Río

Vamos a comer a un restaurante que está a la linde de un río. Como era de esperar, aunque les he dicho a mis críos que había traído el bañador pero que se lo pondría después de comer y que no se mojaran, se han mojado de arriba abajo. Así que, por la tarde, cuando me han pedido el bañador, les he dicho que nanay, que es lo que estaba seco y que lo guardaba para después.

Se han bañado en pelotillas y, oye, con mucha bravura. Porque el agua está fría.

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Lo puedo asegurar porque, cuando intentaba ayudar a Don Bimbas a cruzar no sé qué, he pisado una piedra resbaladiza con las chanclas y me he caído vestida.

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Así que niños y madre, con la ropa empapada.

El karma.

Estirando el chicle

Estamos alojados en Calatañazor, Soria, y hoy vamos a la Laguna negra. Me encantan estos planes. Desde el arranque.

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Todos empiezan igual, yo advirtiendo a los críos de que tienen que desayunar bien, ellos diciendo que no tienen tanta hambre, yo reconcomiéndome las entrañas porque me fastidia que no aprecien lo bueno y odio que se tire comida, y me lo acabo zampando todo y teniendo un empacho morrocotudo.

Lo que empieza también igual en un día de excursión de caminar, es los críos diciendo que se cansan mucho a los cinco metros de empezar. Cinco metros y ya se cansan y se aburren.

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Pero, amigos, hay que aguantar el tirón. Un poco de no hacerles excesivo caso, otra miaja de psicología, algo de distracción, una pizca de amenazas y, tras mucho arrastrarlos y animarlos, sobre todo al pequeñico, luego se olvidan y por fin se acaban metiendo en el plan. De lleno. Y disfrutándolo.

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Además mola mucho ir al campo con el Señor de las Bestias. Doy fe. Descubres gracias a él un montón de fauna. En Borneo él y yo contratamos a un guía para ver animales en la selva, y era el Señor de las Bestias quien se los mostraba a él. En fin…

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Y ahí está, con sus hijos, moviendo un tronco para que vean los animales que hay debajo. Encuentran una escolopendra, que conviene no tocar.

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Y un ciempiés, que sí se puede tocar.

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Ya en la Laguna Negra, meta de la excursión, nosotros seguimos para arriba, en nuestra línea, escalando.

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Porque hay más que explorar. Y presenta cierta dificultad. Mejor que mejor. Hay nieve y vamos nosotros primaverales. Mola todo muchísimo.

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Incluso cómo cruzamos el río de la cascada.

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No sé qué querencia tenemos de ir por lugares por los que nunca hemos ido, a la aventura, sin saber si podremos continuar un camino que ya de por sí nos está costando recorrer y también sin saber si lo podremos superar igual de vuelta…

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Un día de estos no lo contamos. De momento, nos salen bien las jugadas.

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De vuelta de tan chulo paraje, pasamos por Salduero. Propongo un último paseíllo.

– Quiero ir a casaaaaa – dice Don Bimbas.
– ¿No querías un helado? – le recuerdo. Es el engaño al que tenemos que recurrir para que no se queje. Y salta:
– ¡Ah, sí, que estoy turuleto! – en plan “cómo se me ha ocurrido protestar, cómo he podido olvidar lo del helado”.

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Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Al final, siempre puedes tirar de ellos un poquito más…

Atrapados

Se lleva a los críos en el “coche verde” el Señor de las Bestias y me manda esta foto.

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En medio del río.

Febrero, un pelete que para qué, y descalzos.

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Atrapados, porque… NO-PUEDEN-SALIR.

Y están en algún lugar indeterminado de la provincia de Guadalajara.

¿En qué momento pensé que tener hijos con el Señor de las Bestias era una buena idea?

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Para mis hijos, estupenda. No paran de vivir aventuras. Luego que en la vida normal se aburren…

De travesía

Mirádmelos, parecen los niños más chungos del vecindario…

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Jajaja. Vaya par.

Bueno, pues los chungos no se van a rapear, sino que este es su atuendo campestre. Hoy nos vamos de excursión a ver una caída de agua.

Para empezar, cuando llegamos al pueblo punto de partida, nos ocupamos de coger fuerzas. Ya sabéis, torreznos, cerveza y unos buenos bocatas. Y esperando la comida, mis chungos desaparecen. Ahora se dedican a hacer el majico.

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Pero qué brujos.

