Comentarista de videojuego

El Cachorro está jugando a su juego favorito del mundo mundial (también porque creo que es el único que conoce). Es el de MEG (Megalodón). Creo que ya os lo conté pero os refresco la memoria. Es de un tiburón que se zampa todo lo que pilla, desde peces a personas. Disfruta de lo lindo (El Cachorro. Bueno, y el tiburón). Y como, yo al menos, se lo dejo entre poco y nada, cuando lo pilla no hay quien lo despegue de él. Está absolutamente enganchado. Y en el viaje de vuelta de la casa rural, y como colofón a un superplan de cumpleaños, se lo dejamos.

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Lo divertido del videojuego es que El Cachorro retransmite cosas que suceden y dialoga con él. Así que nos pegamos todo el viaje escuchándolo:

– Ah, caca de la vaca – Su tiburón no ha podido comerse algo.

– Cuando consiga el Megalodón va a saber con quién se mete, ¡con alguien de su tamaño! – Porque se juega con distintos tipos de tiburón, que se van consiguiendo con puntos, y los de más puntos se pueden comer más cosas

– Es que lo voy a matar –. Aquí le entra la rabia pura.

– Aaagh, caca de tiburón. Jopé. ¡Tienes que subir ahí, te lo he dicho miles de veces! ¡Y si te mueres es tu culpa! – Se ve que este tiburón que ha escogido deja bastante que desear.

– Ay, me ha tocado eso. Quita, quita, quita, quita, quita, voy a morir –. Jaajajajajaj, me parto. Si te toca una medusa o una mina submarina, mueres.

– He cogido más rapidez, o sea que, chiquillos, manos arriba –. O es otro tiburón, o es un extra que ha conseguido de repente

– ¡Soy el rey de los tiburones! – Debe haber conseguido ya el megalodón.

– No me disparas que te hago chuchipapilla. – ¡Toooooma amenaza!

– ¡Luchaaaaaa! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! – En pleno fragor de la batalla.

– ¡¡No me echéis la culpa, señores!! – ¿Pero cómo es que se expresa así?

Todo esto que os escribo, es de los últimos diez minutos del viaje. Cuando me ha dado por pararme a escuchar lo que decía. He ido apuntando frases. ¡Pero qué no habrá dicho durante hora y media de viaje! Mi hijo es tronchante, la verdad.

Cumpleaños de marqueses

Mis hijos tienen la suerte de tener cada año un cumpleaños distinto. Aunque no sé si ellos lo acaban de ver y/o apreciar…

El Cachorro cumplió (todo está recogido en este diario, pero os lo refresco):

– 2 años en casa con sus dos vecinos amigos suyos y un par de amigos míos.

– Sus 3 años los celebramos seis meses antes, a los dos años y medio, en Parque Europa con todo el vecindario, porque a sus tres años iba a estar yo pariendo y con pocas ganas de más fiesta que el guirigay que iba a tener. Hicimos merendola, exhibición de animales…

– A los 4 años, 1 de Don Bimbas, fiesta en la urba con merendola, globos y toda la pesca, ¡donde no faltaron un Papá Noel y un reno!

– 5 y 2 años: Casa rural en Asturias con sus primos. Un puente espectacular.

– 6 y 3 años, viaje a Oporto y, como al padre por lo visto le parecía poco, va y le organiza LA MADRE DE TODAS LAS FIESTAS en la urbanización, con un par de camellos y el paje del rey, para los que cortó una calle. Y con dos animadoras.

… Hoy, 7 y 4 años, en el Palacio del marqués de Lozoya. Es una casa rural chulísima de Segovia.

Pero chisssssssssst, que ellos no lo saben. Se han ido todos los críos con un mayor afuera a jugar, mientras esto se fragua en el salón interior…

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Estaba El Cachorro todo preocupado porque le dijimos que no habría fiesta en la urba. Pensaba que no íbamos a celebrar su cumple…

Y se ha llevado sorpresa.

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Aunque no acaba de estar muy conforme con lo de celebrar su cumple a la vez que su hermano.

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Pero esto, amigo mío, es lo que hay. ¿Por qué creéis que me esmeré para que ambos nacierais casi a la vez? ;-P

Seductor nato

¿Tiene peligro Don Bimbas o no tiene peligro?

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Mirad cómo posa. Como un profesional.

Pero que yo no le digo que haga esto, ¿eh?, ¡que sale de él!

Hace un par de días, su profesora: “Es tan tiernooooo”, me dice con los ojos en forma de corazón como Candy Candy. “Es su arma secreta”, pienso. Creo que sabe de su atractivo. Estoy convencida de que lo explota.

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Demasiado muñeco es este…

Advertencia

Nos vamos de viaje y nos pilla el toro con los desayunos, as usual. Es casi la una y no ha dado tiempo de meterse casi nada entre pecho y espalda. Sugiero, nada más salir de casa en coche, pasar por una panadería y/o pastelería para comprar palmeras de chocolate. Se baja el Señor de las Bestias y vuelve con cuatro grandes, nada menos. Algunos nos las zampamos con facilidad, pero El Cachorro no puede terminar la suya y me extiende el último trozo.

