El Cachorro fichó el Señor de las Bestias. Se lo quiero comprar para Reyes, porque justo ayer me dijo que por lo visto estaba a un 30% de descuento. Me informan de que lo del descuento sí empieza hoy pero por la tarde (¿Ein? ¿Y esa originalidad?) y que es para los que tienen tarjeta de “El Corte Inglés”. Mierda. Yo no la tengo. Así que invierto tiempo en la tienda, porque si no en el coche me oye el agasajado, llamando a gente que creo que la tiene para ver si puede venir a comprar el dichoso abrigo. No encuentro a nadie. Mierda doble.

 

Bajo, invento una excusa por haber tardado tanto y salimos de Madrid. Pero no así tan campantes, no… Atascazo en la Carretera de La Coruña.

 

Decidimos parar a comer en Valladolid, pero llegamos tardísimo. Vamos, que hacemos un “lunck” (que es el acrónimo a partir de la unión de lunch (comida) y snack (merienda) y que me acabo de inventar en este instante). Lo bueno es que consiste en unos pinchos de bastante nivel.

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Creyendo aún y todo que íbamos fenomenal de tiempo, que al hotel en Asturias llegamos en un pispás, remoloneamos por la ciudad en busca de una pastelería para el postre. No encontramos (porque la buscábamos por los aledaños, no era cuestión de pasar ahí la tarde). Así que tiempo perdido.

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Continuamos viaje. Se hace de noche. El Señor de las Bestias lleva tiempo al volante, así que pillo yo el coche. Insisto en que es de noche. Y, justo cuando arranco y llevo dos kilómetros, se echa una niebla infame encima. Pero de las de no ver un pijo. Hacía tiempo que no conducía tan a ciegas. La tensión con que lo hago es máxima. En una de estas, en una curva me parece que un coche me echa las luces, y entiendo por qué una milésima de segundo después… ¡cuando casi me como uno de los dos caballos que están en medio de la carretera! Frenazo que te crío con chirriar de ruedas y todo. Sustazo. El corazón a mil quinientos.

 

Continúo a los mandos del coche un rato más, pero el tembleque y la inseguridad persisten, y le cedo el volante al Señor de las Bestias. En cuanto él lo coge… ¡la niebla se esfuma! ¿¿Cómo es que tiene tanta suerte?? Pero mejor, claro, porque estamos yendo por una carretera de montaña angosta y con curvas cerrada, mal asfaltada, a dos por hora.

 

Los niños ya están megacansados, aburridos y lloricosos. Se quejan sin parar. (Y recuerdo que son unos niños que viajan a pelo, sin pelis ni nada). Menos mal que, aunque nos parezca mentira, tiene pinta de que vamos a llegar pronto. Vamos cantándole tiempos a El Cachorro conforme nos lo va chivando el navegador: Faltan 32 minutos para entrar por la puerta del hotel. Faltan 25. Faltan 18. Dios, se está haciendo más largo que un día sin pan. Cuando por fin llegamos, nos metemos en una carreterucha empinada y… ni rastro del hotel rural. Y el Señor de las Bestias confiesa cuál es la cruda realidad: ¡ha introducido el nombre del pueblo pero ha puesto Cantabria en vez de Asturias! Horror. ¡¡AÚN FALTA HORA Y MEDIA!! Nos desesperamos.

 

El Señor de las Bestias entonces se pone a conducir con prisa por esas carreteras con vericuetos. Los niños redoblan sus quejas, sus gritos y sus lloros. ¿Y qué es lo siguiente? Que Don Bimbas vomita. Pero como si fuera una manguera. (Menos mal que parece todo agua, porque si no, a ver quién aguanta los tropezones y el olor). Está chito. Madreeeeee del Amor Hermoso, a ver qué hacemos ahora aquí, en medio de la oscuridad y de la nada.

 

Al ratillo, oh milagro, encontramos un pueblito en el borde de esta carretera que atraviesa un desfiladero. Aparcamos donde podemos (cuando digo “en el borde de la carretera”, me refiero literalmente al borde de la carretera). Abrimos el maletero. Me pongo a despanzurrar maletas. Agarro los primeros camiseta, body, pantalón y jersey que aparecen para el peque. Nos metemos en el bar que hay al lado. Le cambio de ropa. Los paisanos son majos y nos ayudan. Y me reconcilio con la vida. Continuamos viaje.

 

Contra todo pronóstico, llegamos, por fin. Llegamos a las mil y monas… ¡¡habiéndonos levantado A LAS SIETE DE LA MAÑANA!!

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Hay días largos. Y luego está este. Curvas, niebla, oscuridad, caballos fantasma, casas rurales desubicadas, vómitos… Este día ha sido eterno y lo recordaremos por siempre jamás.