Hermano mayor

A El Cachorro le ocurre una cosa. Resulta que quiere un hermano. Y eso no puede ser. No por nada, sino porque el hermano que quiere… ¡es uno mayor que él!

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Pues no ceja en su empeño de pedírmelo.

Le pasa lo mismo que a mí, que no debe ver las ventajas de ser el hermano mayor. Tener un hermano menor es un rollazo* y yo también suspiraba por haber tenido un hermano mayor. Tener un hermano mayor y ser rubia, esos eran mis más fervientes deseos. Y tener un perro. Todo superfactible, como veis.

Menos mal que el perro, a base de pedirlo en todos los cumples y en todos los Reyes, lo conseguí.

* De pequeños, mi hermano menor era más rollazo que el hermano menor de El Cachorro. Porque El Cachorro y Don Bimbas bien que se entretienen jugando cuando no se están cascando. En cambio, mi hermano y yo solo nos cascábamos, éramos incapaces de jugar juntos solos.

Entre el odio profundo y la solidaridad fraternal

Se enfada El Cachorro con Don Bimbas: “A mi qué me importa Pablo”, me dice. Qué le habrá hecho para que esté tan enfadado. Continúa: “Que se busque otro hermano”. Y por si todo esto fuera poco, remata: “Tíralo por la ventana”.

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No se anda con chiquitas, El Cachorro.

Pero es que Don Bimbas un poco de mala vida sí le da. Por ejemplo, cuando El Cachorro sale por la mañana de casa con un avioncito en la mano para ir al cole. Don Bimbas se lo empieza a reclamar desde el minuto uno. Pero es que Don Bimbas pide las cosas y cuando le preguntas que, si después de que su hermano se las deje, cuando se las pida de vuelta, se las va a devolver, dice que “ti” y luego es que no. Así que hoy le insisto especialmente: “Cariño, ¿si te deja el avión se lo vas a devolver cuando te lo pida?” “¡Ti!” “Seguro, ¿eh?, luego no me vengas con que no, porque no te dejará nunca nada más”. Su hermano, que es maravilloso, le deja el avioncito. “Asias”, dice Don Bimbas todo contento. Yo le hago notar que ha tenido una suerte inmensa con su hermano mayor. El hermano mayor aprovecha para decir que sin embargo él no ha tenido nada de suerte con el hermano que le ha tocado. Cuando le pregunto por qué dice que porque es pequeño y porque le repite todo lo que dice, y eso lo saca de sus casillas. En efecto, mientras me cuenta todo esto Don Bimbas repite (a su manera, porque sigue sin hablar) todo lo que dice. El Cachorro, de los nervios.

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Para redondear, cuando aparcamos donde el cole le pide el avioncito a su hermano y, como me temía, Don Bimbas dice que NO se lo da. Yo me enfado, le insisto en que habíamos hecho un trato. Pero a mi pequeño se la pela. Así que le arranco el avioncito de la mano y se lo devuelvo a El Cachorro. Entonces, como era también de esperar, el pequeño se cabrea y se arranca la tirita molona que lleva en el dedico índice porque esta mañana no sé qué le dolía y se la hemos puesto y andaba tan feliz con ella, y la tira al suelo del coche. El Cachorro cizañea: “Ha tirado la tirita al suelo para que tu coche esté sucio”.

Cuando lo saco del coche, cojo la tirita del suelo y se la pongo en la mano y le obligo a que la tire a una papelera. Don Bimbas protesta, dice que a la basura no, pero a la basura sí, por mis narices.

Total, el camino al cole, un drama. Yo se lo explico: “A ver, que te la has arrancado y la has tirado, así que la tirita ya no servía. Y si se tira, hay que tirarla a la basura. Y ya es hora de que aprendas que esa mala gaita no te va a llevar a ningún lado”. Pero mi lógica explicación no hace mella en él y sigue con su disgusto a cuestas.

¡Y en esto que El Cachorro, que desconoce el rencor, empieza a compungirse porque qué pena que le está dando su hermano! ¡Que por qué he tirado la tirita a la basura!

