Volcán de chocolate

Desde que El Cachorro, adorador absoluto del chocolate (no de otro dulce, solo del chocolate), descubrió el volcán de chocolate en La Tagliatella de Pamplona el día 5 de enero, ya solo piensa en eso. Ayer, que como con ellos en una gasolinera, cuando se los llevo a su padre a la finca, que pilla de camino a Pamplona (ando yendo y viniendo, aunque solo sea para un día), le preguntamos al camarero que qué hay de postre, y tras el “flantartadechocolateyogurmandarinasocaféoté”, salta El Cachorro: “¿Y volcán de chocolate?” Está obsesionado.

Hoy, el Señor de las Bestias decide darle gusto y lleva a los críos a cenar a un Gino’s. Mirad, mirad la cara de felicidad de El Cachorro con su ansiado volcán de chocolate.

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La verdad es que merece la pena inflarlo a azúcares y calorías. Da gloria verlo.

El regalo

Una mamá del colegio y su hijo invitan a Pablito al cumple de su amiguito. La celebración consiste en ir todos, unos 9 críos, al cine. Me parece de lo más original y acertado. Me gusta.

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Pregunto en el grupo de Whatsapp montado a tal efecto que qué va a querer el cumpleañero de regalo. La madre replica que acabamos de venir de Reyes y que no hace falta. Insistimos, pero al final nos informa de que han comprado un regalito de Lego y le dirán que es nuestro, que no hace falta que pongamos nada.

Eso es un poco horreur, porque ir sin nada nos parece un poco cutre, pero igual a ella le parece que lo es pedirnos 5 euros, que es lo que normalmente se suele poner en los cumples, cosa que no lo es (cutre). En cualquier caso, pienso en comprar un regalito. Pero, como os digo, tengo un panorama en Pamplona intranquilizador y al final acabo yéndome y endilgándole el marrón a Tato. Con “marrón” no solo me refiero a llevar a los niños al cole, sino a hacerse cargo de ellos al completo: cole, extraescolares, baños, cenas, etc. Pobre.

Hoy por la tarde ya me informa de que está yendo para el cine, y me pregunta por el regalo. “Leches”, pienso, “el regalo”. Le explico la situación. Que la madre nos ha insistido en que nada de nada, que lo mismo puede ofrecerse a comprar gominolas para todos…

Cuando llega, me llama:

– Somos los padres más cutres. Hay madres con bolsitas con regalos.
– No jodas, ¿todas?
– Bueno, alguna no.
– Uff, menos mal. No obstante, haz lo de las gominolas. Hay chuches ahí. Compra para cada niño.
– No.
– Por qué no.
– Porque no.
– Te da vergüenza.
– Sí.
Yampezamos.

Le insisto en que, de vergüenza nada. Que tiene que superar estas cosas. Es que le da vergüenza todo, madre mía.

– Es mejor que te ofrezcas y que no se quede con la idea de que somos unos ratas.
– Bueno, ya lo veo.
– … No vas a ir a decirle nada.
– No.

Si me lo conoceré…

– Bueno, pues deja al crío, ve a comprar un regalito y lo das a la vuelta. Dices que se te ha olvidado en casa…
– Bueno, ya lo veo.
– … No lo vas a hacer.
– No.
– ¿¿Pero por qué?? – Me saca de quicio.

Después de dejar a Don Bimbas, hablamos por teléfono y le vuelvo a insistir. De hecho, ha de ir a comprar ropa interior a los críos y calcetines, que tienen todos con una de tomates que parece que van al cole descalzos.

– Ya que vas al centro comercial, compras el regalito.
– Bueno, ya lo veo.

Y así.

Pasado un rato, exactamente cuando ya ha ido a recoger a Don Bimbas, me llama:

– Ahora todas las madres han traído regalitos.
– Ah, genial. ¿Y tú?
– Yo no.
– AH, GENIAL. ¿Ves? ¿¿Ves?? Las otras han espabilado y han aprovechado este rato para comprar el regalo. Y tú, mira, dejándonos como los más cutres de todos. Sin compartir el título con nadie. ¡Tienes que salvar nuestra reputación!
– Bueno, ya lo veo.
– No, ya lo veo, no. Vas y le dices que lo dejé comprado y que no lo has encontrado en casa o que se te ha olvidado o algo así.
– No me atrevo.
– ¿Quieres quedar como un cutre?
– No, yo digo que te encargabas tú y ya te apañas.
– ¡TE MATO! – capaz es.

Colgamos y me vuelve a llamar.

– Está abriendo sus regalos.

