Mano a mano (y diálogos de besugos)

Decido no llevar hoy a Don Bimbas al cole. Creo que con un chute de ibuprofeno podría ir, pero es también probable que me pase lo de ayer, y no quiero. Y además empiezo a currar el lunes que viene y entonces sí que no podré pasar un día de labor en casa con mi chiquitín. Así que se queda conmigo.

madre 18 (1)

Pero como tengo que trabajar, y a él le va lo de incordiar, le propongo traer su mesita a mi estudio y que trabajemos los dos. Que yo escriba mis cosas en el ordenador y que él escriba su nombre y haga dibujitos. Le seduce mucho la idea.

Traemos su mesa (quería hacerlo solo, pero le he tenido que ayudar, muy a su pesar) y le doy papel y un estuche con algunos lápices.

madre 18 (2)

Y él, muy concentrado, se pone a dibujar. Decide hacer una carita.

– Los ojos, la nariz, la boca para comer maíz…

¿Comer maíz? ¿De dónde se sacará eso?

– Palomitas de maíz… – aclara. Y sigue dibujando – ¿Lo estoy haciendo bien? – Mientras dibuja las manos.

madre 18 (3)

– Sí, cariño. Lo único que igual son demasiados dedos, ¿no?
– Y nespués el pelo. – Dibuja el pelo. – Y nespués Pablo Peralta. – Claro, la firma.

madre 18 (4)

Y, no sé por qué, porque también se lo vi ayer hacerlo, escribe su nombre y luego rodea cada letra.

– Lo voy a hacer de conorines, para ti. Oye, mamá, ¿a ti te gusta de conorines?
– Sí.
– Pues a mí pamién.

Así que procede.

madre 18 (5)

– Pues no (lo) estoy hasiendo ne (de) coronines.
– ¿Quieres que te saque más colorines?
– ¡No, que aquí congo (tengo) muchos!

Termina.

– ¡Mira, mamá, eres tú!

madre 18 (6)

Ese monigote soy yo, dice. No sé si tomármelo a bien o a mal.

El caso es que, a mí, que esté aquí conmigo dibujando y retransmitiéndome lo que hace, me está entreteniendo un huevo. Porque, claro, habla y yo, ya que me pilla delante del ordenador, transcribo en directo. Así que, de trabajar, poco. Pero al menos un post sí que saco de esto…

– Y ahora papá – determina con otra hoja en blanco. Y yo me temo que papá y yo nos vamos a parecer bastante…

Abre el armario y se hace con unos rotuladores.

madre 18 (7)

Aasito (necesito) estos.

Pinta un redondo y dos ojos.

– Este es papá. A papá pamién le gustan ne colorines.

madre 18 (8)

Dibuja superboca diciendo a la vez: “Chiiiiiiiiiis”.

– Mira, mira papá, chiiiiiiiisss.

Se está esmerando, con su padre.

madre 18 (9)

– ¡Mira, mamá, papá parece un payaso! ¡Parece devetiro!
– ¿Derretido?
Devetiro.
– ¿De mentira?
– ¡Devetiroooooo! – grita con mala gaita. Ay, que se me cabrea. Ya puedo espabilar.
– ¿Divertido?

Asiente. Uff.

De ahí pasamos a hacer algo parecido a números. Él mismo se dibuja los puntitos para hacer el trazo.

madre 18 (10)

Pero ya se cansa. Se sube encima de mí. Se me pone mimoso. Le hago unos cariñitos.

– ¿Y ahora qué puedo hasé?

¿Quieres construir una torre?

A mía va a sé mi santo.
– ¿Mañana va a ser tu santo?
– ¡No, a mía va a sé mi santo!

Ya estamos.

– ¿Qué?
– ¡¡A mía va a sé mi santo!!
– ¿Que va a ser muy alto?
– Sí.

Estoy sudando, ¿eh?

madre 18 (11)

¿Y cómo ha acabado mi pequeño, con tanta actividad? Diciéndome que le dolía la cabeza, que quería “jarabito”. Y se ha acurrucado encima de mí…

madre 18 (12)

Kaputt. Demasiado esfuerzo.

