Ya empezamos con el Whatsapp de padres

Primera semana de cole y, ZAS, ya se nos empieza a ofender el personal…

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Parece una pregunta inocente, ¿verdad? Su hijo le ha dicho que su profe le da galletas si se queda con hambre y ella tiene esa “simple” curiosidad sin importancia. Pero nada más lejos…

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Que qué es eso de que la profe de galletas a quien no ha llevado desayuno. Ya empezamos. ¡Ni que estuviera pasando speed!

Menos mal que todavía queda algo de cordura.

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PERO, ya hay una iniciativa, sana, inclusiva, vegana y políticamente correcta… Consiste en que cada día, un niño lleve el almuerzo para todos. Almuerzo consistente en fruta. De manera que TODOS LOS DÍAS los niños, en su almuerzo, no hagan como hacemos muchos, que seguimos la sugerencia del cole y les ponemos galletas los lunes, bocadillo los martes, fruta los miércoles, lácteo los jueves y lo que se nos ocurra los viernes, sino que coman fruta y fruta y más fruta.

Que, oye, mal no me parece. La fruta es sana y está fenomenal. Aunque creo que es más estimulante que cada día tengan algo distinto, para que no se atiborren de lo mismo y se cansen, y para que se alimenten de forma variada y que aporte nutrientes distintos y específicos, pues no veo que un bocadillo o un lácteo sean perjudiciales para la salud, ni mucho menos.

Bien, la cosa queda entonces en que algunas opinamos que no está mal, yo incluso que, de hecho, está muy bien que la profe tenga unas galletas por si a algún padre se nos ha olvidado meterle el almuerzo a nuestro hijo. Y, como decía mi querido Chapulín Colorado, que “no panda el cúnico”, puesto que la profe no va a obligar a ningún niño a comer galletas.

PEEEERO, ya me estoy viendo que sucederá a continuación. Sucederá que la profesora, en unos días, nos informará de que ya no lleva galletas a clase. Y lo hará “porque una madre se ha quejado”, que es el motivo por el que ya no nos puede enviar las fotos que nos enviaba sobre lo que hacían los críos en clase, “porque un padre se ha quejado”, o el motivo por el que la fiesta del agua de fin de curso se anuló, “porque una madre se ha quejado”. Y es por eso por lo que mis hijos no nos hacen nada el día del padre o de la madre, “porque hay niños que no tienen padre/madre o tienen dos padres o dos madres”. Y supongo que es por eso por lo que la primera circular del año ha consistido en explicarnos que, a partir de ahora, los que cumplan años no podrán traer el almuerzo para todos, consistente en galletas y zumos o batidos, como se ha hecho hasta ahora, porque algún padre (¿será la misma que ha dado la voz de alarma ahora?) se ha quejado. Y por eso sucede todo lo que está sucediendo, que hoy día vivimos en una sociedad de ofendidos, de adalides de la opinión verdadera, salvaguardas de lo que debemos hacer o decir, y comer, fiscalizadores de cómo hemos de vivir, vigilantes de que nadie haga sufrir a sus hijos con la pura realidad de las cosas, y no se pueden herir susceptibilidades de ninguna manera. Pasa que nos quejamos de todo lo que no se ajusta de manera perfecta a nuestro gusto recto y adecuado, de todo lo que sea susceptible de originar una decepción, una lágrima o un resfriado. Ocurre que criamos a nuestros hijos en un cuarto con las paredes acolchadas.

Y ocurre porque los del cole, y, como es público, igual es cosa de la administración (peor aún) son unos papanatas que tienen que hacer caso a cualquiera con un poco de escozor en vez de mandarlos a hacer puñetas.

Y cuánto estamos perdiendo, de verdad. La libertad, por ejemplo, de que un día un crío pudiera traer a clase el bizcocho casero que ha hecho con su mamá para compartir entre todos, que mira que están ricos los bizcochos caseros, porque tiene azúcar, gluten, no es kosher, puede contener trazas de nuez, no es equilibrado ni sano, puede ofender a algún crio cuyos padres no sepan cocinar, se puede asociar a alguna festividad de tipo religioso, etc.

De verdad, ¿qué tipo de sociedad melindres estamos creando? ¿Por qué todo sienta mal? ¿Y por qué se da pábulo a todo lo que dicen los amargados que se quejan sin parar?

Hasta el **ño me tienen.

Algunas teorías avalan que el despiste puede tener un factor genético

Vale, lo del título del post me lo he inventado. Pero es algo que, hoy, me he planteado como algo posible y, lo que es peor, que proviene de mí.

