Po qué

Los críos lo preguntan todo. Todo es por qué esto y por qué aquello. Y me obligan a discurrir lo más grande. Porque todo va en cadena. Por ejemplo, Don Bimbas:

– ¿Duele e pie?
– Sí.
– ¿? – Siempre repite tus afirmaciones o negaciones, como para asegurarse de que ha sido eso lo que he contestado.
– Sí, cariño.
– ¿Duele pucho?
– Sí, mucho.
– ¿?
– Sí.
– ¿Po qué?
– Pues porque me han operado.
– ¿Po qué?
– Pues porque tenía el pie mal.
– ¿Po qué?
– Por caminar con tacones.
– ¿Po qué?

Yo creo que ya lo hace por inercia, porque dudo que sepa ni qué es un tacón. Es más, no sabe ya ni qué narices está preguntando, ni cómo empezó todo, ni cómo ha llegado hasta ahí.

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Pregunta por ejemplo también:

– ¿Eto qué e?
– Un pájaro.
– ¿Po qué?
– Porque vuela y pone huevos.
– ¿Po qué?
– Porque tiene alas y puede volar.
– ¿Po qué?
– Porque hay muchos tipos de animales en el mundo, y están los mamíferos, los reptiles, los peces, los pájaros…
– ¿Po qué?

Y aquí es cuando meto a Dios. Porque yo qué coño sé por qué.

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Por otra parte, he escrito los porqués entre interrogantes cuando, tratándose de Don Bimbas, en realidad pregunta como exigiendo: “Po qué” (pondría doble tilde en la e, si existiera). O sea, lo hace en plan “a santo de qué” o “nadie ha preguntado mi opinión al respecto”. “¡PO QUÉ!”

Pero lo más cachondo del asunto es cuando te preguntan por qué, en cosas que no tienen respuesta. Pongamos:

– ¿Ezo qué e?
– Una silla.
– ¡PO QUÉ!

Tócate los pies.

El Cachorro entonces se monda, porque yo contesto indignada, así de seguido, como con incontinencia verbal: “¿¿Cóóómo que “po qué”?? ¡Pues porque es una silla! ¡Ahí va, el otro! ¡Una silla es una silla! ¡No es una mesa ni una manzana ni un camello bailando claqué! ¡Una silla es una silla! ¿¡Cómo “po qué”? ¡Para sentarse! ¡Una silla! ¡Silla! Anda, tira…”

No solo hago este teatro para hacerles reír. Tengo que hacerlo para parar los porqués. Así se les va la pinza y ya se han olvidado de las dudas que querían resolver.

Artista incomprendido

“Mira lo que he hecho, ¡un reno!”, me enseña El Cachorro.

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“Y una silla”.

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Y así anda, formando figuras.

Y luego va el cafre de Don Bimbas y le destroza todo.

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“¡Jo, Pablo, estás estropeando mis obras!” Y el otro, lejos de compungirse ni de arrepentirse, se troncha. Disfruta haciendo el mal a limpia carcajada. Es que le echas la bronca, además, y te hace: “Ja-ja jajajá” (no es onomatopeya, es así dicho, ja-ja, jajajá, con las jaes muy marcadas, en plan “mira cómo me la pela que me abronques”).

Pobre artista mío, lo que tiene que sufrir con su hermano pequeño. No sé cómo no le acaba poniendo el juguete de sombrero.

Caerme un rayo encima

Estamos hablando El Cachorro y yo sobre qué pasa si te cae un rayo encima. Yo le estoy diciendo que no lo cuenta.

– ¿Y si te cae en el pie?
– Se te queda negro para siempre.
– ¿Y si te da en el corazón?
– Te mueres.
– ¿Y si te da en el pito?
– Pues que no puedes tener hijos.
– ¿Por qué?

MIERDA.

– Esteeee, porqueeee…

Hace falta ser lela. Y dice:

– ¿Porque los niños dirán: “¡Aaaaaah!, ¡es un monstruo, no un padre!”?
– Claro – Uff.

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Y se queda tan satisfecho con su conclusión. A mí sí que ha estado a punto de caerme un rayo encima.

Zapatos invisibles

Vamos al bufé del hotel a desayunar y, cuando cada uno de nosotros acude a la isla que le interesa, dónde me fijo en que El Cachorro…

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¡Va descalzo!

– ¡Cariño! – le digo – ¡si vas descalzo!
– ¡Ah! ¡Ups! – y pone cara sonriente de circunstancias.

¡Ni se había dado cuenta! Es el colmo de la distracción.

