Principio y fin de un día de esquí

Todo el mundo sabe que, para esquiar, hay que madrugar un montón. Nosotros madrugamos, pero siempre llegamos a pistas a partir de las once, no sé cómo narices lo hacemos.

Bueno, igual es porque nos da por monear. Por ejemplo, aquí Don Bimbas se dedica a afotear a su señor padre durante el desayuno.

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Tiene el dedo más rápido al oeste de Candanchú. Esa instantánea del careto del Señor de las Bestias, ráfaga de tres mil fotos.

Bien. Retomo. Invertimos mucho tiempo en petardear en la cama, en desayunar… Sobre todo en desayunar, porque todo el mundo sabe que hay que desayunar fuerte para poder encarar un día de esquí.

Salvo si eres El Cachorro.

El Cachorro prueba algo, no le gusta, se lo saca de la boca y lo deja en el plato. Y acto seguido, de verlo, le entran arcadas.

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Un circo, de par de mañana.

El Cachorro es que es muy simple para ciertos asuntos. Le da asco un montón de cosas. Es escrupuloso y odia tener que beber de un vaso del que han bebido otros porque hay babas. Como diría aquel, “es muy asqueroso”. (Diossss, cómo odio esta expresión. ¿Cómo que es muy asqueroso? ¡No significa lo que creéis que significa! ¡Alguien que es muy asqueroso es alguien que hace cosas asquerosas o que ES un asqueroso, no alguien a quien le dan asco las cosas! ¡Gaznápiros, pazguatos!)

En fin, que El Cachorro empieza el día revuelto perdido.

En cuanto a acabarlo… Vale, lo reconozco. El esquí es un deporte un tanto incómodo y aparatoso. De hecho, parte de su encanto reside en el après-ski o, aún concretaría más, en el momento en el que te has quitado las botas. Ahí se compensa todo el sufrimiento.

Porque se sufre, sí. Se sufre todo el rato con ellas, al ponértelas, al esquiar y cuando te las quitas. Agacha, mete el pie en algo duro, dóblalo para que entre bien, ata, aprieta, pierde los riñones en el intento, esquía con ese calzado rígido puesto, que te roza, que te oprime, que te dan los dedos por delante o que te desuella un tobillo, y para quitártelo vuelta a deslomarte, suelta, saca el perjudicado pinrel…

Salvo si eres Don Bimbas. Si eres Don Bimbas no tienes más que despanzurrarte sobre la nieve y levantar la pata. Que ya está tu padre para quitarte la nieve y colocarte el esquí, o para quitarte el esquí y de paso la bota.

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Se puede vivir.

Esquí en familia

Ahora que ya somos cuatro adultos (mi hermano y mi cuñada, el Señor de las Bestias y yo) en vez de dos los que andamos echando el befo con los críos, que si este a guardería, este con tal profesor a tal hora, este otro con tal otro profesor a tal otra hora… el momento esquí mejora.

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Porque somos más para compadecernos los unos con los otros, para consolarnos y para animarnos. Hay algo aquí en Candanchú que el día que lo pensaron estaban puestos de tripis o algo así, pero resulta que a la guardería de la estación hay que ir andando un kilómetro (sin exagerar) cuesta arriba. No hay otra manera de llegar. Que es muy inteligente cuando la guardería está pensada para niños que apenas se tienen en pie, a la que hay que ir tirando de ellos, que van arrastrados, y que andan dos metros y se cansan, y se caen (muchas veces adrede, otras de puro cansancio) de culo y se deslizan por otra cuesta que está en dirección contraria. A eso hay que sumar sus aperos de nieve, que los llevan sus padres que, si están ahí, es porque son esquiadores, a la sazón, con lo que tienen que tirar de sus niños y de sus esquís, y de sus propios esquís y sus bastones, y de las mochilas, etc.

Es guay porque sudamos, nos ejercitamos, nos cansamos… nos sirve de calentamiento y luego esquiamos que da gloria vernos.

A tal festival se une mi padre, que viene desde Pamplona para pasar el día. Instalado en la setentena, inasequible al desaliento, tras cuatro años sin pisar la nieve por haberse fracturado la cadera en una caída, precisamente esquiando, coge y se planta las tablas de nuevo.

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Que cuando dicen: “Ay, Amaya, qué atrevida eres, qué lanzada, cuántas cosas haces”, y tal, ya veis de dónde viene y que todavía me queda bastante para superar al maestro.

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Ha venido sin el consentimiento de mi madre, por supuesto, que dice que si se vuelve a romper algo, ella no lo cuida. Nosotros le mandamos fotos de mi padre para que vea que sigue de una pieza.

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En “pista fácil”. Para que ande tranquila.

La que no le enviamos es cuando se cae de la manera más absurda y aparatosa posible y se pega un toñazo bueno que casi se nos desgracia.

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Lo recuperamos más magullado en su orgullo que por ninguna otra parte del cuerpo.

¿Mi madre venir? Qué va. Ha odiado este deporte siempre. Aquí en Candanchú se pegaba la vida subiendo y bajando el Tele-roca, que no sé si se ha llamado así alguna vez, pero es un arrastre con una roca en medio que mola todo pero que tiene el mismo desnivel que la playa de la Malvarrosa. Y se quitó los esquíes el mismo día que nosotros ya nos valíamos por nosotros solos a la hora de esquiar y ya dejamos de hacer planes de familia en la nieve. Tan contenta. Para ella, el mejor momento del esquí es cuando te quitas las botas. Mira, ahí razón no le quito.

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Total, que a pesar de que nos nieva sin parar y de que no se ve un pimiento, sobre todo en la Tuca, que es mi pista favorita y está tan sumida en niebla que no se la puedo enseñar bien al Señor de las Bestias, porque bajamos más pendientes de encontrar las balizas y de no perdernos, así como de no hundirnos en la nieve virgen, que de esquiar…

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… a pesar de que, hablando de bajar, a mi cuñada la da por bajarse el Tobazo entero de culo después de que su rodilla le hubiese hecho un extraño, a pesar de que a mis hijos y sobrinos les da por ponerse debajo de un chorro de agua que cae de un tejado y se empapan enteros a -3º… a pesar de todo, me parece uno de los mejores días de esquí de mi vida. A sumar a mis recuerdos en esta estación. Y me creo lo de que año de nieves, año de bienes.