– Ya no puedo más, mamá, ¿me lo guardas? – me pide.
– Claro hijo.
– ¡Pero no te lo comas! – me advierte.

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Ja, ja, ja. Cómo nos conocemos… Sabe perfectamente con quién está tratado. Pues porque me ha avisado (y DOS veces, además), porque no se fía ni un pelo de mí, que si no ya sabe qué adiós muy buenas.

“No te lo comas, ¿eh, mamá?” Y tengo que cumplir, claro. Muy a mi pesar.

Instrucciones

Me toca trabajar en turno de tarde. Y, como no voy a estar, dejo post-its con todo lo que tiene que hacer El Cachorro cuando vuelva del cole. Para que se entere él pero, sobre todo, su padre.

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Asimismo, se lo mando por Whatsapp a su padre (para que se vaya haciendo a la idea y lo tenga presente). Eso y que le he dicho a la chica (cosa que también hago por Whatsapp) que cocine el brócoli que me he encargado de comprar en el súper, junto con otras cosas. Y unas cuantas instrucciones más.

Y yo tengo ganas de no tener que pensar tanto y por todos. De que todo el mundo sepa qué hace y que lo haga, sin necesidad de tener que estar yo detrás.

Cuando llego a casa a eso de las once de la noche, está, por fin, el cuento de Rudolf. Aunque, por supuesto, nadie se ha fijado en que el final está inacabado y no tiene sentido.

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“Y esa Navidad todos los niños. FIN”.

¿Es que no han hecho ni leerlo?

También falta escribir en el sobre que tiene que entregar nuestro hijo en clase, nuestra dirección, como he dejado puesto que había que hacer.

De verdad, es que ni así. Ni mascado. Todo a medias. Ni me puedo confiar ni me puedo relajar. Luego te dicen: “Delega, delega”. ¿¿En serio?? Si dejo las riendas de mi casa a un chimpancé tarado nos iría mejor que en manos de mis tres hombres. Es desesperante, ¿¿no creéis??

Los tiburones son malos para la salud (mental)

Os voy a contar lo que pasa cuando le das a un crío de 4 años recién estrenados un diente de tiburón.

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¡¡¡Que te raya la pantalla entera de una tele nueva de 2.500 euros!!!

¡¡RECIÉN COMPRADA!!

Me he quedado afónica de la bronca que le he echado.

Y eso que estaban mega-advertidos de que la tele NO SE TOCA. Porque ya tuve que limpiar unas huellas que no había forma de quitarlas, durante tres días.

¡¡¡¡ME CAGO EN TODO LO QUE RESPIRA Y EN LO QUE NO RESPIRA!!!

Don Bimbas acaba debajo de la mesa del salón, escondido, del chaparrón que le ha caído por mi parte.

Maldita sea, de qué mala hosUVA me pone esto.

Ponido y tosado

Se despierta mi pequeñito a mi lado y dice: “Me he ponido (puesto) con mamá y no he tosado (tosido)”.

Qué graciosos son los tiempos verbales de los críos.

A Don Bimbas, que se ha pegado el 95% de su existencia manejándose con un “eh” para todo, le encanta hablar. Te explica de todo. Es una gozada. Ahora, la cantidad de palabros que inventa no tiene nombre.

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En algunas ocasiones tienes que andar adivinando. Él dice algo y tú le preguntas con posibilidades. “¿Qué quieres decir? ¿Esto?” “No”. “¿Esto?” “No”. “¿Esto?” “¡¡No!!” Y se va cabreando y te contesta ya de muy mala gaita o con un grito. “¡Oye, majo, pues dilo bien!”

Mientras tanto, que si se ha “ponido” tal cosa o que si ha “tosado” hoy… MEEEE LOOO COOOMOOOOO.

Los deberes, el despiste, la desesperación

Como de costumbre, El Cachorro no se entera de la misa la media. No le he podido repetir más veces, porque no he podido repetírselo más, que lo primero que tiene que hacer en cuanto llega a casa son los deberes.

Bien, pues hoy por la tarde-noche, a punto de expirar el fin de semana, leo en el grupo de padres no sé qué de una historia de Rudolf.

– Simón, ¿tenías que escribir una historia sobre Rudolf, acaso?
– Sí…

Monto en cólera.

– ¿¡Pero se puede saber de qué narices vas!? ¿¿¿Nos tomas el puñetero pelo???

Es que SIEMPRE estamos igual.

– ¡¡Es increíble!! ¡¡Jamás te acuerdas de nada!! ¿¡Qué te he dicho MIL veces que tienes que hacer en cuanto llegas a casa!? ¡¡¡DIMEEEEE!!! ¿¿¿QUÉ TE HE DICHO???

Y continúo mi monólogo (para algo me tiene que servir el curso que he hecho al respecto) a grito pelado (pero sin ninguna gracia):

– ¡Estoy harta, ¡¡HARTA!! de repetir siempre lo mismo y que el señorito no haga ni puñetero caso! ¡Que os damos todo, TODO, OS DAMOS, hacemos de todo con vosotros para que luego no hagáis lo que tenéis que hacer! ¡¡DE-QUÉ-NARICES-VAS!! ¡Que tienes deberes y obligaciones también, qué te crees!

