Orientación

Es ESPECTACULAR la orientación y memoria que tiene El Cachorro. Hoy tocaba cumple de un compañero de su clase en un parque de bolas. Pues bien, llama a su padre y le dice: “Es en el sitio ese donde hay unas casitas bajitas enfrente y una gasolinera al lado, donde un día nos llamó mamá para decirnos que Pérez se había muerto”.

Y, sí, era ese sitio.

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Me deja siempre patidifusa. Vamos una vez a un sitio, y si volvemos, El Cachorro se acuerda. “Aquí es cuando fuimos a no sé dónde”. “Por aquí se va a tal sitio”. Y así.

Sí, sí, se va orientando… Veréis. Volvemos del cumple con el hijo de unos vecinos. Lo llevamos a su casa, donde está su hermana con una amiguita. El Cachorro, ese ser que no está contento con nada (os recuerdo que venimos de un cumpleaños) se quiere apuntar, claro. Quiere quedarse con ellos en su casa. Y se sucede esta conversación en el ascensor:

– Quiero ir a casa de Rodrigooo.
– Y yo un piano – dice el Señor de las Bestias.
– Y yo ir a la luna – añado.
– ¿Pues por qué no te hiciste astronauta? – me pregunta mi hijo (con lo despistado que es, es fácil que se distraiga).
– Porque había que estudiar demasiado.
– ¿Qué hay que estudiar? – se interesa.
– Astronáutica – dice su padre.

Y le comenta El Cachorro a su amigo Rodrigo.

– Me está mintiendo como todos los días.

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Calao. Tiene al Señor de las Bestias CALAO.

Pues mi papá…

¿Vosotros de pequeños no intentabais impresionar y/o intimidar a los demás con las cosas que tenía o era alguien de vuestra familia, “mi primo es boxeador y pega muy fuerte y le puedo decir que venga y ya verás”, “mi hermano tiene una cachonavaja que como te metas conmigo se lo digo” o “mi papá tiene una escopeta en casa porque es cazador y puede matarte mucho más que con una navaja”?

Pues eso estoy viendo que hace El Cachorro, ignoro si porque sus amiguitos también. “¿Sabes cómo me defiendo?”, me pregunta, y acto seguido me cuenta que les dice: “Pues mi abuelo tiene una espada de verdad”. Y sí, la tiene.

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Una katana grabada (y desafilada) que le regaló por su boda su maestro japonés de judo. Claro que le he tenido que hacer notar que su abuelo está en Pamplona y que para cuando llegue aquí a hacer algo para defenderlo… lo han caneado de lo lindo. Que más le vale espabilar él y si se meten con él o le pegan, contraatacar. A ver…

Ah, por cierto, mi papá fue campeón de España de judo y te hace así y te deja del revés.

(Ya veis, 43 añitos que tengo y sigo fardando de él como cuando iba al cole).

Pero detengámonos en ese “¿SABES CÓMO ME DEFIENDO?” Porque aquí hay tema…

El Cachorro no quiere ir al colegio. Cada mañana me monta un número con lagrimones y todo, agarrándose a mi pierna, que somos el gran espectáculo.

El año pasado había un niño que le cascaba y este, aunque ese niño ya no, hay otro asimismo de los malotes del año pasado que le ha tocado en su clase y también le da alguna piña. Después de cinco años diciéndole a mi hijo que no se pega, a finales del curso pasado ya le levanté la veda y le dije que, si le pegaban después de que él ya se lo hubiera dicho a la profesora, que devolviera. No me apetece tener un puching ball por hijo. Pero como es como es, me contestaba: “Mamá, es que no se pega, yo no quiero pegar” Madre mía, qué hago con él.

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A mí lógicamente me preocupa que sea el blanco de algo o que acabe marginado o yo qué sé. Aunque desconozco hasta qué punto exagera o se inventa, porque cuando le he preguntado que por qué no quiere ir al cole, cada día me ha sacado una excusa distinta y a cada cual más peregrina, hasta que dio con la que sí tiene un sentido, con la que se ha fijado que a mí me puede cuadrar o me puede alarmar, que es lo de que le pegan, y me la repite sucesivamente.

