Publicidad de pilinguis

No sé en vuestro barrio, pero en el mío, los coches que aparcamos en la calle, nos encontramos día sí y día también tarjetitas en nuestro parabrisas o encajadas en las ventanas, con publicidad de lumis.

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El Cachorro ve una tarjeta. La coge y me la da:

– Mira, te dejan cositas.
– Agh – me sale.
– ¿Qué es?
– Eeeeeh… Publicidad de medias.

A veces ando rápido de reflejos… A veces.

Tablet a hurtadillas

Pues os revelo que, cuando Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso, les dijo algo más de lo que nos ha llegado. La condena fue la siguiente: “Labrarás la tierra, parirás con dolor y tendrás hijos que se despierten a la misma hora que la de ir al cole en días de fiesta”.

Porque, no falla. Para ir al cole, hay que ir a despertarlos y cuesta lo más grande. Pero el día que hay fiesta, al despuntar el día, zas, en pie. Para matarlos.

Yo, que de natural no me gusta madrugar ni un pelo, que he sido nocturna toda la vida, los días de fiesta quiero levantarme lo más tarde posible. Sobre todo estos días, que me quedo hasta las tres viendo “Juego de Tronos” como una obsesa (es la primera serie a la que me engancho así después de “A dos metros bajo tierra” del año 2001). Así que intento hacerles entender a mis hijos que es muy importante que no me despierten. Pero lo hacen, vaya si lo hacen. Si se despierta Don Bimbas, antes incluso de ir a hacer pis, se viene a mi cama y me dice: “Tengo hambre”. Yo le logro balbucear que pille cereales o lo que sea, pero que por el amor de Dios, ¡no me despierte!, pero ya es tarde, porque no vuelvo a conciliar el sueño. Ahora, me quedo remoloneando lo menos hora y media más.

Si no es el hambre del pequeño, son los gritos porque están peleando los dos y, si no, los juegos bestias a los que se dedican, que consisten en tirar coches y estamparlos con todas sus fuerzas contra suelo y puertas.

Tooooodos los días intento hablarles en serio sobre la importancia que tiene que respeten el sueño de los demás. Que, si alguien duerme, hay que ir callandico por casa, hablando bajito, sin hacer el más mínimo ruido. Sé que eso es imposible, pero les planteo el escenario ideal para que, al menos, hagan por esforzarse.

Hoy, de nuevo, Don Bimbas ha venido a mi oreja a informarme de que tenía hambre. Yo, le he vuelto a decir que, por favor, no me despertara. Y he vuelto a quedarme en la cama, despierta. Por eso, he visto cómo, al rato, El Cachorro se ha acercado a mi habitación para cerrar delicadamente mi puerta.

“Qué mono”, he pensado, “se está tomando en serio lo de no molestarme y ha tenido el detalle de intentar preservar mi sueño”.

Cuando me levanto y abro mi puerta, me encuentro también la del pasillo cerrada.

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Y, luego, la del salón.

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Tanto cuidado hacia mi persona, me escama. Y abro la puerta.

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Claaaaaaaaaaaaaaro. Ya decía yo. Tienen prohibido coger la tablet sin mi permiso, y se lo pasan por el forro de los cojCALZONCILLOS. Y aquí estaban, protegiendo su desobediencia.

¡Para esto sí que no arman ruido, los muy bandidos!

Don Bimbas, algo más tarde, me pide la tablet. Le digo que nanay, que se han pegado el gran rato con ella. Él siempre anda rogando que se la dejemos. PERO, ¿sabéis por qué él, en particular, está tan enganchado a la tablet? Porque me ha salido musical perdido. Le flipa ponerse canciones, sobre todo si son la de “Despacito” o “Si te vas, yo también me voy” de Enrique Iglesias.

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Lo cachondo del tema, es que se planta la tablet en la oreja como un negro rapero del Bronx. Y a menear el culillo. Es carne de reguetón.

