Llevar la contraria

Fijaos en el aviso que dio ayer la profesora de El Cachorro en relación a su visita al Museo del Prado de hoy…

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Pues cojo yo y le pongo un táper cuadrado con dos kiwis partidos por la mitad y una cuchara. Más difícil imposible. Ningún día le complico tanto el almuerzo. Creo que no le he puesto kiwi en la vida. LLORO DE LA RISA.

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“Normal que el hijo sea así”, pensará la profe, “viendo cómo es la madre”.

Vi el mensaje de la profesora después, no os vayáis a creer. Sin embargo, reconozco que no me acordaba de que se iban de excursión, a pesar de que lo tenía apuntado en la agenda. Si no, no le hubiera puesto eso para que se llevara, que tampoco soy tan malvada… Pero justo hoy lo hago, ¡¡qué coincidencia!!

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No iban a llevar mochila y no sé cómo se habrá metido mi niño ese táper aparatoso y absurdo en el bolsillo de su cazadora…

El primer alumno de la forma más pura del “bimbés”

Don Bimbas habla en su propio idioma, el “bimbés”. Existen dos modalidades del idioma: está la jerga, con la que más o menos se hace entender, y luego la forma más pura de esta lengua… en la que se lo inventa todo. Suelta palabras a boleo, que le encanta, y le encanta más que el resto le siga la corriente y se las repita, o contraataque con otra aún más estrambótica.

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El peque ha hecho muy buenas migas con su profesor particular de esquí, el mismo que tenía el año pasado, pues el año pasado nos dijo: “Si volvéis, avisadme, a ver si le puedo dar clase, porque este niño es un crack”. Y eso hemos hecho.

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Así que, con su profe, puede decirle: “¡Achiquipolibuá!”, por ejemplo. O “Coca cati patipú”, o “chumbalacachún”, y así. Y el monitor, le sigue la corriente. Y andan ambos hablando de esta guisa.

Y entonces es cuando intervengo yo. Pero no para unirme, sino para decirle: “¡Deja de inventarte idiomas y aprende el que debes!”

Sigue bastante en su línea de hablar como si tuviera dos años menos de los que tiene. Dice “¿alé?” en vez de “¿a ver?”, y como eso, muuuuchas cosas más. Acaba de decir que quiere mandarle un “selfaje” (mensaje) a su amiga.

Hablar como un alienígena, eso lo borda.

Mr. Saltos

Que dice el monitor de esquí de Don Bimbas que lo ha llevado por saltos pero que se ha asombrado de cómo los hacía. Que los más grandes los estaba evitando porque a él mismo le estaba dando miedo ver la velocidad que alcanzaba, hasta que, al darse la vuelta, ha visto cómo mi peque SÍ iba por los grandes, y le ha echado en cara: “¿Po qué este no?”

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Por otra parte, el profe es de la opinión de que no le va mal hacerlos, porque así le pilla más el tino al equilibrio y coge más confianza y aplomo. Pero, claro, ¡no todos y de todos los tamaños! Don Bimbas lo tiene absolutamente acoj… acongojado.

No solo a él. Esquiando juntos en familia, ha querido ir abriendo paso, ha adquirido velocidad supersónica, y he tenido que salir despavorida a por él, pensando en que le estaría dando un soponcio y también en que se me iba a descuajeringar…

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… pero cuando lo alcanzo está el tío como si tal cosa.

Nos va a dar un infarto, con él. Con cuatro añitos y dos meses, que tiene.

Cómo me conoce

Me vuelve a sacar de quicio El Cachorro. Porque es un tipo que no entiende lo que es un no a la primera. Llevamos el coche hasta los topes, y él, empeñado, pero empeñado, en que nos tenemos que llevar su bici. Casi se me seca la boca de las veces que le he dicho que no cabe. No solo eso. Es qué él lo está viendo.

Me he enfadado ya cinco veces con él. Lleva con la murga… pues, si es la una de la tarde, toda la santa mañana. En una de estas ya le he gritado que, si le decimos que no cabe, no cabe y punto, ¡que no sea tan absolutamente pesado, “¡¡qué pasa, que no entiendes lo que significa caber o qué problema tienes para que estés todo el rato repitiendo lo mismo y que si jo y que si ja, ¡que te calles ya y punto!!!”! (¿Veis cómo he ido acumulando exclamaciones de apertura?)

Pero, en el coche ya montados, que nos hemos metido nosotros como hemos podido entre todos los bultos, vuelve a la carga:

– Joooo, ¡la bici! ¡La biciiiii!
– ¡¡Mecagüen diez, Simón, ¿dónde? ¿Dónde? ¿¿Pero no estás viendo que no cabe??!!

