El regalo

Una mamá del colegio y su hijo invitan a Pablito al cumple de su amiguito. La celebración consiste en ir todos, unos 9 críos, al cine. Me parece de lo más original y acertado. Me gusta.

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Pregunto en el grupo de Whatsapp montado a tal efecto que qué va a querer el cumpleañero de regalo. La madre replica que acabamos de venir de Reyes y que no hace falta. Insistimos, pero al final nos informa de que han comprado un regalito de Lego y le dirán que es nuestro, que no hace falta que pongamos nada.

Eso es un poco horreur, porque ir sin nada nos parece un poco cutre, pero igual a ella le parece que lo es pedirnos 5 euros, que es lo que normalmente se suele poner en los cumples, cosa que no lo es (cutre). En cualquier caso, pienso en comprar un regalito. Pero, como os digo, tengo un panorama en Pamplona intranquilizador y al final acabo yéndome y endilgándole el marrón a Tato. Con “marrón” no solo me refiero a llevar a los niños al cole, sino a hacerse cargo de ellos al completo: cole, extraescolares, baños, cenas, etc. Pobre.

Hoy por la tarde ya me informa de que está yendo para el cine, y me pregunta por el regalo. “Leches”, pienso, “el regalo”. Le explico la situación. Que la madre nos ha insistido en que nada de nada, que lo mismo puede ofrecerse a comprar gominolas para todos…

Cuando llega, me llama:

– Somos los padres más cutres. Hay madres con bolsitas con regalos.
– No jodas, ¿todas?
– Bueno, alguna no.
– Uff, menos mal. No obstante, haz lo de las gominolas. Hay chuches ahí. Compra para cada niño.
– No.
– Por qué no.
– Porque no.
– Te da vergüenza.
– Sí.
Yampezamos.

Le insisto en que, de vergüenza nada. Que tiene que superar estas cosas. Es que le da vergüenza todo, madre mía.

– Es mejor que te ofrezcas y que no se quede con la idea de que somos unos ratas.
– Bueno, ya lo veo.
– … No vas a ir a decirle nada.
– No.

Si me lo conoceré…

– Bueno, pues deja al crío, ve a comprar un regalito y lo das a la vuelta. Dices que se te ha olvidado en casa…
– Bueno, ya lo veo.
– … No lo vas a hacer.
– No.
– ¿¿Pero por qué?? – Me saca de quicio.

Después de dejar a Don Bimbas, hablamos por teléfono y le vuelvo a insistir. De hecho, ha de ir a comprar ropa interior a los críos y calcetines, que tienen todos con una de tomates que parece que van al cole descalzos.

– Ya que vas al centro comercial, compras el regalito.
– Bueno, ya lo veo.

Y así.

Pasado un rato, exactamente cuando ya ha ido a recoger a Don Bimbas, me llama:

– Ahora todas las madres han traído regalitos.
– Ah, genial. ¿Y tú?
– Yo no.
– AH, GENIAL. ¿Ves? ¿¿Ves?? Las otras han espabilado y han aprovechado este rato para comprar el regalo. Y tú, mira, dejándonos como los más cutres de todos. Sin compartir el título con nadie. ¡Tienes que salvar nuestra reputación!
– Bueno, ya lo veo.
– No, ya lo veo, no. Vas y le dices que lo dejé comprado y que no lo has encontrado en casa o que se te ha olvidado o algo así.
– No me atrevo.
– ¿Quieres quedar como un cutre?
– No, yo digo que te encargabas tú y ya te apañas.
– ¡TE MATO! – capaz es.

Colgamos y me vuelve a llamar.

– Está abriendo sus regalos.

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– ¿Has hablado con la madre?
– No.
– Diiiile lo que te he dichoooooo…
– ¿Qué le digo?
– Pues que lo teníamos comprado y que no lo has encontrado en casa.
– No me va a salir. Me va a cazar.
– Que no te va a cazaaaaar, que tú mientes muy bieeeeeen.
– No, no me va a salir.
– Pues dile que te lo has olvidado en casa.
– Noooo.
– ¡¿Cómo que no?! ¡Hijo, no es tan difícil!
– …
– Bueno, y si se nota que es trola, por lo menos ve que nos avergüenza ser cutres y que lo vamos a solventar, que no somos unos jetas.

Ese argumento parece convencerlo. Al poco…:

– Ya se lo he dicho.
– ¿Sí? Qué bien. ¿Qué le has dicho?
– Que me lo he dejado en casa y que el lunes se lo llevamos.
– Ah, estupendo.
– Luego – me recomienda – mándale tú a la madre un mensajito tipo: “Me ha pasado una foto de tu hijo abriendo regalos y cuando le he preguntado si le había gustado el nuestro, ha dicho que no lo había llevado, casi lo mato”, y así cuela más.
– Jaa, ja, ja. Bueno, ya lo veo.