Interpretando el blog

Estoy buscando fotos para el blog, concretamente para el mes de junio del año pasado. Encuentro una secuencia en la que a Don Bimbas le vence el sueño mientras está comiéndose un sándwich.

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Y vienen mis dos baldragas a cotillear. Cuando ven las fotos, les digo: “Esperad, mirad cómo fue el asunto”, y me dedico a poner sonidos y voces a cada foto, haciendo como que soy Don Bimbas.

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Que si “ay, qué rico el sándwichzzzzz”, que si, “roon, fiuuu, roon fiuuu”, que si “¡PUM!”, cuando se cae el contenido al suelo, que si “uy va, la que he liadoooo”.

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SE PARTEN DE LA RISA. Y, cómo no, me hacen repetir la jugada tres veces.

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Porque cuando les gusta una cosa, son insaciables.

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Y yo me gano otra secuencia para un post…

En el nombre del padre

Estamos cenando con un vecino y sus hijos. No sé de qué estarían hablando los críos, que el que tiene dos años menos que El Cachorro, le pregunta al Señor de las Bestias:

– ¿No te llamas Tato?
– No – contesta Tato, el Señor de las Bestias, que se llama Augusto.
– ¿Cómo te llamas? – pregunta la hermana del crío.
– Simón – le pide su padre a El Cachorro – dile cómo me llamo.

Y dice El Cachorro:

– ¿Sabes cuando estas tirado en el sofá de casa? ¿Cómo se llama eso?
– A gusto – dice la cría.
– Pues así se llama mi padre.

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Qué tío.

Protección de “datos”

Estoy sentada en la urbanización, hablando con dos vecinos, cuando se me abalanza El Cachorro por detrás, me abraza, y me dice, apurado, al oído: “¡Mamá, se te ve el culo!”.

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Previamente me ha hecho esta foto. Y otra más de cerca, un plano detalle (y desenfocado) de la raja. Y sus amigos se reían. Porque ser legal no quita para serlo… con un poquito de demora.

Llevar la contraria

Fijaos en el aviso que dio ayer la profesora de El Cachorro en relación a su visita al Museo del Prado de hoy…

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Pues cojo yo y le pongo un táper cuadrado con dos kiwis partidos por la mitad y una cuchara. Más difícil imposible. Ningún día le complico tanto el almuerzo. Creo que no le he puesto kiwi en la vida. LLORO DE LA RISA.

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“Normal que el hijo sea así”, pensará la profe, “viendo cómo es la madre”.

Vi el mensaje de la profesora después, no os vayáis a creer. Sin embargo, reconozco que no me acordaba de que se iban de excursión, a pesar de que lo tenía apuntado en la agenda. Si no, no le hubiera puesto eso para que se llevara, que tampoco soy tan malvada… Pero justo hoy lo hago, ¡¡qué coincidencia!!

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No iban a llevar mochila y no sé cómo se habrá metido mi niño ese táper aparatoso y absurdo en el bolsillo de su cazadora…

El primer alumno de la forma más pura del “bimbés”

Don Bimbas habla en su propio idioma, el “bimbés”. Existen dos modalidades del idioma: está la jerga, con la que más o menos se hace entender, y luego la forma más pura de esta lengua… en la que se lo inventa todo. Suelta palabras a boleo, que le encanta, y le encanta más que el resto le siga la corriente y se las repita, o contraataque con otra aún más estrambótica.

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El peque ha hecho muy buenas migas con su profesor particular de esquí, el mismo que tenía el año pasado, pues el año pasado nos dijo: “Si volvéis, avisadme, a ver si le puedo dar clase, porque este niño es un crack”. Y eso hemos hecho.

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Así que, con su profe, puede decirle: “¡Achiquipolibuá!”, por ejemplo. O “Coca cati patipú”, o “chumbalacachún”, y así. Y el monitor, le sigue la corriente. Y andan ambos hablando de esta guisa.

Y entonces es cuando intervengo yo. Pero no para unirme, sino para decirle: “¡Deja de inventarte idiomas y aprende el que debes!”