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Y él, con toda la calma del mundo, me dice:

– No grites que estás afónica.

Y lo estoy. Ayer me diagnosticaron laringitis. Y con su parsimoniosa contestación, no sé si estoy más indignada que divertida o al revés. Vaya fulano. Tiene contestaciones para todo. En el cole, no. Ahí todo es “no sé”. Pero en la vida real, sale de absolutamente todas.

Y, como nos vamos conociendo, cada vez se le hace menos difícil.

Ya en destino, se me acerca:

– Mamá, te quiero contar algo.
– ¿Qué, cariño?
– Bueno, mejor no. Mañana.
– Pero dime…
– Es que te vas a poner triste.
– ¿Sí?
– Sí, y no quiero que te pongas triste.
– ¿Tú estás triste?
– … Sí… – No suena muy convincente. Es decir, compungido no está. Veo que se toca el muslo y como que lo tapa.
– ¿Te has hecho daño en la pierna?
– No…

Y ya quita la mano y descubro lo que ocurre.

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Los pantalones del pijama, que es la segunda vez que se los pone, están agujereados.

Cómo sabe que, si aparece desmembrado o atravesado por una lanza, ¡me dará más pena la ropa rota o manchada de sangre que él! ;-P Por suerte (para él), con el teatrillo que le ha echado, logra amansar a la fiera, que soy yo.

Carpetanos

Mañana entrega Don Bimbas una ficha sobre un yacimiento prehistórico cercano a Madrid. Lo que ha hecho él es ir escribiendo las letras que yo previamente le decía y que, como todavía no sabe cuáles son, le tenía que escribir también antes. O sea, que lo que puede saber de este trabajo, os imagináis qué puede ser. Tiene dos sílabas, empieza por “na” y termina por “da”.

Pues lo tiene que exponer.

No, no hemos ensayado mucho. Pero porque me conozco el percal también. Él puede repetir lo que yo le digo que diga. Pero, motu proprio, no. No memoriza. Así que por mucho que le enseñe que se trata del yacimiento de Miralrío y que allí vivían los Carpetanos (esto se lo repito mucho), que situaban sus pueblos cerca de ríos o arroyos, que sus relaciones sociales eran de igualdad, que eran agricultores y que con hierro construían herramientas, armas y otros elementos como fíbulas, dado que vivían en la Edad de Hierro, él se va a quedar con una cosa o con nada.

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De hecho, de camino al cole, pruebo:

– ¿De dónde es el yacimiento?
– ¡De los cam-pe-tanooosssss!
– Sí, de los carpetanos. Pero está en Miralrío. ¿Y dónde construían sus pueblos?
– ¡En los cam-pe-tanooosssss!

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A TODO contesta “¡cam-pe-tanos!”, todo contento. Lo malo es que su hermano y yo nos tronchamos de la risa y, claro, así no hay quien pueda.

P.D. Por la noche, después de cenar, se me ocurre preguntarle, con su padre delante, y para hacer la gracia, que de dónde era el yacimiento. Y, esperando que grite de nuevo “cam-pe-tanos”, coge y salta: “De Miralrío”. ¡MIRA, ES UN FIGURA!

Niño truculento

– Mira qué chulo estoy – me dice Don Bimbas.
– Estás muy chuleta, cariño, sí.

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No puede estar más encantado con su chándal de esqueleto. Le privan los esqueletos, las calaveras… Tú le preguntas cuál es su color favorito y te contesta: “Mi color favorito es el nengro”. Yo, hasta Don Bimbas, no había conocido a ningún niño que su color favorito fuera el negro.

Me va a salir gótico.

Todo lo ve desde su perspectiva terrorífica. Me pilla yéndome de casa…

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– Me voy.
– ¿Te vas al trabajo?
– Me voy a mi curso de payaso – estoy haciendo un curso de Clown.
– ¿De payaso zombi?

Madre mía qué obcecación tiene con los zombis. Y si le dejas Youtube, enganchado perdido a las canciones de Halloween, tipo “cuando el reloj, marca las tres, los esqueletos se vuelven del revés, chumba lacachumba chumbalá”. Ya lo dice él, lo que más le gusta en esta vida es Jalogüin.

Tenemos a un nuevo maestro del terror. El nuevo Stephen King. Además, tiene “Rey” por apellido. King es un rato.

