Don Bimbas muestra su verdadera cara

Tanto “qué tierno es”, “qué tímido”, “qué bueno” y “qué bien se porta”, que yo ya pensaba que la loca era yo. Que no conocía a Don Bimbas.

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Pero, ¡ja!, voy hoy a llevarlo al cole y me dice su profesora: “Va soltando su carácter”. “Ah, ¿sí?”, replico, con cierta sorna. “Sobre todo en el comedor, me lo dicen”. Y ahí es cuando me sale el ramalazo de madre: “¿Qué os dije? Avisaditas estabais”. Porque cuando una es madre, ejerce con quien sea. El ya-te-lo-dije supone una gran satisfacción.

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Querían hacerme creer que no conocía a mi hijo, que ellas eran capaces de domarlo mejor que yo, que yo era una mala madre… ¡pues hale! Ha tardado en manifestarse, pero por fin ha salido a la luz el peculiar carácter de mi pequeño, y yo ya no me he sentido tan incomprendida.

Es que, de verdad, era descorazonador que, en la tutoría, o a la hora de dejar al crío en el cole, yo hablara de una persona y su profesora me hablara de otra, y las dos refiriéndonos al mismo ser humano. Y esa cara que me ponían de… “pues, hija, no tienes ni idea de cómo es tu hijo de obediente y sumiso, me estás dando una imagen horrible de él que no corresponde con la realidad”. Ea, pues Don Bimbas ya está mostrando lo fierecilla que puede llegar a ser.

Ya lo decía yo… ¡a este lo que le falta es coger confianza!

Ahora, ojito con venirse arriba de ahora en adelante y poner a caldo a mi príncipe…

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… porque no puede ser más tierno. ¡Me lo van a decir a mí, que soy su madre!

Foto guardería

Esa sensación que se tiene a veces de «esto ya lo he vivido»… Pues probablemente sea porque lo hayas vivido. Toca foto en la guardería.

 

A Don Bimbas, por hacer la gracia, le he vestido igual que como vestí a El Cachorro para su foto de guardería a la misma edad.

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(No se pueden parecer menos los dos hermanos).

 

Bueno, y a pesar de que Don Bimbas, oportuno como él solo, con lo guapo que es el tío, ha desarrollado un sarpullido alrededor de la boca, a ver si con él se lucen, porque con El Cachorro… Madre qué seriote y qué cara más rara, como deforme. (Tontos nosotros, que pagamos 25 euros por esta foto en todas sus versiones: calendario, postal…)

 

Integrándose

El Señor de las Bestias lleva a los niños al cole. Bueno, al cole va El Cachorro, el otro a la guardería. Pero deja primero al mayor, que antes de entrar en clase tiene que hacer una cola en la puerta. Pues el pequeño, todos los días, encantado de la vida se coloca en ella, como uno más.

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Es la sensación de la cola mañanera.

 

(Me parece que jamás lo he visto tan obediente).

 

La profecía se cumple

Segundo día de guardería.

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El que berrea es mi hijo. Lo sabía. El peor día no es el primero.

 

En cuanto a que sea él el único disgustado de la foto, en su defensa he de explicar que los otros niños son veteranos, ya iban a la guarde y con esa profe el año pasado, y que han entrado hace una hora.

 

Cuando lo voy a buscar, se me encarama. No hay forma de dejarlo en el suelo. Se me agarra de tal manera que no necesito ni sujetarlo con los brazos. Él mismo puede solo. Como un lémur.

 

Pobrecito. Me voy a mudar a una tribu del Amazonas en la que todos vivamos en comuna y siempre juntos, encargándonos todos a la vez de educar y cuidar a nuestros pequeños, decidido.

Guardería

Mañana llega el anteriormente conocido como “señalado día”, y de un tiempo a esta parte como “temido día”, en el que llevo a mi chiquitín a la guardería. Y estoy de los nervios. Tristona y ansiosa. Creía que lo tenía bajo control, sobre todo por el carácter de Don Bimbas.

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En Semana Santa fuimos a esquiar, lo aparcamos durante horas en una guardería de la estación, y tan pichi. Ni se despedía de nosotros, tan contento se quedaba con unas desconocidas. Pero no sé qué ha podido ocurrir de un tiempo a esta parte, que lo tengo enmadrado (y es correspondido, porque yo estoy “enhijida” con él –si existe la palabra adecuada para denominar lo contrario a “estar enmadrado”, me lo hagan saber, por favor-). Está siempre encima de mí, me pide que lo coja en brazos continuamente y cuando lo quiero depositar en el suelo se me agarra con un monito (la escena es como para verla), me abraza las piernas, está donde yo estoy, si desaparezco de su campo de visión, me la lía (por ejemplo, cuando me encierro para ducharme, y tengo que salir chorreando a abrirle la puerta porque el berreo al otro lado es tal que temo que asuste a los vecinos, que vayan a pensar que está siendo cruelmente torturado), y así.

 

Por eso ahora estoy fatala. Me dan cien patadas en el estómago tener que dejar a mi pequeño en la guardería, y eso que es la misma a la que fue El Cachorro y que, además, le toca la misma profesora, con la que tengo un rollo y una confianza estupendos, rayanos en la amistad.

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Creo que no le va a sentar bien que lo deje y me largue. Creo que se va a sentir traicionado. Y se me rompe el corazón.

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Y creo que el peor día no va a ser mañana, el primero. Creo que lo peor ocurrirá el segundo y tercer día, y el lunes de después del fin de semana. Porque el primer día se los pilla a traición y mal que bien lo pasan. Pero cuando los vuelves a llevar, ya saben de qué va la vaina. Y mi chiquitico más, que es un espabilado total. Este se lo va a oler desde que le diga “buenos diiiiiíassss” cuando lo despierte. Me lo va a notar hasta en el tono. Y creo que me la va a montar pero bien, que la escena se las va a traer, y que a mí me va a dar algo. También intuyo que me lo hará pagar. Y que me mirará con odio sincero y ya no me querrá. Y yo me moriré de la pena mora.