Por la noche, estando con mis amigas de Pamplona, les enseño la foto de Don Bimbas con los compañeros de su clase. Le pasan todos tres cabezas. “Hombre, el del cumple le lleva un año, porque cumple en enero y mi hijo en diciembre”, apunto. Pero como soy una tipa bastante objetiva, añado: “Claro, que supongo que no todos los amiguitos han nacido en enero… Vaya, que no hay más que vernos, sobre todo al padre”. En su familia sufren canijismo. Así que no podemos pretender que mis hijos destaquen por su altura, precisamente…

Lo raro es que esta semana ha ido a la revisión de los 4 años y nos han dicho que en cuanto a altura está dentro de la media.

En fin, que la cosa continúa…

Al día siguiente, el Señor de las Bestias, pequeñito pero matón, se lleva a los críos a hacer una ruta con el coche por Guadalajara. Caída la noche, ya de vuelta a Madrid, hablamos por teléfono:

– ¿Te acuerdas de que quedaste con la madre del cumpleañero en que le llevabais el regalo mañana lunes?
– ¡Ay, es verdad! Pues a ver qué hago. Llevo a uno dormido y son las mil.
– ¿Y no se te ocurre pensarlo antes?
– ¿Y dónde coño narices lo compro, en medio del campo?
– ¡Pues vuelve antes, hijo, que lleváis desde las nueve de la mañana danzando y ya tienes a uno mórtimer total! ¡No hace falta reventar a los críos durante 13 horas! Aaaay, en fin, despierta al peque y vais al centro comercial – qué guay son los centros comerciales, que abren en domingo y hasta las diez.
– Bueno, ya lo veo. – Qué manía tiene este hombre de dejarme con el intríngulis hasta el final.

Confío en el corte que le puede dar cruzarse con la madre e ir con las manos vacías. En efecto, ese pensamiento ha debido cruzársele por la cabeza, que al rato me llama y me pregunta que si un Lego de 26.90 euros está bien.

– ¿¡26,90!? ¡¡Pero, hombre, Tato, no te pases!! ¡Eso no se lo han gastado ni sus padres! ¡Ni de broma!

Ya no me vuelve a llamar. Yo soy más comedida (una rata, a sus ojos) y más práctica (también de la liga “Tienen Demasiados Juguetes”), y además soy capaz de tenerlo dando vueltas en busca del regalo perfecto: bueno, bonito y barato. Así que decide actuar por su cuenta, y adquiere un Lego algo menor, de 15,50 €.

Yo ya me doy. Que entregue el regalo y acabe con esta pesadilla, por Dios.

Gonzalito

Hace unos días, al preguntarle a Don Bimbas qué quería para su cumple, dijo que un disfraz de esqueleto, “como Gonzalito”.

No sé qué le pasa con el tal Gonzalito, pero lo tiene subido a un pedestal. Todo lo que viene de parte de Gonzalito, es guay. Porque no solo me menciona lo del disfraz de esqueleto, es que, dos días después, me comenta que el árbol que hay que llevar a clase decorado… sí, ese que se nos olvidó hacer porque yo ni lo había visto (ver post del día 4), lo quería hacer como Gonzalito. “¿Y cómo es?” “Con Lacasitos”. La verdad, no sé si es porque lo ha hecho Gonzalito o porque, de verdad, es una muy buena opción lo de los Lacasitos; le alabo el gusto. Yo y Don Bimbas.

Pero, en fin, volvamos al disfraz.

Don Bimbas tiene un disfraz de presidiario zombi, donde se le ve un poco de esqueleto, pero quiere esqueleto puro y duro. Sin embargo, compré en su día un disfraz de esqueleto puro y duro muy molón que aún le vendrá grande pero que le está esperando, nuevecito.

En cuanto a regalos, mis hijos no saben ni qué pedir. Y los pobres tienen que discurrir extra entre noviembre y diciembre, porque en diciembre se les acumulan todos los regalos. Insisto (es un tema recurrente en mí), los niños de hoy día tienen de todo, es terrible, y aunque si los llevas a una juguetería son capaces de pedirse mil cosas (pero los míos, ni así), no tienen deseos verdaderos. No tienen las ganas de tener algo en especial. Porque no les falta de nada (y eso que a mis hijos ni se les ha dado caprichos porque sí ni tienen todo, ni mucho menos).

Don Bimbas volvió a decir que quería el disfraz de esqueleto “como Gonzalito”, así que rescaté la idea. Oye, si tiene muchas ganas de algo, es precisamente eso lo que hay que regalarle.

Voy al chat de padres del cole y busco quién es la mamá de Gonzalo, y le escribo.

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Peeeerfecto. Me meto para comprarlo online. PERO. Me sale un mensaje todo el rato de que en ese momento no se puede realizar la compra de ese artículo. Vaaaaya por Dios.

Pues ni en ese momento ni en toda la santa mañana. Yo, mala. Porque, además, de todas las tallas aparece “agotado” y, de la que quiero, “quedan pocos artículos”. ¡Y no puedo hacerme con uno! ¡Porque no me dejan!