¿Pero qué narices voy a hacer con él? Madre mía, qué cabeza. No le va a quedar otra que ser un genio despistado. Lo contario será una decepción.

El dedo infame

– Mamá.
– Qué.

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– ¿Este es el dedo de la palabrota?

Mira que le enseñé el nombre de todos los dedos de la mano. Pues ese ya no es el dedo corazón. Oficialmente ya es “el dedo de la palabrota”.

Hay que ver lo que nos perturba verlo, ¿verdad? O sea, a él, no. Lo considera arriesgado y divertido. Pero yo lo veo hacer eso y no me gusta un pelo.

Buceo infructuoso

Dentro de la bañera, a remojo, me quiere enseñar Don Bimbas cómo se sumerge en el agua y aguanta la respiración. Coge aire, se agarra la nariz… ¡y se la suelta justo antes de meter la cara de frente en el agua! Jaajjajaa.

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Hace cosas que no sabe para qué son y por eso no las hace bien. O sea, él ha visto que, en muchas ocasiones, la gente se agarra la nariz para sumergirse en el agua, y él también lo hace. Pero no se ha fijado en que mantienen la nariz pinzada bajo el agua. Y tampoco se ha preguntado para qué sirve. El caso es no quedarse atrás.

Mecánica

Entretenidos viendo todo el rato la misma acción. Camión llega, descarga un líquido de un color, y se va.

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Camión llega, descarga un líquido de otro color, y se va. Viene otro camión, hace exactamente lo mismo. Con otro color.

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Y los dos como si les estuvieran revelando la fórmula de la piedra filosofal.

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Hay que ver cómo capta su atención lo más simple, lo repetitivo. Lo más alienante. Al que se le ocurrió esta tontuna debe estar forrado. ¿Hay algo que cueste menos trabajo y que tenga más éxito?

(Estoy escribiendo esto y se asoma El Cachorro. Ve las fotos y me dice:

– Tonterías que ve Pablo.
– Y tú – le replico.
– Bueno, tonterías no.

Ja, ja, ja).

Michael Jackson

Hace como unas tres semanas pusieron una canción de Michael Jackson en la radio. El Cachorro preguntó si era una chica la que cantaba, yo le dije que no, hombre, que era Michael Jackson, ¡el rey del pop!

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Se interesó también por si cantaba en español. Le dije que ni por asomo. Le llamó la atención mucho eso de que solo hablara inglés.

Se empeñó en ver el vídeo de “Thriller”. Le avisé de que iba a tener miedo. Me dijo que no. Luego tuvo miedo.
¿Recordáis su primera emisión en España, una Nochebuena? Madre mía, qué expectación y qué impactante fue. Unos cuantos síncopes se vivieron.

Ahora El Cachorro es un fan de Michael Jackson… como lo fui yo siendo adolescente. Me encantaba. Y ahora no quiere más que oír canciones de Michael Jackson. Y si escucha una canción en la radio, pregunta si es Michael Jackson, cuando es Adele. Porque ahora todos los cantantes del mundo, sobre todo si son mujeres o Prince, le parece que son Michael Jackson. Y suena una canción: “¿Este es Michael Jackson?”, suena otra: “¿Este es Michael Jackson?” Qué murguilla.

Está con la misma perra que con Star Wars, cuando me pedía constantemente que le contara algún “cuento” de Star Wars

Y ahora me salta cada dos por tres: “Yo quiero ser como Michael Jackson, ser inglés”.

Como una patena

Si fuera vosotras, entraría en el baño detrás de mí y mis hijos. Con tal de que no se sienten en una taza salpicada de pis, me casco una limpieza exhaustiva.

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Si no hay un grifo cerca en el que mojar el papel higiénico, escupo en la taza. Y paso el papel por encima. Que a veces El Cachorro me echa en cara: “¡Hala, saliva, qué asco! ¿Por qué escupes?” Y entonces yo le digo que qué prefiere, sentarse sobre gotas de pis de desconocidos o sobre una taza que se ha limpiado con saliva y se ha secado.

Por no hablar de que la saliva, de toda la vida, es el desinfectante natural. Tú te haces una herida contra un suelo lleno de piedrecitas sucias, y ¿qué haces? Chuparte. Y remediado todo. Pues, hale, a ensalivar la taza.

Pero vamos, menudos restregones. Me empleo de lo lindo. Paso y repaso encima y por los bordes, exteriores e interiores. Dudo que me quedara más limpio con lejía y un estropajo. Envidio a las que entran detrás de nosotros, la verdad.