Después de comer, que yo me hubiera tirado en un césped para hacer la digestión, decidimos ponernos en marcha. Si no, es verdad que se nos hará tarde, de noche, nos cansaremos y la cascada la veremos en una postal.

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Iniciamos el trayecto. A los 200 metros de empezar, ya El Cachorro se queja: “Estoy cansadoooooo”. La opción de la postal va ganando enteros.

Para contrarrestar esa desgana, me tengo que dedicar a promocionar la cascada, que no conozco, como si fuera la imagen más maravillosa y espectacular que verán en sus vidas, remarcando que hay agua a raudales. El agua les mola, así que el objetivo al menos es atractivo.

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No sé ni cómo, porque Don Bimbas pasa también de andar y lo tenemos que llevar aúpa, sobre todo su padre, y ya pesa lo suyo, pero acabamos llegando.

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Allí damos todos unos cuantos saltos arriesgados.

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La gente con la que coincidimos está haciendo apuestas para ver a cuál de nuestros dos hijos perdemos primero.

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Aquí donde lo veis, el pequeño está a dos días de cumplir DOS AÑOS Y CUATRO MESES.

Cuando empiezo yo ya con las fotos de rigor, El Cachorro, que tiene el espíritu de una cabra, empieza a trepar por una pared inclinada con cierto peligro. El Señor de las Bestias acaba acompañándole. Don Bimbas y yo nos quedamos abajo.

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Veo que llegan a la cima. Nos saludan. Saco fotos. Me dan envidia.

Así que le pregunto a Don Bimbas si quiere escalar y le falta tiempo para encaramarse a la pared, que ya digo que es curiosa.

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Voy detrás de él alucinando de cómo sube. La gente que está abajo lo flipa. Sé que cuando llegue a la cima me coronaré como la madre más irresponsable del trimestre.

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Cuando alcanzamos a los otros dos, El Cachorro ve otro pico más arriba y propone que vayamos. Y vamos. Pero una vez allí hay otro pico más arriba. Y vamos. Y eso no tiene fin.

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Nos vamos a acabar escalando la montaña entera.

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Nos escalamos la montaña entera.

Los dos “montañeros” con los que nos cruzamos alucinan en colores. Están ellos y nosotros cuatro. Don Bimbas a veces escala y a veces va a hombros de su padre.

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Y en esto que el padre, no sé ni cómo, ni él sabe ni cómo, se tropieza y… ¡se cae de narices pegándose una toña maja! Con, os recuerdo, Don Bimbas encima. Acaban ambos en el suelo. Por suerte, quien se hace daño es solo el padre.

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Estamos ya arriba y el Señor de las Bestias plantea que volvamos por el otro lado de la cascada. El valle hace como una herradura y el camino, corto no es. Pero allá que vamos.

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Nos recorremos la sierra entera. Atravesando retamas y frondosos arbustos, cruzando el río que luego es cascada. Luego otro riachuelo que también cae por la roca. Subiendo, subiendo, subiendo. Cruzando y cruzando.

Un paseo de una hora se ha convertido en uno de tres.

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(En amarillo más o menos todo nuestro recorrido).

Alcanzado por fin el camino por el que hemos venido, coge el Señor de las Bestias a Don Bimbas en hombros y el peque muestra un poco de miedo.

– ¡Pero buenooo, peque, ¿de qué te asustas?! – le dice su padre.
– Hombre, igual, solo igual, es porque te has caído de bruces con él encima hace una hora… – sugiero.

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Porque a veces hay críos que tienen miedo a lo desconocido, miedo infundado. Este tenía miedo a lo conocido. Pobre mío. Prefiere bajarse.

Van tanto el pequeño como el mayor tan pichis. Yo estoy ya muerta y no sé cómo les quedan energías para poner un pie delante del otro. De hecho, El Cachorro termina como ha empezado:

– Estoy cansadooooo.
– Venga, cariño, mira el pueblo al fondo, ya casi hemos llegado.
– Estoy cansadooooo.

Hemos tenido que tirar de él. Pero nada más entrar en el pueblo, un parque con columpios.

– ¿Vamos al “togogán”? – me pide emocionado El Cachorro.
– ¿No estabas cansado?
– Pero en el “togogán” vas sentado…

Toma lógica incontestable.

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Mientras, el otro, por si no hubiera sido suficiente con la paliza del día, ve unos maderos y se pone a escalarlos.

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Y luego se mete dentro de la pirámide.