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– ¿Has hablado con la madre?
– No.
– Diiiile lo que te he dichoooooo…
– ¿Qué le digo?
– Pues que lo teníamos comprado y que no lo has encontrado en casa.
– No me va a salir. Me va a cazar.
– Que no te va a cazaaaaar, que tú mientes muy bieeeeeen.
– No, no me va a salir.
– Pues dile que te lo has olvidado en casa.
– Noooo.
– ¡¿Cómo que no?! ¡Hijo, no es tan difícil!
– …
– Bueno, y si se nota que es trola, por lo menos ve que nos avergüenza ser cutres y que lo vamos a solventar, que no somos unos jetas.

Ese argumento parece convencerlo. Al poco…:

– Ya se lo he dicho.
– ¿Sí? Qué bien. ¿Qué le has dicho?
– Que me lo he dejado en casa y que el lunes se lo llevamos.
– Ah, estupendo.
– Luego – me recomienda – mándale tú a la madre un mensajito tipo: “Me ha pasado una foto de tu hijo abriendo regalos y cuando le he preguntado si le había gustado el nuestro, ha dicho que no lo había llevado, casi lo mato”, y así cuela más.
– Jaa, ja, ja. Bueno, ya lo veo.

Por la noche, estando con mis amigas de Pamplona, les enseño la foto de Don Bimbas con los compañeros de su clase. Le pasan todos tres cabezas. “Hombre, el del cumple le lleva un año, porque cumple en enero y mi hijo en diciembre”, apunto. Pero como soy una tipa bastante objetiva, añado: “Claro, que supongo que no todos los amiguitos han nacido en enero… Vaya, que no hay más que vernos, sobre todo al padre”. En su familia sufren canijismo. Así que no podemos pretender que mis hijos destaquen por su altura, precisamente…

Lo raro es que esta semana ha ido a la revisión de los 4 años y nos han dicho que en cuanto a altura está dentro de la media.

En fin, que la cosa continúa…

Al día siguiente, el Señor de las Bestias, pequeñito pero matón, se lleva a los críos a hacer una ruta con el coche por Guadalajara. Caída la noche, ya de vuelta a Madrid, hablamos por teléfono:

– ¿Te acuerdas de que quedaste con la madre del cumpleañero en que le llevabais el regalo mañana lunes?
– ¡Ay, es verdad! Pues a ver qué hago. Llevo a uno dormido y son las mil.
– ¿Y no se te ocurre pensarlo antes?
– ¿Y dónde coño narices lo compro, en medio del campo?
– ¡Pues vuelve antes, hijo, que lleváis desde las nueve de la mañana danzando y ya tienes a uno mórtimer total! ¡No hace falta reventar a los críos durante 13 horas! Aaaay, en fin, despierta al peque y vais al centro comercial – qué guay son los centros comerciales, que abren en domingo y hasta las diez.
– Bueno, ya lo veo. – Qué manía tiene este hombre de dejarme con el intríngulis hasta el final.

Confío en el corte que le puede dar cruzarse con la madre e ir con las manos vacías. En efecto, ese pensamiento ha debido cruzársele por la cabeza, que al rato me llama y me pregunta que si un Lego de 26.90 euros está bien.

– ¿¡26,90!? ¡¡Pero, hombre, Tato, no te pases!! ¡Eso no se lo han gastado ni sus padres! ¡Ni de broma!

Ya no me vuelve a llamar. Yo soy más comedida (una rata, a sus ojos) y más práctica (también de la liga “Tienen Demasiados Juguetes”), y además soy capaz de tenerlo dando vueltas en busca del regalo perfecto: bueno, bonito y barato. Así que decide actuar por su cuenta, y adquiere un Lego algo menor, de 15,50 €.

Yo ya me doy. Que entregue el regalo y acabe con esta pesadilla, por Dios.

Abusones

Me llama el Señor de las Bestias. Una vecina amiga le ha llamado para decirle que El Cachorro y su mejor amigo, vecino a la par, se han metido, o han “molestado”, a su hijo, un año menor.

Por lo visto el mejor amigo de mi hijo ha dicho que ese niño le había copiado el abrigo (es decir, ha buscado una excusa cualquiera para ir a tocarle las narices), y El Cachorro, que siempre se ha dejado llevar por él, le ha ayudado “agarrándole”.

BUENO.

Llego a casa, lo cojo por banda y le meto una charla del copetín. Que a ver qué ha pasado, que si le parecería bien que le hicieran a él lo mismo, que cuántas veces le he dicho que no hiciera lo que no le gusta que le hagan a él, que a ver si tiene más personalidad y, sobre todo, que vaya par de cobardes, meterse dos contra uno, por un lado, y encima con alguien más pequeño, por otro. Que lo que tiene que hacer es defender al débil, que es lo que hacen los superhéroes, no aliarse con los malvados, sino ayudar a las personas.

