No falla

No elige la ropa de los críos ni una puñetera mañana del año. Pues a dos días de irnos de vacaciones, cuando tengo todos los conjuntos pensados, cuando estoy reservando lo que me gusta para llevarlo, cuando a los críos los visto de trapillo o con cosas que no me gustan, ENTONCES es cuando el Señor de las Bestias decide tener iniciativa y vestir a los críos sin despertarme antes para preguntarme con qué les viste, como hace SIEMPRE.

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¿Y qué les coloca? Lo más nuevo y más mono, lo que figuraba primero en mi lista de ropa de niños que llevar para las vacaciones en la playa. A DOS DÍAS del viaje.

¿Es o no es para matarlo?

Un papi algo blandengue

Ayer le propuse a El Cachorro que hiciera algo con la plastilina. Hizo un truño que me intentó colar como un camión. Le dije que se esforzara, que eso no se parecía a un camión ni de lejos, y él me sacó como excusa que no disponía de tijeras ni rodillo. Yo le dije que no hacía falta y le hice una rapidísima demostración para salir del paso, elaborando un retrato de su padre.

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Ejem…

El Cachorro sí le ha sacado parecido y estaba encantado, y ahora llama «papi» al trozo de plastilina.

Hoy llega y me dice: «Mami, mira. Mira papi».

Y lo trae con unas piernas y los brazos que le ha hecho.

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“Mira papi”, dice, jajajajaja. Me mondo.

Yo creo que es su venganza. Porque el Señor de las Bestias muchas veces le dice a El Cachorro, en broma, que es feo. El Cachorro contraataca: «Papi es feo como un hombre lobo despeinado».

Me encanta. Es muy gráfico.

Y me pregunto si comparar humanos con bichos con distintos atributos lo habrá heredado de mí. Aún recuerdan en mi casa cuando, siendo solo algo mayor que El Cachorro, mi madre no sé qué atuendo me colocó que yo dije: «¡Parezco una mona gorda!» Todavía se están riendo.

Sueño

Yo esta noche desaparezco un poco del mapa porque me tengo que quedar trabajando en el ordenador. Cuando después de haber invertido un largo rato sentada tecleando, ya bastante cansada, doy por zanjado el curro, me levanto y me asomo al salón, me encuentro este panorama.

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Los tres roncando. Que no sé si les ha picado la mosca tse-tse, ha caído una bomba nuclear, es un virus extremadamente contagioso del que yo soy inmune o qué. No pueden estar más K.O.

 

Y muy guay todo, claro, porque es de madrugada, la mesa de la cena está sin recoger, los niños sin haberse cepillado los dientes ni cambiado, los cacharros sin fregar… No sé si pegar un bufido para despertarlos a los tres de un susto o si irme de puntillas a mi cuarto, cerrar sigilosamente la puerta y aquí paz y después gloria.

 

Cada cosa a su tiempo

Me ve El Cachorro armada con mi móvil, y me dice: “Ahora fotos no. ¡LUCHA!”

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Jaajajjaaja. La cara de “vaya cruz que me ha tocado” es mundial. Menos mal que le queda su padre… Y os doy un ejemplo de por qué.

 

Voy conduciendo el coche. Viajamos de noche por un puerto. La carretera, flanqueada por balizas.

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Y dice el Señor de las Bestias: «¡Mirad, espadas láser!» El Cachorro: «Que noooooo, papá, que no son espadas láseeeer». El otro: «¿Cómo que no? Mamá, para, que vamos a luchar». Yo: «¿Qué dices de parar? ¡Ni hablar, hombre!» Y el otro: «Joooo, mamá, paraaaa». Y El Cachorro: «Para, para, mamá».

 

Habiendo estado todo el día en danza, llegando tarde al hotel, siendo de noche, estando en medio de una carretera de puerto estrecha, no es la mejor idea. Y me enfado con el padre de las criaturas: «Oye, no me dejes a mí de malrrollera. No se puede parar», le digo en bajito. Pone cara de perrillo abandonado mientras El Cachorro sigue suplicándome que pare para la lucha de espadas láser.

 

«¿Sabéis qué?», digo, harta de mi papel de aguafiestas, «que venga, que paro». Y detengo el coche en medio de la carretera. Pero en el mismísimo medio. Esperaba que el Señor de las Bestias dijera: “Que noooo, venga, sigamos el viaje”. Pero el desgraciado ¡coge y se baja!

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Qué paciencia tengo que tener…

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(POR SUPUESTO, la dejó en su sitio igual que la encontró, y aquí no ha pasado nada).