Sí, somos nosotros

Han encintado la calle de mi portal, avisando de que no se puede aparcar por un rodaje.

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No, no es por un rodaje. Es por la celebración del cumpleaños de El Cachorro y Don Bimbas.

Ya sabéis que el Señor de las Bestias no se caracteriza por la discreción ni el comedimiento. Todo lo contrario. Es lo más exagerado que conozco. Pues bien, resulta que necesita aparcar aquí unos camiones…

Dentro de un par de días os enteraréis de por y para qué.

Menos mal que celebramos los cumples juntos y cada dos años (hace dos años trajo a Papá Noel con su reno), que si no este señor arruina a la familia en un santiamén.

Don Bimbas tiene un doble

Me viene Don Bimbas con un libro abierto, me señala la foto del autor de cuando era pequeño y me dice: “Y Pavlo”.

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¡Cree que es el de la foto! Todo encantado, está. Se reconoce absolutamente en esa imagen.

* “Y Pavlo” lo escribo así porque todas las frases las empieza con i/y (o más bien lo que hace es convertir las palabras en frases con solo colocarles una i/y delante), y porque no pronuncia Pablo bien del todo, hace algo raro que no logro identificar qué es.

P.D. Voy a enterarme de cómo es el autor de mayor, por si me hago una idea de cómo va a evolucionar Don Bimbas…

Estratagemas entre sufridores empedernidos

Nos saca el Señor de las Bestias una foto a El Cachorro y a mí. Cuando termina, yo le pido verla, pero él me informa de que le queda poca batería, y que elija qué quiero, gastarla viendo esa foto o reservarla para hacer más. Por supuesto elijo la segunda opción.

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Pero El Cachorro está empeñado.

– ¿A ver, a ver? – reclama.
– Sorpresa.
– Nooo, a ver.

Y le dice su padre por lo bajini:

– ¿Qué quieres, no irte en toda la tarde haciendo fotos?

Jaajajajajaja. Y ha sido mano de santo. Porque ambos saben que, si no me gusta, la voy a repetir todas las veces que hagan falta hasta que salgamos bien. Y El Cachorro ya no ha insistido más. Mártires los tengo.

Look estelar asesinado por una capucha

Hola, soy la fan de ir conjuntada. Hoy el motivo son las estrellas (de ahí lo de “estelar” del título del post, que no doy puntada sin hilo y lo conjunto todo que no veas). Y soy así de pizpireta. Solo se ven las camisas, pero si puedo, lo conjunto todo.

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Hago lo mismo conmigo. Me tira bastante ponerme ropa interior del color de con lo que me vaya a vestir.

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Total, que tan monos que van mis niños. Pero no contaba con… las capuchas.

La capucha, ese complemento que es capaz por sí solo de desgraciarte el físico, la química, el porte, el glamour y la dignidad, sobre todo la dignidad. Porque hay capuchas que no hay por dónde cogerlas. Hay capuchas antiestéticas. Infames, quasimodas, rebeldes, contestonas, asquerosas.

Pues bien, eso les ha pasado a mis hijos. Que mira que son guapos, mis hijos, porque son guapos. Pues bien, les planto las capuchas, porque aquí en Oporto no puede llover más, y se convierten en algo que recuerda vagamente a mis hijos pero que, claramente, no son mis hijos. Son unos entes de cabeza cuadrada y abultada encajada sobre unos hombros. Son pequeños monstruillos cabezones. Vamos, que estoy por caminar a tres metros de ellos, no vaya a ser que me relacionen.

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Y al señorito maniático, ese renacuajo que la lía parda por qué ponerse o qué no ponerse, que se tiene que ver bien, resulta que le encanta ponerse la capucha. Cuando le planto un gorro, una bufanda o un cuello o algo así, bien monos y a la moda, no hay forma, pero esta capucha que no le puede sentar peor, palante.

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Cómo pueden sentar tan mal las capuchas. (Y eso que, en las fotos, no sé por qué milagro, salen hasta bien, pero la cruda realidad es muy distinta).

Y las fundas de agua de las sillitas, ¿qué me decís?

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JA, JA, JA, JAAAA. Mundial.

El otro tiene que hacer lo mismo que su hermano, CLARO.

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Me tiran por tierra mis pretensiones de que vayan bien por la vida.

No tuta

Y dale. Es que no hacemos carrera con este crío. Le coge manía a toda la ropa nueva nada más verla. Casi siempre va de azul y hoy decidí ponerle un pantalón beige de los cuatro que tiene muertos de la risa. Pues ha sido sacarlo del armario y ofrecérselo y cerrarse en banda. “No tuta”.

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Y que no hay forma de colocárselo, oigan. Tengo que estar a limpia estratagema con él. Hoy ha sido: “¿Quieres ir con papá a desayunar a la calle? ¡Porque se va ya!” Ha accedido a regañadientes y yo me creía victoriosa. Hasta que le he sacado el abrigo nuevo. Una chulada. Pues ea, que no. “¡No tuta!” Madre del amor. (Yo, también, he estirado demasiado el chicle…) El argumento: “Es el que te pega, el azul no va con lo que llevas”, no ha servido para que diera su brazo a tocer. Ha sido de nuevo el: “¡Que se va papá, que se va!”, con el Señor de las Bestias en la puerta, el que ha terminado de convencerlo.