Es que no soporto eso. Si te vas a meter con alguien, que sea con razón y que esté a tu altura o por encima. Así que, ya que fue tan “valiente” de coger al crío porque se lo dijo su amigo, le digo que también lo tiene que ser para pedir perdón… a la cara (“¿No puede ser por el móvil?” “NO”) y ocuparse de que su amigo no estuviera triste. Porque es que, encima, manda narices que van a meterse con un crío del grupo, que nos vamos todos juntos de casa rural y todo y juegan siempre juntos.

En un principio dice que prefiere ir solo a casa del vecino. Sale y vuelve. “No, mejor contigo, que me da miedo” (es la hora de la cena). Así que vamos los dos y nos plantamos en la puerta de su casa. A pesar de haberle dicho qué le tenía que decir, en plan “me he equivocado, perdona, no volverá a pasar, somos amigos”, etc., una vez en la puerta del crío, solo se acordaba de “perdón”. Así que, entre su madre y yo, le hemos ayudado a disculparse.

Y, no ya porque haya tenido que ir allí, sino por la charla que hemos tenido, en la que ha quedado patente lo decepcionada y triste que estaba con él, y también lo grave del asunto, sé que todo esto le ha calado. Que a veces es mejor que ocurran cosas para ponerles solución y dar lecciones imprescindibles.

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Cuando volvemos a casa me abraza: “No voy a pegar a nadie, mamá. Voy a defender”. Y me lo creo, mira tú por dónde.

Retrato familiar

Saca Don Bimbas un dibujo que ha hecho en el cole para enseñármelo.

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– ¡Somos nosotros, ¿no?! – siempre me he caracterizado por mi sagacidad.
– Sí. Ete papá, ete más grande Simón, ete Pablito y ete mamá.

Opino que hemos salido guapísimos. Y sé que, que me haya pintado a mí de otro color, algún significado tendrá, aparte de que soy la chica de la casa. No sé cuál.

También ha dibujado mi cara distinta. Me dice, señalándome la boca, que es que yo soy así y así, mientras toca las comisuras de los labios. No sé a qué se refiere y ahora tengo una mosca terrible por saber cómo se supone que soy, que además no soy como ellos.

Encuéntralo

Me envía esta foto el Señor de las Bestias.

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Y me pregunta: “¿Ves a tu hijo? Va de azul”.

No soy capaz de verlo. Tengo que ampliar la foto hasta que se me descoyuntan pulgar e índice. Y veo algo azul, muy alto y muy lejos. Y muy arriba. Si se despeña, el Señor de las Bestias tarda en socorrerlo cuarenta y cinco minutos.

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Luego me informa de que Don Bimbas, por supuesto, ha ido detrás de su hermano. Cómo no. Ya tengo a mis dos cabras por el monte…

Así que han ido los dos hasta allá, han bajado, y luego El Cachorro ha vuelto a subir en solitario. No conoce el cansancio. El otro tiene tres años menos y las patas más cortas, así que él sí que lo conoce.

Pero, vaya, que un día me dice el padre que ha perdido a nuestros hijos y, enfadarme, muchísimo, pero sorprenderme, poco.

Tipos de tortas

Montamos a los niños en la parte de atrás del coche. Los niños son mis hijos y dos vecinos, una de la edad de El Cachorro y otro dos años menor que ellos, uno mayor que Don Bimbas. A veces lamento no prestar más atención a lo que dicen, porque me pierdo perlas como la que sigue…

No sé qué líos se traen con pegar o no pegar, y no sé quién ha pegado a quién, si es que se han pegado, y oigo que el crío de cinco años le dice a El Cachorro, de siete:

– Tú también pegas a Pablete.
– No – contesta El Cachorro – yo le doy tortas de felicidad.

Que me aspen.

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Tengo que preguntar al agraciado qué le parecen las tortas de felicidad esas.

Cosas de críos

Estoy en casa. Mis hijos también, en su cuarto. Yo preparo la cena en la cocina. Ellos… no sé qué preparan en su habitación, porque les he mandado a que se pongan el pijama y oigo ruidos y golpes sospechosos.

– Pequeñitos, ¿qué hacéis? – les pregunto mientras corto salchichón.
– Una cosa que no importa nada para las madres – me dice El Cachorro.

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La verdad, creo que no ha podido ser más gráfico. (Aunque, ahora sí, por supuesto que me importa).

Polvorillas

No pueden parar quietos DE NINGUNA DE LAS MANERAS. Es increíble. No se puede ser menos formal que mis hijos. Qué barbaridad. Es que los pillas por banda y les dices que se estén quietos, les miras con cara amenazadora, de dar supermiedo, les agarras del brazo, les gritas… ¡y no hay tu tía! Como que no lo pueden evitar. Es superior a ellos.