Ahora ya sé de qué esqueleto se trata, lo tengo localizado, sé la ilusión que le haría a mi niño, Y NO QUIERO OTRA COSA EN MI VIDA QUE ESTO.

Salgo del trabajo y cojo el metro. Y vuelvo a intentar la compra desde el móvil. ¿¡Y sabéis qué me encuentro?! Con que está agotado. ¡MIEEERRRRRDA! ¿¡Pero quién coño quiere un chándal de esqueleto en Navidad!?

Entonces opto por la opción “Encontrar en tienda”. Bien, hay en un H&M de un centro comercial cercano a mi casa. A ver si me da tiempo a ir antes de mi fisio que es a las cinco de la tarde…

Llego a casa a las cuatro y diez, le digo hola y adiós a la chica, cojo la llave del coche, cojo el coche, voy a toda leche al centro comercial, aparco, subo las escaleras mecánicas como alma que lleva el diablo, entro en H&M, subo sus escaleras mecánicas, con las que te recorres todos los pisos porque no van seguidas, llegas al primero y, para coger las escaleras que van al segundo que están en la otra punta, atraviesas toda la primera planta, y así sucesivamente, llego a la sección de niños, doy un rápido repaso por las perchas, no veo nada ni parecido y doy con una dependienta.

“Hola, estoy buscando esto”. Y le enseño la foto. “Uy, eso… no me suena”. Mal empezamos. “Pues me pone en internet que tenéis este modelo”. “¿A ver?”, y se pone a recorrer la planta buscando por los mismos sitios donde lo he hecho yo previamente (y yo muchísimo más rápido). Y no lo encuentra, claro. El tiempo corre inexorablemente y tengo que ir saliendo para ir a mi fisio. No puedo volver después porque tengo que llevar a El Cachorro al dentista. No, si en mi vida está todo el tiempo más que medido…

Le sugiero que mire en ese aparatito que tienen en este tipo de tiendas, en el que localizan la prenda y les sale si hay en percha, en el almacén, y qué tallas les quedan. “No, no tenemos de eso”. Se le nota que es nueva a tres leguas de distancia. Nueva y sin sangre.

Vamos a por su superiora, que está hablando por teléfono y tiene toda la pinta de que no es sobre temas de trabajo, con una clienta o con su jefa. Y la nueva, como un pasmarote, esperando a que cuelgue y sin hacerle un simple gesto. Y (por fin) cuelga. Informada la superiora de la situación, saca el aparatito mencionado anteriormente (ejem), ante la sorpresa de la nueva, y le explica a la nueva cómo funciona. Y ya después intenta buscar la prenda. Sale que les queda uno de la talla que quiero, pero ya me dice que no, que no lo tienen, que se acuerda (¿seguro?) de que estaba deslavazado, porque alguien habría mangado los pantalones, y por eso sale que siguen teniendo el modelo, porque el sistema el robo no lo ha registrado.

“Vale, ¿pueden llamar a otra tienda a ver si lo tienen?” “Eeeeeeh…”, dice la nueva. Antes de que me vengan con negativas, argumento: “El sistema me dice que está también en esta tienda, en esta otra tienda, en tal otra y la de más allá. ¿Les podéis llamar?”, y les cuento también que mañana es el cumple de mi hijo y que este chándal es lo que más desea en el mundo y mi drama de no haber podido comprarlo online. Así que la superiora le manda a la nueva que llame, pero la otra no sabe cómo se llama a otra tienda. Y en vez de coger las riendas la superiora, se dedica a explicarle cómo se hace. Que si asterisco 2-7-6, y luego el número de la tienda, que viene en este listado y tal. Así que la otra lo intenta. Pero no le sale. Y va la superiora, y llama. Y en esa tienda le dicen que no saben nada de esa prenda. Y cuelga. Y dice que se va (a tomar un café) y deja a la nueva con el mochuelo (yo). Y yo ya debería estar saliendo del centro comercial y ahí sigo, acumulando estrés.

La nueva, como a cámara lenta, mira el código de la tienda siguiente y marca, en la otra tienda le dicen que no tiene que llamar ahí, sino a otro teléfono. Y tiene que colgar y llamar al que le han dado. Para que le digan que no tienen ese chándal tampoco, claro.

O sea que muy guay lo del servicio online de “encuéntralo en tienda”.

Aunque, por otro lado, alucino cómo es que le digan que no tienen la prenda sin haberlo comprobado, porque dicen que no la tienen del tirón, como si tuvieran un registro pormenorizado de cada prenda y talla que hay en la tienda, en el cerebro.

Llama a la siguiente tienda, comunica.