Y después no sabe cómo narices salir.

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Ah, pero ya sabéis de su legendario carisma. Enseguida hacen acto de presencia dos niños para echarle una mano.

En fin, creo que lo que está claro es que lo primero que tengo que hacer nada más llegar a la ciudad, es abonarlos a un rocódromo.

Castigo para una madre impaciente

Esto es una madre que se muere por que sus hijos aprendan a esquiar y se viene arriba cuando ve que El Cachorro mantiene el equilibrio sobre las tablas.

Esto es una madre a la que le pueden las ganas y hace lo que no debe, que es tomarle la palabra a su hijo cuando le dice: “Ya sé esquiar, mamá, no me hacen falta clases”.

Esto es una madre que tira a su hijo, que lo justo hace la cuña, por una pista larguísima con sus pendientes curiosas. El primer tramo, bien. Pero cuando ya están ella y él a una tiradita (muy por debajo) del huevo que había para bajar al pueblo, es decir, en el punto de no retorno…

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… el pequeño esquiador empieza a dar problemas. Despatarre, lloros, miedos…

La madre tiene que optar por esquiar pegada a él, colocándolo entre sus piernas, que acaba separando de tal forma que hace una cuña que viene siendo más bien un espagat. Porque el crío hace una cuña ancha como Castilla y las piernas de su señora madre van por fuera, no sé si me explico. Bueno, he aquí la foto:

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Y esa madre va frenando lo más grande, con lo que hace una fuerza en las piernas espectacular. Los músculos, esos que no usa jamás, ni esquiando, dado que hay que decir que practica este deporte con cierta facilidad y no le cuesta mucho esfuerzo, están a punto de reventar. Los muslos pesan. Queman.

Pero la pista es interminable. Y El Cachorro está cada vez más cansado y temeroso. Así que la descerebrada madre decide atajar:

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(Mira, una modalidad de esquí que jamás había practicado).

Esto es una madre que acaba teniendo agujetas dentro de las agujetas.

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Pero que lo lleva con estoicidad.

(Soy muy consciente de que ha sido culpa mía y he aprendido la lección. Espero que no se me olvide cuando le toque el turno a Don Bimbas).

¡Día de la bici, chicos!

Bueno, cuento primero la proeza y luego los detalles.

 

Hemos cruzado con la bici todo Madrid, hasta Plaza de Castilla, pasando por el túnel y vuelta. Es decir, según Google Maps…

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Por dos. Más de 18 kilómetros.

 

Que digo yo que para dos adultos vagos redomados y un niño a dos meses de cumplir cinco años, es toda una gesta, ¿no?

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Otra gesta: autofoto (una de varias) que abarca toda la familia, encuadrada y todo, hecha sobre una bici EN MARCHA. Soy un as imbatible en esta disciplina.

 

Bueno, pues eso, que hoy nos hemos lanzado toda la familia así, sin pensar, que es como se logran llevar a cabo las cosas, a montarnos en una bici y realizar el recorrido que atraviesa todo Madrid. Y vas tirando, vas probando… hasta que llegas.

 

Hay una cosa que sí que he pensado. He sido por una vez previsora y como conozco el efecto somnífero que provocan los paseos en bici a Don Bimbas, que se parte el cuello cuando cae en brazos de Morfeo, me he traído un reposacabezas.

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El Cachorro, por su parte, ha aguantado como un jabato. Bien es cierto que su padre, lógicamente, lo ha andado empujando en varias ocasiones. A ver quién es si no el valiente que se sube el Paseo de las Delicias entero sin ningún tipo de ayuda, porque la bici de mi niño no tiene marchas…

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Luego es gracioso ver cómo nos llama cuando quiere captar nuestra atención: «¡Chicos, venid a ver esto!». Somos “chicos” para él. Porque, claro, si te pones a pensarlo, la alternativa es llamarnos «¡Papá y mamáááá, mamá y papáááá, venid a ver esto!», que es más complicado. Y también queda fatal un «¡papááááás!» Mejor es lo de “chicos”, está claro.

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Bueno, pues entre “mirad esto, chicos”, “estoy cansado” y demás pedaleos, hemos llegado hasta más allá de las torres Kío, habiendo salido desde más allá de Legazpi.

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¿Somos o no somos unos cracks?

 

Lo que ha molado ha sido la vuelta… ¡¡cuesta abajo!! Es verdad eso de que todo esfuerzo tiene su recompensa.