Vamos a ver, sabéis, si me leéis, que el despiste de El Cachorro es sideral. Su falta de concentración (exceptuando cuando juega a “MEG” en el móvil) es es-pec-ta-cu-lar. Está en Babia, no se entera, no se entera de que no se está enterando, desconecta y, además, le da igual.

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Hoy, por fin, tenía tutoría con su profesora de segundo de Primaria. No por nada en particular, sino por conocernos y hablar de mi hijo. Llego a las doce y media y espero a que nos den paso. En el cole, las clases del piso de abajo son las de Infantil y las de arriba las de Primaria, aunque el año pasado algunas de primero de Primaria se instalaron abajo por falta de espacio. El caso es que, cuando dejan de pasar críos para el comedor y se despejan hall y pasillo, nos dan luz verde a los padres que tenemos tutoría con los profesores de nuestros hijos para que vayamos en su búsqueda.

Me recuerda la coordinadora del AMPA cuando me ve, que tengo que ir arriba. “¡Ah, claro, es verdad!” Y subo las escaleras. Enfilo un largo pasillo y voy fijándome en las clases, 5º A… 5º B… 4º C… 3º B… y llego al final sin encontrar la clase de mi hijo. Una profesora sale a mi paso:

– ¿Qué buscas?
– La clase de mi hijo.
– ¿A cuál va?
– A primero.
– Aaah, los primeros están abajo.
– ¡Anda, si es verdad!

Bajo. Ya empiezo, con tanto recorrido, a estar llegando un pelín tarde.

Llego al mismo pasillo largo que hay arriba, pero desde la parte del final. Y echo a andar. Miro las clases y no localizo la clase de mi hijo ni a su profesora. Me intercepta otra profesora:

– ¿Buscas a alguien?
– Sí, a la profesora de mi hijo y a su clase, que no la encuentro.
– ¿A cuál va?
– A primero…
– ¿Cómo se llama tu hijo? – se lo digo.
– No me suena. ¿Cómo se llama su profesora?
– Alba.
– Ah, es que Alba es de segundo de Primaria, y Primaria está arriba, tú estás en Infantil. Aquí solo hay algunos primeros de Primaria.
– ¡Ah, claro, es verdad! ¡Qué tonta! ¡Aquí iba mi hijo el año pasado!

Esa profesora se deshuevaba. “Ven, que te acompaño”. Y volvemos a ir hacia las escaleras para subir. Una vez arriba, me encuentro con la profesora que me había atendido anteriormente.

– Ay, hija, que me acabo de enterar de que mi hijo va a segundo ya – le digo. Otra que lo flipa.

No encontramos a la profesora de mi hijo que, deducimos, mosqueada por mi tardanza, había ido hacia el hall para buscarme. Recorremos el pasillo en dirección contraria a como lo había hecho la primera vez, para llegar allí, y por no bajar, grito desde la barandilla que da al hall a los que están abajo:

– Perdón, ¿está Alba por ahí?
– ¡Sí! ¡Ahora te la mandamos!

Y sube. Me disculpo, me despido de mi guía, y vamos hacia la clase de mi hijo mientras le cuento mis múltiples recorridos. Más risas.

O sea, cuando me dijeron que los primeros de Primaria estaban abajo, con Infantil, mi mente, de manera automática, me trasladó al año pasado y me creí que vivía en el año pasado. Además, como diciéndome a mí misma: “Si El Cachorro está aún en el piso de Infantil, es verdad, que le molesta horrores, yendo ya a Primaria, no subir al piso de Primaria. ¡Cómo no acordarme!” Me fustigaba por mala madre cuando era incluso muchísimo peor.

El caso es que entramos a clase para tener, por fin, la tutoría. Arranco yo: “Es que mi hijo es un despistado de tomo y lomo”. Su profesora: “Es lo que te iba a decir”…, y me mira con unos ojillos que le digo: “Ya sé lo que estás pensando… ¡igual que yo!” Se mea.