En ese momento, en vez de llamar a la última que nos queda por comprobar, me dice que: “Voy a ir cobrando a estos señores mientras tanto”. Y me cago en todo lo que se menea. Que, a todo esto, me está atendiendo a mí. No entiendo que tenga que cobrar antes a otras personas. Llego a ser yo la persona que espera para pagar, como me ha pasado mil veces con clientes pesados, y hasta que con ellos no acaban, ni puñetero caso. Pero me toca a mí ser la clienta pesada, y resulta que los que van detrás tienen preferencia, que cómo van a esperar, pobrecitos. Ahora, yo, que llego tarde a mi fisio (y lo sabe, porque se lo he dicho desde el minuto uno), sí, sí que puedo esperar.

Después de cobrar a los otros, vuelve conmigo. Llama a la que comunicaba. Sigue comunicando. Y luego a la última, y de nuevo, ni rastro de mi chándal de esqueleto. Así que opta por darme el teléfono de la que comunica y que ya, si eso, lo vaya intentando yo.

Me voy corriendo de la tienda. Bajo las escaleras mecánicas de dos en dos. Hago dos trompos en el aparcamiento, casi atropello a tres peatones, me salto dos semáforos y llego (tarde) al fisio. Sin mi chándal de esqueleto.

Por la noche le cuento el drama al Señor de las Bestias, esa persona que vive feliz porque no se ha preocupado ni de comprar ningún regalo para sus hijos, ni de saber qué quieren, ni de buscar, ni de encargar, ni de nada, y me sugiere: “¿Por qué no lo compras por Wallapop?”

No os lo perdáis, busco y ahí está. En Fuenlabrada. ¡Menos mal que me ha dado por contarle mis diatribas al Señor de las Bestias! Contacto con el tipo. Lo tiene a 15 euros, un céntimo más caro que nuevo en la tienda. Se lo hago notar.

Al día siguiente me contesta, que me lo baja a diez. Y le pregunto que si tengo que ir hasta Fuenlabrada. Y me dice que a las cuatro estará por la Calle Goya. Bueeeeeeno.

Yo salgo del trabajo a las tres por el Auditorio Nacional, y tengo médico a las cuatro y media por Juan Bravo, a medio camino de Goya. Y fisio a las cinco de la tarde por Delicias. Vamos, que me cruzo Madrid entero.

Le dejo caer que, si viene en coche, me haría un favorazo si se acercara a Juan Bravo o aledaños, porque no sé si me da tiempo de ir de acá para allá, puesto que además voy a pata. Y lo de que tengo el pie operado y me duele que te cagas y la rozadura que me está haciendo la bota, me lo callo.

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Pero es de los que contestan, se desconectan, y te vuelven a contestar tres cuartos de hora más tarde. Y, como digo, mi vida está medida, necesito saber cómo nos organizamos.

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Salgo del trabajo, cojo un autobús que me deja en Serrano casi con Goya, voy a sacar dinero a un cajero que previamente ya había localizado vía internet, mientras, voy hablando de algo serio con una amiga, el tipo se me acerca, no tiene cambio de 20 y el cajero no me daba billetes de menos valor, compro el décimo de lotería, pido cambio, se lo doy al tipo y… ¡¡TENGO EL CHÁNDAL EN MI PODER!!

Si viviera en Hollywood, ya habrían hecho una película conmigo.

Bueno, pues lo mío me ha costado, pero lo he conseguido.

Guay.

A ver luego cómo reacciona el canijo, que capaz es de quedarse igual.

Ahora, no os lo perdáis…

¿Sabéis qué sucede el día 13 de diciembre? Que entro por curiosidad a la tienda online de H&M, siguen estando agotadas todas las tallas menos las dos primeras, entre la que se encuentra la de mi pequeño, de las que “quedan pocos artículos”, le doy… ¡¡¡y entra en mi cesta!!! ¡¡En estos momentos estoy en condiciones de comprar un chándal de esqueleto nuevecito!! ¡¡¡Aaaaaaaaaaaargh!!!

La vida quiere minar mi paciencia, agotarme, desesperarme. Es así.

Por cierto, que, al día siguiente de esta triunfada, me viene Don Bimbas con que Gonzalito se ha comido una galleta de Harry Potter y se ha convertido en Harry Potter. Igual le ha pasado a Leo, otro de sus mejores amigos. No sabe ni quién es Harry Potter (o eso creo), pero ya estoy mirando en Amazon merchandising de la peli, porsiaca…

(También puedo llamar a su madre y preguntarle qué le van a traer los Reyes a Gonzalito. Mira, esa sería buena. ¡Don Bimbas no sabe qué quiere pero sí sabemos que le va a gustar lo que tenga Gonzalito!)

Cumpleaños de marqueses

Mis hijos tienen la suerte de tener cada año un cumpleaños distinto. Aunque no sé si ellos lo acaban de ver y/o apreciar…

El Cachorro cumplió (todo está recogido en este diario, pero os lo refresco):

– 2 años en casa con sus dos vecinos amigos suyos y un par de amigos míos.

