Si yo fuera rica

El Señor de las Bestias: “¿Qué hora es?”. Yo: “Las me importa un pito en punto”.

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Estas son las verdaderas vacaciones. Las que no tienen horario. VACACIONES con mayúsculas.

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Yo he nacido para vivir permanentemente así. Lo digo en serio. Hay gente que lo dice pero no duraría ni veinte días. Yo sí. Lo sé. Soy una profesional de las vacaciones. Es mi estado natural. Lo único que me falla y que hace que vaya contra natura es que tengo la cuenta corriente con moho. Por lo demás, cumplo todos los requisitos para vacacionar en condiciones, para ser la mejor vacacionante del mundo.

Es más, no me importaría que me persiguieran los paparazzi y salir en el “¡Hola!”. Yo, por si acaso, ya voy haciendo prácticas, no vaya a ser que me toque la lotería.

No me digáis que esta secuencia no parece la de una famosa pillada saliendo de su casa de verano.

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Es que no puedo salir más ideal. De verdad que yo he nacido para ser rica. Lo llevaría superbién.

La cara es el espejo del almESTÓMAGO

Se van al baño (al baño de hacer pis) y vuelven así. Yo, que soy de las que ven un cenicero lleno de colillas y digo “aquí han fumao”, les pregunto:

– ¿Qué habéis comido?
– ¡Nada! – me dicen, con todo su papo.

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Con todas las pruebas del delito pegadas en la cara. Ya les ha llevado el padre por la senda del mal. ¡Con razón lo adoran! Comen en un verano más helados que yo en tres vidas.

Su cara es el espejo de su estómago.

Poliki, poliki

Se mete en el agua y se pone a mojarse por partes para habituarse. Los bracicos, el pecho…

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… la espalda, la nuca, el pelo…

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Es una viejilla prematura.

En cualquier caso, él sabe cuidarse. Porque después de un buen baño, nunca está de más tirarse a la bartola. Para su dolce fare niente, mi pocholo me utiliza de diván.

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Qué languidez más rica. Se puede vivir.

Yo, de verdad os digo, no puedo ser más feliz que estando tumbada en una hamaca en una playa. El Señor de las Bestias, porque ya se ha hecho a mí. Y mis críos, porque se están criando así. Pero es que yo entro en una playa y no salgo hasta que se hace de noche.

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Dame un atardecer, el mar y a los míos, y no te pediré nada más. Bueno, y una palmera de chocolate. Y unos tacones. Y un bolso. Y…

¿De qué se alimentan los peces?

Nos vamos en barco a una cala fabulosa. El lugar es idílico. Un agua de ensueño. El paraíso en la Tierra.

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Le dice el Señor de las Bestias a El Cachorro:

– ¿No es alucinante esto?
– ¿Qué? ¿Escupir y que los peces se coman el escupido?

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Yo estoy tardando en escribir un libro con las salidas de El Cachorro. Es que no sabes por dónde te va a venir. Y siempre deja al personal con la boca abierta. Sin comerlo ni beberlo, es tremendamente divertido, el tipo.

El caso es que estos peces hoy comen saliva… y también jamón de jabugo, el que Don Bimbas les está echando desde la borda.

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Ahora estos bichos han abandonado la pleitesía al dios Neptuno y su nuevo dios es un rubiales muy generoso…

Un figura

Un día con Don Bimbas da de sí… pero mucho. Y es vivir un sinfín de anécdotas y risas.

Se despierta antes que yo y se entretiene colocando sus cochecitos.

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Así es como empieza un día cualquiera en el que sabes que él será bastante protagonista.

Por ejemplo, pelín más tarde cuando me coloco el bikini y me estropea un selfie en el espejo. Yo ahí con todo mi postureo, y surge como una aparición a reventarme la foto.

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Porque a él se le ocurren mil y una maneras de hacer el mal, de fastidiar y de gamberrear sin parar.

Ahora, cuando la foto es a él, ojito.

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Ojito con sus poses. Es que me parrrrrrto.

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Más salao no puede ser. Y también cuando va de guaperas.

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Digo que “va de”, pero miento. No va, es algo que tiene intrínseco. Lo hace sin querer. Le sale esta pose así, de tío chuleta, de forma innata.

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Bueno, esta no. Es que él es un truhan, es un señor.

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Un señor… así, así. Porque, como no podía ser de otra manera, de lo que sucede a su alrededor de lo que puede tomar ejemplo, se fija en lo menos recomendable…:

No, no lo digo porque se ponga el reloj y la pulsera del Señor de las Bestias y diga: “¡Soy papá!”, sino porque intenta parecerse a él de otra manera…

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Resulta que se queda sin servicio en el móvil. Por segundo día consecutivo. Necesita su móvil porque, por mucho que estemos de vacaciones, siempre anda atendiendo asuntos de su empresa. Exclama: “¿¡Otra vez!? ¡Me cago en la…!” Y rellena Don Bimbas: “¡Puta!”

