Gran embajador

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Me dicen esto de Don Bimbas y se me pone el pecho palomo.

Qué rico es. Y es verdad. Yo te dejo a mi niño y caes rendida a sus pies… pero con razón. No solo por su comprobado carisma. Sino porque se porta así. Es IDEAL.

Los enfados se los guarda para su mamá. Menos mal que los eructos los comparte…

Pasajero menor con ganas de volar

Hoy El Cachorro viaja por primera vez solo en avión. Con siete añitos que tiene.

Esto surgió porque, como hace dos meses, mi vecina consuegra me pidió a Don Bimbas para llevárselo una semana de vacaciones a la playa con ella y su hija. Y accedí.

Pero El Cachorro ya empezó a mosquearse, un poco en plan “¿y yo?” Así que a su padre y a mí se nos ocurrió preguntar a su tía, que vive en Lanzarote y ya se ofreció en su día, si le invitaba esa misma semana a estar con sus adorados primos mayores.

Y aquí estamos, en el aeropuerto. ¡Y no las tenía todas conmigo…! A pesar de que, antes de comprar el billete, le explicamos cómo iba a ser todo y le dijimos que si no lo acababa de ver, que lo dijera, porque no era obligatorio que fuera a Lanzarote, pero que si decidía que sí, iría, porque el billete costaba una pasta, antes de ayer me vino con que oye, que no, que he decidido que no quiero ir, que me da miedo.

Madreeee.

Pero no era algo que me pillara de sorpresa, la verdad. No obstante, revertimos la situación.

En cualquier caso, anda que como tenga la mitad de miedo que el que tengo yo… El día que compramos el billete, os recuerdo que no podía dormir imaginándolo solico en un asiento, y de repente el avión a punto de estrellarse, y él muriendo abandonado, sin su mamá. Sí, soy así de agradable conmigo misma. Madre qué llorera.

Y, lejos de sugestiones enfermizas por mi parte, igualmente me daba congoja su viaje. No quería que lo pasara mal, quería que lo disfrutara y que no lo temiera.

Una vez en facturación, aún estaba el pobre diciendo que le daba miedo. Por suerte, me dan la posibilidad de entrar con él hasta la puerta de embarque. Ole.

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Así que lo acompaño, le voy contando curiosidades del aeropuerto, le hago fijarse en cosas, le hago encontrar la puerta que le toca, la K82… hasta que es él quien me dice: “No, al baño no, mamá, que llegamos tarde”, todo responsable.

Y ahí nos espera un señor que es quien se encarga de meterlo dentro del avión. La suerte es que nos da tiempo a interactuar con él, para que mi hijo vea que le doy el visto bueno y que a mí me parece tan majo como a él.

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Y me toca despedir a mi niño. Lo veo alejarse, conforme.

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Y el nudo de mi garganta se acaba de soltar…

“Cuando nadie me ve”

Cuenta El Cachorro que no les dice a sus amigos su truco para correr mucho, porque resulta que tiene un truco. Muero por saberlo. Pero observa también, qué curioso, que cuando está con ellos corre menos que cuando no está con ellos.

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Fíjate la casualidad.

Cuando su hermano cuenta algo, Don Bimbas lo secunda y apostilla, aportando su propia experiencia: “Pues yo…” Y no hace falta que se ajuste a la realidad. “Cuando estoy con Sofía me gana Sofía, pero cuando no estoy con Sofía soy más rápido”.

Sofía jamás le gana corriendo. Pero a él le tiene que pasar lo mismo que a su hermano, y punto.

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Y eso de que sean más rápidos solos que acompañados, que batan marcas en solitario y resulta que no cuando hay competidores… ¿qué me decís? Je, je, je, je. Qué grandes.

Soy una reina, y no lo digo yo…

Don Bimbas a veces me dice, y creo que ya lo he plasmado aquí, atención, que soy una reina. “Mamá, eres la más guapa, una reina”.

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¡Una reina! ¿No es como muy de mayor, de señor donjuanesco? ¿Como muy de amigo que te quiere? ¿Como muy de Chueca? ¿Como muy de admirador? En cualquier caso… ¿no como de un niño de cuatro años?

De verdad, no sé de dónde ha sacado eso, pero me tiene ABSOLUTAMENTE fascinada. Que mi pequeñín me llame reina… madre mía, toco el cielo.

Periscopio

Bien, le hemos comprado a El Cachorro una funda de agua para su dedo vendado. Pues, a pesar de que le he dicho que se meta en la piscina donde no cubre y con el brazo en alto, él se ha empeñado en nadar.

Por más que le he gritado que volviera donde debía, y no sé si haciéndose el sordo o no oyéndome por tener las orejas bajo el agua, al final se ha terminado cascando el largo de esta guisa.

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Parece el periscopio de un submarino.

Porque es navarro, y cuando un navarro dice que puede, puede. ¡Pues ya tiene mérito!

Y lo alimenta. Quince días más tarde (qué gran ventaja esto de publicar lo ocurrido hace un año, que puedo adelantar información… o hacer spoilers), echo una carrera con él a braza, yo con mis dos brazos operativos… ¡¡y me gana!! ¡Me gana con solo un brazo! Un crack cómo va de rápido. Asombra a propios y extraños. Simon Phelps.