¿Estas cosas solo me pasan a mí?

Me llaman del cole. Don Bimbas tiene 39º de fiebre y tengo que ir a recogerlo. No me sorprende, pues esta mañana, al despertarlo, lo he notado caliente. El termómetro marcaba 37,7º (ayer lo llevamos en bici con pantalón corto porque creía que el día iba a “caldear”, y resulta que se puso a hacer otoño). Decía que estaba “malito”, pero le había dado un chute confiando en que se le pasara. Y no.

Y menos mal que estoy en paro. Estas son las típicas cosas que te revientan el día y hacen que te miren con el ojo torcido en el trabajo, por tener que largarte.

Voy a por él y llegamos a casa a las tres y diez. Llamo a la chica que trabaja en casa para avisarle de que hoy, cuando vaya a las seis al cole a recoger a mis dos niños de las extraescolares, solo deberá ir a por uno. Cuando cuelgo me doy cuenta de que hoy es el día que viene antes a casa, a las cuatro, que lo hago así para que le dé tiempo a limpiar la casa un poco antes de que tenga que recoger a mis pimpollos, y que se lo podía haber dicho de viva voz en un ratejo. Y a ella, por lo visto, le ha dado corte decírmelo.

Llega la chica a casa y se pone a limpiar. Le reitero que me quedo en casa con el pequeño mientras ella va a por el mayor. A los diez minutos caigo en que yo, a las seis, tengo rehabilitación. ¡Horror! Y mi hijo sale a las seis. Y no tengo el don de la ubicuidad.

Pero no puedo mandar a la chica en bus porque Don Bimbas no puede moverse de casa en su estado. O al menos, no con el trajín que implica ir y volver en autobús de línea. Tengo que ir yo.

Así que voy y aviso en el fisio de que llegaré tarde.

En el cole, precisamente hoy, abren la puerta a las 18:05 en vez de a en punto, como deben. De todas las extraescolares, precisamente faltan los de judo, a la que hoy va mi hijo. Los veo aparecer en lontananza. Caminan como si les pesaran los pies siete kilos cada uno. Y no veo a El Cachorro. Me dirijo a la profe.

– ¡Ah! Es que no encontraba su calzado y se ha quedado buscándolo – me dice.
– ¿Dónde?
– En el polideportivo.

Voy. Al acercarme, veo que El Cachorro se asoma por la puerta, me ve y desaparece. Entro. Está como escondido. Le grito.

– ¿¡Se puede saber qué haces!?
– ¡Buscar las zapatillas!
– ¿Escondido?
– ¡No! ¡Es que estaban por aquí!
– ¿Dónde las has dejado?
– ¡Por aquí!
– ¡¿Y por qué narices no están?!
– ¡No sé!
– ¿¡CÓMO SE PUEDEN PERDER UNAS ZAPATILLAS?! ¿¡PRECISAMENTE HOY!?

Me pongo a sortear, encaramarme a, brincar en y levantar colchonetas. Las encuentro por fin. Llevo un cabreo mayúsculo. Salimos al patio. El Cachorro detrás de mí, que voy flechada con una uva fina, perdiendo el resuello. No hay ni Blas. Es un escenario post ataque nuclear. Voy hacia la verja.

– Estará cerrada – se atreve a observar El Cachorro.
– Ya – contesto escueta y tajantemente.

Pero un chaval sube desde la verja. Es quien la acaba de cerrar.

– ¡Hola, ¿me abres?!
– Uff, ¿no te importa salir por la otra puerta? Por no volver a abrir… – Está a dos pasos de la verja, el desgraciado.
– ¿Por qué puerta?
– Por la principal. – que está JUSTO EN LA OTRA PUNTA.
– ¿Por dónde voy?
– Por el colegio.

O sea, atravesándolo ENTERO por dentro.

Entro, jurando el arameo.

– Hoy, ¡me la tenías que organizar precisamente hoy! – cargo contra El Cachorro.

