Me gusta la gabardina de ese escaparate con pancartas

Esta frase del título del post de hoy, he de confesar que me cuesta leerla bien.

Os cuento.

Dice mi madre que le encanta que Don Bimbas le pida que le haga tostadas con “manquetilla”. Le ha hecho mucha ilusión comprobar que no ha perdido esa palabra (hacía mucho que no se veían y “mantequilla” no es algo que digas habitualmente en una conversación normal por teléfono…)

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Y claro que le hace ilusión. Ella es la reina de transformar palabras. Le encanta decir “bragardina”, “cambión”, “carambelo”, “camparta” y “escarapate”. Lo malo, ya lo reconoce, es que de decirlo tantas veces haciendo el tonto, a la hora de la verdad, no le sale decirlo bien. Y lo peor, es que me lo pega.

A colación de la “manquetilla”, hoy mi madre ha recordado qué palabra dije yo mal durante mucho tiempo. De hecho, creo que lo confesé yo misma cuando descubrí, al fijarme mejor al leerla, cómo se decía realmente. Y es la palabra “transeúnte”. No es muy común, pero yo leía mucho, muchos cómics, sobre todo, y creo que salía a menudo en “Mortadelo y Filemón”. No sé por qué extraña razón, incluso al leerla, mi mente la convertía. Yo, hasta bien entrada la adolescencia, creía que se decía “trausente”.

Imaginad cómo podría ser una frase en nuestra familia: “Un trausente en bragardina observa un escarapate de manquetillas y carambelos”. Tra tra.

Al cabo del tiempo, como digo, ha sido decirlo mal tantas veces aposta, que no somos muy capaces de decir bien la frase.

Con trazo

Me enseña El Cachorro el principio de un dibujo: “¿A que he mejorado mucho?”

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Oye, y, sí, ¡muchísimo! Está dejando de hacer monigotes. Hasta ahora, los dibujos eran como este precioso autorretrato (una cosa no quita la otra) que tiene en su colgador del cole…

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Parece que empieza a dibujar cosas con un poquito más de entidad. De hecho, yo ya voy siendo más yo.

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Estamos en una cafetería, y El Cachorro, que me tiene enfrente, se inspira. Y, claro, es lanzarse él y, cómo no, Don Bimbas va detrás.

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Entonces El Cachorro se viene arriba y me dibuja más veces.

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El último él mismo lo describe así: “Mamá el niño gordo”. O sea, que me ha puesto cara pan y me representa como un niño gordo.

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Y que jijí y que jajá. Pero luego el jijí y el jajá van a más, están los dos tronchados, y me parece demasiado para lo de mi careto redondo. Me enseñan el verdadero motivo:

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Han encontrado en el suelo esta tarjeta de las asiáticas que dan masajes en Usera. Y están encantados de ver eso. Se les ha pasado toda la inspiración.

Los Pablos

Pasa un señor mayor y nos escucha llamar a Don Bimbas, cuyo nombre es Pablo. Y dice: “Como yo. Hola tocayo”.

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Unos metros después, nos cruzamos con otro abuelete y salta Don Bimbas: “¡Mira, otro Pablo!”

Sabedlo, cuando los hombres envejecen, se convierten en “Pablos”.

Dónde está la garantía

Aquí un padre sorprendiéndose del rosario de heridas que tiene su hijo en la pierna.

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“Yo te hice unas piernas nuevas ¡y mira cómo las tienes!”, le echa en cara. “¿No te puedes cuidar un poquito más?”

Es verdad que anda el peque espectacularmente dañado. Tiene demasiados rasguños, muchos rasponazos, gran cantidad de moratones, tremendos golpes, chichones, heridas, cicatrices, pellejos… Él a las postillas les llama “cortezas”, jajaja. Mira, hasta le encuentro sentido. A este paso le va a salir corteza por todo el cuerpo.

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(Aquí, mostrándome una de sus “cortezas” en el dedo. “Ya se la he enseñado a Leo” -su amiguito del cole-, me dice).

Y el Señor de las Bestias, que últimamente tiene mucho trabajo y para poco por casa, con lo que no es testigo de la cantidad de veces que se toña, ahora el tema le pilla de sorpresa.

Su indignación la comparto. Jopé, nos hemos esforzado trayendo al mundo a un tipo muy mono, un muñeco, un querubín, para que ahora él mismo se autolesione estropeándose tanto a sí mismo. Le deberíamos reclamar daños y perjuicios.

Bueno, igual mejor nos callamos, porque también nos ocurre que, estando en un restaurante terminando de comer, El Cachorro, el chocolatero numer one, pide su postre favorito, que es el volcán. Don Bimbas, que hace todo lo que hace su hermano mayor, también lo pide. Lo sirven. Mete la cuchara, sale el chocolate caliente derretido y dice: “Esto arde como la moto”.

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Ja, ja, ja. Menudo trauma le quedó al pobre de cuando se quemó con mi Harley hace poco más de un año (¿os acordáis, cuando su padre lo montó el día que nos íbamos de vacaciones, y se quemó en el tobillo cosa mala?). Así que si no se hace él daño a sí mismo, ya se lo hacemos nosotros.

Ahora, como veis, utiliza la moto como medida de calor.

Regalo con arrepentimiento

En Vietnam, el Señor de las Bestias regaló a sus hijos una pulsera de ojo de tigre. Don Bimbas se la cargó días después en uno de sus enfados, cuando se la arrancó, la estiró y saltaron todas las bolitas (episodio por supuesto ya relatado en estas páginas virtuales).

