Como una patena

Si fuera vosotras, entraría en el baño detrás de mí y mis hijos. Con tal de que no se sienten en una taza salpicada de pis, me casco una limpieza exhaustiva.

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Si no hay un grifo cerca en el que mojar el papel higiénico, escupo en la taza. Y paso el papel por encima. Que a veces El Cachorro me echa en cara: “¡Hala, saliva, qué asco! ¿Por qué escupes?” Y entonces yo le digo que qué prefiere, sentarse sobre gotas de pis de desconocidos o sobre una taza que se ha limpiado con saliva y se ha secado.

Por no hablar de que la saliva, de toda la vida, es el desinfectante natural. Tú te haces una herida contra un suelo lleno de piedrecitas sucias, y ¿qué haces? Chuparte. Y remediado todo. Pues, hale, a ensalivar la taza.

Pero vamos, menudos restregones. Me empleo de lo lindo. Paso y repaso encima y por los bordes, exteriores e interiores. Dudo que me quedara más limpio con lejía y un estropajo. Envidio a las que entran detrás de nosotros, la verdad.

El trenecito

Se empeñan en ir los dos en el carro de la compra, pero llevamos también la silleta y yo no puedo con todo.

Doy con la solución.

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Claro que muy consistente no es, he de confesar. A Don Bimbas le faltan unas clases de conducir carritos.

Y yo soy una inconsciente valiente por testar sistemas de traslado rodeados de vajilla… Qué me gusta un riesgo innecesario, válgame.

Chivato, acusica

Es el punto de la mañana. Voy a llevar a los peques al cole. Por su parte, el Señor de las Bestias va para su trabajo y anda dejando un reguero de trocitos de barro seco que llevaba adheridos a sus botas por donde pasa. Hay tierra dentro de casa… y fuera. En el descansillo, sin ir más lejos.

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“¡Halaaaa!”, exclamo cuando salimos los cuatro de casa, con él en cabeza, “mira cómo estás dejando esto”. Él baja al garaje a por el coche, y los niños y yo nos paramos antes en la planta baja. Al salir a la calle, nos cruzamos con el portero y con la mujer que se encarga de la limpieza. En esto que veo a El Cachorro que se para a hablar con ella. “¡Correeeeee, que vamos con prisaaaaaa!”, le apremio. Pero él parece tener algo importante que decirle.

Cuando dejo de gritarle que venga corriendo, oigo parte de su conversación: “Es en el uno, hay que limpiar, mi papá ha dejado trocitos de barro”. Le está dando las directrices de dónde se encuentra el barro: en nuestro piso.

Se lo cuento al padre más tarde y el chivatazo de su hijo no le cae lo que se dice bien: “¡Qué cabrón!”, exclama. Claro, su hijo lo ha puesto en evidencia. Pues a ver si espabila, porque no es la primera vez que le pasa y se hace el longuis. Es el rey del escaqueo y del disimulo.

¿Y quién acaba barriendo el barro cuando vuelve de dejar en el cole a sus críos? Claro, la menda lerenda.

Hedonismo

Vamos conduciendo a dos por hora bajo la nieve. Y mis pingüinos me piden cosquillas. Alargo mi brazo hacia atrás y se las hago en los piecillos. Pero me canso de tener ahí el brazo en vilo y paro. Para distraerlos, comento:

– Fijaos en lo bonito que está todo con nieve.

Y salta El Cachorro:

– Es más bonito si me rascas el pie.

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Toma, morena.

Actos inconscientes de hercúlea magnitud

Vamos en el coche y tengo, una vez más, a El Cachorro dando patadas en el asiento.

– Simón, no des patadas. – le digo por decimocuarta vez.
– ¡Noooo, tengo muchas ganas! – contesta – ¡Yo quiero dar patadas! ¡NO PUEDO PARAR! ¡Mi cerebro dice que dé patadas! No me puedo aguantar. Jo, déjame solo con la punta. ¡Aaaay, me dan las ganas! ¡Es que tengo muchas ganas!

¿¿Vosotros os creéis??

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La de veces que me viene, cuando le digo que deje de hacer algo, con lo de “¡¡es que no me puedo aguantar!!” Jaajaja. He aquí el niño dominado por sus instintos.

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Vamos a ver qué nos depara la vida con eso de que no puede dominar su propio cerebro… Y habrá que estar atentos a las voces. Que no le vayan a decir truculencias.

Más difícil todavía

La madre que lo parió. Va el Señor de las Bestias de frente a unas escaleras mecánicas DE BAJADA y, en vez de seguir el trayecto natural, adopta la siguiente postura.

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Vaya manera de colocarse para bajar las escaleras mecánicas con un carrito de niño, con niño.

O sea, cuando ha llegado, en vez de tirar y poner el carro recto y sujetarlo recto bien fuerte en el momento en el que el escalón de delante se baja, coge el tío y se pone de culo, entra él primero en las escaleras, pone el carro también de espaldas a la pendiente, cuando la escalera baja la parte de la cabeza del niño se va para abajo, los pies ascienden, que no se da la voltereta de milagro, y hala, a aguantar el tirón.

Aaaay, Señor, cómo sale a relucir la falta de costumbre…

La vida regalada

Nada, otra muestra más de lo fácil que es la vida para Don Bimbas. Paro en una gasolinera de pueblo. El Cachorro está sobadísimo. Echo gasolina y voy a ir a pagar, pero Don Bimbas me avisa de que tiene pis. Lo bajo. Hacemos pis. Cuando voy a pagar me doy cuenta de que me he dejado el tarjetero dentro del coche. Así que le digo, delante del tipo de la caja: “Quédate aquí un segundo, que voy al coche y vuelvo”. Al volver, Don Bimbas, con dos piruletas. Le pregunto que de dónde las ha sacado y el gasolinero, asustado:

– ¿Puede comerlas?
– No, si se lo pregunto por si las ha mangado o algo…

Qué va. El pequeño ya lo había engatusado, así a ojo de buen cubero, en cuestión de trece segundos, que es lo que he tardado yo en ir y volver del coche. En serio, ¿cómo lo hace?

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Confieso que me da envidia.

Jo-Team

Me pongo a desayunar tarde (muy tarde) y cuando me preparo mis quince tostadas con mantequilla y mermelada de higo, se ponen todos a mangarme. Claro, es pasado mediodía y ya es hora del tentempié para quienes han desayunado de par de mañana. Así que, como todas las mañanas en Pamplona (es aquí cuando me puedo levantar tardísimo porque tengo canguros de mañana que se encargan de mis hijos), vienen Mustafá y Zangalotín a gorronear.

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Y cuando entra en la cocina mi padre, alarga la zarpa y también me choricea una tostada. “Jo qué panda”, exclamo. Y salta El Cachorro: “¿Quién es ahora la Madre Jo?” Ja, ja, ja. No pierde ocasión. Yo siempre le digo, de lo protestón que es, que lo es y mucho, que es el “Niño Jo”. Y ahora él contraataca. “Madre Jo”, por piar.