Merienda amarga

Recojo a los niños de la ruta que los trae de sus extraescolares, de tenis (El Cachorro) y de natación (Don Bimbas), que viene dormido y hay que despertarlo. Justo enfrente de la parada hay una pastelería, y ambos me piden ir a merendar ahí. “¿A santo de qué?”, digo. Pero me acuerdo de que la última vez los llevó el Señor de las Bestias, ese papá que hace cosas molonas, no como su mamá, que no quiere darles caprichos continuamente ni que se alimenten mal y que por lo tanto no es, ni de lejos, tan divertida. Y también pienso en que en tres días me voy unos días a Pamplona sin ellos, y que los voy a echar de menos, y que igual puedo dejar de ser una malrollera por una tarde. “Venga, vamos, que os invito a merendar”.

Entramos y se ponen a mirar el mostrador de bollos y pasteles:

– ¡Yo quiero éte! – dice Don Bimbas.
– ¿Ese? ¡Pero si es muy grande! – Es un cafetero con doble ración de trufa – ¿Ya te lo vas a acabar?
– ¡Sí! – Así que se lo pido. – ¿Y tú? – le pregunto a su hermano mayor.
– Yo este y…
– ¿Cómo, “y”? – le digo.
– Pues que quiero dos –. Los dos que estaba señalando tenían el tamaño de una plaza de toros.
– De dos nada, majo, uno y vas que chutas – le replico.
– Pues con papá son dos –. Tócate los pies, con su papá.
– ¡Que de dos nada, hombre ya, ¿de qué vamos? ¡Y para vosotros nada es suficiente! ¡Ya con el morro torcido, pero bueno! Elige ya o nos largamos y santas pascuas. – El malrollismo me puede.

Así que El Cachorro elige un donut (más grande que su cabeza) de chocolate.

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– ¿Y ahora qué queréis, Cola Cao?
– Yo sí – dice El Cachorro.
– Yo quiero un batido de chocolate – dice Don Bimbas.
– Simón, ¿quieres tú también batido o prefieres el Cola Cao?
– Cola Cao – reitera El Cachorro.

Total, que pido. Y de paso una especie de teja doble rellena de chocolate y un té para mí. Sirven lo de los críos.

– Joooooooooooooooooooooo – dice El Cachorro, con ese tono lastimero rayano en el lloriqueo que me saca de quicio. – Yo quería lo de Pabloooooooooo.
– Simón, vamos a ver, te he preguntado no una, sino DOS veces, si querías Cola Cao o batido. Y has dicho Cola Cao.
– Pero yo no sabía que era esoooooooooooooo.
– Pues te aguantas.
– JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, NOOOOOOOOOOOOOOO.
– ¡¡Simón!! ¡Te aguantas! ¡Ya lo sabes para la próxima vez!
– ¡¡JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!
– ¡¡¡MECAGÜEN TODO!!! O TERMINAS DE QUEJARTE O COGEMOS Y NOS VAMOS AL COCHE TAL QUE YA.

Se calla.

– Que ya está bien, hombre, ya está bien. Que me convencéis para venir, que es un premio, y desde que entramos no hacéis más que quejaros. – (En realidad es solo El Cachorro, alias Don Protestón, quien lo hace) –. Y me pongo de los nervios, ¿eh?, pero de los nervios.

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En esto, veo al de la O.R.A. observando mi coche, al que no le he puesto tique porque no pensaba ir a merendar.

– ¡Quedaos aquí un segundo que muevo el coche! – les ordeno a los críos.

Y salgo pitando para cambiarlo enfrente, que es zona de residente y yo lo soy. Y cuando vuelvo, a los dos minutos, ya me la habían empezado a liar. Veo a El Cachorro DUCHADO en polvos de Cola Cao.

– ¡Pero bueno! ¿Qué ha pasado? ¿No puede pasar un segundo sin que la lieis?

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Las de la pastelería se descojonan. Entre risa y risa me sacuden once euros y yo ya estoy escandalizada perdida: “¡Si es el precio de un menú con café y postre!”. Cojo el té refunfuñando y me dispongo a darme la vuelta para enfilar la mesa. Y en ese preciso instante… ¡CRASH!

El Cachorro le ha metido un codazo a mi pastel y lo ha tirado, junto con el plato donde reposaba plácidamente a la espera de ser comido, al suelo, haciendo añicos pastel y plato. Las de la pastelería ya no se ríen tanto.

– ¿¡Pero cómo es posible esto!? – exclamo.

Por favor, es una pesadilla. No lo entiendo. No sé cómo no podemos merendar en plan normal, sin sobresaltos y sin enfados y sin gritos y sin estrés.

Don Bimbas, por su parte, ya está moneando por ahí. Y veo su pastel. El que me había asegurado que se iba a comer entero. Entero está. Solo que en el plato y destrozado. Pero entero. Como mucho le falta un bocao.

