Unos apuntan maneras y otra colecciona secuelas

Que ya digo yo que Don Bimbas se anunciaba desde la tripa. Lo que se movía y los golpes que me daba no eran normales. En efecto, desde que nació el tío es así, una guindilla que no para de moverse y bastante bestiajo. Da golpes y SE da golpes a diestro y siniestro. Calcado a cuando era un feto.

 

En cuanto a El Cachorro, lo tengo frito a fotos. Ahora más o menos se va soltando y, oh, sorpresa, está pasando de rechazar de plano que le enfocara a pedirme que se las haga (alguna rara vez). Pero hasta hace nada, lo dicho, me veía con la cámara en ristre y se tapaba, harrrrto de mí.

 

Hoy FB me recuerda lo que hacía hace cinco años, cuando estaba dentro de mí. Yo estando embarazada ya publicaba un diario tipo esto en esa red social, pero más conciso. Aquel día rezaba así:

madre 3 (1)

Estamos el Señor de las Bestias y yo esperando a que le hagan una ecografía a El Cachorro, que no para de moverse.

 

– Adivina qué está haciendo” – le reto.

– Esconderse – me contesta.

 

Ya nos vamos conociendo”.

 

¿Veis? Nada de condicionamientos socioambientales. El Cachorro ya me boicoteaba las fotos. Los niños son como son desde antes de ver la luz. Lo digo tras una prueba, como veis, empírica.

 

Lo que me divierte es lo mucho que FB se empeña en recordarme mi embarazo. Vuelve a la carga con el de hace cinco años, el de El Cachorro. Leo al día siguiente mi estado:

madre 3 (2)

Cada mañana me unto la crema de cara, la crema antiestrías en la tripa, la crema hidratante del cuerpo, el desodorante en crema, la crema de los pezones… Vivo con miedo a que alguien me abrace y yo resbale saliendo despedida hacia el espacio”.

 

En efecto, tenía complejo de trucha. Hay que decir que para el segundo embarazo desaparecieron prácticamente todas las cremas. Y para la que conservé, que fue la del perineo, para mantener todo el asunto elástico en caso de que diera a luz por vía vaginal, para evitar la episiotomía, no sirvió de nada. Quizá le debiera haber advertido al ginecólogo en plena faena, mientras empujaba y con la cabeza de Don Bimbas asomando: “Oiga, señor médico, aparte esas tijeras de mi ser, que me he estado dando una cremita ahí en los bajos para que pueda caber una sandía sin que se me desgarre nada”. Esta conversación podía haber sucedido si al menos hubiera visto las tijeras (o el bisturí, la sierra eléctrica o lo que sea que utilicen para tajarte). Pero no. Y entre que él no se paró a enseñármelas y ni se lo pensó, y que yo, con la epidural, ni me enteré, ahí estaba dando a luz tan contenta, pensando incluso en que, en efecto, mi orificio se había estirado cual chicle y que ahí no había ocurrido nada de nada. La “sorpresita” me la llevé a posteriori.

 

Ahora ya tengo la cicatriz de la cesárea y la cicatriz de la episiotomía. Menos mal que está descartado un tercero, porque seguro que para entonces han inventado que también se pueda parir por el sobaco y me gano otro bonito corte con su bonita cicatriz.

 

Vamos, que uno es tan movido como antes de salir al mundo y el otro se esconde de las fotos igual que cuando se estaba cociendo. Son iguales en lo de ir anunciándose aunque en distintas facetas. Como mis cicatrices. Ambos me dejaron una, pero cada uno de ellos a su manera…