Patatolandia

Aquí pongo cara de interés.

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Pero no es por lo que estoy viendo. Es porque estoy haciendo como que no sé que el Señor de las Bestias me está sacando una foto, pero estoy posando. De hecho, lo que veo me espanta, me horripila, me estremece. Se trata de “Cortylandia”. Vamos a ver, ¿qué os pasa a los madrileños con este horror? Todos emocionados, y no existe en el mundo petardez mayor. Si al menos los muñecos hicieran un recorrido o algo… Pero no, te sueltan un tostón de canción que dura más que una depilación láser integral (y es más dolorosa), y los muñecos mueven levemente la cabeza. Y todos extasiados perdidos.

Madre mía, qué fáciles de contentar. Mis hijos se aburren como locos. Les parece más interesante el reflejo del sol contra una farola.

Por eso llamo a “Cortylandia”, “Patatolandia”, porque me parece una patata de atracción. Y El Cachorro se mea, porque no hago más que bromas acerca de esto, de lo terrible que es, y pongo voz del Pato Donald. Y así parece que la cosa, mejora…

Madrileños, qué terrible infancia tenéis.

Corta vida

¡Hoy ponemos el árbol de Navidad! Qué ilusión, madre.

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Disfruto como una enana desenvolviendo las bolas, que son unas cuantas, por cierto, montando el árbol y decidiendo su diseño…

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E intento contagiar a mis hijos, aunque con reservas. Las bolas son delicadas y mis niños NO son delicados. Hay una incompatibilidad que me hace sufrir horrores y es contra la que lucho para poder disfrutar del momento.

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Decido sobre la marcha que, este año, el árbol sea blanco y crudo. Y nos ponemos manos a la obra.

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Hay bolas de toda clase, y algunas de ellas especiales, como las dos que traje de mi reciente viaje a Nápoles. A mí me vuelven loca las nuevas adquisiciones navideñas. Pues bien, una NO HA LLEGADO NI A SER COLGADA. ¿Qué ha ocurrido? Pues esto. Es que se podía haber roto cualquiera que compré aquí, pero no, la de Nápoles.

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Vaya carilla que se me ha quedado.

Esta es una facultad que tienen los críos, ¿verdad? Esa capacidad innata para identificar, de entre todo lo rompible de valor, lo más irremplazable, lo más nuevo, lo más especial. Un don desconocido que estudiar a fondo. Desde aquí hago un llamamiento: Destinemos recursos económicos a la ciencia para que alguien descubra a qué se debe este fenómeno. Y seguro que tiene alguna utilidad sorprendente. ¿No se anima la universidad de Massachusetts? ¿La de Wisconsin? Venga, que luego se invierte dinero y esfuerzo en determinar que el chocolate hace más feliz a la gente, y esto te lo digo yo de gratis. PERO NECESITO QUE ALGUIEN ME EXPLIQUE ESTO.

En fin. Afortunadamente adornos no me faltan.

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Así me ha quedado el árbol.

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Más mono que ni qué. No puedo parar de hacerle fotos y de enseñároslas.

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Me gustan bastante mis bolas, he de decir.

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Y así he dejado la entrada:

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Colgar cosas, ¡qué vicio!

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Y el salón (con niño derrengado):

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Que luego quitas todo en enero y se te queda como mustio.

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Me merezco un premio:

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Voto por que sea Navidad todo el año.

Bici rara

Causa sensación. A todos. Grandes admirados y pequeños celosos. Todo el mundo maravillado y alucinado con la bici rara de El Cachorro, que fue su regalo de cumple.

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Porque además hay que decir que el peque le ha cogido el tranquillo pronto y la maneja con suma destreza. Tan es así que hasta adquiere una actitud algo chulesca. Y menos mal. Menos mal que se da cuenta de que su bici rara mola, porque de lo contrario es capaz de no cogerla en la vida. Que al descubrirla cuando se la regalaron sus abuelos la miró con ojos recelosos, porque eso de tener cosas fuera de la normal, que no tiene el resto del mundo, no lo acaba de ver, no vaya a ser que se metan con él…

Generosidad

Le regala Papá Noel a El Cachorro un coche chulísimo y quien lo estrena es su primo.