Ambidiestro a la fuerza

Hoy es el último día de Mayra, la chica que tengo en casa trabajando. Se va todo el verano, hasta septiembre. Les digo a los niños que le hagan un dibujo. Y se ponen raudos.

No se me escapa que El Cachorro no protesta. En teoría, él no puede dibujar porque está con la mano a la virulé. Pero ahí que va.

Al poco, viene con su hoja: “¡Mamá, soy ambidiestro!”

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Lo ha dibujado con la izquierda.

Vuelve a venir:

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¡Y ha escrito su nombre con la izquierda!

Pues va a ser que sí, que lo es. Le ha brotado una nueva virtud.

Sobre acusar con pruebas y sobre rebobinar castigos

“¡Ya estamos con el “Echaculpas”!”, se queja El Cachorro de su hermano. Don Bimbas le está acusando de romperle un palito. Y él lo niega.

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Así que, acto seguido, él dice: “Pablito me ha pisadoooo”. Don Bimbas: “Nooooooo, nooooo”, y El Cachorro: “¿Ves, cómo no hay que decir cosas sin pruebas?”

Qué didáctico. Qué gran fiscal se está fraguando.

Tampoco se le da mal inventar alias. “Echaculpas”, dice.

Bueno, el caso es que, por hache o por be, nuestros días transcurren con tres o cuatro enfados como mínimo, que se reparten entre mis dos chilindrines.

Ahora le toca a El Cachorro. Desaparece de mi vista, indignado.

Al poco…

– ¡¡¡Mamá, mamá, abre!!! – lo oigo desde el salón.

Cuando me asomo, está asomado a la ventana… desde fuera.

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– Qué haces ahí?
– Me he encerrado para no estar con vosotros y ahora quiero hacer pis.

Si es que… hay que conservar fría la cabeza en los enfados, para sopesar los pros y contras de lo que se hace en caliente…

Sobre gustos…

Vamos a comer El Cachorro, Don Bimbas y yo. No tengo casi nada para componer una ensalada, solo tomate, pepino y aguacate. Pues bien, estos son los tres platos que he tenido que hacer.

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El Cachorro, adora el pepino y le gusta el tomate. Don Bimbas dice que solo pepino, cada vez come menos este crío. Y yo odio el pepino (menos en el gazpacho) y adoro el aguacate. Pues hale, con tres ingredientes, marchando tres ensaladas distintas.

Algo horrible

Estoy desvistiéndome en mi cuarto, para ponerme ropa de casa, habiendo despedido ya al Señor de las Bestias, que se va trabajar. En esto que coge la puerta para irse Y OIGO UNOS GRITOS TERRIBLES por parte de El Cachoro. Y al Señor de las Bestias, desquiciado: “¡¡¡¡ME CAGO EN DIOSSSSSSSSSS!!!! ¡¡¡¡ME CAGO EN DIOOOOOOOOOOOOSSSSSS!!!!”

– ¿¡Qué pasa, qué pasa!? – voy corriendo, desnuda.
– ¡¡¡DIOSSSSSSS!!! ¡¡¡DIOSSSSSSSSSSS!!!
– ¡¡¡Por favor!!! ¡¡¡Qué pasa!!!

Tenía El Cachorro un dedo en el quicio de la puerta blindada de casa, donde las bisagras, y Don Bimbas la ha cerrado de un portazo.

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– ¡¡¡SE HA ROTO EL DEDO, SE HA ROTO!!!

Dios Santo, lo cogía El Señor de las Bestias de tal manera, estaba tan alterado, que pensaba que se le había desprendido. El pobre crío gritaba.

Me voy al cuarto temblando para vestirme con lo primero que pillo, chanclas, camiseta y un pantalón corto que había por ahí tirado. Salgo como alma que lleva el diablo. El Cachorro gritando… ¡cómo gritaba mi niño!

– ¡Aaaaaaaah, noooooooooo! ¡Pablo, malo, malo! ¡¡Aaaaaaah!!

Están él y su padre en el baño. El Señor de las Bestias le ha puesto algodón y abre su mano para medio enseñarme el dedo, y me mira como dándome a entender que lo va a perder o que lo ha perdido ya y que tengo que ir a buscar el trozo que falta por el suelo. Yo no veo demasiado, más que sangre y un burruño con una uña colgando y no sé si creo ver un poco de hueso… Una impresión que te cagas.

Voy hacia Don Bimbas temblando, que está inmóvil con cara de susto. Le pongo los zapatos: “Corre, cariño, ¡corre!” Y cojo el relevo con El Cachorro, agarrándole la mano y apretando o sosteniendo el dedo. Me parece ver al Señor de las Bestias como buscando algo por el suelo y no sé si es un trozo de dedo o qué. Madre mía, ¡madre mía! Nos vamos.

¿Y os creeríais que, una vez nos montamos en el coche en el garaje, el Señor de las Bestias descubre que se ha dejado las llaves en casa?