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Mira, de verdad, no puedo con ellos. Así que el camino al cole lo he hecho con dos enanos llorando. Uno de disgusto y rabia y otro de empatía suma y pena mora. Es más, cuando vamos a dejar a El Cachorro en la cola, como siempre, no se separaba de mí, como en los viejos tiempos, cuando empezó el cole, que no había manera humana de que entrara normal. Que qué pena le daba su hermano, que es que le daba mucha pena. Una congoja supina. “Venga, va, o sea, esto no puede ser. A tu hermano se le va a pasar en cuanto te des la vuelta”. Entra a regañadientes en el cole cuando suena la sirena, junto al resto, y una vez dentro… ¡se escapa y vuelve a salir corriendo, preocupado y lloroso! Lo ha interceptado la conserje y lo ha metido de nuevo para dentro.

¿¡Será posible!?

No, si por hache o por be, siempre están estos dos montando un número a la entrada del colegio. Si no es por algo así, es por todo lo contrario. Otro día una madre que estaba a nuestro lado a la hora de dejar a los niños en el cole le ha entrado la risa al ver cómo se despedían mis hijos. Se han dado un beso.

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No pueden ser más monos porque es imposible. De lo tierna que me parece la escena, les pido que lo repitan para inmortalizarla con una foto. Y coge Don Bimbas y hace otra de las cosas que suele hacer en esta situación: se le cuelga a El Cachorro como un mandrilillo.

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Son mundiales.

Y cuando están así, es gloria bendita.

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¡Gloria bendita! Y punto.

El bestiamóvil

Ha aparecido El Cachorro de su segundo día de cole con un dibujo que en cuanto me lo ha enseñado he sabido qué era…

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No me digáis que no es clavado a esto:

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Es uno de los vehículos de trabajo de la empresa de su padre.

No sé si habéis reparado en la foto en El Cachorro y a Don Bimbas, que se encuentran en un sitio donde no deberían estar… Acompañamos al Señor de las Bestias a ver cómo va una obra que está haciendo en su finca, y ya están mis hijos pajareando más de la cuenta. No paran. Y, cómo no, escaleras que ven, escaleras que tienen que probar. Aunque sean las de las furgonetas…

madre 12 (3)Los obreros, de eso que están soldando algo, levantan la vista y ven en el techo de una furgoneta a un mocoso de dos años. Pues claro, flipándolo.

Entre eso y la tierra, y lo saltos, y las cajas de cartón por el suelo… no os digo yo lo bien que se lo pasan. Claro que luego la que lo flipa más soy yo cuando veo lo cochinos que se han puesto…

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Cualquier excusa es buena para estos para asilvestrarse.

En una de estas, veo a El Cachorro que pilla un pico. Le digo (por enesitropecientosmil vez) que deje de coger cosas que no son suyas. Le sugiero que pida permiso al obrero. Y me contesta: “¿Y si dice que no?” Este es de los de la liga de Es Mejor Pedir Perdón Que Pedir Permiso. Más por la poca tolerancia a las negativas, sospecho…

Total, que entenderéis que diga siempre que de mayor quiere trabajar en la finca. (A veces dice que en la finca y en la tele, pero creo que lo hace porque así le parece que queda bien conmigo). Me las voy a ver y desear para hacer que estudie Económicas, Derecho o Veterinaria.

El timo de ser el hermano mayor

Reconozco que tiene que ser un bajón que continuamente te digan “no” a todo lo que haces. Hay corrientes educativas que destierran el “no”, pero yo no sé decirlo de otra manera… Será que soy del norte y por allí no nos andamos con rodeos. El día a día con mis hijos son una sucesión de directrices: Que quites los pies de la silla, que no comas con la boca abierta, que te arrimes a la mesa…

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Cuando además tienes un hermano pequeño, es incluso peor. Porque él vive mejor que tú:

– ¿Por qué Pablo está de pie? (En la silla)
– Porque es pequeño y no llega.
– Yo quiero ser pequeño.

