A dibujar

Ojo a la postura que adopta el pequeño para hacer unos rayajos dibujar en un cuaderno de colorear de El Cachorro y sacarlo de quicio.

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Aunque en esta ocasión El Cachorro no ha sufrido tanto porque estaba muy concentrado creando un tiburón martillo.

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(Aún por averiguar si lo ha hecho adrede o ha decidido lo que era después de haber mareado la plastilina).

Autónomo

Sentar en la trona al chiqui es para él emocionante. Resulta que ya puede coger la correa y atarse él solito. Que si por casualidad no encala a la segunda y ya le quieres ayudar tú, te sacude un manotazo. Ya sabéis… ÉL SOLO.

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En esto mi hijo tiene una fijación. Comer con cubiertos y atarse son actividades exclusivamente suyas y de nadie más.

Y, oye, mientras se lo siga tomando así de en serio y sea un acicate para que haga las cosas, que me sacuda todos los manotazos del mundo.

Báñame, mamá, por favor

Fijaos la de días que lleva El Cachorro sin darse un baño con jabón, con eso de que está a diario a remojo en la piscina y que subimos a casa a las mil y monas, que hoy ya me lo ha pedido hasta de rodillas.

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El otro también tiene su particular forma de pedírmelo.

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Se enmantequilla entero, me enseña el tema y ya no me queda más remedio…

Qué limpitos me han salido.

Por el pito del sereno

Hace Don Bimbas una gatada de las suyas. Cualquiera. Pues como ya os consta es ir, echarle la peta, Y DESCOJONARSE EN TU CARA. Sí, sí, parece que en vez de reñirle, le estés contado un chiste. ¡Se parte!

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Otra. Se sube a un tobogán, y desde arriba, coge y me sacude una pedrada. Le echo una bronca fina. Él me mira desde ahí con aire de superioridad (lo tiene fácil, la altura le ayuda a proyectar esa actitud), con cara de “qué me estás contando”, desafiante, sosteniéndome la mirada, y cuando acabo y me giro, zas, otra pedrada.

¿Qué hago con este granuja?

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Si no fuera porque lo estoy educando contrataría a un cámara para que nos siguiera las 24 horas del día, editaría estas cositas y vendería una sit com a la tele, que no necesitaría ni risas enlatadas.

Miedo

Se ha visto todas las pelis de Star Wars, con el Emperador dando miedito y tal, se ha visto Maléfica sin mover una pestaña, pilló hasta algún cacho de «El Señor de los Anillos» y todo, con sus trasgos y sus orcos y hasta con Gollum. Y tan pancho. Pues ha sido ver la peli «Monster University», con Sulley y Wazowski, en la que las prácticas de sustos se hacen con un muñeco de madera que hace las veces de un niño en una cama, y cagarla.

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Ahora le da miedo el muñeco, su cama y todo. Tercera noche que se cuela en la mía. ¿Hasta cuánto durará esto? ¿Cómo se lo quito?

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Próxima peli, ni «Kung Fu Panda» ni leches, le voy a poner «El Resplandor».

Distintos

Estos dos sujetos son de la misma raza.

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En lo que llevamos de verano, el sol les ha dado casi por igual. El resultado no puede ser más dispar.

Y no es más que un reflejo de todo lo demás. De carácter no tienen nada que ver. Así, muchas veces se pelean…

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Pero como los polos opuestos se atraen, en realidad se quieren horrores. (Y porque son hermanos y porque ambos son, cada uno a su manera, un verdadero encanto).

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Pero para ser justos, y dado que uno ya ha vivido lo suficiente como para demostrar cómo es con todas las de la ley, hay que destacar lo ideal que es El Cachorro. En general. Con su hermano y con cualquiera.

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Dos ejemplos:

Es tarde y, para que a los dos pingüinos se les olvide que tienen sueño, ya en el postre les dejamos el móvil. Como Don Bimbas quiere ver los dibujos de cerca, El Cachorro accede a que lo sostenga él. Ya es un acto de generosidad bastante significativo. Pero, para colmo, coge una patata paja, come la mitad, y la otra mitad se la mete a Don Bimbas en la boca directamente. No creáis que el otro se sorprende, o hace un gesto de reconocimiento, o desvía la mirada de la pantalla. No. El tipo, ni se inmuta. Lo da por hecho. Abre el pico, traga y no se mueve un milímetro. Como un majarajá, o como Jabba the Hutt.

