Faltón

Jugando a pillar con Don Bimbas, me dice: “Es que cuando me persigues casi digo una palabrota…”

Confiesa lo que pudo pasar y no fue. Esto parece “Minority Report”. ¿Qué hago, lo abronco o no?

Por esto, no. Es broma. Pero por lo que sucede a continuación, le va a caer un castigo de los gordos.

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Coge y me salta:

– Tienes el culo gordo.
– No.
– ¿Un poquito gordo? – insiste.
– No.
– Hummm… ¿Tienes el culo flaco?
– Eeeeso es.

¡Joé, para una cosa que no soy, culona, viene este a minar mi autoestima!

Cerezo

Hemos encontrado un cerezo. Las cerezas más maduras están arriba, así que, ni cortos ni perezosos, sobrinos, El Cachorro y yo nos hemos encaramado al árbol para conseguirlas.

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Toda la familia hemos podido probarlas. Se me acerca Don Bimbas para darme el parte de cómo está la cereza:

“Está un poquito asquerosa pero está muy buena”.

Es que me troncho con este niño y sus descripciones tan enfrentadas, que no hay por dónde cogerlas, que no te enteras si las cosas le gustan realmente o no le gustan ni de casualidad.

Watch your step

Abro la puerta a las once menos cuarto de la noche, volviendo del trabajo, y me encuentro con…

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O sea, no hay que bajar la guardia y dejar de mirar por dónde piso ni en mi propia casa.

Me asomo al salón y están el Señor de las Bestias y El Cachorro viendo la tele.

– ¿Se puede saber qué hace Don Bimbas ahí tirado?
– Nada, que se ha ido ahí y ahí se ha quedado.

¿Pero esta querencia de mi rubio por el suelo?

Bueno, no sé si por el suelo o por dormir raro. Otro día cualquiera, hago mi rueda de reconocimiento, esto es, echar un ojo al cuarto de mis hijos cuando yo me voy a dormir, y me encuentro esta estampita:

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¿Es esta una manera normal de dormir? Pregunto.

Luego dice que le duelen las rodillas. Lo que no sé es cómo no le duelen los tobillos, el espinazo, el coxis, los hombros y el píloro.

Publicidad de pilinguis

No sé en vuestro barrio, pero en el mío, los coches que aparcamos en la calle, nos encontramos día sí y día también tarjetitas en nuestro parabrisas o encajadas en las ventanas, con publicidad de lumis.

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El Cachorro ve una tarjeta. La coge y me la da:

– Mira, te dejan cositas.
– Agh – me sale.
– ¿Qué es?
– Eeeeeh… Publicidad de medias.

A veces ando rápido de reflejos… A veces.

Tablet a hurtadillas

Pues os revelo que, cuando Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso, les dijo algo más de lo que nos ha llegado. La condena fue la siguiente: “Labrarás la tierra, parirás con dolor y tendrás hijos que se despierten a la misma hora que la de ir al cole en días de fiesta”.

Porque, no falla. Para ir al cole, hay que ir a despertarlos y cuesta lo más grande. Pero el día que hay fiesta, al despuntar el día, zas, en pie. Para matarlos.

Yo, que de natural no me gusta madrugar ni un pelo, que he sido nocturna toda la vida, los días de fiesta quiero levantarme lo más tarde posible. Sobre todo estos días, que me quedo hasta las tres viendo “Juego de Tronos” como una obsesa (es la primera serie a la que me engancho así después de “A dos metros bajo tierra” del año 2001). Así que intento hacerles entender a mis hijos que es muy importante que no me despierten. Pero lo hacen, vaya si lo hacen. Si se despierta Don Bimbas, antes incluso de ir a hacer pis, se viene a mi cama y me dice: “Tengo hambre”. Yo le logro balbucear que pille cereales o lo que sea, pero que por el amor de Dios, ¡no me despierte!, pero ya es tarde, porque no vuelvo a conciliar el sueño. Ahora, me quedo remoloneando lo menos hora y media más.

