Parecidos razonables

Hoy FB me recuerda que hace seis años colgué la foto de mi madre embarazada, justo estándolo yo. Lo hice en plan “la historia se repite” y tal. Pues cuando le pregunto a Don Bimbas quién es, me dice: «Tú-tú». «Nooo, es mi mamá «. «Nooo, tú-tú» Y ya no ha habido forma de convencerle de lo contrario.

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Lo cierto es que, aun siendo muy Rey, guardo un gran parecido con mi mamá.

Y en la línea de volver al pasado (al mío, no al de mi madre), hoy he experimentado algo de cuando no tenía hijos. Me voy sola de viaje a Pamplona para pasar un fin de semana. Y, sí, lleno la maleta como si fuera a hacer frente a un Apocalipsis. ¿Sabéis lo que es hacer solo UNA maleta y no tres? ¿Y no tener que compartir el espacio?

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Gozadón total. Y no lo digo por la cantidad, no es que me haya venido arriba ahora. Yo ya venía así de fábrica. La novedad es hacer un maletón, el mismo maletón que hacía de soltera, pero en cero coma. Pim, pam, pim, pam, y hecha. En eso he salido ganando.

Más envidia

(Por si no fuera bastante con el post anterior).

Mis hijos, pero sobre todo El Cachorro, que es el que se pronuncia y expresa, adoran la playa. Y yo cojo, me voy a República Dominicana mientras ellos están en el cole y les envío fotos como esta.

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Y lo alucinante del tema es que cuando vuelvo, El Cachorro ni siquiera me lo recrimina. Es que en este viaje no me ha soltado ninguno de sus “qué morro” habituales. ¿Cómo es posible que me haya salido un hijo TAN bueno?

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Heme aquí, instada por mi amiga, haciendo una torrecita de piedras en la playa, que parece que ahora está de moda, para pedir un deseo. Y yo siempre pido el mismo: que mis hijos estén bien. Por mucho que su madre les quiera desequilibrar intentando provocarles sentimientos tan oscuros como la envidia. ¡Sed fuertes, pequeños!

Despedida

No, si es irme de viaje sola y sacar mil fotos a mis hijos y espachurrarlos y volverme empalagosísima.

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(No vaya a ser que el avión se estrelle y ellos no tengan un recuerdo mío de cuánto los quiero).

Sufro con la idea de no poder verlos y de saber lo que los voy a echar de menos. Eso antes de perderles de vista. Y como no llevo especialmente bien tener que decirles adiós e irme alejando en la zona de control de pasajeros a lágrima viva, en esta ocasión prefiero despedirme viéndolos marcharse a ellos por parking para coger el coche.

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Mira que son monos.

En fin, allá que voy, a República Dominicana con dos amigas…

Teniente

En un restaurante, como están hasta los topes y hay que irse, el Señor de las Bestias se levanta para ir directamente a caja a pagar.

 

“¿Dónde está papá?”, me pregunta El Cachorro. “Pagando”, le digo. “¿Cagando? ¿Dónde está cagando?” Jaaaajajaa. Ha salido tan teniente como yo.

 

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Esto me recuerda a hace como un año, que me pongo a ordenar joyas y se sucede la siguiente conversación:

 

– ¿Qué haces, mamá?
– Ordenar joyas.
– ¿Ordenar pollas?

 

JAAAJAJAA. Lo que nos vamos a divertir con su sordera.

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Este hijo ha heredado mi dureza de oído.

 

Este tema de la herencia genética anda que no es curioso. O debería decir “caprichoso”. Porque El Cachorro tiene de mí la forma de mi cara, o debiera decir la estructura ósea de la cabeza de los Rey. Y la sordera. Pero son cosas como que no saltan a la vista.

 

Del Señor de las Bestias tiene cosas más tangibles, más llamativas. Tiene las orejas, el tipo de pelo, la forma de manos y pies y el tono de piel.

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(Atención a la mano de El Cachorro sobre la mía).

 

Que entre esa morenez y el pelo rubio de Don Bimbas, me pregunto cómo de débil es mi genética como para no dejar huella en mis hijos. Si no fuera por la cicatriz de la cesárea y mi tripa colgandera, juraría que lo he soñado todo y que a estos los encontré en la calle.