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Vamos por unos grandes almacenes y no nos podemos relajar ni un minuto. Tengo a uno corriendo por aquí, al otro metiéndose por debajo de una mesa, al primero sorteando maniquís, al segundo caminando al revés en la escalera mecánica, El Cachorro empujando a Don Bimbas contra un mueble, que casi le abre la cabeza, y Don Bimbas deslizándose por el suelo como si fuera una mopa mientras El Cachorro le pisa, le salta o se le tira encima.

Mil veces, mil, les hemos dicho “que os estéis quietooooooosss” y “¿¿no podéis estar formales ni dos minutos, es tanto pedir??” y “¡¡¡va-le-ya!!!” Pero como si no.

Es desesperante. ¿Cómo lo hacen los padres que tienen niños que se están quietos? Veo a críos al lado de sus padres, sin moverse, simplemente estando atentos a lo que ocurre alrededor, atendiendo a lo que dicen sus progenitores, sin hacer ruido, sin armar follón. ¿¿Los drogáis??

El gorro de Spiderman

Se va a llevar el Señor de las Bestias a los críos a la finca. Hace un frío del carajo, así que me pide que les saque gorro, bufanda y toda la pesca. Por tanto, saco gorro, bufanda y toda la pesca.

Y luego me fijo en lo que hay en el cajón: el gorro de Spiderman que le cayó a Don Bimbas por Reyes este año, hace 12 meses, y que dijo “no tuta” y ahí se quedó. Las veces que intenté ponérselo, fueron infructuosas. Y me da por sacarlo también: “A no ser que quieras este…”, pruebo.

Oye, tú, lo mira como si no lo hubiera visto en su vida. “¡Yo quiero ese!”, dice. Se lo pongo. Encantado de la vida.

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UN AÑO se ha pegado este gorro muerto del asco en el armario.

Día fabuloso en San Sebastián

Hoy vamos mis padres y mis hijos a San Sebastián, a pasar el día con mi hermano, mujer e hijos. Decido que lo hagamos dando un paseo, que nos echemos a las calles. Muchas veces vamos y nos pegamos el día en su casa, y muy bien, pero yo ni veo mar, ni disfruto de ver la ciudad, ni como pinchos para decidir si son mejores que los de Pamplona o no… Y no puede ser. Hoy me he plantado.

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Quedamos ya en pleno centro. Y tiramos para lo viejo. Allí vamos a varios bares de pinchos. Uno que no conocía, con unas anchoas muy originales…

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Mirad qué espectáculo.

… Y otro emblemático al que yo siempre impongo ir, se pongan como se pongan. Nos ponemos las boticas.

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Luego vamos a por el postre. Pasteles para todos, que saboreamos acercándonos a La Concha. Ah, el mar, qué maravilla. La marea esta baja, algo ideal para los peques.

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Tiramos hacia el puerto y pasamos por el Acuario. Pendiente ir a ver el esqueleto de ballena que me ha fascinado toda la vida, desde que nos llevaban de visita las ursulinas. Pero hoy no es el día. Hoy hay muchas cosas que ver.

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Rodeamos el Monte Urgull, un paseo estupendo que hoy no lo aderezan las olas que rompen contra la costa. Menos mal. Calor no hace, precisamente.

Encienden las luces de la ciudad. Qué maravilla.

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Está todo precioso. Casi igual que en Pamplona, que el ayuntamiento ha tenido a bien querer que demos lástima. (Recuerdo que este blog va con un año de retraso. Espero que este las cosas hayan cambiado radicalmente). Es más, les ha dado por plantar una especie de réplica de una celda carcelaria en el paseo principal para que nos hagamos cargo de lo mal que lo pasan los pobrecitos presos etarras. Sí, como lo leéis.

Admiradme pues nuestro árbol principal en la arteria principal del centro de la ciudad principal navarra…

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Si es que lo ves y se te cae el almica a los pies. Más cutre y más triste de verdad que no se puede ser.

Aquí en San Sebastián, sin embargo, hay luces de colores por todos los lados. La ciudad, brilla.

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Vemos un enorme belén con figuras de gran tamaño repartido por los jardines de la Plaza Guipúzcoa, donde la diputación.

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Se respira Navidad por donde vayas. Luces sobre el Urumea, también, en los puentes. De verdad, no puede estar más bonito.

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Los críos, por supuesto, se lo pasan de cine.

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No podemos emprender la vuelta más contentos por un día especial donde los haya, digno de recuerdo.

Si a mí me gusta la Navidad es por algo, qué os creéis.