Sigue bastante en su línea de hablar como si tuviera dos años menos de los que tiene. Dice “¿alé?” en vez de “¿a ver?”, y como eso, muuuuchas cosas más. Acaba de decir que quiere mandarle un “selfaje” (mensaje) a su amiga.

Hablar como un alienígena, eso lo borda.

Mr. Saltos

Que dice el monitor de esquí de Don Bimbas que lo ha llevado por saltos pero que se ha asombrado de cómo los hacía. Que los más grandes los estaba evitando porque a él mismo le estaba dando miedo ver la velocidad que alcanzaba, hasta que, al darse la vuelta, ha visto cómo mi peque SÍ iba por los grandes, y le ha echado en cara: “¿Po qué este no?”

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Por otra parte, el profe es de la opinión de que no le va mal hacerlos, porque así le pilla más el tino al equilibrio y coge más confianza y aplomo. Pero, claro, ¡no todos y de todos los tamaños! Don Bimbas lo tiene absolutamente acoj… acongojado.

No solo a él. Esquiando juntos en familia, ha querido ir abriendo paso, ha adquirido velocidad supersónica, y he tenido que salir despavorida a por él, pensando en que le estaría dando un soponcio y también en que se me iba a descuajeringar…

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… pero cuando lo alcanzo está el tío como si tal cosa.

Nos va a dar un infarto, con él. Con cuatro añitos y dos meses, que tiene.

Cómo me conoce

Me vuelve a sacar de quicio El Cachorro. Porque es un tipo que no entiende lo que es un no a la primera. Llevamos el coche hasta los topes, y él, empeñado, pero empeñado, en que nos tenemos que llevar su bici. Casi se me seca la boca de las veces que le he dicho que no cabe. No solo eso. Es qué él lo está viendo.

Me he enfadado ya cinco veces con él. Lleva con la murga… pues, si es la una de la tarde, toda la santa mañana. En una de estas ya le he gritado que, si le decimos que no cabe, no cabe y punto, ¡que no sea tan absolutamente pesado, “¡¡qué pasa, que no entiendes lo que significa caber o qué problema tienes para que estés todo el rato repitiendo lo mismo y que si jo y que si ja, ¡que te calles ya y punto!!!”! (¿Veis cómo he ido acumulando exclamaciones de apertura?)

Pero, en el coche ya montados, que nos hemos metido nosotros como hemos podido entre todos los bultos, vuelve a la carga:

– Joooo, ¡la bici! ¡La biciiiii!
– ¡¡Mecagüen diez, Simón, ¿dónde? ¿Dónde? ¿¿Pero no estás viendo que no cabe??!!

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Y él, con toda la calma del mundo, me dice:

– No grites que estás afónica.

Y lo estoy. Ayer me diagnosticaron laringitis. Y con su parsimoniosa contestación, no sé si estoy más indignada que divertida o al revés. Vaya fulano. Tiene contestaciones para todo. En el cole, no. Ahí todo es “no sé”. Pero en la vida real, sale de absolutamente todas.

Y, como nos vamos conociendo, cada vez se le hace menos difícil.

Ya en destino, se me acerca:

– Mamá, te quiero contar algo.
– ¿Qué, cariño?
– Bueno, mejor no. Mañana.
– Pero dime…
– Es que te vas a poner triste.
– ¿Sí?
– Sí, y no quiero que te pongas triste.
– ¿Tú estás triste?
– … Sí… – No suena muy convincente. Es decir, compungido no está. Veo que se toca el muslo y como que lo tapa.
– ¿Te has hecho daño en la pierna?
– No…

Y ya quita la mano y descubro lo que ocurre.

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Los pantalones del pijama, que es la segunda vez que se los pone, están agujereados.

Cómo sabe que, si aparece desmembrado o atravesado por una lanza, ¡me dará más pena la ropa rota o manchada de sangre que él! ;-P Por suerte (para él), con el teatrillo que le ha echado, logra amansar a la fiera, que soy yo.