La sargenta de hierro

En su línea (¿o debería decir nuestra línea?), El Cachorro y Don Bimbas empiezan a hacer uso de un parque indicado para niños de ocho a catorce años.

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Un niño como de diez me lo hace notar a mí, que estoy en ese momento cerca: “Es para niños mayores”. “Ya lo sé, ya, hijo”.

En eso que El Cachorro, que ha subido a una plataforma, lloriquea: “Mamá, bájame”. Y yo que nanay: “Si has podido subir ahí, también podrás bajar”. Eso ha dado paso a más quejas, pero yo impertérrita. El crío de diez años no salía de su asombro. Yo le debía parecer “El sargento de hierro”. Y tras prestarme a supervisar el descenso, El Cachorro ha bajado.

Y ha sentenciado: “Facilísimo”.

Luego me voy y dejo a Don Bimbas al cuidado de El Cachorro. Y cuando vuelvo me encuentro al pequeño encaramado a un tobogán y al mayor animándole: “Vamos, Pablo, tú puedes”.

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Porque, de esta manera, es como las cosas, se pueden.

No ejercer de madre

Esta situación así como de calma, mucho, no podía durar.

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A los pocos minutos, mis dos centollos, directos a las rocas, a trepar. Yo me quedo leyendo. Un señor dice en voz alta algo como “¿qué haces ahí arriba?” para llamar la atención de la madre de ese rubio tan pequeño al que descubre a una altura nada recomendable. La madre se da la vuelta, lo ve, y sigue leyendo. El hombre alucina.

Por no hablar de cuando el padre se lleva a los dos canijos a unas rocas en medio del mar. Don Bimbas sin manguitos ni nada. Ahí yo he sufrido mucho, todo sea dicho. Pero no he protestado de la manera enérgica que debiera. Bueno, sí, pero no precisamente porque el padre irresponsable se los hubiera llevado mar adentro, sino porque él, que no las pide, tiene una cantidad de fotos que es un publirreportaje continuo de lo padre enrollado que es. Hace cualquier cosa con los críos y ahí estoy yo, al quite, inmortalizándolo todo.

Mirad qué colección.

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Y no sale ni una quinta parte de lo que llevo en el día.

De mí, que hoy he estado jugando con la colchoneta con El Cachorro, también en plan madre superdivertida, NO QUEDA RASTRO.

Me parece muy injusto todo y me pillo unos rebotes que pa qué. A Wally no sé, pero a mí en el carrete de fotos seguro que no me encuentran (en la sección Selfies sí, claro; hay Amayas con sus hijos a cascoporro).

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Bueno, que me desvío. El caso es que ahí estaba el Señor de las Bestias, a una ola de perder a sus dos hijos. Y yo sacando fotos, no me fuera a perder la oportunidad de inmortalizar un ahogamiento.

Unos padres ejemplares.

En otro momento, a la hora de salir de casa por la noche, pregunta El Cachorro: “¿Que vamos a cenar? Paella no, que te conozco”, me advierte. (¿De dónde saca estas expresiones como de adulto? ¿Qué es eso de que me conoce, el tipo?)

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Está hasta el moño de comer siempre lo mismo. Tanto en vacaciones (porque estamos en tierra valenciana y me parece un desperdicio pedir otra cosa que no sea arroz en todas sus versiones) como en casa (que ya creo haberos comentado que a mí, que me gusta poco cocinar, me da por hacer puré y hago un cacerolo que mis pobres críos se hinchan a puré durante cinco días seguidos). Así que no se libra, el pobre.

Para rematar… Vamos al supermercado a comprar algo para tener a mano estos días por si a los peques les entra algo de hambre de forma repentina, y salgo con este abanico de alimentos…

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Bueno, qué pasa. Definitivamente me he tomado vacaciones de madre.

Pero no os preocupéis. Son cosas que me gustan a mí y que seguramente me comeré cuando no me vean, para no compartir…

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Aunque luego soy así de mezquina… Atención:

Cuando volvemos a casa para ir a dormir, paramos para tomar un postre. Me es difícil elegir (lo que sudo con los postres, madre mía, me gustan todos), así que finalmente decido decantarme por una horchata y, como Don Bimbas no tiene el gusto muy definido, y aprovechando que apunta a ser tan goloso como yo, le pido un cucurucho de dulce de leche. Por la cuenta que me trae.

Como sospechaba, le gusta. Estupendo. Y yo aprovecho para ir pegándole algunos bocados. Al principio Don Bimbas no parece molestarse. Pero luego cae en la cuenta de que me estoy comiendo la mitad de su helado, y que me lo zamparé casi todo si no pone freno cuanto antes a mi ataque. Así que me vuelvo a acercar con la boca abierta y me salta: “¡No! ¡Atás!”

