A vueltas con la comida

En la cena con El Cachorro…:

– ¿Qué comida te gusta más? – le pregunto.
– ¡Me gusta todo!
– ¿Todo?
– ¡Sí!
– Pues mañana te pongo guisantes.
– Noooooo.
– ¿Pero no te gustaba todo?
– Pero lo que no me gusta, no me gusta. Como el pescao.

Pues claro, superlógico.

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Yo no desisto. Estoy empeñada en que mi hijo pruebe cosas. En otra cena contraataco. Laminera que soy, cuando llega el postre pido tocino de cielo. El Cachorro pide su postre tradicional: helado de chocolate.

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Pero, reitero, quiero que deguste más cosas y que no se pierda lo bueno de la vida.

– Cariño, prueba.
– ¡No quiero!
– Que sí, que está buenísimo.
– ¡Que no!
– Es mi postre favorito – insisto mientras le acerco una cucharada había su boca. Y me contesta:
– Mejor para ti.

Hale, zanjado.

El increíble momento en el que unos niños hacen ascos ¡¡a una litera!!

Yo no sé de qué están hechos los niños hoy en día. Si es que tienen de todo, de todo han visto, no valoran nada y nada les sorprende. Pero a mí de pequeña me daban una litera y había piñas con mi hermano para ver quién dormía en la de arriba.

Hoy llegamos a un hotel y mis hijos tienen literas en la habitación. Pues ninguno quiere quedarse en la de arriba. Vamos, es que lo flipo. Lo dicho, llego a ser yo a su edad, me encaramo y no hay quien me baje de ahí. Pues estos, que nanay. Me tengo que subir yo para convencer a alguno de los dos.

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Aún el pequeño parece animarse. Sin embargo prefiero que, precisamente él, duerma en la de abajo, pues la mini valla de la cama no sería capaz de retener ese cuerpecillo y seguro que se nos estampa contra el suelo en mitad de la noche. Así que me viene bien que él quiera (pero no mucho), para que le entre envidia a El Cachorro y se produzca el conflicto. ¡Pero no hay tu tía! El Cachorro no se deja engañar tan fácilmente…

Al final hemos de obligarle a quedarse la cama alta, con la condición de que su padre duerma con él (al principio).

Rarísimo lo de este crío, con lo que es él de escalar… ¡Y siendo hijo mío! Quizá vaya siendo hora de que le revele que su madre es Superwoman.

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El pequeño lo acaba de descubrir.

Todo al amarillo

La triunfada de estrenar chaleco y que sea del mismo color que tu avión.

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Jaajaja. Me chifla.

Para ser de la tele, hay que ver lo mucho que me gusta el color amarillo. Tengo a El Cachorro y a Don Bimbas hoy que parecen dos limones.

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No subestimemos tampoco, por otro lado, su gran funcionalidad. Con estos chalecos, muy mal me lo tengo que montar para perder a mis hijos.

Trabajo high level… again

De nuevo hemos de elaborar en cada un trabajo para que El Cachorro lo exponga en clase. Yo hasta ahora me los he currado bastante. Ya sea haciendo algo sencillo pero original y divertido, o algo elaborado.

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Pero estoy viendo que la peña no se esfuerza demasiado. Un compañero de mi hijo tenía que hablar de los frutos secos y lo que hizo fue llevar frutos secos en el bolsillo. Y ancha es Castilla.

Para colmo, el último trabajo que hicimos en casa, que nos costó lo suyo y no pocos quebraderos de cabeza, en el que el Señor de las Bestias y servidora nos volcamos y dimos lo mejor de nosotros mismos, que estaba genial, pasó sin pena ni gloria. A El Cachorro le entró la vergüenza, no lo contó, y su maestra, en vez de aprovechar nuestro trabajo para explicar la materia o de hacerle algo de aprecio, arrinconó el mamotreto y estuvo decorando una esquina.

Pues esta vez he decidido liarme lo justito. Le toca hablar sobre utensilios de cocina y para qué sirven, y al final hemos apañado esto:

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Menos mal que, por fortuna, esta vez mi chiquillo ha sabido explicarlo. Qué instrumento de cocina es, para qué sirve y de qué está hecho.

(El color de las gomas con las que se unen los objetos y su función, corresponde al material con el que está hecho el utensilio: metal, plástico, madera…)

Y luego, muy ufano, me ha contado que a los compañeros de su clase les ha gustado y que una ha dicho: «Simón siempre trae muchas cosas chulas». Supongo que con una mezcla de admiración y una pizca de envidia. Y no sé a él, pero a mí este comentario con cierto carácter retroactivo me ha hecho MOGOLLÓN de ilusión.

Bieeeen. Esta vez ha merecido la pena.