Ay, y yo, cariño, y yo.

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Recuerdo una conversación que tuve con su tutora. Me aconsejó que le hiciera ver a El Cachorro que ser mayor tiene muchas ventajas. Que le hiciera notar que por ser mayor podía hacer cosas que no hace su hermano por ser pequeño. Pero es que se da la circunstancia de que su hermano pequeño HACE EXACTAMENTE LO MISMO QUE ÉL. Va al cine, juega, se mueve… Todo igual.

Además, poco puedo ayudar yo. Soy la mayor y no he tenido jamás ninguna ventaja por serlo. Es más, todo ha sido peor. Eres la que tienes que abrir paso, la que se enfrenta, la que lucha y además la que tiene más responsabilidades. Una mierda. Vamos, que no se lo puedo pintar bonito más que nada porque no se me ocurre.

Pobre hijo mío.

El Cachorro también, por su parte, es capaz de sacarte de tus casillas, porque se distrae con extrema facilidad, no hace caso, protesta sin parar, se lo tienes que repetir todo mil veces… Agota.

Pero es el más sensato y el que mejor se porta de entre todos los críos de la familia… y el que más broncas recibe. Y no hablo solo de las mías.

Eso me da pena. Porque no es justo, no es nada justo.

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Me identifico tanto con él. Si él supiera cuánto lo comprendo. Si no, aquí queda por escrito que sí, cariño, que tenemos que dar todos las gracias por que seas como eres.

Al váter con asistente

Quiere ir el chiquitico al baño y le pido a El Cachorro que lo lleve. “Vaaaaale”, y lo lleva. El pequeño pone el adaptador en la taza, y El Cachorro se encarga de bajarle los pantalones, los calzoncillos, y de auparlo para sentarlo. Le dice “me avisas”, y sale del baño.

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Cuando Don Bimbas ha terminado, le llama: “¡Hinaaaaaaao, Mooom!” (“He terminado, Simón”), y cuando El Cachorro reaparece, le dice el canijo: “Caca”. “¿A ver?”, contesta El Cachorro. Mira, comprueba que sí, que ha hecho caca, y le anima: “¡Muy bieeeeeen!”. Acto seguido: “Agacha”. El otro pone el culete en pompa y El Cachorro se lo limpia.

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Y yo, viendo desde la cama esta escena, arrobada, pienso en que ya me puedo morir en paz.

No sin mi hermano

Estábamos en el patio una gran cantidad de vecinos con nuestros hijos. A la hora que resulta prudencial, el personal ha emprendido la retirada. Menos yo.

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Resulta que cuando le digo a Don Bimbas que coja su moto de madera y que para casa pitando, cómo no, se ha hecho el sueco, como si no me oyese. Cuando después de llamarle, y de llamarle, y de llamarle, ya con bastante mala gaita, unas veinte veces, se me ocurre ir con unos humos de cuidado a por él, él coge y se pone a huir de mí a limpia carcajada. Debo resultar muy graciosa cuando me enfado. Así que lo he cogido del brazo y él ha decidido entonces que ni pa diez, y se ha sentado en el suelo.

Ante la evidencia de que no le sale de las narices hacerme caso y de que pasa de mi culo de forma espectacular, una vecina no se ha resistido decir, en referencia a mi hijo: “Los tiene cuadrados”. ¡Y no ha visto casi nada!

Le digo al pequeño que si no coge la moto se va a quedar ahí. Y se desencadena el drama. Pero no con él. ¡Con su hermano mayor! “¡¡¡Nnnnnooooooooo!!!”, grita como si le estuvieran arrancando las pestañas con pinzas, “¡¡¡no dejes la moto ahiiiií!!!”