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¿No es El Cahorro maravilloso?

Y he aquí la otra situación que lo reconfirma:

Baja Don Bimbas a la piscina con el juguete del que no se despega. La parte de un trenecito. Una bebé de nueve mesicos le echa el ojo y lo quiere coger. Pero Don Bimbas le bufa y no se lo deja ni por asomo. En ese momento, El Cachorro empatiza con la decepcionada bebé y convierte ponerla contenta en su prioridad. Atento a los movimientos de su hermano, observa que deja desatendido el vagón de su tren para ir a robar un carrito a una vecina, y es el momento que él aprovecha para hacerse con el vehículo. Lo coge y se lo lleva a la peque corriendo. Y la peque le regala una supersonrisa.

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Solo vive para que los demás sean felices. Lo dicho: Ma-ra-vi-llo-so.

Papá mola más que mamá

Como siempre, El Cachorro termina de hacer caca y me llama para que le limpie. Estando en plena faena, me confiesa que esta vez «quería con papá». «¿Y eso?», le pregunto. Más que nada porque suelo ser yo la que realiza esa embriagadora tarea y me suele preferir a mí, aun cuando coincidimos en casa el Señor de las Bestias y yo. «Porque me gusta más», me dice. Así, sin paños calientes. «¿Por qué?», me intereso. Más que nada (again) porque me da por pensar en si lo mismo él ha desarrollado una técnica para limpiar culos estupenda que yo desconozco. Pero nada más lejos. El Cachorro prefiere a su padre «porque me lleva a la finca y me deja jugar con el móvil».

Hale, tócate los pies.

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Se cumple el tópico. Mamá es la malrrollera que le obliga a hacer cosas que no molan tanto.

Como ir de compras. Les aburre bastante. Salvo en alguna ocasión…

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(Por cierto, ojo a la consideración que hace El Cachorro al hecho de limpiarle el culo. Se supone que es un honor para nosotros tener que hacerlo).

Yoda cuando era pequeño

En mi casa estamos tan sumidos en el mundo Star Wars (mea culpa), que ahora está todo relacionado. Le pones una toalla al pequeño, y ya no te queda más que aceptar que lo único que le pega llevar es una espada láser.

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El Cachorro está obsesionado. Todos los días quiere ver una de Star Wars. Y, si no, vamos en el coche y me pide que le cuente un “cuento de Star Wars”. Y me veis rememorando escenas, la de los Ewoks y C3PO haciendo de dios telekinético, la de la destrucción de la Estrella de la Muerte, la de la congelación en carbonita de Han Solo…, narrándolas como si fueran cuentos independientes. Y él, tan feliz.

El niño crece

El Cachorro ya está desarrollando su personalidad, dejando claros sus gustos. Le voy a poner una camiseta que le trajeron sus abuelos desde Tailandia, y que ya ha estrenado. Pero se niega: «No me gustan los elefantitos, son de bebé, no me lo quiero poner». Me cuesta convencerlo, pero con un: «Anda ya, ¿qué va a ser de bebé? ¿No ves que no es la talla de un bebé?», lo consigo.

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Más tarde, intenta llamar la atención de su padre, que como de costumbre está pegado a su móvil, con un cacharrito que bota: «Papá, mira cómo bota». El otro, sordo perdido. «Papaaaaaaá». Nada. «PAPAAAAAAÁ». No hay respuesta. Y salta: «Aish, me estoy poniendo nervioso». Ya somos dos, hijo, ya somos dos.

Es como un mayor.

Partes del cuerpo con vida propia

– ¿Me dejas el móvil? – me pide El Cachorro.
– Está cargando – le informo.
– ¿Me lo coges?
– ¡Cógelo tú! – (¡No te jiba, el señorito!)

Pero, atentos a la excusa:

– Mi mano está cansada de coger tablets.

Jaaaaja. Hale, tócate los pies con la mano cansada. Cualquiera diría, además, que lo tenemos con una pantalla delante todo el día… Nada más lejos. Pero, vaya, que no nos vayamos a pensar que el vago es él. Que él lo haría tranquilamente. Iría, lo cogería y trajinaría con el móvil tan feliz. Pero es que es la mano, que se niega…

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