Nuevas tecnologías

¡Que vivan las nuevas tecnologías! (Bueno, nuevas no son, me refiero a las tecnologías con las que contamos hoy en día).

Fantástico eso de poder verse en tiempo real mediando miles de kilómetros de distancia entre nosotros.

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Nos vemos estando ellos en casa y yo en la playa.

YO EN LA PLAYA. Os recuerdo. Se ve, ¿no? Es que una de mis aficiones en esta vida es dar envidia. Para que veáis hasta qué punto, os pongo el mensaje que dejé a mis compañeros de trabajo el día antes de irme:

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Igual cuando vuelva estoy despedida y todo. Vivo al límite.

Pero el tema del post era otro, el del título: ¿Os acordáis de lo ciencia ficción que era esto cuando éramos jóvenes, no hace tantos años? ¿Cómo poder vernos mientras hablamos era algo que no sé si ni siquiera podíamos llegar a imaginar? ¿Os dais cuenta de cómo avanza todo? ¿Sois conscientes de que lo que auguran las pelis de ciencia ficción en breve… dejarán de ser ficción?

Por cierto, volviendo a la captura del FaceTime… También se ve claramente (como para no verlo, con semejante tamaño) el pedazo de picotazo que tengo en la cara. No es el único. Estoy acribillada. Lo digo para que sepáis que no es todo perfecto y que no os moleste estar en vuestras oficinas dando el callo mientras yo me solazo al borde del mar.

Despedida

No, si es irme de viaje sola y sacar mil fotos a mis hijos y espachurrarlos y volverme empalagosísima.

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(No vaya a ser que el avión se estrelle y ellos no tengan un recuerdo mío de cuánto los quiero).

Sufro con la idea de no poder verlos y de saber lo que los voy a echar de menos. Eso antes de perderles de vista. Y como no llevo especialmente bien tener que decirles adiós e irme alejando en la zona de control de pasajeros a lágrima viva, en esta ocasión prefiero despedirme viéndolos marcharse a ellos por parking para coger el coche.

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Mira que son monos.

En fin, allá que voy, a República Dominicana con dos amigas…

¡Aquí hay unos regalos!

Nos hemos venido a pasar unos días a Asturias. Le he dicho a El Cachorro que el viaje es por su cumple y el de su hermano, que es el lunes. Lo que no sabe es que por la noche vendrán sus adorados primos. Es sorpresa.

 

Cuando llegamos, el Señor de las Bestias esconde los regalos de Don Bimbas y de los mellizos, que cumplieron el pasado día 4, detrás de la tele. También había otro de Reyes que le habíamos comprado a El Cachorro durante el viaje. Se veían a la legua, y se lo echo en cara. Eso lo descubren mis hijos en un periquete.

 

Me creo muy lista cuando descubro un arcón en la habitación y meto ahí toda la comprometida mercancía.

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Pues bien, oigo a El Cachorro un rato más tarde: “¡Mamaaaaá, mira aquí hay unos regalos!”

 

Mierda.

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Le digo: “Sssssh, calla. Son de Luis y Pol (sus primos)”. Se lo suelto para que no abra el baúl y descubra también el suyo. Y me dice: “Pero si nunca van a venir aquí”. Argh, soy lerda del todo. Ya tengo que salir como puedo: “Es verdad, es que estoy un poco tonta, pensaba que eran todos de Don Bimbas y ahora al meterlos ya he visto que no. Pero como también están los de tu hermano, no se tiene que enterar, así que calla y no abras”. Coló.

 

Gratificante viaje en metro

Pero qué fantástica aventura supone lanzarse a las calles un bonito día de lluvia…

 

Había quedado con dos amigos para ir a un bar, a la celebración del cumple de un tercero. Una vecina se había ofrecido el día anterior para hacerme de canguro, pero al día siguiente reculó, así que me lié la manta a la cabeza y decidí no perderme el festicholo y llevarme a mis hijos conmigo.

 

El trayecto al metro, esquivando charcos, ya se las trajo. Pero… ¿y en el vagón? Una piensa que ya ha superado lo peor, pero no.

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El convoy abarrotado, yo abriéndome paso con el carrito empapado y El Cachorro de la mano, el de la mano “quítame el abrigo”, pongo el abrigo encima del carrito, el otro se desprende del zapato, me agacho, el metro pega un frenazo, me caigo de culo en el suelo mojado, me cuasiincorporo, coloco el zapato en el piecico del pequeño, me levanto, se cae el abrigo del mayor al suelo (mojado), me agacho, saco la merienda del mayor, me avisan de que el pequeño ha vuelto a desembarazarse del zapato, el mayor dice que no quiere viajar sentado, se levanta, el carro no tiene bien echado el freno y echa a rodar hacia un lado, me lo paran, saco el bocata del pequeño, me agacho dando tumbos, el pequeño me lo tira a la cara, el abrigo se vuelve a caer desde lo alto del carrito, lo vuelvo a colocar junto con el mío, que me lo he quitado porque estoy sudando la gota gorda, el pequeño decide que quiere salir y empieza a revolverse como la niña del Exorcista, el carro se mueve con los paraguas mojados que he colgado de las asas, que empapan al de al lado y mi pelo, le hago placaje al pequeño, le insisto al mayor en que se siente, el pequeño grita, se le cae el bocata fuagrás al mayor al suelo, lo recojo, el mayor se vuelve a levantar y se pone a trepar por un poste, el pequeño sigue gritando, los abrigos se vuelven a precipitar al suelo, qué bien, ya tengo los dos sucios, me siento, se me sienta el mayor encima, me mancha los pantalones con sus zapatos, se acerca la parada, me levanto, le pongo el abrigo al mayor, me lo pongo yo, intento salir del vagón, se me encala una rueda entre el vagón y el andén, sudo, lo logro sacar todo y… me siento resoplando en el banco de la estación para tomar conciencia de que esto no ha terminado… No ha terminado porque esta estación NO TIENE ASCENSOR…