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El soponcio que me ha dado… El Señor de las Bestias, todo enfadado: “¡Pablo!” Pero acto seguido me ha mirado a mí con timidez porque sabe que la culpa es de él, que yo le ando echando broncas porque es un mal hablado de cuidado. Y mirad el resultado. (Mucho ha tardado).

Don Bimbas, mientras, cantando: “Puta, puuuuuuta”.

El Cachorro escandalizado.

Me voy a cargar al Señor de las Bestias.

Luego, en la playa, Don Bimbas se ha propuesto ser el nuevo Jacques Cousteau, buceando a diestro y siniestro.

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E iba y venía y ha estado de lo más entretenido. Y luego ha decidido descansar y se ha quedado pillado mirando al mar…

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Atrapado por la nostalgia, tan pequeño. Fíjate tú.

Y dicen los de al lado: “Qué bien se ha portado, qué bueno es y qué gracioso”. Y entonces me he dicho yo que igual no es tan fiero el león como lo pinto.

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Y pienso que, si además me sigue en mis tontunas, bastante tiene él también conmigo…

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Quid pro quo, mi pequeñito. Que te amo.

Que os amo, vidas mías. De arriba abajo. Por delante.

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Y por detrás.

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Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son

Llegamos al hotel tarde con Don Bimbas dormido. Es un hotel que hemos cogido para dormir solo tres horas, pues hemos de madrugar muchísimo para pillar un ferry. Lo despertamos a las cinco menos cuarto de la mañana, mira alrededor y dice: “¿Qué es esta casa?”

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Enseguida determina: “Esta casa es supeguay”.

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Porque el único adjetivo que utiliza para las cosas que le gustan es supeguay.

Me encanta su capacidad de adaptación. Dormirse en un coche y despertar en una habitación totalmente extraña y que no le genere ninguna angustia, sino todo lo contrario.

Pero, lo dicho, por muy “supeguay” que sea, la disfruta durante unos minutos, porque salimos pitando en coche, donde esta vez se duerme El Cachorro. Cuando llegamos al embarque, lo despierto para que no se lo pierda, porque nunca ha visto nada igual y creo que le va a gustar. Abre el ojo con mucho esfuerzo, mira y dice:

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“¿Un barco con parking?”

Jaja. Despierta en un mundo onírico.

No solo con parking, también con jaulas para mascotas.

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Un barco muy especial que nos lleva a Ibiza, y estamos más contentos que unas castañuelas.

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Vete tú a saber por qué…

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¡Arriba las vacaciones, abajo el estudiar, los libros a los rincones y nosotros a jugar!

Un rollo todo

Estoy lo que viene siendo un tanto HASTA EL MOÑO de que El Cachorro se queje siempre de todo.

Viajamos en coche. Vale, yo entiendo que sí que es un rollo, porque además yo soy la típica madre Rottenmeier que no les pongo pelis a mis sufridos hijos ni les dejo juegos ni nada de nada. Pero por eso luego ellos pueden venirme con estas:

– ¡Mira, un robot! – exclama El Cachorro.
– ¡Dónde, dónde! – pregunto.
– ¡Allí!
– ¿Dónde?
– ¡Allííííí!

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No veo ni torta. Me señala otro.

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Ay, sí, jopé. Qué poca vista que tengo.

Bien, pues eso, que hay que aprender a entretenerse. Pero El Cachorro aprende a quejarse mucho, también. Como si no supiera hacerlo ya de diez.

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Total, que llegamos a Valencia, que hemos venido a visitar a un amigo y su mujer que acaban de ser padres. Un amigo que es un encanto y que adora a mis hijos y que siempre juega con ellos y les hace regalazos chulos, por cierto.

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Decidimos ir hacia la playa, y cuando llegamos, vamos a entrar a un parking. Y salta El Cachorro:

– Esto es un rollo
– O dejas de decir que todo es un rollo o nos volvemos a Madrid.

Breve pausa y…:

– ¡Esto es muy guay!

Que ha dicho eso porque sabe que esta es una etapa del viaje a nuestro lugar de destino vacacional, que es la playa, que adora. Porque si no, capaz hubiera sido de seguir con lo del rollo para ver si volvía a casa, el muy cafre.

Pero me gusta su sentido del humor. Esa pausa después de mi advertencia y el giro cómico que realiza. Es muy guay.

Candanchú

Estoy contenta porque hemos venido a esquiar a la estación donde yo aprendí y pasé momentos memorables de esquí: Candanchú.