– Sus 3 años los celebramos seis meses antes, a los dos años y medio, en Parque Europa con todo el vecindario, porque a sus tres años iba a estar yo pariendo y con pocas ganas de más fiesta que el guirigay que iba a tener. Hicimos merendola, exhibición de animales…

– A los 4 años, 1 de Don Bimbas, fiesta en la urba con merendola, globos y toda la pesca, ¡donde no faltaron un Papá Noel y un reno!

– 5 y 2 años: Casa rural en Asturias con sus primos. Un puente espectacular.

– 6 y 3 años, viaje a Oporto y, como al padre por lo visto le parecía poco, va y le organiza LA MADRE DE TODAS LAS FIESTAS en la urbanización, con un par de camellos y el paje del rey, para los que cortó una calle. Y con dos animadoras.

… Hoy, 7 y 4 años, en el Palacio del marqués de Lozoya. Es una casa rural chulísima de Segovia.

Pero chisssssssssst, que ellos no lo saben. Se han ido todos los críos con un mayor afuera a jugar, mientras esto se fragua en el salón interior…

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Estaba El Cachorro todo preocupado porque le dijimos que no habría fiesta en la urba. Pensaba que no íbamos a celebrar su cumple…

Y se ha llevado sorpresa.

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Aunque no acaba de estar muy conforme con lo de celebrar su cumple a la vez que su hermano.

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Pero esto, amigo mío, es lo que hay. ¿Por qué creéis que me esmeré para que ambos nacierais casi a la vez? ;-P

Broum, broum

Hoy es mi cumpleaños, que es algo que sucede todos los 20 de agosto.

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Todo el mundo sabe que, para mí, mi cumpleaños es superimportante. Quién lo diría, habiéndolo vivido siempre sin caramelos y sin fiestas. Pleno verano. En clase en el cole yo en el tema cumpleañero directamente no existía. Y normalmente siempre me pillaba fuera. Yo he cumplido años, cuando era pequeña, en Mallorca, Túnez, Pittsburgh, Peñíscola… De mayor, en Sancti Petri, Bali, Namibia (tampoco está mal, ¿no?)… También en Pamplona y en Madrid, claro que sí. En Madrid toca también este año. Llevo varios consecutivos. En esta ocasión, hemos estado de vacances en Ibiza y Denia y acabamos el periplo en el Algarve portugués (sí, son las MEGAVACACIONES. Pero ha sido un año con DEMASIADO estrés y me las he ganado). Pero antes de la última parte, cuatro días en casa. Que coinciden con mi cumpleaños. Así lo he querido. Con la edad, una se vuelve práctica. Que me digo: “Mejor en casa para poder dejar todos los regalazos que me van a caer, y además doy la oportunidad de poder estar al lado de un Corte Inglés o de mil tiendas para olvidos de última hora”. ¿Sí o qué? Una no cumple años en balde. La sabiduría se abre paso en mí.

Retomo. Decía que mi cumple es mi gran acontecimiento anual. Aunque lo viva con cuatro gatos. Ni fiestón me hace falta. (Aunque los he tenido, y sorpresa, y me han chiflado). El Señor de las Bestias lo sabe. Esto se lo he grabado a fuego. Y la verdad es que, meterá mucho la pata y dejará bastante que desear en varias ocasiones. Pero en mis cumples, se luce.

Hace dos años me organizó una gymkana fabulosa y acabamos en un hotel rural maravilloso, y el año pasado nos lo montamos de escándalo. Yo muchas veces pienso… ¿qué narices hará este año para superarse?

Me despierto y me lo encuentro vestido. A él y a El Cachorro.

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“Nos tenemos que ir. Para las once, estate preparada”. Don Bimbas también se despierta y se apunta al plan. Cuando estoy lista, llamo. Están en el portal: “Vamos a desayunar”.

Así que bajamos y nos vamos a un Viena Capellanes. De dentro, mis niños salen con dos paquetes.

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Sé que uno es un casco. Hace poco un amigo cerró su mítica tienda de accesorios de moto y le dije al Señor de las Bestias que había visto uno abierto amarillo todo molón. Y un día lo pillé mirando cascos por internet.

Abro el otro paquete y resulta que es una cazadora motera de Harley Davidson.

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Que digo, pues bueno, es una marca que a mí siempre me ha gustado. Aunque me verán en mi Suzuki 250cc y dirán “qué salada, con su casco de Harley en su motaja”.

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Al abrir el paquete que sé que es un casco, ya me empiezo a mosquear. Porque, équili, he acertado. Es un casco. Pero… de Harley Davidson.

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Y es cuando el artífice de todo esto me dice: “¿A ver cómo te queda todo si te colocas al lado de esa moto que hay aparcada?”.

NO.

Noooooooooooooooooo.

¡No puede ser!

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Se me saltan las lágrimas.

¡¡Pero es que no puede ser!!

No me quiero emocionar mucho porque estoy asustada. Porque se ha pasado. Porque ni la he pedido ni la necesito ni nada. Porque no me lo acabo de creer. Porque no puede ser.

Voy y la miro. Es preciosa.