Más gritos de El Cachorro. Se lamenta: “¡¡Todo me pasa a míííí!! ¡¡Aaaaaaah!! ¡¡Aaaaaaah!! ¿¿Por qué tengo que tener tantas heridas??¡¡POR QUÉ!! ¡¡AAAAAAAAH!!”

Por el camino, El Cachorro sigue llorando y gritando, pero no tanto como creo que lo haría yo en su lugar. Yo no hago más que intentar calmarlo: “Te van curar, cariño, tranquilo, que te curan”. Él solo grita y me dice todo el rato que me quiere (no sé por qué le da por ahí, ni que le hubieran dicho que le quedan minutos de vida). Y echa pestes de su hermano:

– ¡Y todo por culpa de Pablo, que ha cerrado la puertaaaaa! ¡¡Y no me ha pedido perdóóónnn!

Me da pena Don Bimbas, que va que no se atreve ni a moverse. Está todo el rato como en segundo plano.

– Cariño, tu hermano ha cerrado la puerta, pero no sabía que estaba tu dedo, no es culpa suya. Y si no dice nada es porque el pobre está asustado. Nos hemos asustado todos, pero ahora vamos a llegar al hospital… ¡¡Tato, que te saltes ese semáforo!!… y te van a arreglar el dedo.

Como no sé qué exactamente qué chandrío se ha hecho, y si perderá la falange, no hago sino rememorar a mi amigo y vecino el actor, que le falta una parte de dedo, y la mano del tío mayor de mis hijos, a cuyo dedo también le falta un trozo por el mordisco de un lobo. Pienso que, por suerte, tenemos referencias o ejemplos cercanos y que eso ayudará a El Cachorro en el caso de que suceda lo peor.

– No te preocupes, cielo, ahora llegamos. Y a ver cómo tienes el dedo, mi vida, ellos te van a curar, no te preocupes, y luego el dedo… – me veo en la obligación de empezar a prepararlo – … yo qué sé, a ver, igual queda original. Ahora nos dicen, pero esto enseguida se pasa, cariño.

No le doy lo que pueden ser falsas esperanzas por si las moscas. Con mis hijos soy bastante realista.

Llegamos y entramos directos a urgencias. Una vez tumban a mi hijo, me dicen que espere fuera con Don Bimbas, que eso a él también le puede afectar, verlo y tal. Así que nos salimos.

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Ahí ya puedo centrarme en el peque, que lleva el susto metido en el cuerpo. Y también hago que no se sienta culpable, porque cree que es el responsable de lo que ha ocurrido y está entre impresionado, enfadado y triste. Y le leo algún cuento.

Me llaman para volver a entrar. Veo la mano de El Cachorro vendada. Estamos esperando a la radiografía para ver el alcance de lo que ha ocurrido. Pero ya me dicen que de perder algo del dedo, nada de nada. Y él está tranquilo. Ya no grita. Y le van a administrar un gas que lo va a relajar. Cuando lo hacen, la pediatra le explica qué le va a ocurrir, y le advierte de que hay niños a los que les entra la risa cuando respiran por la mascarilla. Y es EXACTAMENTE lo que le ocurre a mi hijo, que le da un ataque de risa. Así que, cuando me piden que vuelva a irme, lo hago mucho más tranquila.

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De vuelta en la sala de espera del hospital, contesto el Whatsapp de un amigo que me había consultado algo hacía ya un rato, contándole lo que estaba pasando.

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Este diálogo es para enmarcar.

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Creo que no hay que evitar reírnos hasta en este tipo de ocasiones.

Al rato, aparecen padre e hijo. El Cachorro dice que no siente la mano y está tan contento. Bueno, dentro de lo que cabe, porque enseguida protesta porque se le ha fastidiado todo, porque no se va a poder bañar en la piscina…

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Y es el momento de reflexionar y de conciliar ánimos. El Cachorro sigue culpando a Don Bimbas, pero, ahora que no le duele el dedo (ya le dolerá, cuando se le pase la anestesia), aprovecho para decirle que la culpa, en todo caso, sería suya, por tener el dedo donde no debe. “¿Cuántas veces os he dicho lo de las puertas, que tengáis cuidado, que ni las toquéis?” Bueno, sin ir más lejos, tres minutos antes de la pillada. Subíamos en ascensor desde el garaje y ya andaban los dos apoyándose en la puerta y poniendo la mano. Es de esas puertas que se deslizan hacia uno de los lados cuando se abren y que pueden pillar dedos sin ningún problema entre ambas mitades, cuando se superponen. A mí me da un miedo de mucho cuidado. Pues cojo, les advierto con cara de pocos amigos que NI SE OS OCURRA TOCAR LA MALDITA PUERTA, HOMBRE YA, CUÁNTAS VECES MÁS OS LO TENGO QUE DECIR, y a los tres minutos, tres, el tiempo que me había llevado desvestirme, zas, el accidente.

En fin, ahora tenemos que volver dentro de dos días para ver cómo empieza a responder el dedo. Y me pregunto qué narices vamos a hacer con nuestros planes vacacionales…