Si no es el hambre del pequeño, son los gritos porque están peleando los dos y, si no, los juegos bestias a los que se dedican, que consisten en tirar coches y estamparlos con todas sus fuerzas contra suelo y puertas.

Tooooodos los días intento hablarles en serio sobre la importancia que tiene que respeten el sueño de los demás. Que, si alguien duerme, hay que ir callandico por casa, hablando bajito, sin hacer el más mínimo ruido. Sé que eso es imposible, pero les planteo el escenario ideal para que, al menos, hagan por esforzarse.

Hoy, de nuevo, Don Bimbas ha venido a mi oreja a informarme de que tenía hambre. Yo, le he vuelto a decir que, por favor, no me despertara. Y he vuelto a quedarme en la cama, despierta. Por eso, he visto cómo, al rato, El Cachorro se ha acercado a mi habitación para cerrar delicadamente mi puerta.

“Qué mono”, he pensado, “se está tomando en serio lo de no molestarme y ha tenido el detalle de intentar preservar mi sueño”.

Cuando me levanto y abro mi puerta, me encuentro también la del pasillo cerrada.

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Y, luego, la del salón.

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Tanto cuidado hacia mi persona, me escama. Y abro la puerta.

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Claaaaaaaaaaaaaaro. Ya decía yo. Tienen prohibido coger la tablet sin mi permiso, y se lo pasan por el forro de los cojCALZONCILLOS. Y aquí estaban, protegiendo su desobediencia.

¡Para esto sí que no arman ruido, los muy bandidos!

Don Bimbas, algo más tarde, me pide la tablet. Le digo que nanay, que se han pegado el gran rato con ella. Él siempre anda rogando que se la dejemos. PERO, ¿sabéis por qué él, en particular, está tan enganchado a la tablet? Porque me ha salido musical perdido. Le flipa ponerse canciones, sobre todo si son la de “Despacito” o “Si te vas, yo también me voy” de Enrique Iglesias.

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Lo cachondo del tema, es que se planta la tablet en la oreja como un negro rapero del Bronx. Y a menear el culillo. Es carne de reguetón.

Interpretando el blog

Estoy buscando fotos para el blog, concretamente para el mes de junio del año pasado. Encuentro una secuencia en la que a Don Bimbas le vence el sueño mientras está comiéndose un sándwich.

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Y vienen mis dos baldragas a cotillear. Cuando ven las fotos, les digo: “Esperad, mirad cómo fue el asunto”, y me dedico a poner sonidos y voces a cada foto, haciendo como que soy Don Bimbas.

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Que si “ay, qué rico el sándwichzzzzz”, que si, “roon, fiuuu, roon fiuuu”, que si “¡PUM!”, cuando se cae el contenido al suelo, que si “uy va, la que he liadoooo”.

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SE PARTEN DE LA RISA. Y, cómo no, me hacen repetir la jugada tres veces.

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Porque cuando les gusta una cosa, son insaciables.

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Y yo me gano otra secuencia para un post…

En el nombre del padre

Estamos cenando con un vecino y sus hijos. No sé de qué estarían hablando los críos, que el que tiene dos años menos que El Cachorro, le pregunta al Señor de las Bestias:

– ¿No te llamas Tato?
– No – contesta Tato, el Señor de las Bestias, que se llama Augusto.
– ¿Cómo te llamas? – pregunta la hermana del crío.
– Simón – le pide su padre a El Cachorro – dile cómo me llamo.

Y dice El Cachorro:

– ¿Sabes cuando estas tirado en el sofá de casa? ¿Cómo se llama eso?
– A gusto – dice la cría.
– Pues así se llama mi padre.

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Qué tío.

Protección de “datos”

Estoy sentada en la urbanización, hablando con dos vecinos, cuando se me abalanza El Cachorro por detrás, me abraza, y me dice, apurado, al oído: “¡Mamá, se te ve el culo!”.

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Previamente me ha hecho esta foto. Y otra más de cerca, un plano detalle (y desenfocado) de la raja. Y sus amigos se reían. Porque ser legal no quita para serlo… con un poquito de demora.