Castigo para una madre impaciente

Esto es una madre que se muere por que sus hijos aprendan a esquiar y se viene arriba cuando ve que El Cachorro mantiene el equilibrio sobre las tablas.

Esto es una madre a la que le pueden las ganas y hace lo que no debe, que es tomarle la palabra a su hijo cuando le dice: “Ya sé esquiar, mamá, no me hacen falta clases”.

Esto es una madre que tira a su hijo, que lo justo hace la cuña, por una pista larguísima con sus pendientes curiosas. El primer tramo, bien. Pero cuando ya están ella y él a una tiradita (muy por debajo) del huevo que había para bajar al pueblo, es decir, en el punto de no retorno…

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… el pequeño esquiador empieza a dar problemas. Despatarre, lloros, miedos…

La madre tiene que optar por esquiar pegada a él, colocándolo entre sus piernas, que acaba separando de tal forma que hace una cuña que viene siendo más bien un espagat. Porque el crío hace una cuña ancha como Castilla y las piernas de su señora madre van por fuera, no sé si me explico. Bueno, he aquí la foto:

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Y esa madre va frenando lo más grande, con lo que hace una fuerza en las piernas espectacular. Los músculos, esos que no usa jamás, ni esquiando, dado que hay que decir que practica este deporte con cierta facilidad y no le cuesta mucho esfuerzo, están a punto de reventar. Los muslos pesan. Queman.

Pero la pista es interminable. Y El Cachorro está cada vez más cansado y temeroso. Así que la descerebrada madre decide atajar:

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(Mira, una modalidad de esquí que jamás había practicado).

Esto es una madre que acaba teniendo agujetas dentro de las agujetas.

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Pero que lo lleva con estoicidad.

(Soy muy consciente de que ha sido culpa mía y he aprendido la lección. Espero que no se me olvide cuando le toque el turno a Don Bimbas).

Bici rara

Causa sensación. A todos. Grandes admirados y pequeños celosos. Todo el mundo maravillado y alucinado con la bici rara de El Cachorro, que fue su regalo de cumple.

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Porque además hay que decir que el peque le ha cogido el tranquillo pronto y la maneja con suma destreza. Tan es así que hasta adquiere una actitud algo chulesca. Y menos mal. Menos mal que se da cuenta de que su bici rara mola, porque de lo contrario es capaz de no cogerla en la vida. Que al descubrirla cuando se la regalaron sus abuelos la miró con ojos recelosos, porque eso de tener cosas fuera de la normal, que no tiene el resto del mundo, no lo acaba de ver, no vaya a ser que se metan con él…

Patinaje sobre hielo

Y aquí por hielo se entiende nivel de frialdad e indiferencia que alcanza la emoción de El Cachorro al ponerse los patines que le han regalado.

Hoy, que ya han pasado los suficientes días muertos del asco en su caja, decido que los estrene. Así que nos bajamos, no sin antes pasar por el trastero para coger los míos, que hacía DIECISIETE AÑOS que no me los ponía, y nos los colocamos en el patio. La cosa se antojaba peligrosa.

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Pero, en cuanto a mí… ahí voy. Más o menos me manejo. Y eso que recuerdo como si fuera ayer por qué los dejé aparcados, y fue porque pillé una cuesta en El Retiro que parecía no acabar nunca, pero sí que lo hacía: en una de las salidas del parque a la carretera. Yo veía cómo me dirigía, o más bien precipitaba, hacia esa «meta», pero no sabía parar, no podía, desconocía cómo hacer funcionar los frenos, y valorando cómo quería morir, si atropellada o de un golpe, me incliné por la caída morrocotuda, así que hice un requiebro en forma de parábola por si sonaba la flauta y así conseguía ir hacia arriba y podía detenerme pero, como era de esperar, la vía por la que me deslizaba con ese trepidante acelere no tenía anchura suficiente, y en vez de disminuir la velocidad, me pegué EL TOÑAZO de mi vida. Sangre, dolor, gente rodeándome preocupada, llamada llorando al que era mi novio para que me viniera a recoger, rodillas a la virulé… y patines a guardar bajo siete llaves. Hasta hoy.

Bueno, pues yo encantada de la vida y mi hijo…

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Ojo a la cara de pasión de El Cachorro con sus patines nuevos. Y disfrazado de paje, que hoy ha ido así al cole y no le hemos cambiado. Qué estampa.

No hemos triunfado nada. Más que intentar patinar, se ha dejado llevar en volandas. Vamos, que para cuando se quiera volver a poner los patines, le han crecido los pies y los tenemos que dar.