La peligrosa costumbre de comparar

El Cachorro va a clase con un niño cuya madre tiende a fardar de él. Entonces te comenta las tutorías que tiene con la profe, en las que le dice que su retoño del alma tiene más nivel que muchos de la clase. pero que simplemente no le luce porque no trabajan con él en casa. Por ejemplo. Como es tónica común, lo de contarme las bondades de su cuasisuperdotado hijo, ya la última vez tuve que echar mano también a mi tutoría, que además la conté aquí, eso de que mi hijo «es de los más inteligentes de la clase pero todo lo que tiene de inteligente, lo tiene de despistado». Agh, de verdad, odio colocarme en su nivel, ¡pero me obligaaaaa!

Bien, pues hoy en una cena en casa, ha querido contarme que ahora lee con su hijo después del cole y que como es tan listo, enseguida ha hecho grandes avances, y que acaba de traer el libro número 5 de una serie que están leyendo en clase.

Son unos libros que van por niveles y los niños se traen de vez en cuando el que les corresponde a casa para que lo lean. La profesora es la que estima oportuno si el niño en cuestión ha de pasar al siguiente libro o no.

Muy orgullosa y confiada estaba esta madre cuando manifiestamente ha querido hacer un poquito de sangre y acto seguido me ha preguntado que por qué libro iba El Cachorro. Justo ayer trajo uno y ni siquiera lo había sacado yo de la carpeta. Es más, aunque lo hubiera hecho, no me hubiese fijado en el número, porque no estaba prestando atención a eso. Peeeero, me sonaba que en casa ya había unos cuantos, así que le digo: «Mira, pues precisamente él trajo el que le han dado ayer, a ver qué número es…» Y lo saco.

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El 7.

¡¡TOOOOOOMAAAA!!

En toda la cara le ha estallado. Blanca se ha quedado. Tenía que haber sacado una foto a su careto. Ha sido una triunfada total. Cómo he disfrutado, lo confieso. Llego a prepararlo y no me sale tan bien.

A ver si así escarmienta y deja de intentar competir con su hijo, que no conduce a nada…

Un Excel para el carnaval

Horror. Se acerca la semana de carnaval. Que qué necesidad de celebrarse carnaval durante una semana entera en vez de en un día. Porque vaya quebradero de cabeza.

Tenéis que ver mi agenda. (Es mi Excel analógico, que yo funciono a la vieja usanza).

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Vale. Aunque ponga foto no os vais a enterar. De mi padre he heredado su (infame) letra de médico. Pone de qué tienen que ir mis hijos disfrazados cada día de la semana. Lunes, los dos con pijama; martes, uno con gafas, el otro con algo pintado en la cara; miércoles uno con peluca, el otro con un accesorio en la cabeza; y así…

Bien, pues tengo un dilema total. Como veis (u os he traducido), el lunes se ha planteado que vayan en pijama. Que no sé yo esta moda de dónde ha salido, pero es un clásico. Lo establecen, presumo, todas las guarderías y todos los cursos de infantil de todos los colegios. Qué manía. Año tras año, tú. Primero El Cachorro, ahora El Cachorro y Don Bimbas.

Y es que con Don Bimbas el tema este me viene fatal, porque es un niño que quiere ir vestido con el pijama SIEMPRE, y yo le tengo que decir una y otra vez que se lo tiene que quitar para ir a la calle, y mis esfuerzos me cuesta que claudique y se lo quite. O sea, ve ahora y dile que en pijamita a la calle y al cole. Ole. Así que… ¿¿qué narices hago??

En fin, por lo pronto, viendo que Carnaval acecha, vamos a ir practicando…

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Mirad, he sido lo suficientemente rápida como para poder sacarle una foto con esta peluca, que se ha quitado tres nanosegundos después de que yo se la hubiera colocado. Y he conseguido ponérsela porque ha visto cómo nos la probábamos su hermano y yo antes que él. Oh milagro.

Pero, eso, que parece que lo de la peluca no va a prosperar. Tendré que claudicar con lo del pijama, que es una apuesta segura.

Ser siempre guapa para alguien

Me saca El Cachorro una foto a traición.

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Más fatal no puedo salir (de hecho la he tenido que recortar un poco para que no os atragantéis del susto). A continuación, saca otra en la que no se me ve la cara.

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Obviamente me preocupa la primera. Me veo francamente horrorosa. Y le pregunto: «¿Aquí estoy fea?» «No», me contesta, «pero aquí sí», dice mostrándome la segunda foto. Es la que no se me ve la cara. Estoy fea porque NO SE ME VE.

Me encanta la mirada limpia de los niños. Su mamá no es fea nunca. Ni con arrugas, ni con papada, ni despeinada. Su mamá solo está fea si no se le ve la cara. Su mamá es la más guapa del mundo siempre. Qué lástima que en general nos hayamos vuelto todas tan absurdas.

Distracción en el trabajo

Hay una escena que está adquiriendo categoría de cotidianeidad.

Estoy trabajando de noche, aparece el mochuelito, que para variar no tiene sueño, y se me sienta encima. Sin pedir permiso ni nada. Se acomoda pero bien, poniendo los piecicos encima del escritorio, se arremanga las perneras del pijama, se empieza a rascar…

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Y yo pienso en que somos la escena perfecta de un documental sobre chimpancés.