Nos topamos con una chica de la limpieza.

– Perdone, ¿adónde va? – Me pregunta de manera un tanto seca, que le ha faltado decir: “¿Adónde cree que va, lista de las narices?”
– A la puerta, para salir.
– ¿Por qué no sale por la verja?
– Porque quien la ha cerrado no ha querido volverla a abrir.

Dicho en un tono que creo que ha comprendido que no estaba el horno para bollos. Así que se ha echado a un lado y he podido seguir mi camino refunfuñando.

Hoy, precisamente hoy, que había llegado antes que nunca, que había aparcado justo enfrente de la verja de salida, por primera vez en cuatro años tengo que hacer turismo escolar y salir por la otra puerta, y que andar, mucho.

Yo tenía que estar saliendo del cole a las 18:01h y son las 18:21h.

Voy a casa follada como alma que lleva el Diablo.

madre 17 (1)

Le digo a El Cachorro que suba corriendo él solo. Y de ahí, al fisio. Que, cuando entro a la sala, como a las 18:37h, me dice la muchacha:

– Llegas un poquito tarde… – así, como con sorna.
– He avisado.
– ¡Ah! Es que no me han dicho nada.

¡Pues a pastar! Cooooño ya con el diíta.

Consecuencias negativas de la risa

Yo había visto tener hipo por reírse. He visto casi ahogarse. Doler la tripa. La garganta.

madre 16 (1)

 

Lo que no había visto era vomitar de la risa.

madre 16 (2)

Pues acabo de hacerle reír tanto a El Cachorro, que se ha puesto a vomitar.

madre 16 (3)

Después de haber comido crema Dubarry (de coliflor) y leche. O sea, que ha salido una pasta blanca ideala.

madre 16 (4)

Inaudito.

madre 16 (5)

Oye, ¡y yo sin saber qué era TAN graciosa!

madre 16 (6)

¿Os cuento la de veces que me hace que le ponga este vídeo, muerto de la risa?

P.D. Sostengo que tengo cierta intuición y algún poder paranormal y sé a veces qué va a pasar, pero, no, no estaba haciendo este vídeo porque supiera que mi hijo iba a vomitar, para colgarlo aquí. Estaba haciendo el vídeo porque me chifla cuando El Cachorro se ríe, que le dan unos ataques tipo los míos o los de mi madre, que cuando nos reímos a gusto, nos reímos A GUSTO y somos contagiosos y me mola todo oírlo. Pero, claro, hoy el peque se ha pasado de rosca…

Las letras de su nombre

He puesto a Don Bimbas a escribir su nombre porque se supone que ya debería saber hacerlo, y me temo que ni por el forro.

El Cachorro se lo ha escrito para que copie. Y él lo ha escrito. Y mejor de lo que pensaba.

madre 15 (1)

¡¡Pero ojo a la be…!! Parece un poste al que le han salido dos granos. Ahora, a firma original no le va a ganar nadie.

¿Qué quieres ser de mayor?

Están los críos en la habitación y entro. Me dice El Cachorro:

– Mamá, Pablo quiere ser profesor de mayor, ¿te digo por qué?
– ¡No! ¡Yo Espídeman! – interrumpe totalmente indignado Don Bimbas.

Y entonces se ha sucedido una discusión feroz.

– ¡No puedes ser Spiderman!
– ¡Sí! ¡Yo quiero ser Espídeman!
– ¡No puedes! ¡No existe!
– ¡Sí puedo!

Total, que ya me he tenido que esperar al final de la cena para preguntarle que por qué decía El Cachorro que su hermano quería ser profesor de mayor.

Me cuenta: “Porque ha visto que yo hacía los deberes y él ha dicho: “Yo quiero hacer deberes”. ¿¿Y quién quiere hacer deberes??”

madre 14 (1)

Vaya dos patas pa un banco.

Asumiendo la realidad

Ayer Don Bimbas fue invitado a un cumple en la urba. Y subió a casa con chuches.

Hoy, ve la bolsa de plástico que las contenía, vacía.