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Aquí, lo dicho, aprendí. Me enseñó mi padre teniendo yo 7 años y mi hermano 5. Tras algún cursito de iniciación, nos hacía coger a mi hermano y a mí telearrastres que nos llevaban en volandas, pues no estaban diseñados para ser utilizados por enanos con tan poco peso. Gracias a mi padre, fui capaz de tirarme por pistas negras o fuera de pistas. Cuando, al encarar una pala peliaguda, me cagaba por la pata abajo, para animarme me decía: “Si es como algunos tramos del Tobazo (una pista balizada que, en según qué cachos, tiene su aquel, pero que está bastante transitada), que te has tirado un montón de veces, solo que como la ves así…” (“así” era más corta, con más pendiente o más helada, pero me hacía creer que yo ya sabía bajar paredes de ese calibre, solo que no parecían tan empinadas situadas en pistas grandes y más concurridas). Y yo le creía.

Aquí tomé caldico en un refugio huyendo de una tempestad que te helaba las pestañas y aquí me dieron mi único pin-medalla por haber participado en una carrera.

Aquí pasamos una Nochevieja en un hotel con mis padres y unos amigos suyos, con más nieve fuera que la que he visto en mi vida, que enterraba los coches, y unas estalactitas de hielo colgando de los tejados que, de habérsenos caído encima, nos hubieran partido en dos.

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También aquí es donde empecé a venir sola en autobús siendo adolescente, escuchando “I love to love” de Tina Charles, “Don’t leave me this way” de The Communards o a Rick Astley, donde olíamos la naranja que se pelaban algunos, rulaban las chocolatinas, y algunas se echaban Coca-cola en la cara para ponerse más morenas y conseguir la ansiada “marca de las gafas”.

Aquí me tiré por el Tubo de la Zapatilla, un fuera de pistas de lo más espinoso y que acumula alguna crónica negra. Un susto para mi madre y un orgullo para mi padre. Aquí se me disparaba el corazón si veía pasar al chico que me gustaba (esto me pasó en la adolescencia con L.A. y en tiempos de universidad con J.A.)

Es aquí, la estación más técnica y con más retranca de la península, donde me curtí. Esquié bajo todas las condiciones imaginables, nieve, ventisca o agua, y sobre todas las condiciones imaginables, nieve, agua o hierba.

Así que esta estación, tan mítica (la primera abierta en España) y tan viejica, siempre ocupará un lugar privilegiado en mi corazón. Por eso estoy contenta, porque ahora vengo con mis hijos.

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(No sé si ha sido muy buena idea darle un bastón a Don Bimbas).

Bueno, quien va a estrenar Candanchú va a ser El Cachorro, que ya ha tomado alguna clase.

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Pero el pequeño… el pequeño se chupará bien de guardería, porque con tres años y un mes que tiene, digo yo que no está para virguerías.

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No obstante… al ir a alquilar esquíes, decidimos cogerle unos a Don Bimbas.

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Pero solo para que no esté de envidias y para que se los ponga y veamos cómo se siente con ellos, si muy extraño o extrañamente cómodo. Sin más.

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Pues… adivinad quién se los pone y LE FLIPA EL ASUNTO… En mi Instagram (@amayareytv), retroceded hasta febrero de hace un año y lo veréis en plena acción, al tipo.

Así que decidimos pillarle a él también un profe particular.

El profe particular de Don Bimbas sí que flipa bastante con él. Le ve posibilidades, pero no logra enseñarle algo fundamental… ¡¡FRENAR!!

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Claro, el pobre, con tres añicos recién estrenados, no creo que tenga fuerzas en las piernas para hacer la cuña con las botas y los esquíes. Así que el peque va embalado por todo, pero termina los descensos rebozado perdido o llevándose por delante a unos cuantos esquiadores.

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El profe de Don Bimbas dice que es muy obediente y se porta muy bien. Aunque yo veo cómo “el obediente” le dirige algún bufido o se suelta cuando le agarra porque quiere ir solo y no sujeto. Si me lo conoceré… Porque a El Cachorro le puedes mandar, pero con Don Bimbas tienes que negociar.

En cualquier caso, yo estoy bastante sorprendida. No me esperaba esa respuesta tan favorable por su parte ni, mucho menos, verlo sobre los esquís, tan pichi.

Un día magnífico pues, que mejora en el après-ski, que es cuando vienen mi hermano y su familia. Se alojan en el mismo hotel. En la misma planta que nosotros. Algo que seguramente alegrará a nuestros vecinos de cuarto…

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Aún ponen en cartel de “Ssssshhh”, los infelices. No les queda, con nuestros tormentos.

Si las miradas matasen

Bueno, hoy Don Bimbas ha montado el número nada más salir de casa para ir a la piscina. Ha sido porque su hermano ha llamado al ascensor en vez de él. Pues para qué quieres más.