El Cachorro, allí, me pidió un día que se la guardara, y me la puse y me gustó. Se la demandé a El Cachorro y me dijo que no me la daba. Pero, casi al final del viaje, me dijo que me la regalaba.

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Hoy, que la ve, decide que la quiere de vuelta. Y yo le digo que lo que se da no se quita, Santa Rita. Él: “Jo, ya lo sé, pero es que papá iba a comprar otra y no lo hizo y ya no vamos a volver a Vietnam, jooo”. Yo no me inmuto. Entonces él empieza la campaña. Al rato se acerca, coge la pulsera y la manosea: “¿Ves? La pulsera quiere estar conmigo”. Le pregunto que cómo es eso. “Hace la letra ese”. “¿A ver?” Vuelve a hacerlo, solo que, para su desgracia…

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… le sale una A… ¡de Amaya!

Chivato

Estamos el Señor de las Bestias y yo holgazaneando en la cama. Los niños, se entretienen como pueden. Hacen incursiones a nuestra habitación a ver si estamos despiertos. En una de estas, viene El Cachorro:

– Pablo está viendo la tablet sin permiso.

El Señor de las Bestias, que solo quiere dormir, le dice que él se puede poner la tele. Sale y cierra la puerta. Porque cuando se pone la tele estando nosotros en la cama, tiene la deferencia de cerrar nuestra puerta, que siempre está abierta, para no molestarnos.

Y se vuelve a abrir la puerta. Esta vez es Don Bimbas. Se planta al lado de nuestra cama:

– Simón es un chivota.

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Jaaaajahaha

Hombre plátano

Que no, que dice Don Bimbas que no le ponga otra cosa que no sea su “disfraz de plátano”, como él lo llama. Y se lo pone y se ata la camisa hasta el botón de más arriba. Tan estupendo él.

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Llego a decirle yo que mira que salado esto que te he comprado, y me dice que me peine. Pero en este caso le ha chiflado…

Y están los dos críos igual. No se quitan los plátanos ni por asomo. Cinco días después, en este parque de Pamplona…

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… Observa mi cuñada: “Todos los niños van vestidos por parejas. Unas de amarillo, otras con peto vaquero, dos niños con rayas, dos plataneros…”

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De verdad, les he comprado ropa de Star Wars, de tiburones… pues nada les ha hecho más ilusión que el “traje de plátanos” vietnamita. Esa mañana, El Cachorro:

– Me quiero poner los plátanos.
– Cariño, hoy de máxima dan 24 grados, y mañana 33. Mejor mañana, que eso es una telilla infame que es como ir desnudo.
– Pero quiero que me vean los primos, los abuelos…

Y ha habido que vestirlo con sus mejores galas para obnubilar al personal. En Pamplona. Que mira que se viste bien en Pamplona.

Vaya

El niño que se ha portado de manera ejemplar, que en lo que ha entrado al garaje, la madre de mi amiga (que también ha estado de vacaciones con ellos), abuela de la suya (de la amiguita de Don Bimbas), se ha encargado de reiterarme lo que se ha hecho querer, que ha sido un amor y que ha atendido todo a la primera y que qué rico y qué pasada de niño y cómo lo adoraban sus hijos (tíos de la amiguita, pues han vacacionado donde ellos viven) y tal y Pascual, en cuanto ha entrado por la puerta de casa, como contaba en el anterior post, ya ha encontrado un motivo para enfadarse.

Este niño, que no ha dado en ocho días ni un problema y que ha dormido todas las noches de un tirón, sin quejas ni dolores, hoy ya ha llorado dos veces y he tenido que ir a su cama a darle masajes en las rodillas hasta calmarlo.

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No queda ahí la cosa:

– Amaya, y no ha hecho ni un pis.
– ¿Ningún día?
– Ningún día – me informaba mi amiga.

Pues bien, primera noche en casa y, por la mañana, para no perder la costumbre, el pequeñito se desliza en mi cama. Se mete dentro y anda rebozándose. Y yo, en un duermevela, resistiéndome a levantarme. Pero, en esto, que me asalta un presentimiento. Y toco la tripa de Don Bimbas. ZAS. Mojada. “¡NNnnnnnnnnnnooooooooooooooooooooOOOOO!”, exclamo. Quito la sábana (con el edredón – sí, soy de las de edredón en julio… en Madrid –) y le huelo y, para mi desgracia, no es sudor. Voy corriendo a su cama y compruebo que también huele a pis. Se ha sobrado el pis y ha mojado su cama ¡y la mía! A dos días de irnos de megavacaciones, con cien mil lavadoras que estoy poniendo. PPOORR QQUUÉÉ.

Esto se llama llegar y besar el santo, o donde hay confianza, da asco. Una de dos.

Faltón

Jugando a pillar con Don Bimbas, me dice: “Es que cuando me persigues casi digo una palabrota…”

Confiesa lo que pudo pasar y no fue. Esto parece “Minority Report”. ¿Qué hago, lo abronco o no?

Por esto, no. Es broma. Pero por lo que sucede a continuación, le va a caer un castigo de los gordos.

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Coge y me salta:

– Tienes el culo gordo.
– No.
– ¿Un poquito gordo? – insiste.
– No.
– Hummm… ¿Tienes el culo flaco?
– Eeeeso es.

¡Joé, para una cosa que no soy, culona, viene este a minar mi autoestima!