Sí, El Cachorro y yo nos parecemos en muchas cosas. Yo también me despistaba mucho en clase. Me aburría y dejaba volar la imaginación. Tenía mucha. La mitad del tiempo del cole la pasé en mi mundo. Menos mal que luego no me costaba estudiar (o copiar a la de al lado, je, je) y sacaba los cursos. Yo era de bienes…

Pero tenía más sentido de la responsabilidad que El Cachorro. Sabía lo que implicaba hacer un examen. Y claro que quería aprobarlo. A El Cachorro, se-la-pe-la. Hablando con su profe, me cuenta lo siguiente acerca de un examen de lengua que tuvo el día anterior, que fue creo que el único que le ayudé a repasar en lo que llevamos de curso, que me esforcé en que lo entendiera (él lee las preguntas y los ejercicios sin entender lo que le piden) y del que me dijo mi hijo que creía que le había salido bien:

– Mira, el examen de ayer, tu hijo no lo hizo solo en una sesión…
– ¿Qué es una sesión?
– Una clase. La de lengua, por ejemplo. Tu hijo necesitó hacerlo en la siguiente, que era de matemáticas… que es algo que hacemos con niños que son más lentos haciendo los controles, ¡y también necesitó emplear el tiempo de la biblioteca de después!
– ¿¿Cómo??
– Sí, sí. Y cuando llegamos, él y algún otro aún con el examen de lengua y les digo que cojan un libro para llevárselo a casa, él lo cogió y, en vez de seguir con el examen, ¡se puso a leerlo!

¿¿¿Cómo??? ¿El mismo niño al que le digo que lea en casa y parece que le estoy proponiendo meterse agujas por debajo de las uñas?

– “¡Simón!” – continúa la profesora – le dije, “¡que no tienes que leer ahora, que tienes que terminar tu examen!” ¿Y sabes qué pasó?
– Qué.
– Que ni en tres sesiones lo terminó.
– ¡¡Y a mí coge y me dice que el examen, bien!!

Es decir, para mi hijo no es grave no terminar un examen. No se hace a la idea de qué importancia tienen las cosas. Y no es porque no se lo decimos sin parar. No. Él es así.

– Por cierto – le cuento, para que viera qué nivel alcanza el despiste de El Cachorro – el libro que ya vi ayer que trajo, le pregunté que para cuándo tenía que estar y, ¿sabes qué me contestó?
– Qué.
– “No lo sé”.
– Pues es para el miércoles que viene, dentro de una semana.
– Y aún le dije: “Pues te habrá dicho algo tu profesora, ¿no? ¿Y no te ha dado una ficha?”
– “Sí”.
– “¿Y dónde está?”
– “En la mochila”.
– “¿Y qué hace en la mochila si te digo que, cada vez que vuelvas del cole, tienes que vaciarla y ver qué deberes tienes, que sacar lo de la extraescolar de ese día y meter lo de la del día siguiente?”
– “No sé”. Te lo juro, es desesperante. Aún le pregunto: “¿Y entonces no sabes cuándo la tienes que hacer y entregarla?”
– “No”.
– “¿Y cuándo lo vas a hacer?”
– “Cuando me la pida”.
– “¡Pero cuando te la pida será para que se la des hecha, con el libro leído!”

Su profesora se ríe.

– Mira, me estás describiendo a tu hijo tal cual. Hay madres que me dicen: “Pues mi hijo es de tal otra manera en casa”, cuando les cuento cómo se comporta en clase. Pero tú estás hablando de lo que yo veo todos los días.

Le pedí que, por favor, investigara con el resto de los docentes si existen algunas herramientas para hacer que un niño no sea tan despistado, para lograr que se concentre. Porque yo reconozco que debería sentarme a su lado para hacer deberes (y no estrangularlo, que son las ganas que me entran las pocas veces que lo hago, porque, con su manía de responder a las preguntas de manera aleatoria a ver si, por azar y chiripa, acierta la respuesta, en vez de pensar lo que se le está pidiendo ni un microsegundo, que si se para a pensar un segundo, lo sabe, saca de quicio al más plantado), pero no lo hago por falta de tiempo y es un error, dado que no ha sido capaz de coger el hábito por sí solo, pero es que muchas de las sugerencias que me hacía, de lo que le tenía que decir y tal, ¡¡ya las hago!! No soy una tía laxa, en plan “haz lo que quieras” o de tirar la toalla. Si me pongo con él y me lee el encabezado de algo y veo que no lo entiende, que ha leído alguna palabra mal porque en vez de fijarse en las letras, las ha deducido, y que ha entonado fatal, haciendo una pausa en medio de una frase sin comas o terminando en alto un punto, le hago leer la misma frase hasta que me la dice perfecta y la comprende.

Pero ni por esas.

Nos queda trabajo y a ver qué hacemos. Porque este niño es listo.

– Muchas veces nos parece que no se entera de algo, y resulta que nos sorprende, que ha pillado perfectamente lo que hay que hacer cuando pensamos que está a por uvas – continúa su tutora. – O hace cosas como la que me contó Laura, su profesora de inglés, el otro día; que tu hijo le enseñó el collar del diente de tiburón que lleva, y le dijo: “Es un diente de tiburón”, y acto seguido, le soltó la misma frase en inglés.