Vuelvo a la mesa. Me siento. Estoy sin palabras.

El Señor de las Bestias pide la cuenta. Y aparece la camarera y me la trae… Las llaves están en el platillo.

La mujer no da crédito a que yo no dé muestras más fehacientes de alegría, que no demuestre sorpresa. Pero estoy demasiado sorprendida como para mostrar sorpresa. Y digiriendo.

Maaaadre mía.

Es real. Esta moto es mía.

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Una Harley Davidson.

Maaaaaaaaaaaadre mía.

“¿No te has dado cuenta de cuando la han traído y la han aparcado?”

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NO-ME-HE-DADO-CUENTA.

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Increíble. Ha sucedido delante de mis narices.

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Y sin enterarme.

El Señor de las Bestias se ha pasado. Es un BESTIA.

Feliz, feliz en tu día

Hoy cumple años una vecinita, a la sazón, la “novia” de Don Bimbas. Por tanto, tenemos que estar a la altura y agasajarla como merece. Y esto es, trayendo animales en su honor.

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Y, POR SUPUESTO, Don Bimbas tiene que ser el encargado de llevar uno de ellos.

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Ayudado por su señor hermano, quien, a la postre, es el cuñado de la cumpleañera.

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Están encantados con mostrar sus animales, así que no sé muy bien para quién es el regalo, si para la cría, o para mis hijos… 😉

Organizadores de eventos

Están en casa la vecina, que tiene la misma edad que El Cachorro, y su hermano dos años menor. Fue el cumple del crío en diciembre y, como no lo celebró en la urbanización, su hermana mayor y mi hijo, van y le organizan uno aquí, con guirnaldas y todo.

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Si así está la puerta de entrada al cuarto de El Cachorro, imaginad por dentro. Me pego una semana quitando trocitos de cello de puertas de armario y cajones.

Todo sea por la felicidad de ese niño.

Cumple: La exageración

Menos mal que de seis años de vida que cumple El Cachorro, este es el segundo cumpleaños que celebramos así en plan multitudinario. El año pasado me lo salté y a él, que suspiraba por un cumple como el de todos sus vecinos, le dije que se «conformara» con la supercelebración de haber ido unos días a una casa rural con sus primos. Pero este ya nos hemos liado la manta a la cabeza. Porque además no sé a quién le hace más ilusión celebrarlo, si a El Cachorro (Don Bimbas no tiene aún conocimiento del tema) o al Señor de las Bestias, que lleva días implicado en esto (no lo he visto tan dedicado a algo desde ni sé), en la parte que le toca. Y la parte que le toca es la principal; es decir, el cumple gira en torno a lo que él está organizando, que tiene que ver con animales navideños… La felicitación de los críos, sin embargo, dice que la temática del cumple es de Star Wars, aunque advierte de que habrá emisarios de los Reyes Magos y de Papá Noel. El mejunje entre Navidad y Darth Vader y sables láser va a ser mundial.

En fin, que me suena el despertador a las 8:28 de la mañana (yo soy de ponerme el despertador capicúa), y me pongo en marcha. Ventilar habitación, hacer desayuno a los críos, empezar a amenazar con que se porten bien y no me la líen, porque ya me la están liando, y a ver si se van a quedar sin cumple, hacer camas, duchar niños, vestir niños, endiñárselos a una vecina e ir al encuentro de la que me va a acompañar a hacer la compra.

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Mientras mi gurú del Makro y yo recorremos los pasillos eligiendo alimentación cumpleañera, mis hijos andan como patatas calientes. De una vecina a otra.

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Mundial el mensaje de «sigue las conversaciones para localizar a tus hijos a vuelta». Una gymkana auténtica.

Mientras tanto, en el súper, mi vecina me hace EL DESCUBRIMIENTO DEL SIGLO, el pan de molde Roberto.

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Unas planchas de pan de molde que las untas o les pones cosas encima y luego cortas y te salen, como poco, cinco sándwiches de tamaño normal del tirón. Madre mía, qué pasote.

La decoración con globos, encargada, ya está hecha para cuando llego.

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Y me pregunto… ¿qué habría sido de mí si la decoración de globos no la hubiera hecho alguien…

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… si mi vecina no me hubiera acompañado a hacer la compra, guiándome por Makro como si se tratara de su casa…

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… si mis vecinas no se hubieran hecho cargo de mis hijos…

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… si el marido de una de ellas no les hubiera dado de comer…

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… si no me hubieran ayudado a preparar los sándwiches?

Desde aquí os lo digo, ¡OS COMO LA CARA!

Sigo. Con la lengua fuera, voy a por las tartas.

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Cómo no, adjudico Vader a Don Bimbas y Yoda a El Cachorro.

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Preparo a los protagonistas…

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Hago que El Cachorro escriba su carta a los Reyes…

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En la que intenta colársela a Sus Majestades: Veo que escribe “mobil”. Pronto empieza. ¡Pues no le queda! Aún, legal como es él, me consulta: “¿Lo pongo?”