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Como El Cigala: “¡Atrás!” Con el mismo tono y determinación.

Pero no se ha librado. Yo he tomado horchata y helado.

Ya tienen cruz mis hijos, ya…

Civismo, por favor

Mis niños saben que la basura se tira a la basura. Parece obvio, ¿verdad? Pues hay quien no lo sabe. Y estoy hablando de gente adulta.

Además mis niños han pasado a otro estadio, que es no sólo tirar su basura, sino también la que se encuentran.

Más, si se trata de una playa.

Y esto se consigue, por ejemplo, convirtiéndolo en un juego. De camino al chiringuito vamos limpiando el recorrido.

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Después de comer llevo en la playa diez minutos y ya me pongo de los nervios. Un tipo fumando en la orilla y tirando la colilla. Y otro, jugando en el mar con su hijita, ha encontrado un vaso de plástico flotando y le ha dicho “mira, una medusita”, se lo ha tirado a la cabeza, la cría ha jugado con el vaso y, para cuando han salido del mar, ni rastro del vaso. Vamos, que lo han dejado ahí.

Valorando si decía algo y me amargaba las vacaciones, porque la gente es poco receptiva a que le llames la atención o le afees la conducta y suele reaccionar mal, y la acabamos teniendo (por experiencia lo digo), o si me quedaba callada, porque es que además el amoroso padre de la medusita y compañía eran nuestros vecinos de sombrilla y el malestar iba a instalarse toda la tarde, justo El Cachorro ha encontrado una tapa de plástico. Se ha puesto a lavarla en el mar y a mí me ha dado la oportunidad de pedirle, a grito pelado, para que me oyera media playa, que luego tirase la basura a la basura, “porque ya sabes que la basura que se encuentra, aunque no sea tuya, se tira”. El de la medusita creo que se ha dado por aludido. Lo que no sé es si pondrá en práctica lo que sin duda ha sido una lección gratis que acaba de oír.

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Ojalá que sí.

Mentir, pero poco

Vuelvo a la playa y están el Señor de las Bestias y Don Bimbas tostados.

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Por su parte, El Cachorro ha hecho un superagujero. Pero a mi parecer es demasiado súper.

“¿Has hecho tú solo ese agujero?” “Sííí” “¿Seguro?” “Sííí” “¿Tú solo?” “Sííí”

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Al final de la tarde le pregunto al padre si había un agujero cuando han llegado. Y sí, lo había. Había uno empezado. Así que voy y le digo a El Cachorro: ” Sí había un agujero. No lo has hecho todo tú solo. Me has mentido”. Sonríe y me dice: “Sí, un poquito”.

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Mira tú. Tan pancho.

Pero el caso es que lo de hacer agujeros no se le da mal; lo ha heredado del padre. No es la primera vez que lo entierra…

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Desde que era un bebé. Su tío-abuelo de Almería bien que les echó la bronca a su sobrino (padre de la criatura) y a su hijo (tío de la criatura), artífices del enterramiento.

Así que El Cachorro lo tiene medio asumido. Si hay una playa, él va a acabar en algún momento, bajo la arena.

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Al pequeño, sin embargo, no lo pillan ni p’atrás.

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En fin, que si por hache o por be veis una zona de la playa agujereada, puede que nosotros no andemos muy lejos…

Más envidia

(Por si no fuera bastante con el post anterior).

Mis hijos, pero sobre todo El Cachorro, que es el que se pronuncia y expresa, adoran la playa. Y yo cojo, me voy a República Dominicana mientras ellos están en el cole y les envío fotos como esta.

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Y lo alucinante del tema es que cuando vuelvo, El Cachorro ni siquiera me lo recrimina. Es que en este viaje no me ha soltado ninguno de sus “qué morro” habituales. ¿Cómo es posible que me haya salido un hijo TAN bueno?

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Heme aquí, instada por mi amiga, haciendo una torrecita de piedras en la playa, que parece que ahora está de moda, para pedir un deseo. Y yo siempre pido el mismo: que mis hijos estén bien. Por mucho que su madre les quiera desequilibrar intentando provocarles sentimientos tan oscuros como la envidia. ¡Sed fuertes, pequeños!

Nuevas tecnologías

¡Que vivan las nuevas tecnologías! (Bueno, nuevas no son, me refiero a las tecnologías con las que contamos hoy en día).

Fantástico eso de poder verse en tiempo real mediando miles de kilómetros de distancia entre nosotros.

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Nos vemos estando ellos en casa y yo en la playa.

