Profesionales de la cabalgata y novatos de la noche de Reyes

Están los críos dándose un baño de espuma y me llaman. Con la cara tapada (eso, El Cachorro, porque al otro le parece que la tiene, pero no), me hacen jou, jou, jou.

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Qué navideños.

Pero hoy no es el día del gordo advenedizo. Hoy es el día de la Cabalgata de los Reyes Magos. Y yo soy fan total de Sus Majestades. Así que arrastro a toda la familia a recibirlos. Y vamos con unos vecinos.

No nos acercamos a verlos de cualquier manera. Vamos con una furgoneta en la que hemos metido unas escaleras.

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Como unos profesionales.

Yo llevo galletas saladas, una bolsa con polvorones y cervezas frías. “¿Pero se puede beber alcohol en la calle, Amaya?”, me pregunta una vecina. Hija, no lo he hecho ni pensar. Pero creo que la policía está hoy a otros menesteres. (Le digo a un amigo municipal vía WhatsApp que “a ver dónde están los polis cuando se les necesita”, que quiero una primera fila en la cabalgata, y él me contesta: “A ver si llueve bien y os recogéis pronto”).

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Y tan bien, que se ha puesto a llover. Un vecino que mide dos metros de alto por dos de ancho, lloriqueando porque tiene los pies empapados y helados, yo, con las manos que se me resbala la cerveza porque están como debajo de un grifo, el móvil inutilizable por lo mismo… Un cuadro.

Eso no es todo. ¡¡No tenemos roscón!! Y eso sí que no. En mi casa no se prueba (y no por falta de ganas, sino por tradición y porque cada día tenga lo suyo y para hacer que haya cosas especiales) hasta el día 5. El día 5 después de la Cabalgata. Se abre la veda; de ahí, en adelante. Por tanto, el día 5 TIENE QUE HABER ROSCÓN así tenga que hacer un butrón en una pastelería. Por tanto, con el móvil chito, me pongo a llamar a El Corte Inglés para indagar cuándo cierran. Porque no solo no tenemos roscón, tampoco comida para mañana.

Averiguado el horario y finalizada la Cabalgata, y después de un buen chocolate reparador en una pastelería, vamos a El Corte Inglés, donde acabamos deambulando por su supermercado buscando delicias para hoy y mañana. Y, una vez en casa…

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Después, a limpiar zapatos y a colocarlo todo.

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Y despuéssssss… Niños a la cama y yo poniéndome a hacer letreritos. Mi mente: “Escribe solo los nombres, de cualquier manera, que total, ni se fijan ni lo aprecian”. Mi corazón: “Qué pena, con lo monos que quedan los cartelitos personalizados para cada paquete…”

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Un año más, pico.

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Debería guardarlos de un año para otro.

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¡Qué coño! ¡Si los guardo! Lo que no sé es dónde… ¿Cómo se puede ser tan desastre?

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Pues nada, cartelitos, colocación de regalitos…

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Y hasta las tres de la mañana, con la broma.

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Pero merece taaaaanto la pena…

Qué ganas de que llegue mañana, ahora que los Reyes y sus camellos ya han pasado…

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