Para calmarlo, le digo en bajito que es una estrategia para que su hermano haga caso, y tiro para el portal. Pero probablemente él no conoce el significado de “estrategia”, y sigue escandalizado perdido. Y a eso se suma el hecho de que nos estamos yendo sin Don Bimbas, que sigue con cara de “voy a utilizar mis poderes telekinésicos para trasladar hasta aquí las Torres Kío y ponérselas de sombrero a mi madre”, sentadazo en el suelo. El Cachorro no da crédito: Que no deje a su hermano abandonado. Que él se queda con él. Que ya no me va a hacer dibujos y no me va a decir hola ni nada, por ser tan cruel…

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Maaaaadre la que tengo montada para subir a casa. Yo no sé qué hacen los otros padres. Pero nosotros siempre nos recogemos los últimos. Y montando el número.

Me tendré que consolar pensando en que es genial lo mucho que se quieren…

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¿Las apariencias engañan?

Señala el pequeño un número cuatro y dice “ato”.

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¿Será cierto que reconoce los números? ¿Son las ganas o es coincidencia? ¿O es algo normal y yo me estoy empalmando por nada?

Luego se sientan en la mesa y me surge otra duda:

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Esto de los abrazos ¿lo hacen de verdad, porque se aman con locura, o porque saben que yo me pongo moñas y me quieren tener contenta…? ¿Es postureo?

Diantre, qué sensación me está entrando hoy como de si me estuvieran tomando la cabellera…

La ruta

Estoy llevando a los niños al cole y, habitualmente, si es que no salimos (demasiado) tarde de casa, dejo primero a Don Bimbas en la guarde y luego llevo a El Cachorro al cole. A veces, cuando hacemos la primera parada, El Cachorro quiere acompañarnos y en otras ocasiones prefiere quedarse en el coche.

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Y yo generalmente a veces prefiero que se quede en el coche, por aquello de ir con la hora pegada al culo y ganar tiempo, porque si se baja luego lo tengo que volver a atar y tal y son segundos preciosos (no se puede decir que yo vaya sobrada de tiempo haciendo las cosas…) Pero las veces que nos acompaña, reconozco que lo disfruto horrores. Sobre todo porque cuando llega la hora de dejar a Don Bimbas en su clase, con lo cariñoso que es este, me da besos sin parar a mí… y por supuesto a su hermano.

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Esta imagen de par de mañana me arregla el día entero.

Pero en medio de mi arrobamiento… ¡¡¡COOOOOORREEEEEEE, CARIÑO, QUE NO LLEGAMOS AL COLE!!! Y salimos El Cachorro y yo como alma que lleva el diablo, escopetados hacia el coche. Menudas carreras para empezar el día…

Abogado defensor

Está Don Bimbas pesadico y no me deja trabajar (intento escribir este blog). Me hace auparlo, dejarlo en el suelo, me coge la mano para llevarme a no sé dónde, se me sube encima… Y todo lo hace lloriqueando. Por nada. Así que, harta, le imito. Y salta El Cachorro, que estaba jugando en el suelo, parecía que a lo suyo…:

“¡No le hagas burla!”

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Alucino. Pensaba que solo le molestaba que se la hicieran a él. Ya sabéis que se sacó el Master en Susceptibilidad. Y resulta que tampoco soporta que se rían de la gente que él quiere.

Con lo bien que me sale burlarme y no me dejan. Jo.

El apostón

Tiene El Cachorro la costumbre de asignar adjetivos calificativos al personal en concordancia a las acciones que ve que realiza o de las que es objeto de su parte. Así, el que pega es pegón y el que grita gritón y el que llora llorón. Hasta aquí todo correcto.

Están él y Don Bombas jugando con el parking. Don Bimbas pasa de las rampas, en su línea, y precipita los coches desde el último piso para que se estrellen contra el suelo. No le puede gustar más ese juego. El Cachorro se indigna: “Lo has hecho aposta. ¡Eres un… apostón!” Jaaajajjajaa.

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Más tarde coge El Cachorro un juguete, se lo cambia Don Bimbas por otro: “¡Jolines, qué cambión es!”

Me recontrachifla esta tendencia que tiene de sustantivar todas las acciones que se producen a su alrededor.

Y que por muy cambión y apostón que sea su hermano pequeño, lo quiera luego tanto…

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Él sí que es un quierón.