– Pablo, ¿y el pastel?
– No quiero maáááááás.
– Vamos a ver, Pablo, ¡me has dicho que querías ese y que te lo ibas a comer! ¡Come!
– No me guta.

¿Qué hago, me lo cargo? Para colmo, a mí, con lo laminera que soy, NO ME GUSTA LA TRUFA. O sea, que ni siquiera lo puedo aprovechar. Me dirijo a El Cachorro, que ya está en un sofá viendo una tele que hay ahí puesta.

– Oye, cómete el pastel de tu hermano.
– No.
– ¿Cómo que no? ¿Por qué no? ¡Si es de chocolate, como querías!
– No me gusta.
– ¿Cómo narices no te va a gustar?
– No me gusta.
– No digas tonterías, Don Papá Es Que Nos Compra Dos Pasteles. Aquí tienes el segundo.
– ¡Que no quiero!
– ¡¡Que comas!!

Así que viene con cara de resignación y pena suprema y le meto un trozo. Ahora pone cara como si le hubiera metido en la boca vómito de rata.

– ¿No te gusta?
– No.

Así que lo libero. Me cago en todo lo que se menea. EN TOOODOOOOO.

Don Bimbas, que descubro tiene los pantalones pringados de chocolate (hurra), se pone a saltar en los sillones de la pastelería.

– ¡Ven aquí! ¿Qué te crees que es esto, un parque de bolas?

Cuando voy a por él, se descojona en mi cara y se escapa.

– ¡Ven aquí!

Más risas.

– ¡Qué vengas!

Más risas y más esquivarme.

– ¡¡Para quieto!!

Lo agarro por el brazo y solo se lo quiero arrancar. Él, que es inmune al dolor, porque sí que le agarro como para arrancarle el brazo, sigue meado de la risa y haciéndome burla. ¡QUE-LO-ESTAMPOOOOOO!

Por favor, ¿cómo es posible que me hayan tocado estos niños? Ponen a prueba la paciencia del más pintado.

– ¡Poneos los abrigos, que nos largamos!

Y nos vamos. Nos montamos en el coche y llama el Señor de las Bestias. Le cuento en altavoz, para a la vez echar la peta a los nuestros dos morroskos, la supermerienda que me han dado. Y le digo que esto no puede seguir así…: “Lo malo de los críos de hoy en día es que viven en un premio constante. A mí, como mucho, me compraban un pastel una vez al mes. Ir a merendar fuera era algo especial. ¡Para estos, parece que es una obligación!” Igual que la “modita” esa de “es que los domingos se desayuna fuera””. El Señor de las Bestias se pega ese capricho y se lleva a los dos monicacos, y el último domingo, que les preparé el desayuno en casa, los dos de morros, venga protestar y venga exigir: “¡Es domingo! ¡Se desayuna fuera!” ¿¿PERO DE QUÉ VAMOS??

Por lo pronto, aquí con la menda lerenda les va a costar un tiempito volver a una pastelería…

Maravillosas coincidencias

Ay, lo siento por mis hijos, que se lo van a perder, pero hoy, en la reunión del segundo trimestre de la clase de El Cachorro, donde he visto qué tipo de superhéroe le gustaría ser…

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… me he enterado de que, en la semana en la que nos vamos a esquiar, se celebra carnaval. Es decir, me libro de lo de “lunes en pijama, martes disfrazado de papá, miércoles con algo en la cabeza…”, el trajín que vivimos todos los años por estas fechas y… ¡soy bastante feliz, la verdad!

La errrrre

No sé por qué razón, de hace bastante tiempo a esta parte, Don Bimbas marca las erres como lo hace.

Dice cosas como: “Quiero un coche ne carrerras”, “dámelo ahorra”…

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Y no sé si ha sido poseído por un mafioso ruso, pero me está empezando a imponer un poco… Aunque, de momento, su dialecto lo que me produce es una gracia inmensa. No es ya la pronunciación, es la sintaxis.

Vamos al zoo y, de las mil anécdotas que puede haber habido, la que me encanta es la que se produce cuando salimos.

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Don Bimbas ficha a una niña, que va comiendo un helado:

– Se ha comido un helado ne fresa y es morra – me dice.
– ¿Es morra o tiene morro?

Ja, ja, ja. Con eso de que este niño habla “bimbés”, que es un dialecto del español, es un no parar de conversaciones simpáticas.

Ahora, lo dicho, que se ande con ojo la cría, que si mi pequeño ya considera que “es morrrrrrrrra”, puede que seguidamente selle su destino con un vaso de vodka.