Pendiente arriba

Octavo día de esquí de mi pequeñito (y quien dice “de esquí” es de haber esquiado una hora o dos al día a lo sumo) y ya ha aprendido a hacer “la casita” (la cuña) y segundo día que se ha tirado con nosotros por pistas.

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El nuevo Tomba. Parece que ha nacido con los esquís puestos. Está como pez en el agua. Qué alegría. Ya falta menos para que nos podamos ir toda la familia juntos por ahí a esquiar, sin necesidad de tener que dejarnos los dineros en cursillos y más cursillos y guarderías y todo. Ya queda menos para que vayamos los cuatro a hacer el cabra.

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Que, señores y señoras, si yo hago esto habiendo empezado a esquiar a los siete años… ¿qué no hará él empezando a los tres?

(Por favor, TENÍA que colgar estas fotos, ya me perdonaréis la falta de humildad).

Sin encajar

Pues nada. Que, a la hora de apuntar a Don Bimbas a algún tipo de iniciación al esquí, tuvimos que mentir sobre la edad…

– La edad mínima son cuatro años. ¿Tiene cuatro años?
– Este… no. Pero ya ha esquiado.
– Pero no se puede.
– ¿No hacéis ninguna excepción con un niño de tres años avanzado?
– ¿Pero qué tres años tiene? ¿Porque no es lo mismo que los acabe de cumplir que que tenga tres años y medio…
– Ah, pues… ¿en qué mes estamos? – yo ahí haciendo tiempo para calcular tres años y medio. Y casi antes de que me dijera “marzo”, para que no se notara que lo he calculado justo, le digo – a ver, él es de septiembre.
– Ah, bueno, pues eso hacen tres años y medio, y si me dices que ya se ha puesto los esquíes…
– Sí, sí, sin problema – ahí sí que no mentía.

Pues bien, gracias a la caca que he dado, logra acceder al jardín de nieve el martes, donde admiten niños de 4 a 8 años, y hoy jueves ya me dicen que mejor contratemos un profesor particular, porque ahí ya no va a aprender más.

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Mi esquiadorazo.