El Cachorro es un niño especial que no te cuenta gran cosa y cuando le sonsacas algo, no sabes a qué atenerte. Pero tiene un mundo interior riquísimo, y su mente funciona bien, demasiado bien.

En la tutoría con su profesora, que utilicé para ponerle al tanto de lo que ocurría con El Cachorro por las mañanas y para que supiera cómo es mi hijo y cómo reacciona (empático y sensible, de gran corazón, preocupado por agradar y ser aceptado, inoportuno muchas veces por falta de habilidad, con ataques de timidez, que rechaza ser el foco de atención, con temor a que se rían de él, despistado…) hice un comentario tipo: “Me dice esto y no sé si lo siente así o lo hace porque cree que es lo que yo quiero oír”. Su tutora me replica: “A estas edades no realizan esos ejercicios mentales, no tienen dobleces ni van tan allá”. Entonces yo le conté un par de anécdotas recientes y acabó cambiando de opinión.

Véase: El Cachorro cuando vio que cuando le preguntaba al salir del cole que cómo lo había pasado y él me contestaba que bien, yo le decía que entonces por qué convertía en un drama las entradas al cole por la mañana. Y se le derrumbaba el argumento. Así que hace dos días me empezó a contestar que mal. Y no es así. O no es tan así. Lo recojo tan pichi. Su profesora me confirma que en clase no solo está integrado, sino que se le ve un niño feliz. Así que si me dice que mal no es porque lo pase mal, es que ha llegado mentalmente a la conclusión de que así le irá mejor, porque así a mí me cuadrarán sus mañanas entre lágrimas, y no se las echaré en cara.

Por hache o por be, cada día me cuenta que su compañerito de los huevos le ha tirado de las orejas o le ha pegado o le ha hecho cualquier cosa. En una de estas que le hizo sangre en el recreo, le pregunté si se lo había dicho a la profesora. Y me dijo que sí. Pero lo que le dijo fue que le sangraba la nariz y ella le echó una mano; ni mu de que le sangraba por culpa del pegón ese.

Por lo visto no quiere ser un chivato.

Despistada me tiene, mi chico. Hay veces que lo único que creo que le pasa es que le da pena no vernos a su padre y a mí. Y ya está. Hay cosas que le dan mucha pena en esta vida y una de las que más, es perdernos de vista. Así que le da pena que le dejemos en el cole, y luego se le olvida.

Ojalá sea eso.

Fear factor

Hoy pasamos parte del día en una finca andaluza. Y luego os cuento por qué. Pero nada más entrar nos topamos con una yegua y su potrillo…

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Vamos directos hacia ellos, como no podía ser de otra manera.

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Don Bimbas no está PARA NADA impresionado con el tamaño del animal y se emperra en darle de comer y en tocarlo.

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Me encanta observar esa desproporción en el tamaño y cómo el pequeño no se asusta ni media. Así que pasamos un rato con madre e hijo y, a la hora de irnos, salta Don Bimbas: “Yayó, yayo” (“adiós, caballo”, es la traducción).

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Jajaja. Yayó, yayo. Este con un par de sílabas se maneja para todo.

Bueno. Os narro. Acompañamos al Señor de las Bestias al rodaje de un programa llamado “Fear Factor” en el que unos indios (de la India) graban a gente haciendo el indio. A los concursantes les ponen pruebas como colgarlos de sitios o meterlos en una bañera llena de sanguijuelas.

Hoy dos chicas se tienen que meter la cabeza de una serpiente en la boca.

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Esta pitón real (o pitón bola).

Yo voy en calidad de “chica que se mete cabezas de serpiente en la boca”. Tengo que hacerlo en plan demostración. O en el caso de que las concursantes no se atrevan.

Y allá que voy.

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Pero no solo yo. También él:

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Y él:

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Mi madre está a punto de dejarme de hablar. (Sí, he cometido el error de enviarle las fotos).

Pero al final no ha sido necesaria ni mi intervención ni la de mis hijos.