– ¿Y mis chuches? – pregunta.
– Se las ha comido mamá – le responde su padre.

Oye, y no ha protestado ni una miaja. Ni mu. ¡Y eso que estamos hablando de Don Bimbas, no del resignado y buenazo de su hermano! Creo que mis hijos, veo que ambos dos, lo tienen superasumido.

Y no me las he comido. No todas, al menos. Las he puesto en otro sitio. Para que no les dé un ataque de comérselas todas a la vez y empacharse, y así protegerlos (ejem).

Como no saben cuál es el escondrijo. Y, no nos engañemos, soy una abusona porque claramente me aprovecho de que no tienen memoria y seguro que al final me las acabo comiendo yo todas.

Forzudo

El pequeño está encantado con la fuerza que tiene (o le parece tener). Así que hace alarde a cada ocasión. Cogiendo una bolsa de la compra, por ejemplo (y se ofrece a llevarla, pero dura tres metros). Levantando una caja… Hoy, abriendo esta puerta.

“Mira mi fuerza”, me dice.

madre 12 (1)

Y yo, claro, admiro su fuerza.

Pero, en realidad, es que yo a este crío lo admiro en general.

madre 12 (2)

Porque tiene un… ¿cómo se dice, “flow”?, que no es ni medio normal. Un algo muy fuerte, tiene.

Doña Pupas

Menuda toña me acabo de pegar con la bici. Iba subiendo una cuesta por la carretera y he decidido que, para dirigirme al sitio al que tenía que ir, acortaba un tramo yendo por la acera. Y ahí iba yo, creyéndome Induráin, resuelta a acometer el bordillo con un ágil salto, que además era el de un bordillo bajo y asequible.

Pero necesitaba hacer una pequeña parábola, y el coche que ha aparecido a mi lado no me ha dejado. Y eso que vas hacia el bordillo de lado y sabes que te vas a caer, y que deberías abortar el salto, y aún y todo mantienes la esperanza de que te vaya a salir… Pero no. PUM. A morder el polvo.

madre 11 (1)

Me he dejado la mano clavada. No sé si se me ha metido asfalto dentro. Un dolor que te cagas. También en la rodilla. Y, oh, horror, me he roto las únicas mallas de deporte que tengo, que además me encantaban. Agujeraco al canto.

Dolor también en el culo. Y en algún otro sitio. Un cuadro.

Y entre el accidente en bici y que en la otra pierna tengo una herida del quemazo que me produjo caerme al suelo clavando ambas rodillas, haciendo que me moría en la clase de Improvisación a la que voy, así como un moratón que no sé de dónde diantre ha salido, ¡parezco mis hijos!

Porque ellos van finos también.

El mayor.

madre 11 (2)

Y el pequeño.

madre 11 (3)

Y aquí andamos los tres, comparando heridas.

madre 11 (4)

Vamos con las rodillas a juego.

Lo de que tener hijos siendo viejales, te rejuvenece, ¿era esto?

Ángel de la guarda, o algo así

Don Bimbas tiene la facultad de rezar y cometer herejía a la vez. Detrás del “Jesusito de mi vida”, viene la otra parte. Y reza:

“Ángel de la guarra”…

madre 10 (1)

Aaaayyyy, “de la guarra”, dice. Con esa lengua de trapo que tiene, el rezo resulta de lo más cómico.

madre 10 (2)

Bueno, se supone que todos tenemos nuestro ángel. Las guarras también.

Tapacicatrices

Nos estamos duchando El Cachorro, Don Bimbas y yo. El Cachorro se vuelve a fijar en la cicatriz de la cesárea.

– ¿Por qué tienes la raja donde nací yo?
– Porque se queda así para siempre.
– ¿Para siempre? ¿Por qué no te la borras?
– No se borra.
– ¡Píntate de color carne!

¡Joé qué sencillo! ¡Cómo no lo había pensado antes!

madre 9 (1)

El color carne. ¿Os acordáis de lo que nos chiflaba? Y he comprobado que es el favorito de todas las generaciones.