“Haz lo que quieras”, le digo. Al fin y al cabo, de ilusión también se vive. “Pero tú no quieres”, replica. “Ya, yo no te dejo, pero es tu carta. Los Reyes ya te traerán lo que estimen oportuno”. Y si es un poco listo, sabrá que Sus Majestades estimarán oportuno traerle cualquier otra cosa que no sea un móvil.

Superada esta situación, da comienzo el cumple.

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Al que vienen también amigas mías starguarizadas.

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Por supuesto, cuenta con su exhibición de animales:

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En la que, cómo no, actúa El Cachorro.

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Que está hecho un naturalista de cuidado.

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Y donde no falta de nada.

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Ni el tradicional vuelo de rapaces de los cumpleaños de la urba. Que ya es tradicional porque en varios cumples el Señor de las Bestias se ha tirado el rollo de traer aves como regalo a los distintos homenajeados.

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Después, se pide a todo el mundo que salga a la calle. Y, atención, ¿qué se ve en lontananza?

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¡Madre mía!

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¡Un paje de los Reyes Magos, con dos camellos y dos renos!

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Carmena, toma nota.

El Señor de las Bestias se lo ha curradísimo. Está todo pensado al detalle. Incluso ha comprado y colocado en la cornisa los focos que iluminan la calle. Y, claro, viendo cómo está siendo el resultado, no sé quién está más emocionado…

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Objetivamente, yo creo que está siendo un feliz, feliz cumpleaños.

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Llega el reparto de tarta y me encanta esta imagen.

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La de una marea de niños arremolinados alrededor de la mesa.

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Hay tarta como para alimentar a un país del Primer Mundo. Pero el Señor de las Bestias considera que aún podríamos cebar a unas cien personas más y se va a por chocolate con churros.

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Pero otra imagen que lucha por erigirse en la más entrañable del día es esta:

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La de los niños listos para entregar su carta al paje.

Yo no tenía carta, pero me he expresado de viva voz:

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“Diles a Sus Majestades que el año que viene quiero que al Señor de las Bestias no se le vaya la pinza. Con eso me conformo. Con eso y con la birra que sostengo en la mano ahora mismo”.

Hay tanta cosa en este cumpleaños, tanto evento, tanta emoción, tanta historia, que hasta se nos olvida el momento piñata.

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A ver quién supera esto. (No lo digo en plan reto o para entrar en una competición, me lo digo a mí misma). Porque, claro, la próxima vez vengo yo, por el contrario, con mis planes (mencionados ayer) de hacer un cumple antiguo/tradicional en casa, y los niños que ya habrán venido a este o habrán oído hablar de este (y sus padres, porque los cumples se hacen para los niños ¡¡y para sus padres!!), dirán «pero qué clase de tomadura de pelo es esta», y no podrán ocultar la decepción de sus caras y ya verás qué plan.

Por otro lado, ya he tenido que oír alguna crítica (con respecto al derroche, la parafernalia y tal)… Y, oye, es que resulta que aquí el padre de las criaturas tiene camellos. Los hijos de Brad Pitt tienen a Brad Pitt por su cumple. Pues los míos, bichos y a un gran organizador de eventos en casa.

Me pregunto qué va a ser lo próximo. ¿Una ouija para que venga Marilyn a cantar el “Happy Birthday, Mr. President”?

Por lo pronto, este día, ha sido todo un éxito.

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Los globos, ahora, nos los comemos with potatoes.

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Por fin me acuesto, a las 2:00, sin haber tenido la oportunidad de sentarme en todo el día. Récord total.

Y feliz. Molida pero feliz.

Precumple: Un día para el Día D

Pues así está en estos instantes la calle donde vivo, despejada de coches porque el Señor de las Bestias ha pedido al ayuntamiento permiso para organizarla pardísima. Y yo ahora cogía las de Villadiego…

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No, o sea, qué estrés. Mañana celebramos el cumple de El Cachorro y Don Bimbas y yo ya estoy cansada. Y de los nervios. Porque hay que estar a la altura de lo que va a acontecer aquí mañana. Y se da la circunstancia de que no sé si van a venir 50 personas o… ¡¡100!! En ese punto estoy. Y no he preparado nada, más que encargar la tarta a una vecina que yo pensaba que era cuestión de decirle «haz una tarta de La Guerra de las Galaxias» y no, resulta que había que elegir el tamaño calculando las raciones (ja, ja), el relleno, la foto de encima (con calidad suficiente), si vertical u horizontal… madre mía.

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También he encargado dos piñatas, una guirnalda, unas letras de «Feliz Cumpleaños» de Star Wars… El Señor de las Bestias ha comprado ya chuches y patatas fritas y frutos secos y chocolates, pero así a ojo de buen cubero, en plan llamándome al móvil: «¿Cuántas bolsas de chuches, dos, cuatro…?» «¡Pero si no sé qué tamaño tienen!» «Pues dos» «No, pues cuatro». Y así. Por lo demás, me falta hacer la compra de TODO.