 

Cada cosa a su tiempo

Me ve El Cachorro armada con mi móvil, y me dice: “Ahora fotos no. ¡LUCHA!”

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Jaajajjaaja. La cara de “vaya cruz que me ha tocado” es mundial. Menos mal que le queda su padre… Y os doy un ejemplo de por qué.

 

Voy conduciendo el coche. Viajamos de noche por un puerto. La carretera, flanqueada por balizas.

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Y dice el Señor de las Bestias: «¡Mirad, espadas láser!» El Cachorro: «Que noooooo, papá, que no son espadas láseeeer». El otro: «¿Cómo que no? Mamá, para, que vamos a luchar». Yo: «¿Qué dices de parar? ¡Ni hablar, hombre!» Y el otro: «Joooo, mamá, paraaaa». Y El Cachorro: «Para, para, mamá».

 

Habiendo estado todo el día en danza, llegando tarde al hotel, siendo de noche, estando en medio de una carretera de puerto estrecha, no es la mejor idea. Y me enfado con el padre de las criaturas: «Oye, no me dejes a mí de malrrollera. No se puede parar», le digo en bajito. Pone cara de perrillo abandonado mientras El Cachorro sigue suplicándome que pare para la lucha de espadas láser.

 

«¿Sabéis qué?», digo, harta de mi papel de aguafiestas, «que venga, que paro». Y detengo el coche en medio de la carretera. Pero en el mismísimo medio. Esperaba que el Señor de las Bestias dijera: “Que noooo, venga, sigamos el viaje”. Pero el desgraciado ¡coge y se baja!

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Qué paciencia tengo que tener…

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(POR SUPUESTO, la dejó en su sitio igual que la encontró, y aquí no ha pasado nada).

¡Aquí hay unos regalos!

Nos hemos venido a pasar unos días a Asturias. Le he dicho a El Cachorro que el viaje es por su cumple y el de su hermano, que es el lunes. Lo que no sabe es que por la noche vendrán sus adorados primos. Es sorpresa.

 

Cuando llegamos, el Señor de las Bestias esconde los regalos de Don Bimbas y de los mellizos, que cumplieron el pasado día 4, detrás de la tele. También había otro de Reyes que le habíamos comprado a El Cachorro durante el viaje. Se veían a la legua, y se lo echo en cara. Eso lo descubren mis hijos en un periquete.

 

Me creo muy lista cuando descubro un arcón en la habitación y meto ahí toda la comprometida mercancía.

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Pues bien, oigo a El Cachorro un rato más tarde: “¡Mamaaaaá, mira aquí hay unos regalos!”

 

Mierda.

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Le digo: “Sssssh, calla. Son de Luis y Pol (sus primos)”. Se lo suelto para que no abra el baúl y descubra también el suyo. Y me dice: “Pero si nunca van a venir aquí”. Argh, soy lerda del todo. Ya tengo que salir como puedo: “Es verdad, es que estoy un poco tonta, pensaba que eran todos de Don Bimbas y ahora al meterlos ya he visto que no. Pero como también están los de tu hermano, no se tiene que enterar, así que calla y no abras”. Coló.

 

Viaje accidentado y eterno

Vamos a irnos de viaje a Asturias. Los niños se han levantado hiperpronto, lo cual es un fastidio la mayoría de las veces pero en esta ocasión nos viene hasta bien, para así poder acabar de cerrar maletas y salir enseguida.

 

Enseguida, en nuestro estándar, viene siendo mediodía (generalmente hacemos planes y salimos de casa a la una y media de la tarde). Yo no sé en qué narices nos entretenemos. El caso es que salimos pero antes pasamos por “El Corte Inglés” para cambiar unas zapatillas de luces que le han caído al peque por su cumple, que le quedan pequeñas. A la que subo, aprovecho para pasarme por la sección de hombres y adquirir un abrigo que cuando compramos las zapatillas de El Cachorro fichó el Señor de las Bestias. Se lo quiero comprar para Reyes, porque justo ayer me dijo que por lo visto estaba a un 30% de descuento. Me informan de que lo del descuento sí empieza hoy pero por la tarde (¿Ein? ¿Y esa originalidad?) y que es para los que tienen tarjeta de “El Corte Inglés”. Mierda. Yo no la tengo. Así que invierto tiempo en la tienda, porque si no en el coche me oye el agasajado, llamando a gente que creo que la tiene para ver si puede venir a comprar el dichoso abrigo. No encuentro a nadie. Mierda doble.