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Este hijo mío no puede ser más generoso. Es que es bueno como él solo.

El otro hijo mío… de momento lo que le hace ser bueno, un héroe de verdad, es un traje…  Recibe de regalo un pijama de Spiderman y, a tenor de la expresión de su cara, parece que ha sido todo un acierto.

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Viendo cómo le queda, presumo que vamos a tener Spiderman para rato.

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A ver si se le pega lo de hacer el bien. Que lo de saltar, brincar, colgarse de sitios y tal ya lo borda.

 

El musical

Nos vamos al Parque Warner.

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Un día chulo pero helador. Cuando oscurece, decidimos ir a coger sitio para ver un espectáculo que anuncian. Cuando da comienzo, para mi decepción, compruebo que se trata de un musical absurdo.

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Pienso que mis hijos me van a echar en cara la espera de un cuarto de hora pasmaos de frío para ver esa moñez.

 

Pero me fijo en Don Bimbas…

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Oye, obnubilado. Con qué atención atiende a.l musical, tú. No pierde detalle. No, si al final vamos a tener que ir a sacarnos fotos con esas gentes…

 

A ver cuándo aprendo que las cosas no tienen la misma magia para mí que para mis hijos.

 

“Un problema bien gordo”

Las pelotas son incompatibles con las bolas de Navidad de cristal.

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Lo acaba de comprobar El Cachorro, que ha estampado una contra el árbol y se ha cargado una bola.

 

Me da la impresión de que, tras mi regañina, es consciente de que la ha cagado bastante, pero no sabía cómo de consciente era hasta que llega su padre a casa. El interfecto oye las llaves en la puerta y acude a su encuentro.

– Ha pasado una cosa que me vas a castigar. Ven y verás. Un problema bien gordo.

 

JAAJAJA.

 

Por cómo me suena, no sé si lo dice con culpabilidad o con orgullo, la verdad. Aparte de eso, y centrándonos en el hecho en sí, en realidad lo que creo es que confesándolo todo desde el minuto uno y haciéndolo dándole al accidente esa tremenda importancia, asumiendo su culpa con todas las de la ley, sin quedarse callado, lo que va a conseguir es quitarle hierro al asunto, que su padre se apiade y evitar que le caiga otro broncón. Tonto no es.

Árbol de Navidad

Mucho debo querer a mis hijos para permitirles colaborar colocando las bolas del árbol de Navidad…

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Bolas que no son precisamente de plasticucho. Las hay de cristal, incluso. Pero merece la pena. Mis hijos no tienen la culpa de que yo quiera un árbol chulísimo no apto para menores. Así que si no van a tener un pino con bolas feas ni muñecos de corchopán ni espumillón de colorinchis, al menos que participen en poner el que a mí me gusta.

 

El Cachorro estaba emocionado. Le he dicho que le dejaba ayudarme después de cenar y, aleluya, ha cenado todo y lo ha cenado en un tiempo normal (se tira la tira, normalmente).

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Total, que así de bonito nos ha quedado el árbol.

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Que es que está rechulo por todos sus costados.

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Y así de bonito lo que no es el árbol.

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Los peques y yo, encantados.

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El mayor, imbuido del espíritu navideño, se ha sentido incluso de lo más inspirado y ha realizado la siguiente obra pictórica:

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Obra: Christmas present under the tree.

Autor: El Cachorro.

Técnica: Boli Bic azul sobre papel de cocina.

 

En ARCO se lo van a quitar de las manos.

 

¡Navidad, ven! ¡Este año no nos cogerás in fraganti! ¡Estamos preparados!