Proeza

Hace unos días un vecino deportista le comió la oreja al Señor de las Bestias para apuntarse en una carrera popular de 10 kilómetros. Y el Señor de las Bestias se apuntó. La cosa no tendría mayor repercusión si no fuera porque el Señor de las Bestias no hace NINGÚN TIPO DE DEPORTE y no corre desde que era un adolescente y le perseguían los del pueblo al que iba a veranear por haberles levantado a sus novias (corría que se las pelaba).

Ayer, con la previsión que le caracteriza al Señor de las Bestias (la carrera es hoy), nos fuimos al Decathlon a por equipamiento. Porque él no tiene NADA relacionado con el deporte (perdón, con ESE deporte, porque sí que tiene equipaciones completas de deportes que ha probado una vez y luego nunca jamás, como el piragüismo). Los dependientes no daban crédito. Se deshuevaban: “¿¿Que no corres nunca y vas a hacer una carrera mañana de diez kilómetros??”, flipaba uno. “¿¿Vas a correr mañana una carrera con zapatillas nuevas??”, alucinaba otra… En fin, fue la sensación.

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Hoy él se ha ido de casa y yo me he ido mentalizando para recibir la llamada sobre el infarto sobrevenido al Señor de las Bestias en el kilómetro 3. Como le hacía ilusión que le viéramos, he luchado contra mis más arraigados principios y HE MADRUGADO de lo lindo un domingo. No es que no madrugue el resto de domingos, pues mis hijos se encargan. Pero remoloneo en la cama todo lo que puedo. Hoy no, hoy me he levantado, he dado de desayunar a los críos, he desayunado yo, los he vestido, cepillado los dientes, peinado… y hemos salido de casa tipo 10:20 h.

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La carrera comenzaba a las 9 en el Bernabéu y acababa en el Vicente Calderón. Hablando ayer con el Señor de las Bestias, suponía que iba a llegar a meta tipo 10:30 h. Si llegaba, claro…

Pues ya en los aledaños del estadio, empiezo a ver corredores ya de retirada. “Serán los maratonianos profesionales”, he pensado. “Aquí el padre de mis criaturas debe andar aún por Carrera de San Jerónimo…” Pero he empezado a ver más y más corredores, así que le llamo por teléfono. “Estoy ya al lado de casa”, me dice. ¿¡¿CÓMO?!?

No doy crédito. Está cerca de casa y entero. Y ha hecho un tiempo de 53 minutos. Y de 12.000 corredores ha llegado en la 3.092 posición.

Y supongo que el vecino deportista ha vuelto a casa desmoralizado.

Y sentencia El Cachorro, al que le ha entrado la risa tonta por la supervuelta que hemos dado en coche para nada: “Correr es lo mejor cuando haces una carrera”.

Ponerte a correr y ya está. A lo Forrest Gump. Ese debe de ser el secreto…

Legal hasta las trancas

Echamos una carrera en bici El Cachorro y yo y llegamos a meta más o menos a la vez. Así que exclamo:

 

–  ¡Hemos llegado a la vez!

– ¡Empate! – corrobora él.

 

Pero realmente creo que en la foto finish se proclamaría él vencedor, y como soy bastante justa en la vida, le reconozco:

 

– Pero creo, cariño, que tú has llegado un poquito antes.

 

Y salta él:

 

– No, mamá, ¡hemos llegado empate! – en plan “y no se hable más”.

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Este crío no va a llegar a ningún lado. Es demasiado legal. Lo adoro.

¡Día de la bici, chicos!

Bueno, cuento primero la proeza y luego los detalles.

 

Hemos cruzado con la bici todo Madrid, hasta Plaza de Castilla, pasando por el túnel y vuelta. Es decir, según Google Maps…

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Por dos. Más de 18 kilómetros.

 

Que digo yo que para dos adultos vagos redomados y un niño a dos meses de cumplir cinco años, es toda una gesta, ¿no?

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Otra gesta: autofoto (una de varias) que abarca toda la familia, encuadrada y todo, hecha sobre una bici EN MARCHA. Soy un as imbatible en esta disciplina.

 

Bueno, pues eso, que hoy nos hemos lanzado toda la familia así, sin pensar, que es como se logran llevar a cabo las cosas, a montarnos en una bici y realizar el recorrido que atraviesa todo Madrid. Y vas tirando, vas probando… hasta que llegas.

 

Hay una cosa que sí que he pensado. He sido por una vez previsora y como conozco el efecto somnífero que provocan los paseos en bici a Don Bimbas, que se parte el cuello cuando cae en brazos de Morfeo, me he traído un reposacabezas.

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El Cachorro, por su parte, ha aguantado como un jabato. Bien es cierto que su padre, lógicamente, lo ha andado empujando en varias ocasiones. A ver quién es si no el valiente que se sube el Paseo de las Delicias entero sin ningún tipo de ayuda, porque la bici de mi niño no tiene marchas…

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Luego es gracioso ver cómo nos llama cuando quiere captar nuestra atención: «¡Chicos, venid a ver esto!». Somos “chicos” para él. Porque, claro, si te pones a pensarlo, la alternativa es llamarnos «¡Papá y mamáááá, mamá y papáááá, venid a ver esto!», que es más complicado. Y también queda fatal un «¡papááááás!» Mejor es lo de “chicos”, está claro.

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Bueno, pues entre “mirad esto, chicos”, “estoy cansado” y demás pedaleos, hemos llegado hasta más allá de las torres Kío, habiendo salido desde más allá de Legazpi.

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¿Somos o no somos unos cracks?

 

Lo que ha molado ha sido la vuelta… ¡¡cuesta abajo!! Es verdad eso de que todo esfuerzo tiene su recompensa.