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Qué cara de alegría.

Ya son ganas de complicarlo todo continuamente, ¿no? ¿Por qué esa manía de ir con el no por delante?

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Pero me he salido con la mía.

Con lo que no da guerra es con el pijama. Está de lo más obediente.

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¡Miradlo! ¡Tan feliz! ¡Con los pantalones del pijama encima de los de vestir! Para hacer el ganso está siempre disponible.

Encestar

Que tengamos que dar espectáculo cada vez que vamos a un restaurante…

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Culpa del padre, que juega a meterles bolitas de miga de pan en la boca.

Y ahí están los dos.

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Que parecen pollos en un nido.

El caso es que el Señor de las Bestias es bastante bueno, y encesta casi siempre. Pero que yo esté de los nervios por dar mal ejemplo a los críos de cómo se comporta uno en un restaurante, y por temer que se le escape una bolita y le dé en el cogote al de la mesa de detrás, eso no me lo quita nadie.

La diversión de unos, el sufrimiento de otra.

Aventura en el pasillo

Con tal de no ir a la cama a echar la siesta es capaz de estar entretenidico en el pasillo con un coche unas dos horas. Está ahí porque sabe que si entra al salón donde estoy yo, se ganará un bufido (por no hacerme caso habiéndose ido a dormir). Así que se queda en el pasillo, en la entrada del salón, para tenerme cerca o a la vista.

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Hace lo mismo de noche. Sale de la cama y por no entrar en el salón para que le afeemos la conducta, se queda en el pasillo. Y tú lo oyes trajinar y respirar.

Por supuesto en ambos casos, tanto cuando lo hace en la siesta como cuando lo hace de noche, al final me da penica y le digo que venga. Entonces se le ilumina la cara y se acurruca a mi lado en el sofá, el jeta.

Y me recuerda a mí. Yo hacía lo mismo. Yo también me levantaba por la noche y me quedaba en el pasillo pero silenciosa, para poder ver la tele desde ahí. La disposición del sofá y la tele en casa de mis padres por aquel entonces era propicia para mis propósitos. Estaban de espaldas a la puerta y la tele de frente al pasillo. Así que, aunque veo al peque reflejado en mí, lo cierto es que tanto la situación como el propósito eran distintos. Y ahora, un saludito a mis padres… je, je.

Descubriendo a su madre

Que estoy yo durante la cena así normal, comentando algo, y coge El Cachorro y me dice entre sonrisas: “Eres muy graciosa”.

No lo exclama. No lo descubre. No lo grita. Lo suelta en plan obvio. Lo mismo que si estuviera diciendo: “La leche es de color blanco”.

Y a mí me hace gracia que descubra a su madre así. De forma tan natural. Que de repente haya caído en que su madre es graciosa. Porque igual la monda no soy, pero tengo mi gracia, sí. Sobre todo con un público taaaaaan entregado como son mis dos hijos.

Pero es que ocurre que les hago gracia, obviamente, cuando me dedico a hacer gansadas, a poner caras o voces, cuando me pongo histriónica y payasa. Pero resulta que también cuando comento la vida en general, con ellos, mientras cenamos. Cuando reacciono a lo que hacen: “Haaala, venga, tira unas pocas migas más, si eso, que casi no has alfombrado ya el suelo de pan”. Y El Cachorro se troncha. Y Don Bimbas también, por imitación. Así que El Cachorro a veces me pide: “Di cosas graciosas”. Y yo tengo que contarle alguna anécdota o comentar algo que está ocurriendo, al estilo que a él le gusta, para que le dé un ataque y le entre el hipo (como me ha pasado a mí siempre).

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Vamos, que las cenas se nos hacen eternas normalmente porque son más pesados que una vaca en brazos y tardan la misma vida, y algunas veces porque yo, a mis hijos, les hago gracia.

Estaba cantado

Vuelvo de Nápoles con mi gran adquisición, un pesebre/nacimiento. Lo coloco en el sitio que tenía pensado para él desde el principio.

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En cuanto el Señor de las Bestias lo ve, augura: “Si lo pones ahí no te va a durar nada. Los críos lo van a tirar con la mochila o el abrigo cualquier mañana de estas antes de salir de casa”. Dos días después, DOS, El Cachorro tira para atrás su abrigo para ponérselo y, zas, le sacude al Belén un “abrigazo”. No lo ha tirado de milagro. Milagro, sí; al fin y al cabo, ahí Dios anda por medio. Pero anda que…

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Rappel, es hora de que te retires. El Señor de las Bestias te tumba con sus premoniciones.

El adoptado

Que falto en casa y me encuentro con que han encontrado con quién rellenar mi hueco.

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Sí. Un perro.

Estoy de viaje y me envían esa foto. Y luego esta:

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Supongo que para torturarme. Porque me deben conocer lo suficiente como para saber que yo sufro pensando en que hay unas patas no lavadas de animal que ha pisado todo lo pisable de calle, asfalto y jardines con cacas, entre las sábanas de mis hijos.

Cómo se aprovechan de mi ausencia…