La felicidad de ser pequeño y que todo te la traiga al pairo

He aquí mi recomendación a madres que no pueden dormir a sus infantes: metedlos en un autobús de línea y sentadlos bajo el agradable solecito.

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Mano de santo.

Qué pena no recordar lo despreocupado y feliz que vive uno cuando es así de pequeño. Yo me adormilo en el metro y lo hago angustiada pensando en si se me va a pasar la parada o en si se me va a caer la baba. Este señorito cae y cae. Y punto. Sabe que no va a ser abandonado, sabe que hay alguien que se va a encargar de él, sabe que es mono y que da igual si se le cae la baba, el moco o lo que sea, está más a gusto que un arbusto, me cago en la mar salada, qué envidia cochina le tengo.

Ahora, prefiero ponerme verde de envidia que roja de apuro, o de cabreo, o de cansancio, o de… Porque más tarde, bajo tierra, lo nuestro es ir llamando la atención…

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Uno encaramado a la barra como un monillo y el otro tiradazo en el suelo. No necesitamos un acordeón ni nada para dar el cante.

Una oveja en la ciudad

Es San Antón y los madrileños se acercan a la iglesia de la calle Hortaleza a bendecir a sus mascotas. El Señor de las Bestias ha querido llevar a los críos con un animal. El elegido ha sido esta oveja.

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Se ha encontrado con un amigo que también tiene un hijo y ahí que han ido los tres con la oveja por la calle.

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Luego se han metido en misa. A la salida es cuando llego yo, que les pregunto cómo es que no me han esperado dentro, pues hace un frío que pela, y ya me cuenta el padre: «Se porta mejor la oveja dentro de la iglesia que los críos».

Y le creo.