Efectos secundarios de despertarse repentinamente de madrugada

En medio de la noche, me despierta un golpe. Y los lloros de Don Bimbas a continuación. Está durmiendo estos días en la cama de arriba, y El Cachorro en la de abajo (lo han elegido ellos). Cuando me asomo ambos están despiertos. No sé muy bien qué ha ocurrido, porque cada uno está en su cama. Deduzco que el pequeño ha caído sobre el mayor. El Cachorro me dice que le sangra la nariz, pero yo no veo nada. Así que los mando dormir de nuevo.

Cuando me levanto, encuentro una pequeña “Matanza de Texas” en las sábanas.

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El Cachorro tenía razón. Una de dos, o notaba cómo se formaba la sangre en su nariz pero no acabó de asomar cuando me lo dijo, o yo estaba tan grogui que lo mismo estaba chorreando sangre y fui incapaz de verlo.

Ahora a ver cómo saco yo esas manchas puñeteras…

¿Todavía quedan dos días para el lunes?

Sábado sabadete.

 

Por fin. Un día entero con mis niños, a los que tanto echo de menos durante el resto de la semana, que solo los puedo ver para la cena y acostarlos…

 

Les doy el desayuno prometiéndome un día de escándalo y en efecto el escándalo comienza cuando Don Bimbas se tira todo el ColaCao por encima. El pijama estaba limpio de ayer. Hago la vista gorda y me voy a fregar los cacharros. Justo después, me asomo al salón y veo que el pequeño me ha preparado un buen entretenimiento… Ha convertido la plantita favorita de su padre en sparring.

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Se la ha cargado a espadazos. Así, sin contemplaciones. Encuentro pétalos por doquier. Así que saco el aspirador después del broncón y, hale, a pasarlo por el suelo sin olvidarme de mover sofá y mesa, porque esos etéreos y malditos pétalos se meten por todos los lados.

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Mientras me hallo con ese menester, ya bastante calentita, entro en cólera cuando veo que están ambos tirando desde la mesa las pinturas al suelo, con lo que se rompen y el suelo se mancha. Odio que no traten bien sus cosas. Así que les digo: “¡Esto no puede ser! ¡No apreciáis nada! ¡Les voy a escribir a los Reyes Magos para decirles que no os importan vuestras cosas, que no las cuidáis, y que no os traigan nada, porque el problema es que tenéis demasiado! ¡Ya está bien! ¡Todo el día rompiendo lo que pilláis!”

 

A los cinco minutos, limpiando una estantería, se me cae un portarretratos, que se descuajeringa en el suelo.

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Y me salta El Cachorro: “Ahora les voy a escribir yo a los Reyes y les voy a decir que no te traigan más cuadros… ni más ropa”.

 

JAAAAJAJAJAJAA. Según él me cargo el cuadro igual que les pasa a ellos cuando rompen cosas (adrede), y me da de mi propia medicina. Y por si no fuera poco, “NI-MÁS-ROPA”, dice. Lo añade para darme donde más me duele. ¿¡Cómo es tan espabilado y tener tan mala baba!?

 

Tras el episodio “chivarse a los Reyes Magos”, aparece Don Bimbas sangrando.

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El Cachorro reconoce que le ha empujado. Así que me vuelvo a cabrear mientras mando al mayor a recoger y me llevo al pequeño a lavar.

 

Una vez los dos medio apañados, me pongo a limpiar el suelo y los envío a su habitación. Oigo que se entretienen con un libro. Como minuto y medio. De repente, El Cachorro inicia una bronca a su hermano. Y viene a contarme la nueva jugarreta. Don Bimbas se ha cargado el libro que se mueve. Sí, en dos partes.

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Ooootra vez yo a grito limpio. ¡¡Pero cómo me altera que rompan las cosas!!

 

Llega la hora de comer. Por supuesto, adiós al aperitivo que había planeado con una amiga. Seguimos los tres en pijama y yo más cabreada que una mona. Pero intento recomponerme y remontar el día. Se me ocurre introducir una variante, hacer hoy algo especial, y traslado la mesita y las sillas pequeñas de su habitación al salón para que coman.

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Pongo los platos, coloco el agua, y esta última dura encima un suspiro. No salgo de mi asombro. ¿¿Me toman el pelo??

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Saco la fregona, seco el suelo y el pequeño aún tiene ganas de tirar un plato lleno de queso de Burgos. HALAAAAA, VENGAAAAA. Pienso que me están haciendo una cámara oculta. Lo llevo castigado a su cuna, y cuando estoy limpiando el suelo, aparece. Desde que hace un par de semanas descubrió que puede trepar fácilmente, tarda nada y menos en escaparse de la prisión.

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Lo vuelvo a meter en la cuna. Y me quedo en el pasillo. Con el móvil. Al menos, pienso, le hago un vídeo o algo de la fuga y ya me apaño un post para el blog. Pero cuando se pone de pie y coge posición, me ve que le enfoco y aborta la huida. Además se enfada y se tira cual largo encima del colchón a llorar rabioso. De nuevo, lo intenta. Me ve. Se vuelve a enfadar. Hasta que hago como que no le veo y, finalmente, le casco el ansiado documento gráfico.

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Es lo único positivo que he sacado de toda la mañana. La tarde, como colofón, la tenemos que dedicar al cumpleaños de un vecinito. Qué bieeeeeeen, con lo que me gustan los cumpleaños de niñoooooooss…

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SÁBADO SABADETE.

 

No, si no me aburro, mis hijos me deberían cobrar.

La muerte es irreparable

Me coge El Cachorro un anillo muy delicado que tengo y le amenazo: «Como me rompas el anillo, te mato».