¡¡Es que, de verdad, NUNCA SE ACUERDA!! Me pone de los nervios.

Así que lo pongo a escribir la historia del jodido reno.

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Lo acuesto y leo en el Whasapp de padres algo de que el comienzo de la historia de Rudolf venía en la agenda.

¿¡¿¿QUÉ??!?

El Cachorro ya está dormido, pero ganas me entran de volver a levantarlo para ver de qué se trata.

Esta mañana, al sonar mi despertador, voy rauda a su habitación y saco la agenda de su mochila. En efecto, estaba el comienzo de la historia de Rudolf. ¡¡ME CAGO EN TODO LO QUE SE MENEA!! ¿¡¿¡SERÁ POSIBLE!?!? Lo levanto.

– Pero vamos a ver, ¡¡vamos a ver!! ¿No sabías que tenías el comienzo de la historia, QUE-HAS-ESCRITO-TÚ-MISMO, en la agenda?

Pone cara de estar cayéndose de un guindo y mi cabreo va in crescendo. Es que no me explico, no-me-explico, cómo puede ser que le diga ayer que haga algo de Rudolf y él no caiga, no solo en que tenía que hacerlo, sino en cómo lo tenía que hacer. ¡¡Es que es flipante!!

– ¡¡PONTE AHORA MISMO A ESCRIBIR LA HISTORIA COMO DEBES!! ¡¡AHORA!! ¡Y SI TE QUEDAS SIN DESAYUNAR, TE AGUANTAS!
– Si ya está hecho, la hoja está metida en la mochila…
– ¡¡YA LA HE SACADO YO!! ¡¡ESTABA MAL!! ¡¡VENGA!!
– Otra vez no quiero escr…
– ¿¡¿¡CÓMO!?!? ¡¡CHITÓN, ¿EH?! ¡¡TE PONES AHORA MISMO!! ¡HABERLO HECHO COMO DEBÍAS A LA PRIMERA!

Total, que lo pongo en la mesa. Hago camas y preparo cosas y, cuando me voy a meter en la ducha, que voy ya con la lengua fuera, oigo: “Mamáááá, veeeen”…

El Cachorro tiene un padre, pero resulta que es mamá para todo, claro. Y voy.

– ¿Huelva tiene playa?
– ¿Huelva? Sí, claro, tiene playa.
– Ah, vale.

¿Pero por qué quiere saber si tiene playa Huelva? Me asomo.

(Aquí ya está corregido)

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– ¡Huelga, cariño, huelga, no Huelva!

Mira, de verdad, yo me doy.

Entre la sordera y el cerebro caprichoso

Estamos en casa viendo el programa “Tabú” de Jon Sistiaga sobre la gula. Entrevista a alguien que dice que se desperdicia comida solo porque está algo pocha. Y dice Don Bimbas:

– Esa señora ha dicho hostia.
– ¡Mustia, cariño, ha dicho mustia!

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Este me ha salido un poco malhablado. Nada que ver con El Cachorro, al que jamás le he oído nada del otro mundo y, actualmente, no dice palabrotas ni cuando se chiva: “Mamá, Pablito ha dicho “hos…” y lo que sigue”, me cuenta. O: “Mamá, Pablito ha dicho “gil…” y lo que sigue”. Un milagro que no tenga la boca sucia como el pequeño, porque con el ejemplo del padre, que no se corta un pelo delante de los críos y me pone del hígado, lo normal es que se expresen como verduleros.

O que ocurra como con Don Bimbas, que escucha “mustia” y su cerebro lo transforma en “hostia”. Directamente. Y yo voy de infarto en infarto.

Estrategia al descubierto

Se enfada El Cachorro. Oh, novedad (NO).

Este crío está permanentemente disgustado. La verdad es que me preocupa que more en una queja perpetua, que todo le caiga mal y que reaccione a todo con tanta pena y descontento. Es increíble que siempre esté buscando el lado negativo a las cosas, que lo que anticipe sea siempre la fatalidad, que sea tan trágico y que la vida para él sea un drama.

En cualquier caso, yo pivoto entre decirle todo esto que acabáis de leer, que es terrible que se tome así las cosas y que todo le siente tan mal, que es sufrir por sufrir, que qué necesidad, que esto nos desmoraliza mucho, etc., y entre hacer que se le olvide el enfurruñe diciendo algo gracioso o poniendo una cara cómica, para distraerlo, para que le salga la risa y desdramatice todo.

Hoy me he decantado por esta segunda estrategia. Muy a su pesar, se le dispara una comisura del labio hacia la sonrisa y me dice:

“¡Cuando estoy enfadado intentas hacerme gracia, pero ya he pillado el truco!” Y se larga, intentando dominar su sonrisa, más enfadado aún. Le da rabia que le boicotee el cabreo.

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Pero, vamos, por hache o por be, un no parar.