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Don Bimbas ha sido hoy tan intrépido que no se le quita la pose ni cuando se monta en la atracción de una moto de un área de servicio. ¿Veis la cara de velocidad que pone?

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Pues no hemos echado el euro. La moto está parada.

A este lo meto en un teatro tal que ya.

Y, sí, por fin ha acabado el día y estamos de viaje. Un viaje largo. Mis niños cogen y se me plantan.

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Sí, yo también me quedaría ahí. Pero mañana hay cole. Y trabajo. Y rutina… ¡¡HACEDME SITIOOOO!!

Padres ejemplares

Salimos de viaje de par de mañana y nos montamos en el coche en ayunas. Ahí en la parte de atrás El Cachorro encuentra esto:

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Y se lo zampa. Patatas de sal y vinagre. Para desayunar.

¿Malas madres, se hacen llamar algunas? Aficionadas…

Pero, no se vayan todavía, aún hay más.

Don Bimbas protesta y su padre, para distraerle, le pregunta dónde está su hermano. Su hermano viene con nosotros en el coche y está a su lado.

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Don Bimbas se calla un poco y se queda mirando a su padre con cara de qué me estás contando, y dice el Señor de las Bestias: “Está pensando, este es idiota”.
Y le digo yo: “Idiota es lo que está pensando que eres tú, que no te das cuenta de que llevas a tus dos hijos detrás. ¿Qué te crees? No por ser pequeño tu hijo es bobo”.

Y así de armonioso transcurre este viaje ejemplar, en el que vamos respetándonos todos mogollón mientras nos alimentamos de cosas sanísimas.

Enfurruñe máximo

Me envía el Señor de las Bestias una foto de Don Bimbas a pie de un castillo de aire.

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Algo le habrá dado que se ha torcido. Y como me lo conozco, ya sé que de ahí no va a haber quien lo mueva o lo convenza para montarse, para moverse, incluso para que se quite de en medio porque entorpece o porque está prohibido. O sea que bonita papeleta le espera al padre.

No le veo la cara, pero parece que el monitor lo flipa. Un pequeño que pasa de montarse en una atracción que les gusta a todos los pequeños (y a los grandes). Bueno, esa no es la cuestión, a él también le encanta. Pero es que se bloquea.

Qué duro tiene que ser para Don Bimbas lidiar con su propio carácter…

Despedida

No, si es irme de viaje sola y sacar mil fotos a mis hijos y espachurrarlos y volverme empalagosísima.

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(No vaya a ser que el avión se estrelle y ellos no tengan un recuerdo mío de cuánto los quiero).

Sufro con la idea de no poder verlos y de saber lo que los voy a echar de menos. Eso antes de perderles de vista. Y como no llevo especialmente bien tener que decirles adiós e irme alejando en la zona de control de pasajeros a lágrima viva, en esta ocasión prefiero despedirme viéndolos marcharse a ellos por parking para coger el coche.

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Mira que son monos.

En fin, allá que voy, a República Dominicana con dos amigas…

La cara es el espejo del alma

Vamos el Señor de las Bestias y yo con los dos churritos por los mundos y el pequeño va, ¡oh, sorpresa!, llamando la atención. Es que es un niño que hasta caminando sin más despierta admiración. ¡Sin hacer nada en especial! Deja a su paso un reguero de gente que se le queda observando, divertida, y lo señala.

Entramos en una tienda y me encuentro con el comentario de siempre: “Aaaaay, madreeee, el rubio, ¡qué cara de bueno tiene!”, con toda la ironía, claro. Porque tampoco le hace falta hacer nada: tiene cara de lo diablo que es, tal cual. No engaña a nadie (si no quiere).

Es un muchachito muy payaso y bastante gamberro.

Y consigue lo que otros niños no. Es decir, en la tienda se mete por todos los expositores, tira prendas al suelo, corre y baila, que bailar le encanta. Y no os creáis que lo hace con mi beneplácito. No soy de las madres que se desentienden mientras sus hijos hacen el mal. Es un llamarle la atención y echarle gritos constante. Sin mucho éxito.

