Harto

“Mamá manda mucho”, observa El Cachorro.

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Sí. Así es. Lo tiene claro el padre (más cómodo para él no puede ser), y veo que también El Cachorro. Aquí mando yo y punto.

Pero, adalid de la justicia, el peque decide equilibrar la balanza. Toma una decisión familiar: “Mandas mucho. Ahora va a mandar papá. Porque siempre mandas tú”.

Lo que no sabe es que a su padre no es que le haga el gran favor. Porque se da la circunstancia de que quien sabe mejor qué hacer, cuándo hacerlo y de qué manera, oui, c’est moi. Así que el Señor de las Bestias hace un poco de mutis por el foro y El Cachorro, pobre, se rinde a la evidencia. Manda mamá.

Menos mal que en general no me lo tienen muy en cuenta y aún me ajuntan.

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Porque, señores y señoras, el rol de mandona no es el mejor del mundo. Pero es el necesario. Pues hay que bañarse, hay que recoger, hay que ir a la cama a una hora medio decente… y alguien tiene que decirlo.

Mi recompensa llegará tarde. Pero llegará. Seguro.

No exageraba

Este trimestre El Cachorro ha dado en clase el cuerpo humano. ¿Os acordáis del trabajito que me casqué para hablar del aparato reproductor? Sí, ese con el que todo el mundo flipó en colores, porque era más propio del último curso de Medicina…

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Tuve que oír que si era imposible que con esas edades dieran las partes de los aparatos, que si vaya nivel, que si a ver si yo había entendido mal, que si esto se explica de una manera adaptada a su edad, etc. Pues bien, terminado el proyecto el peque se ha traído el material con el que han trabajado en clase. Un libro que recogía, hablando del aparato reproductor, esto:

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¿¿Hola??

Se confirma. Yo no iba desencaminada.

Educar al primero

Cuando tienes un segundo hijo, si has educado al primero más o menos bien, tienes medio trabajo hecho.

 

Bueno… eso es mucho decir, porque Don Bimbas es demasiado Don Bimbas. Pero digamos que en vez de dos padres desesperados, somos dos padres desesperados y un hermano generoso (no siempre) los que, cada uno a nuestra manera, educamos al pequeño.

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Don Bimbas imita a El Cachorro todo lo que puede. Que se acerca corriendo hacia mí y me dice en broma “chachipiruli”, pues viene Don Bimbas seguidamente corriendo de la misma manera, se para exactamente en la misma postura que El Cachorro, y dice algo similar, en su lenguaje: “tatití”.

 

Le dijo a El Cachorro que se desvista para meterse en el baño, y el pequeño quiere hacer también lo propio. Es decir, si se lo digo antes a Don Bimbas, ni caso. Pero si se lo digo a su hermano, El Cachorro procede, y luego a él, él hace lo propio.

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Menos mal que El Cachorro me ha salido como me ha salido, porque Don Bimbas tiene mucho peligro y solo le faltaba un mal ejemplo.

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Me pregunto cómo hubiera sido la cosa si él hubiese venido al mundo el primero…

Monigote con tentáculos

Nuevo episodio de El Cachorro dibujando.

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El monigote de hoy tiene tentáculos, pero su hacedor de repente se pone a tacharlos… para cortarlos. Porque eso parece que significan para él los tachones. Tachar = cortar. “Si no lo cortamos siempre estará con tentáculos”, y luego añade “pero se ha ido corriendo para que no le toquen los tentáculos”. Me cuenta historias que me marea viva y no me entero. Vamos, que mientras dibuja se hace él mismo una película.

 

Y no sé si abstracto es el dibujo o su explicación.

 

De dónde vienen los niños

¡Me cago en diez!

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De todo de que se puede hablar sobre el cuerpo humano, a nosotros va y nos asignan esto. Jopé, ¿tan pronto?

 

Lo he puesto en común en el grupo de madres de Whatsapp y parece que soy la única pringada a la que le ha tocado este tema. A ver si va a ser porque el curso anterior la profe determinó que es que yo hacía los trabajos más originales (o eso es lo que comentó en una tutoría, lo mismo se lo dice a todas) y me ha colocado el temita de marras, para ver por dónde le salgo…

 

El Cachorro tiene que exponerlo el día 4 de noviembre, pero el trabajo que tenemos este fin de semana para entregar el lunes consiste en pegar en una hoja un prospecto medicinal y explicar para qué sirve esa medicina, su posología y demás. Estoy por vengarme y pegar el prospecto de la Viagra.

 

¡Coche va!

En teoría la gracia de tener un parking es la de deslizar los cochecitos por las rampas. A mí eso es lo que me mola. Y si yo no soy un ejemplo válido, por vieja pelleja, he de destacar que a El Cachorro también le gusta que los cochecitos vayan por las rampas (aunque, ahora que lo pienso, hace tiempo que no hace caso al armatoste ese).

 

Peeeeero, a Don Bimbas le entusiasma utilizar dicho parking de otra manera. Le quita las rampas y se pone de pie al lado con los tres cubos de cochecitos que hay en la casa. De uno en uno, los coloca en el piso de arriba y… ¡los lanza al vacío para que se estampen! ¡PUM! ¡PAM! Así, uno detrás del otro. Guarrazo tras guarrazo contra el suelo. ¡Le priva! Poco a poco, en los aledaños del parking, se van acumulando los coches, descacharrados.

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Descacharrados algunos de verdad, como se puede observar. No aguantan los envites del pequeño bestiajo. Nuestro parque móvil está sufriendo innumerables bajas.

 

¿Qué le verá a este juego? ¿Le divertirá de verdad o será por el simple placer de perpetrar el mal? Viendo esta foto…

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La segunda opción me la planteo bastante, porque si la cara es el espejo del alma, él no puede con la suya de pillastre.

 

(Esta foto me priva. Lo describe completamente).

 

Confusión de género

El otro día las primas de El Cachorro le pintaron las uñas de las manos de colores. Él está encantado de la vida. Su padre, no tanto.

 

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El caso es que se pone a jugar en el campo con unas niñas y viene como escaldado: “Se piensan que soy una chica”, se queja.

 

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Yo, por supuesto, no le digo nada a El Cachorro. Que si está ilusionado con su esmalte, no seré yo quien le quite esa alegría. (Además me parece que le queda fenomenal).

 

Luego me pongo a recordar cuando a mí me confundieron con un chico. No sé si me confundieron o si hicieron como que me confundieron, porque cuando a esas dos crías les decía casi llorando que me llamaba Amaya y que era una chica, ellas seguían erre que erre, riéndose, con que era un niño, haciéndome rabiar. Vino a que aquel día en la playa yo tenía todos mis bañadores de braguita mojados, y mi madre decidió ponerme uno de mi hermano. Yo me resistí, pero ella me intentó convencer con un “pero si da igual, son casi lo mismo, nadie se va a fijar”. Y eso, lo sabía yo, era MEN-TI-RA. Porque además mi madre tenía la manía de llevarme con pelo corto. Así que cuando me metí en el agua, jugando con la olas me topé con unas pedorras un par de años mayores que yo, que son las que me increparon por algo: “Niñooo”, y yo les dije que no era un niño, y para qué quieres más.

 

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Qué trauma, para que yo que no tengo memoria para nada, me acuerde de eso.

 

En fin, la historia se repite.