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Está, en efecto, tan MONO y me gusta tanto este crío que yo sería capaz de, en el caso de que tuviera piojos, arrancárselos a bocaos.

El caso es que me distrae y yo le mimo. De esta guisa, más de una y más de dos noches.

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¿Quién trabaja ahora? ¿Eh? ¿Quién?

Veo veo…

Jugamos al Veo, veo. Y dice El Cachorro: “Una cosita que empieza por pe y termina por zeta”. No se me ocurre nada. Pocas palabras hay que yo conozca que empiecen por pe y terminen por zeta. “¿Pez?”, le digo. “¿Es que ves algún pez por aquí?”, me espeta.

Hummm. Veo que jugamos fuerte…

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Me devano los sesos. No me sale nada.

– Dame una pista – le pido.
– Después de la pe viene la a. – Tampoco se me ocurre nada.
– Me doy.
– ¿Otra pista, mamá?
– Venga.
– Después de la a viene la erre.
– Par… par… ¿PareZ?
– ¡¡Sí!!
– ¡¡Pero cariñoooooo, pared termina en de de dedooooo!!

Jo, verás cómo voy a sudar con este juego…

Un cabezota y un aliado

Acuesto a los peques pero, como de costumbre, lo de que ambos se me duerman a la vez y a la primera, es una quimera absoluta. Don Bimbas siempre reclama su bibe (“bebe”, lo llama) tumbado sobre su almohada y a veces se duerme una vez tomado y otras veces se vuelve a levantar y aparece en el salón.

Últimamente, las más son las que se duerme (yupiiii). Cuando acaba con el bibe, de leche, cereales y ColaCao hasta arriba, grita para que le recoja el recipiente. Y si no atiendo a su llamada, le sale al quite su hermano mayor: “Mamaaaaaá, ven a por el bibe, que ya ha terminadoooo”. Por suerte cuenta Don Bimbas con alguien que vela por su bienestar.

Bien, hasta aquí la rutina nocturna. Y ahora, lo que ha pasado hoy. Antes que nada, recordar la idiosincrasia de este pequeño. Este señorito es de ideas fijas. Un cabezota de tomo y lomo. Navarro hasta la médula. Tiene sus costumbres. Y sus manías. Y son inamovibles.

Pues bien, Don Bimbas siempre utiliza el mismo tipo de biberones, de la misma marca, y una determinada tetina. No lo sacas de ese modelo ni a tiros. Un día compramos unas de la misma marca pero con distinta forma y ahí las teníamos, muertas de la risa. Pero hoy la habitual que nos quedaba estaba ya como para tirar, como con hongos, y hemos decidido recurrir a aquellas. ¡Bueno! Pues no había forma… “Cariño, el bibe es el mismo de siempre, mira, hay leche, cereales y “cao”, solo cambia el color de la tetina”, le explico a Don Bimbas. Él me responde cerrando los ojos, como para ver si así desaparecemos el biberón ese de mierda y yo. Y yo me pongo del hígado: “Hijo, de verdad, deja de hacer el bobo, ¡es el mismo biberón de siempre!”, y me he puesto a beber yo de él para que viera que no estaba envenenado (porque es lo que parecía que pensaba), seguidamente se lo he intentado meter en la boca a traición para que comprobara que sabía igual que los de todas las noches… y nada. Pinchaba en hueso sin parar. Así que, airada, le he dicho un “tú verás”, y me he largado.

Tres minutos después se ha puesto a gritar, llamándome, y cuando voy a la habitación y entro, ¡lo encuentro dormido! Es que hace unas cosas muy extrañas, este crío. El Cachorro: “Hola”, me saluda en un susurro. E iniciamos una conversación hablando bajito.

– Hola, cariño. ¿Qué hace el peque? ¿Está dormido?
– Sí, está dormido.
– Pero si gritaba…
– Sí, cuando no estás grita, y se calla cuando tú estás.
– Bueno, voy a aprovechar para darle el bibe.

Se lo acerco a los labios sin mucha fe y él, en su nebulosa, lo coge… ¡¡y se lo mete en la boca!! ¡¡Y se lo empieza a tomar!! Yo me pongo a hacer gestos triunfales. El Cachorro sonríe.

– Aaaaay – digo – ¿por qué no me haréis caso cuando os digo las cosas?

Y El Cachorro, no sé si temiendo que encima le fuera a caer a él un discursito de lo bien que le iba a ir en la vida si hiciera caso a su madre desde un principio, me salta: “Corre, vete antes de que se despierte”.

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Y me he tenido que ir no sin antes darle un superbeso y decirle que le quería como no se podía ni imaginar. Me recontrachifla cuando se alía conmigo para ayudarme con el cenutrio de su hermano. Es lo más.

Ah, y ya que los tengo en la cama, a ver si alguien arroja un poco de luz a lo siguiente… Yo los meto en la cama. Los tapo. Los arropo. Y los dejo así.

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Cuando llega la hora de acostarme, paso por delante de su cuarto y me los encuentro de esta guisa.

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No me explico este desparrame nocturno… ¿¿A santo de qué se me desbaratan tanto??