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El caso es que así como, como es lógico, los dependientes se mosquean con los niños revoltosos, ¡a este van y le ríen la gracia! Forma parte de su encanto.

Una lástima. No me ayudan nada de nada. Así no va a haber forma de meterlo en vereda. Va a tener las cosas demasiado fáciles en la vida… Menudo brujo está hecho (y con aplausos).

Cabezón desamparado

Como de costumbre, le llevas la contraria a Don Bimbas con algo y ya no hay nada que hacer con él. O se bloquea quedándose con la mirada perdida, sin reaccionar (eso sobre todo cuando se gana a pulso una regañina) o se queda inmóvil en un lugar, llorando o no, y no te hace caso así le amenaces o le digas que ahí se queda y desaparezcas.

Hoy ha sucedido algo así en el campo. Harta de insistirle, le digo que nos largamos. Y me sale el abogado defensor, su hermano mayor.

– ¿Por qué dejáis a mi hermano solo? – se escandaliza.
– Que se espabile.
– ¡No voy a dejar a un niño solo! – determina con tono trágico, muy resuelto él, a la par que indignado.

Jajaja. “No voy a dejar a un niño solo”. Habla como si él tuviera treinta años. Pues nada, ha ido hacia él para convencerle de que se moviera.

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… Y lo ha conseguido.

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Con la satisfacción del trabajo bien hecho, luego ya se ha puesto cómodo.

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Esto de utilizarnos de asiento lo hace de siempre. O sea, lo de que los padres somos un apoyo, él lo ha entendido literalmente. Pero se lo ha ganado. Porque hoy (otro día más) el apoyo ha sido él para nosotros con su hermano. Me tiene que empezar a dar unas clases de psicología infantil. URGENTES.

In-jus-ti-cia

He pasado cuatro días con mis dos hijos en Pamplona en los que, como es costumbre, no he dormido NADA DE NADA. Por supuesto, por obra y gracia de Don Bimbas.

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Y venía de arrastrar otra semanita de noches en blanco. Apiadado de mí, el Señor de las Bestias vino ayer en tren de Madrid para coger el coche y conducir él de vuelta. Un detallazo. Además, se ha ofrecido a encargarse del enano la semana que sigue entera. Dicho y hecho, esta misma noche en la que llegamos a casa me encerré en la habitación, sola, dispuesta a dormir sin sobresalto alguno. Y de hecho así ha sucedido. Él se quedó fuera, encargado del tema.

Cuando me levanto, procedo al interrogatorio.

– ¿Qué tal la noche?
– Muy bien, del tirón.
– ¿¡¿¡CÓMO!?!?

No doy crédito. No se ha levantado ni una PUÑETERA sola vez. Y sentencia:

– Está claro que te tiene declarada la guerra.

¡Pero vamos! ¡Clarísimo!

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¿Te he hecho yo algo en otra vida, hijo mío, para que la juegues así?

De travesía

Mirádmelos, parecen los niños más chungos del vecindario…

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Jajaja. Vaya par.

Bueno, pues los chungos no se van a rapear, sino que este es su atuendo campestre. Hoy nos vamos de excursión a ver una caída de agua.

Para empezar, cuando llegamos al pueblo punto de partida, nos ocupamos de coger fuerzas. Ya sabéis, torreznos, cerveza y unos buenos bocatas. Y esperando la comida, mis chungos desaparecen. Ahora se dedican a hacer el majico.

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Pero qué brujos.

Después de comer, que yo me hubiera tirado en un césped para hacer la digestión, decidimos ponernos en marcha. Si no, es verdad que se nos hará tarde, de noche, nos cansaremos y la cascada la veremos en una postal.

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Iniciamos el trayecto. A los 200 metros de empezar, ya El Cachorro se queja: “Estoy cansadoooooo”. La opción de la postal va ganando enteros.

Para contrarrestar esa desgana, me tengo que dedicar a promocionar la cascada, que no conozco, como si fuera la imagen más maravillosa y espectacular que verán en sus vidas, remarcando que hay agua a raudales. El agua les mola, así que el objetivo al menos es atractivo.