YO EN LA PLAYA. Os recuerdo. Se ve, ¿no? Es que una de mis aficiones en esta vida es dar envidia. Para que veáis hasta qué punto, os pongo el mensaje que dejé a mis compañeros de trabajo el día antes de irme:

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Igual cuando vuelva estoy despedida y todo. Vivo al límite.

Pero el tema del post era otro, el del título: ¿Os acordáis de lo ciencia ficción que era esto cuando éramos jóvenes, no hace tantos años? ¿Cómo poder vernos mientras hablamos era algo que no sé si ni siquiera podíamos llegar a imaginar? ¿Os dais cuenta de cómo avanza todo? ¿Sois conscientes de que lo que auguran las pelis de ciencia ficción en breve… dejarán de ser ficción?

Por cierto, volviendo a la captura del FaceTime… También se ve claramente (como para no verlo, con semejante tamaño) el pedazo de picotazo que tengo en la cara. No es el único. Estoy acribillada. Lo digo para que sepáis que no es todo perfecto y que no os moleste estar en vuestras oficinas dando el callo mientras yo me solazo al borde del mar.

Se busca familia adoptante

Aquí el pater familias se echa unas siestas de escándalo en la playa y nadie le molesta (menos el otro día un poco, como consta en un post anterior). Intento yo dar una ligera cabezada y tengo a los dos críos encima de mí. Don Bimbas, especialmente, me trepa la chepa o se pone a hacer equilibrios de pie encima de mi barriga.

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Cuando me quejo, el Señor de las Bestias me sugiere una solución: “¿Por qué no te buscas otra familia, como hace nuestro hijo?”

Y no es mala idea. Cuando El Cachorro se aburre de estar con nosotros, que es rápido, porque no somos de esos padres que están a todas horas entreteniendo a sus vástagos, enseguida se acopla a otra familia con niños en la que sus padres se bañan, hacen castillos y juegan a todo lo que se puede jugar en una playa con ellos.

 

Voy a dar una vuelta, a ver quién me ajunta…

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Oye, ¿¡¿y os podéis creer que, con lo mona que iba, NADIE?!?

 

(Perdonadme, pero no me he visto en otra que en estas fotos y no sabía que post escribir para poder presumir. Gracias por la comprensión).

 

 

Piernas con cambios de humor

Nos vamos El Cachorro y yo a pasear por la playa. Es un poco calvario porque no das tres pasos seguidos sin tener que parar a hacer una albóndiga de arena o a destrozar el castillo que alguien ha hecho en la orilla o similar. Pero logramos irnos lejos.

A la vuelta, el peque se me rebela. No quiere caminar más. Que le duelen mucho las piernas. Mucho, mucho dolor. El numerito está tan logrado que casi me convence. Hasta que consigo arrastrarlo hasta unas rocas. Ahí escalamos, saltamos…

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Pasamos el gran rato, y cuando pienso que el padre de la criatura se tiene que estar preocupando por nosotros, le digo que se baje, que tenemos que volver ya. Y dice que ni hablar.

– Pero ¿no te dolían tanto las piernas?
– Pero ahora están contentas.
– ¿Ahora están contentas? Pero llevamos mucho rato aquí, tenemos que volver.
– No, porque están un poco contentas pero aún un poco tristes.

¿No es DEMASIADO cuco, el tipo?

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Lo que no me he tragado es que estuvieran cansadas para volver al campamento base. Ha tenido que apechugar.

Uno de los suyos

Don Bimbas reconociendo a un niño báltico que ha encontrado en la playa como uno los suyos.

 

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Le coge la cabeza y se la examinaba en plan “¡si tenemos el mismo color de pelo!”

 

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Aunque el caracolillo de Don Bimbas es typical spanish.

 

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El otro niño, madre mía, qué santa paciencia. Menos mal que tuvo su recompensa…

 

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Ha resultado un pasatiempo fantástico observarlos. Qué majicos, por favor, los rubios.

En brazos

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Ya ni me acordaba desde cuándo no tenía a mi mostrenquillo dormido en brazos. Así, quietico. Se ha quedado sopa en el coche y, al hacer el trasvase de silla a carrito, a medio camino y de esta guisa he decidido que era una ternura y que quería llevarlo yo en brazos.

Diez minutos después he tenido que pedir que me lo arrebataran porque se me iban a caer las extremidades. Diez kilos encima así a pulso…

 

Pero enseguida recupero fuerzas. (Bueno… enseguida, enseguida no, ya al final del día). Y veo a mi otro amor.

 

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Y es que…

 

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No me puedo resistir.

 

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Va creciendo. No sé hasta cuándo podré hacer esto con él.

 

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Así que aprovecho mientras puedo.

 

Asco de vejez.

 

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Menos mal que, y esta es una de las ventajas de tener hijos, para El Cachorro sigo siendo la madre más guapa del mundo.