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Y salta, con toda la lógica del mundo: «Así no tendrás un hijo guapo y con cinco años» (que cumple mañana, por cierto). Y añade: «Menos Pablo», que es su manera de decirme que solo me quedará Don Bimbas. El que, por cierto, no es solo que no tenga cinco años como él, es que por lo visto ni siquiera es guapo, por lo visto.

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Don Bimbas no está de acuerdo. ;-P

 

P.D. Se ve que mis amenazas paralizan a mi hijo de puro terror, ¿eh?

Pijama con poderes

Tiene Don Bimbas obsesión con su pijama de Star Wars.

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Cree que tiene poderes. Es ponérselo, extender la mano tipo superhéroe, exclamar “¡CHINNN!” o “¡PIIIIINNN!”, y esperar algún resultado. De vez en cuando yo me congelo, y a él le encanta, claro.

 

Pero quiere llevar el pijama a toooooodas horas. Llega a casa y te lleva a donde está para que se lo pongas. Y cuando al día siguiente se lo quitas, te arma un superpollo. Es más, cualquier día si estás buscando qué ponerle para salir a la calle, enseguida te trae el pijama, a ver si cuela.

 

Cuando lo compré sabía que le gustaría. Pero si llego a saber que tanto me hago con todas las existencias, porque este a este ritmo este lo va a gastar en un mes.

 

Las comparaciones son odiosas

Estamos en unos grandes almacenes y pasamos toda la familia por delante de un anuncio de calzoncillos que protagoniza Rafa Nadal.

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El Cachorro: «¡Miiiraaa, unas tetas!» Jaajaja.

 

Pero eso no es lo mejor, lo mejor es cuando le dice a su padre: “Tú también tienes unas tetas. Pero como esas no. Esas tienen unas rayas por aquí… (señalándose la barriga)”. Se refería a los abdominales.

 

Señor de las Bestias, ya puedes ir apuntándote al gimnasio.

Árbol de Navidad

Mucho debo querer a mis hijos para permitirles colaborar colocando las bolas del árbol de Navidad…

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Bolas que no son precisamente de plasticucho. Las hay de cristal, incluso. Pero merece la pena. Mis hijos no tienen la culpa de que yo quiera un árbol chulísimo no apto para menores. Así que si no van a tener un pino con bolas feas ni muñecos de corchopán ni espumillón de colorinchis, al menos que participen en poner el que a mí me gusta.

 

El Cachorro estaba emocionado. Le he dicho que le dejaba ayudarme después de cenar y, aleluya, ha cenado todo y lo ha cenado en un tiempo normal (se tira la tira, normalmente).

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Total, que así de bonito nos ha quedado el árbol.

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Que es que está rechulo por todos sus costados.

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Y así de bonito lo que no es el árbol.

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Los peques y yo, encantados.

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El mayor, imbuido del espíritu navideño, se ha sentido incluso de lo más inspirado y ha realizado la siguiente obra pictórica:

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Obra: Christmas present under the tree.

Autor: El Cachorro.

Técnica: Boli Bic azul sobre papel de cocina.

 

En ARCO se lo van a quitar de las manos.

 

¡Navidad, ven! ¡Este año no nos cogerás in fraganti! ¡Estamos preparados!

 

La imagen que doy

Me escribe una amiga en un comentario a un estado de mi FB:

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Hoy he visto a tus hijos… El Cachorro está impresionante; el enano se sale. Me ha hecho mucha gracia porque El Cachorro me miraba extrañadísimo mientras yo saludaba a su padre. Como diciendo “¿Debería conocerte? Dame una razón”. He pensado: digno hijo de su madre”.

 

¡Ahí va, diez! ¿¿Yo hago eso??

 

(¿Y por qué me encanta tanto que mi amiga me vea así como que vea así a mi hijo?)

Saturnino is back

¿Os acordáis? ¿Os acordáis de Saturnino?

 

Ha estado aparcado mucho, pero que mucho tiempo. Es un aspirador robot de esos con el que El Cachorro ha protagonizado muchos posts. Pero se le fastidió no sé qué y ha estado muerto de la risa. Solo que el Señor de las Bestias lo ha arreglado recientemente y hoy lo he sacado de nuevo a pasear.

 

¡Bueno! Don Bimbas, que siempre lo ha visto “aparcado” y por eso mismo jamás habría reparado en él, flipándolo a tope. “¡Ah!”, gritaba señalándolo.

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Me ha agarrado de la mano, y hale, a perseguirlo por toda la casa.

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“¡Ah!”, me volvía a mirar en plan: “¿No te das cuenta, tía, que hay una cosa extraña que se mueve sola por el suelo haciendo ruido? ¿Cómo puede ser que estés tan pancha?”. “¡Ah!”. Y así hemos pasado el rato.

 

Otra gran amistad se está fraguando.

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Mini yo

Definitivamente, el pequeño es yo.

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Yo también era mal comedora de pequeña, menos cuando había algo que me gustaba, claro. Este no se comerá los garbanzos o la coliflor, pero no pone peros a las pizzas, la bollería con chocolate… y no bebe cerveza porque yo no le dejo, pero ojitos, le pone.

 

Hoy he descubierto que le encantan las fotos. Sobre todo salir en ellas. Y hacer el canelo. Y si es conmigo, mejor que mejor.

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Pero no os lo perdáis: estábamos ambos dándolo todo frente a la cámara, cuando aparece uno de mis sobrinos (y primo suyo) y se cuela en el plano. ¿Pues no va Don Bimbas y lo empieza a apartar con la mano, para evitar que saliera en nuestra secuencia?

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Vaya afán de protagonismo. Lo dicho, igualico que su madre.