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No sé ni cómo, porque Don Bimbas pasa también de andar y lo tenemos que llevar aúpa, sobre todo su padre, y ya pesa lo suyo, pero acabamos llegando.

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Allí damos todos unos cuantos saltos arriesgados.

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La gente con la que coincidimos está haciendo apuestas para ver a cuál de nuestros dos hijos perdemos primero.

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Aquí donde lo veis, el pequeño está a dos días de cumplir DOS AÑOS Y CUATRO MESES.

Cuando empiezo yo ya con las fotos de rigor, El Cachorro, que tiene el espíritu de una cabra, empieza a trepar por una pared inclinada con cierto peligro. El Señor de las Bestias acaba acompañándole. Don Bimbas y yo nos quedamos abajo.

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Veo que llegan a la cima. Nos saludan. Saco fotos. Me dan envidia.

Así que le pregunto a Don Bimbas si quiere escalar y le falta tiempo para encaramarse a la pared, que ya digo que es curiosa.

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Voy detrás de él alucinando de cómo sube. La gente que está abajo lo flipa. Sé que cuando llegue a la cima me coronaré como la madre más irresponsable del trimestre.

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Cuando alcanzamos a los otros dos, El Cachorro ve otro pico más arriba y propone que vayamos. Y vamos. Pero una vez allí hay otro pico más arriba. Y vamos. Y eso no tiene fin.

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Nos vamos a acabar escalando la montaña entera.

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Nos escalamos la montaña entera.

Los dos “montañeros” con los que nos cruzamos alucinan en colores. Están ellos y nosotros cuatro. Don Bimbas a veces escala y a veces va a hombros de su padre.

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Y en esto que el padre, no sé ni cómo, ni él sabe ni cómo, se tropieza y… ¡se cae de narices pegándose una toña maja! Con, os recuerdo, Don Bimbas encima. Acaban ambos en el suelo. Por suerte, quien se hace daño es solo el padre.

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Estamos ya arriba y el Señor de las Bestias plantea que volvamos por el otro lado de la cascada. El valle hace como una herradura y el camino, corto no es. Pero allá que vamos.

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Nos recorremos la sierra entera. Atravesando retamas y frondosos arbustos, cruzando el río que luego es cascada. Luego otro riachuelo que también cae por la roca. Subiendo, subiendo, subiendo. Cruzando y cruzando.

Un paseo de una hora se ha convertido en uno de tres.

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(En amarillo más o menos todo nuestro recorrido).

Alcanzado por fin el camino por el que hemos venido, coge el Señor de las Bestias a Don Bimbas en hombros y el peque muestra un poco de miedo.

– ¡Pero buenooo, peque, ¿de qué te asustas?! – le dice su padre.
– Hombre, igual, solo igual, es porque te has caído de bruces con él encima hace una hora… – sugiero.

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Porque a veces hay críos que tienen miedo a lo desconocido, miedo infundado. Este tenía miedo a lo conocido. Pobre mío. Prefiere bajarse.

Van tanto el pequeño como el mayor tan pichis. Yo estoy ya muerta y no sé cómo les quedan energías para poner un pie delante del otro. De hecho, El Cachorro termina como ha empezado:

– Estoy cansadooooo.
– Venga, cariño, mira el pueblo al fondo, ya casi hemos llegado.
– Estoy cansadooooo.

Hemos tenido que tirar de él. Pero nada más entrar en el pueblo, un parque con columpios.

– ¿Vamos al “togogán”? – me pide emocionado El Cachorro.
– ¿No estabas cansado?
– Pero en el “togogán” vas sentado…

Toma lógica incontestable.

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Mientras, el otro, por si no hubiera sido suficiente con la paliza del día, ve unos maderos y se pone a escalarlos.

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Y luego se mete dentro de la pirámide.

Y después no sabe cómo narices salir.

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Ah, pero ya sabéis de su legendario carisma. Enseguida hacen acto de presencia dos niños para echarle una mano.

En fin, creo que lo que está claro es que lo primero que tengo que hacer nada más llegar a la ciudad, es abonarlos a un rocódromo.