He quedado con una vecina para ir mañana al Makro. Parece mentira que necesite ayuda… ¡con la de fiestas que he organizado en casa de soltera! Ahí tenía todo dominado, la bebida, los refrescos, el dulce, el salado, los hielos, los que iban a hacer los mojitos… y estaba preparada para que me fallara gente (las menos veces) y para que vinieran adobados de última hora (las más). Y ahora me vengo abajo con una fiesta de cumpleaños de niños… Ven-ga-ya.

Pero es que las fiestas de cumpleaños de niños no son lo que eran… Con lo feliz que hubiera sido invitando a cuatro niños a mediasnoches. Pero resulta que ahora eso no solo no se estila, sino que igual los niños invitados te empiezan a dar la murga con que dónde está el castillo hinchable y dónde el animador. Pero yo pienso un día celebrar el cumple de estos así, con fanta y mediasnoches en casa, como que me llamo Amaya. En cualquier caso, no será mañana…

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Total, que estoy viendo en mis narices que esto va en serio y que yo ahora mismo quisiera desaparecer como los coches que normalmente abarrotan esta calle tan despejada ahora y tan llena de promesas…

P.D. Adivinad quién fue realista y por la noche se puso a hacer la comida para el día siguiente en previsión de que no le diera tiempo a hacerla, cocinando pochas hasta las 2:00 de la mañana… (Y con razón y risas comentaba una vecina: «No, Amaya no puede hacer unos macarrones, no. Tenían que ser pochas. ¿Y de segundo ossobuco con menestra? ¿De postre una tarta de queso con arándanos salvajes?) Qué le voy a hacer, si me dibujaron así.

Sí, somos nosotros

Han encintado la calle de mi portal, avisando de que no se puede aparcar por un rodaje.

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No, no es por un rodaje. Es por la celebración del cumpleaños de El Cachorro y Don Bimbas.

Ya sabéis que el Señor de las Bestias no se caracteriza por la discreción ni el comedimiento. Todo lo contrario. Es lo más exagerado que conozco. Pues bien, resulta que necesita aparcar aquí unos camiones…

Dentro de un par de días os enteraréis de por y para qué.

Menos mal que celebramos los cumples juntos y cada dos años (hace dos años trajo a Papá Noel con su reno), que si no este señor arruina a la familia en un santiamén.

Las amigas de mi amigo son mis amigas

Estamos elaborando la lista de invitados al cumple de El Cachorro (a cuatro días de su celebración, así, con bien de tiempo). Del otro no porque no habla, no sé quiénes narices son sus amigos y no tengo el teléfono de ninguna madre de niños de su clase.

Así que me tengo que centrar con el mayor. Y ocurre que me da siempre el mismo nombre, el de su vecino y mejor amigo. “Sí, cariño, ese por descontado que va a venir, ¿pero quién más? ¿De tu clase?” Y ya me suelta otros cuatro nombres más. No obstante, como es un despistado como yo, opto por coger el grupo de WhatsApp del cole, donde tengo la lista entera de madres y padres de sus compañeros (“FULANA MAMÁ DE MENGANO”, “ZUTANO PAPÁ DE PERENGANA”) para ir leyéndole, porque yo no me los sé, los nombres de los críos de su clase (“¿Y Mengano? ¿Y Perengana?”). Y entonces me dice que “este sí, este sí y este sí”. Todos.

“No, a ver, cariño, todos no puede ser. Además, vendrían los dos que te pegan”. Y a él le da igual. De uno que le casca de lo lindo y que me tiene frita, ya me dijo hace unos días que le había dicho que le invitara porque él le invitó al suyo (sí, claro, el año pasado en infantil cuando se celebraban los de varios juntos en un parque de bolas), así en plan amenaza. Yo entonces ya le dije que ni pa Dios, que ese niño no iba a venir, solo faltaba.

Al final, ha ido seleccionando algo más, aunque me ha nombrado niños que yo no le he oído en la vida. Los cuatro del principio, los de verdad, eran invariables. Pero la lista iba cambiando cada vez que se la volvía a plantear. Ha sido un gran trabajo.

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Entre los niños que ha elegido, hay dos niñas que ha querido invitar “porque son amigas de Rodrigo”, uno de los cuatro muy amigos suyos. “Cariño, pero son sus amigas, no las tuyas, tú tienes que invitar a tus amigas”. ¿Y sabéis qué me ha contestado? “¡No, las voy a invitar porque son sus amigas y yo quiero que mis amigos sean felices!”

¿¿Hola?? ¿¿De dónde ha salido mi hijo?? ¿De dónde le viene ese afán por que los demás sean felices… antes de que lo sea él? O, mejor, ¿cómo es posible que, siendo tan pequeño, descubra que la felicidad de los otros, es la suya? Qué grande es. Y qué suerte tienen sus amigos.