 

Bajo, invento una excusa por haber tardado tanto y salimos de Madrid. Pero no así tan campantes, no… Atascazo en la Carretera de La Coruña.

 

Decidimos parar a comer en Valladolid, pero llegamos tardísimo. Vamos, que hacemos un “lunck” (que es el acrónimo a partir de la unión de lunch (comida) y snack (merienda) y que me acabo de inventar en este instante). Lo bueno es que consiste en unos pinchos de bastante nivel.

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Creyendo aún y todo que íbamos fenomenal de tiempo, que al hotel en Asturias llegamos en un pispás, remoloneamos por la ciudad en busca de una pastelería para el postre. No encontramos (porque la buscábamos por los aledaños, no era cuestión de pasar ahí la tarde). Así que tiempo perdido.

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Continuamos viaje. Se hace de noche. El Señor de las Bestias lleva tiempo al volante, así que pillo yo el coche. Insisto en que es de noche. Y, justo cuando arranco y llevo dos kilómetros, se echa una niebla infame encima. Pero de las de no ver un pijo. Hacía tiempo que no conducía tan a ciegas. La tensión con que lo hago es máxima. En una de estas, en una curva me parece que un coche me echa las luces, y entiendo por qué una milésima de segundo después… ¡cuando casi me como uno de los dos caballos que están en medio de la carretera! Frenazo que te crío con chirriar de ruedas y todo. Sustazo. El corazón a mil quinientos.

 

Continúo a los mandos del coche un rato más, pero el tembleque y la inseguridad persisten, y le cedo el volante al Señor de las Bestias. En cuanto él lo coge… ¡la niebla se esfuma! ¿¿Cómo es que tiene tanta suerte?? Pero mejor, claro, porque estamos yendo por una carretera de montaña angosta y con curvas cerrada, mal asfaltada, a dos por hora.

 

Los niños ya están megacansados, aburridos y lloricosos. Se quejan sin parar. (Y recuerdo que son unos niños que viajan a pelo, sin pelis ni nada). Menos mal que, aunque nos parezca mentira, tiene pinta de que vamos a llegar pronto. Vamos cantándole tiempos a El Cachorro conforme nos lo va chivando el navegador: Faltan 32 minutos para entrar por la puerta del hotel. Faltan 25. Faltan 18. Dios, se está haciendo más largo que un día sin pan. Cuando por fin llegamos, nos metemos en una carreterucha empinada y… ni rastro del hotel rural. Y el Señor de las Bestias confiesa cuál es la cruda realidad: ¡ha introducido el nombre del pueblo pero ha puesto Cantabria en vez de Asturias! Horror. ¡¡AÚN FALTA HORA Y MEDIA!! Nos desesperamos.

 

El Señor de las Bestias entonces se pone a conducir con prisa por esas carreteras con vericuetos. Los niños redoblan sus quejas, sus gritos y sus lloros. ¿Y qué es lo siguiente? Que Don Bimbas vomita. Pero como si fuera una manguera. (Menos mal que parece todo agua, porque si no, a ver quién aguanta los tropezones y el olor). Está chito. Madreeeeee del Amor Hermoso, a ver qué hacemos ahora aquí, en medio de la oscuridad y de la nada.

 

Al ratillo, oh milagro, encontramos un pueblito en el borde de esta carretera que atraviesa un desfiladero. Aparcamos donde podemos (cuando digo “en el borde de la carretera”, me refiero literalmente al borde de la carretera). Abrimos el maletero. Me pongo a despanzurrar maletas. Agarro los primeros camiseta, body, pantalón y jersey que aparecen para el peque. Nos metemos en el bar que hay al lado. Le cambio de ropa. Los paisanos son majos y nos ayudan. Y me reconcilio con la vida. Continuamos viaje.

 

Contra todo pronóstico, llegamos, por fin. Llegamos a las mil y monas… ¡¡habiéndonos levantado A LAS SIETE DE LA MAÑANA!!

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Hay días largos. Y luego está este. Curvas, niebla, oscuridad, caballos fantasma, casas rurales desubicadas, vómitos… Este día ha sido eterno y lo recordaremos por siempre jamás.