Broum, broum

Hoy es mi cumpleaños, que es algo que sucede todos los 20 de agosto.

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Todo el mundo sabe que, para mí, mi cumpleaños es superimportante. Quién lo diría, habiéndolo vivido siempre sin caramelos y sin fiestas. Pleno verano. En clase en el cole yo en el tema cumpleañero directamente no existía. Y normalmente siempre me pillaba fuera. Yo he cumplido años, cuando era pequeña, en Mallorca, Túnez, Pittsburgh, Peñíscola… De mayor, en Sancti Petri, Bali, Namibia (tampoco está mal, ¿no?)… También en Pamplona y en Madrid, claro que sí. En Madrid toca también este año. Llevo varios consecutivos. En esta ocasión, hemos estado de vacances en Ibiza y Denia y acabamos el periplo en el Algarve portugués (sí, son las MEGAVACACIONES. Pero ha sido un año con DEMASIADO estrés y me las he ganado). Pero antes de la última parte, cuatro días en casa. Que coinciden con mi cumpleaños. Así lo he querido. Con la edad, una se vuelve práctica. Que me digo: “Mejor en casa para poder dejar todos los regalazos que me van a caer, y además doy la oportunidad de poder estar al lado de un Corte Inglés o de mil tiendas para olvidos de última hora”. ¿Sí o qué? Una no cumple años en balde. La sabiduría se abre paso en mí.

Retomo. Decía que mi cumple es mi gran acontecimiento anual. Aunque lo viva con cuatro gatos. Ni fiestón me hace falta. (Aunque los he tenido, y sorpresa, y me han chiflado). El Señor de las Bestias lo sabe. Esto se lo he grabado a fuego. Y la verdad es que, meterá mucho la pata y dejará bastante que desear en varias ocasiones. Pero en mis cumples, se luce.

Hace dos años me organizó una gymkana fabulosa y acabamos en un hotel rural maravilloso, y el año pasado nos lo montamos de escándalo. Yo muchas veces pienso… ¿qué narices hará este año para superarse?

Me despierto y me lo encuentro vestido. A él y a El Cachorro.

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“Nos tenemos que ir. Para las once, estate preparada”. Don Bimbas también se despierta y se apunta al plan. Cuando estoy lista, llamo. Están en el portal: “Vamos a desayunar”.

Así que bajamos y nos vamos a un Viena Capellanes. De dentro, mis niños salen con dos paquetes.

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Sé que uno es un casco. Hace poco un amigo cerró su mítica tienda de accesorios de moto y le dije al Señor de las Bestias que había visto uno abierto amarillo todo molón. Y un día lo pillé mirando cascos por internet.

Abro el otro paquete y resulta que es una cazadora motera de Harley Davidson.

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Que digo, pues bueno, es una marca que a mí siempre me ha gustado. Aunque me verán en mi Suzuki 250cc y dirán “qué salada, con su casco de Harley en su motaja”.

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Al abrir el paquete que sé que es un casco, ya me empiezo a mosquear. Porque, équili, he acertado. Es un casco. Pero… de Harley Davidson.

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Y es cuando el artífice de todo esto me dice: “¿A ver cómo te queda todo si te colocas al lado de esa moto que hay aparcada?”.

NO.

Noooooooooooooooooo.

¡No puede ser!

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Se me saltan las lágrimas.

¡¡Pero es que no puede ser!!

No me quiero emocionar mucho porque estoy asustada. Porque se ha pasado. Porque ni la he pedido ni la necesito ni nada. Porque no me lo acabo de creer. Porque no puede ser.

Voy y la miro. Es preciosa.

Vuelvo a la mesa. Me siento. Estoy sin palabras.

El Señor de las Bestias pide la cuenta. Y aparece la camarera y me la trae… Las llaves están en el platillo.

La mujer no da crédito a que yo no dé muestras más fehacientes de alegría, que no demuestre sorpresa. Pero estoy demasiado sorprendida como para mostrar sorpresa. Y digiriendo.

Maaaadre mía.

Es real. Esta moto es mía.

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Una Harley Davidson.

Maaaaaaaaaaaadre mía.

“¿No te has dado cuenta de cuando la han traído y la han aparcado?”

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NO-ME-HE-DADO-CUENTA.

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Increíble. Ha sucedido delante de mis narices.

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Y sin enterarme.

El Señor de las Bestias se ha pasado. Es un BESTIA.