Se niega a caminar. Lo hace in extremis, cuando ve que la puerta del ascensor se va a cerrar con él fuera (o con él dentro, según lo que no le convenga). Cuando sale del ascensor, en el portal se vuelve a tirar al suelo para continuar llorando. Pese a que le insisto, se niega a caminar. Así que decido salir del portal y dejarlo ahí. Se cierra la puerta con él dentro.

Él opta por imitar a Montserrat Caballé.

Yo continúo hacia la piscina. En esto que me cruzo con un matrimonio vecino que sale de otro portal de la urba que está más cerca de la entrada de la piscina y que va con dos amigas. Saludo. Cuando me sobrepasan y van hacia mi portal, se encuentran con mi energúmeno gritando desaforado.

BUENO.

Las dos amigas que se dan la vuelta para mirarme escandalizadas. De nuevo miran a Don Bimbas. Luego a mí, de arriba abajo. A Don Bimbas. A mí, que acabo de llegar a la puerta de la piscina, ergo salido del campo de visión de Don Bimbas, y considero que es momento de volver a por él.

Esas dos mujeres me siguen mirando que si las miradas mataran yo ya estaba en el suelo acribillada por una ráfaga de RPK-74 y con dos bombas H en mi ombligo. Porque por lo visto, en sus ratos libres, son jueces, y a mí ya me habían condenado por mala, malísima madre.

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De verdad, lo que hay que aguantar.

El misterio de las chancletas

Tuve un presentimiento cuando Don Bimbas perdió una chancleta en un entorno controlado, la casa de mis padres. Era imposible encontrarla y me tenía que volver a Madrid. Así que me volví. Sin chancleta. Aunque sabiendo que tarde o temprano iba a aparecer. Pero ya me iba de ahí con una chancla desparejada pensando, precisamente en que: “¿Y si pierdo la pareja del otro par, justo ahora que vamos a la playa?”

Yo… ¿por qué tendré que ser siempre tan agorera? No una. TRES. Tres pares al cuerno.

Creeréis que exagero. Pero lo tengo todo documentado. A saber:

El primero, mi favorito.

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Me encantaban las Hawaianas amarillas. Pues fue sacar al crío del coche dormido para ir a cenar, sentarlo en el carrito, colocarle las chancletas, y llegar al restaurante con una.

Volví sobre mis pasos, y jamás nunca. (Lo hice tres días seguidos, lo de volver sobre mis pasos, inasequible al desaliento, tonta de mí).

Me dio mucha, MUCHA rabia. Me gustaban mucho esas chancletas. Y habían costado más de veinte euros. Las de casa de mis padres unos 17. Don Bimbas había heredado las de su hermano y ya era hora de que tuviera las suyas, más que nada porque las que tenía o le venían pequeñas o se deshacían.

Pues después de ni dos semanas, una perdida en casa de mis padres y la otra perdida del todo en Tavira.

Bien, a los dos días en esta misma localidad había un mercadillo. En esto, cielo abierto, un puesto con chancletas de marca tiradas de precio. Cuando digo tiradas, es que costaban 3 euros. Así que ficho tres pares monísimos y me las llevo. De nuevo Don Bimbas achanclatado.

Al día siguiente nos vamos a la playa, Don Bimbas estrenando unas chanclas Ipanema, todo normal.

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Volvemos bien entrada la noche, como acostumbramos, y metemos a los niños en casa dormidos en nuestros brazos. Y descalzos. Al otro día voy al coche a recuperar el calzado de ambos y… ¿adivináis qué? Una chancla de Don Bimbas, desaparecida.

Monto en cólera. Le bufo al padre. Me amargo. Y nos vamos a la playa. Don Bimbas con otras Hawaianas. Menos mal que el mar tiene en mí un efecto calmante y recupero mi lado zen.

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Exprimimos el día y al final hay que largarse corriendo de la playa porque se va a marchar el último ferry de vuelta al continente. Es decir, si lo perdemos, no sé si nos tenemos que quedar en esa isla a dormir al raso o volver a nado. Y en esto, con las prisas, dice el padre: “¿Dónde están las chancletas de Don Bimbas?”

“ES BROMA. DIME QUE ES BROMA”.

No lo era. No estaban a la vista. Y YO YA ME SUPERCAGO EN TODO. Madre mía que cabreo titánico. Y tenemos que irnos YA. Vamos hacia el barco que no me aguanto, y echo la broncaza al Señor de las Bestias, más que nada porque él le puso las chanclas al peque para ir al baño y luego no se preocupó por ver dónde las dejaba. Es que me lo cargaba. De hecho, no sé cómo no me lo cargué.

El otro: “Bueno, para lo que han costado…” Si pensaba que así me iba a consolar, iba fino. “¡Pues caras nos han salido!, ¡¡¡¡si utiliza cada una unas horas y vamos a chancla por día…!!!!”

Tres chancletas perdidas. Tres pares de chancletas inutilizables. En cuatro días.

Cuatro tilas me tuve que tomar esa noche…