Candanchú

Estoy contenta porque hemos venido a esquiar a la estación donde yo aprendí y pasé momentos memorables de esquí: Candanchú.

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Aquí, lo dicho, aprendí. Me enseñó mi padre teniendo yo 7 años y mi hermano 5. Tras algún cursito de iniciación, nos hacía coger a mi hermano y a mí telearrastres que nos llevaban en volandas, pues no estaban diseñados para ser utilizados por enanos con tan poco peso. Gracias a mi padre, fui capaz de tirarme por pistas negras o fuera de pistas. Cuando, al encarar una pala peliaguda, me cagaba por la pata abajo, para animarme me decía: “Si es como algunos tramos del Tobazo (una pista balizada que, en según qué cachos, tiene su aquel, pero que está bastante transitada), que te has tirado un montón de veces, solo que como la ves así…” (“así” era más corta, con más pendiente o más helada, pero me hacía creer que yo ya sabía bajar paredes de ese calibre, solo que no parecían tan empinadas situadas en pistas grandes y más concurridas). Y yo le creía.

Aquí tomé caldico en un refugio huyendo de una tempestad que te helaba las pestañas y aquí me dieron mi único pin-medalla por haber participado en una carrera.

Aquí pasamos una Nochevieja en un hotel con mis padres y unos amigos suyos, con más nieve fuera que la que he visto en mi vida, que enterraba los coches, y unas estalactitas de hielo colgando de los tejados que, de habérsenos caído encima, nos hubieran partido en dos.

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También aquí es donde empecé a venir sola en autobús siendo adolescente, escuchando “I love to love” de Tina Charles, “Don’t leave me this way” de The Communards o a Rick Astley, donde olíamos la naranja que se pelaban algunos, rulaban las chocolatinas, y algunas se echaban Coca-cola en la cara para ponerse más morenas y conseguir la ansiada “marca de las gafas”.

Aquí me tiré por el Tubo de la Zapatilla, un fuera de pistas de lo más espinoso y que acumula alguna crónica negra. Un susto para mi madre y un orgullo para mi padre. Aquí se me disparaba el corazón si veía pasar al chico que me gustaba (esto me pasó en la adolescencia con L.A. y en tiempos de universidad con J.A.)

Es aquí, la estación más técnica y con más retranca de la península, donde me curtí. Esquié bajo todas las condiciones imaginables, nieve, ventisca o agua, y sobre todas las condiciones imaginables, nieve, agua o hierba.

Así que esta estación, tan mítica (la primera abierta en España) y tan viejica, siempre ocupará un lugar privilegiado en mi corazón. Por eso estoy contenta, porque ahora vengo con mis hijos.

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(No sé si ha sido muy buena idea darle un bastón a Don Bimbas).

Bueno, quien va a estrenar Candanchú va a ser El Cachorro, que ya ha tomado alguna clase.

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Pero el pequeño… el pequeño se chupará bien de guardería, porque con tres años y un mes que tiene, digo yo que no está para virguerías.

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No obstante… al ir a alquilar esquíes, decidimos cogerle unos a Don Bimbas.

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Pero solo para que no esté de envidias y para que se los ponga y veamos cómo se siente con ellos, si muy extraño o extrañamente cómodo. Sin más.

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Pues… adivinad quién se los pone y LE FLIPA EL ASUNTO… En mi Instagram (@amayareytv), retroceded hasta febrero de hace un año y lo veréis en plena acción, al tipo.

Así que decidimos pillarle a él también un profe particular.

El profe particular de Don Bimbas sí que flipa bastante con él. Le ve posibilidades, pero no logra enseñarle algo fundamental… ¡¡FRENAR!!

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Claro, el pobre, con tres añicos recién estrenados, no creo que tenga fuerzas en las piernas para hacer la cuña con las botas y los esquíes. Así que el peque va embalado por todo, pero termina los descensos rebozado perdido o llevándose por delante a unos cuantos esquiadores.

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El profe de Don Bimbas dice que es muy obediente y se porta muy bien. Aunque yo veo cómo “el obediente” le dirige algún bufido o se suelta cuando le agarra porque quiere ir solo y no sujeto. Si me lo conoceré… Porque a El Cachorro le puedes mandar, pero con Don Bimbas tienes que negociar.

En cualquier caso, yo estoy bastante sorprendida. No me esperaba esa respuesta tan favorable por su parte ni, mucho menos, verlo sobre los esquís, tan pichi.

Un día magnífico pues, que mejora en el après-ski, que es cuando vienen mi hermano y su familia. Se alojan en el mismo hotel. En la misma planta que nosotros. Algo que seguramente alegrará a nuestros vecinos de cuarto…

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Aún ponen en cartel de “Ssssshhh”, los infelices. No les queda, con nuestros tormentos.

Castigo para una madre impaciente

Esto es una madre que se muere por que sus hijos aprendan a esquiar y se viene arriba cuando ve que El Cachorro mantiene el equilibrio sobre las tablas.

Esto es una madre a la que le pueden las ganas y hace lo que no debe, que es tomarle la palabra a su hijo cuando le dice: “Ya sé esquiar, mamá, no me hacen falta clases”.

Esto es una madre que tira a su hijo, que lo justo hace la cuña, por una pista larguísima con sus pendientes curiosas. El primer tramo, bien. Pero cuando ya están ella y él a una tiradita (muy por debajo) del huevo que había para bajar al pueblo, es decir, en el punto de no retorno…

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… el pequeño esquiador empieza a dar problemas. Despatarre, lloros, miedos…

La madre tiene que optar por esquiar pegada a él, colocándolo entre sus piernas, que acaba separando de tal forma que hace una cuña que viene siendo más bien un espagat. Porque el crío hace una cuña ancha como Castilla y las piernas de su señora madre van por fuera, no sé si me explico. Bueno, he aquí la foto:

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Y esa madre va frenando lo más grande, con lo que hace una fuerza en las piernas espectacular. Los músculos, esos que no usa jamás, ni esquiando, dado que hay que decir que practica este deporte con cierta facilidad y no le cuesta mucho esfuerzo, están a punto de reventar. Los muslos pesan. Queman.

Pero la pista es interminable. Y El Cachorro está cada vez más cansado y temeroso. Así que la descerebrada madre decide atajar:

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(Mira, una modalidad de esquí que jamás había practicado).

Esto es una madre que acaba teniendo agujetas dentro de las agujetas.

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Pero que lo lleva con estoicidad.

(Soy muy consciente de que ha sido culpa mía y he aprendido la lección. Espero que no se me olvide cuando le toque el turno a Don Bimbas).