Roscón ¿con sorpresa?

En mi casa no entra un roscón hasta el día 5 de enero. Es como lo de comer turrones. Hasta el 24, nada (bueno, con el de Suchard se hace una excepción). Son tradiciones que mantengo. Luego me puedo pegar comiendo polvorones hasta agosto. Pero cuando se terminan, nos aguantamos, por mucho que escuchemos cantos de sirena desde finales de ocutre. Así lo pillamos todo con más ganas.

Pero, claro, hoy se ha presentado en mi casa una amiga con un roscón. Y tampoco lo voy a tirar… (Madre mía, qué felicidad de día). La pobre me ha advertido: “Es para ti y también para Tato y los niños”. “Sí, claro, le he dicho yo”. Pero cuando ha visto que, en su presencia, me comía tres trozos, realmente ha temido por la integridad de ese roscón. Me he puesto las boticas.

Aunque sí que he respetado un poco (tres raciones) para los hombres de la casa (aunque a Don Bimbas no le gusta, ¡yuuujuuu!). Y le sirvo a El Cachorro:

– ¿Este trae juguetito? – se interesa.
– Pues supongo que sí, cariño. A todos les ponen figura.
– ¿Y si este no trae?

madre 22 (1)

Ya estamos. Siempre se pone en lo peor. Tiene que sufrir de alguna manera, aunque sea con una perspectiva poco probable y excepcional. No espera a terminar el roscón, a ver si se tiene que indignar o entristecer, no. Lo hace previamente, para qué va a perder el tiempo.

Mi hijo anda todo el día buscando excusas para ser infeliz. Madre mía, no sé qué hacer con él.