En fin, que entre pitos y flautas yo lo que estoy, es preocupada.

Lo gracioso es que, a colación de esto, abro Twitter y veo cómo alguien refleja de manera totalmente fidedigna a El Cachorro:

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Le mando la captura al padre y me contesta: “Tal cual”. Es que es clavao.

Ah, pero, ¿sabéis que ha destacado su profe mucho? Lo educado que es. “Siempre me dice buenos días, buenas tardes… es un primor”. Ha querido extender el cumplido: “Eso son cosas que se traen de casa”. Pues hay un niño que ha dado problemas desde el primer año de infantil y ahí también está todo el mundo de acuerdo en que eso “se trae de casa”.

Yo he aprovechado para contarle el gran corazón que tiene. Que, aunque se queja cuando cree que hay favoritismos con su hermano, si él viene y le quita algo y yo se lo quito al pequeño para devolvérselo a él después de una ardua pelea, enseguida coge y se lo da motu proprio. Porque le puede la bondad esa tan fascinante que tiene.

Al día siguiente, cuando voy a recogerlo, ella me dice:

– Han estado pintando un trabajo y tu hijo tenía el pincel negro y otro niño lo quería también, y ha cogido y se lo ha dado, quedándose sin él cuando era el único color que quería utilizar. Le he dicho que había más y me he ocupado de darle otro – como queriéndome decir, “ostras, tenías razón y, a nada que me he fijado lo he visto con mis propios ojos”.
– ¿Ves? ¿Qué te dije?

Y, qué queréis que os diga, me encanta tener el hijo que tengo. Aunque sea tan despistado de que un día de estos se olvide hasta de que yo soy su madre.

Niños queridos y el harén de Don Bimbas

Tras recoger a mis hijos del cole, y a punto de arrancar, una mujer de mediana edad los saluda por la ventanilla con inusitados cariño y alegría. Ellos le devuelven el saludo.

– ¿Quién es? – pregunto a El Cachorro.
– La profe de comedor de Rodrigo.
– ¡Ah! Y os quiere mucho, ¿no?

Pero es que justo ayer pasó lo mismo. Nos montamos en el coche y oímos: “Simóóón, Pablooo”… Otra mujer con una gran sonrisa y más simpatía, saludando a mis hijos.

– ¿Quién es? – pregunté a El Cachorro.
– Mi profe de comedor.
– ¡Ah! Y os quiere mucho, ¿no?

No sé si mis hijos serán, como suelen decir en las pelis estadounidenses, “populares” entre sus amigos. Pueden serlo ambos, pero El Cachorro no lo sabe y se autoanula. Quien tiene madera de “popular”, en plan de llegar a ejercerlo, es Don Bimbas. En cualquier caso, no diría que actualmente lo sean. Pero me consta, porque lo estoy viendo, que lo son entre el profesorado. Populares de queridos, por educados, por tiernos y por simpáticos. Y de verdad que estoy más contenta que chupita, a la par que expectante, a ver quién será el próximo que salude a mis niños cuando nos montemos en el coche…

Y lo digo porque de esta manera obtengo información de interés. Porque, otro día, salgo de recoger a los críos del cole y nos topamos con María Jesús, su profe de religión. Un encanto de mujer que les tiene mucho cariño.

“¡Ay, mis niños! Pero mi Pablo… es tan tiernito… Bueno, ¡menudo Don Juan va a ser! Tiene constantemente a un montón de niñas alrededor de él, cogiéndole la manita”.

O sea. Me lo imagino aquí al majarajá en el recreo tumbadazo en unos almohadones mientras una niña le lleva gusanitos o chocolate a la boca, otra le hace cosquillitas en el cuello, otra masajes en las rodillas y otra interpreta para él cantando y bailando Let it go de “Frozen”.

Y él opina que son aburridas. Tendrá jeta.

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No sé de qué edad serán las niñas, si se refiere a las de su clase o más mayores, porque lo que yo he visto es que también conquista a las mayores, a las que él utiliza para que lo suban a algún columpio o, simplemente, le admiren, que lo hacen, y él se deja querer, y me lo veo en un futuro como una especie de gigoló.

Sin embargo, lo dicho, cuando le pregunto por quiénes son sus amiguitos en clase, me menciona a Gonzalito, a Leo, a Roi, a Lucas…

– ¿Y no tienes ninguna amiga niña?
– ¡No!
– ¿Y eso?
– No son divertidas.

No-te-jiba.

Para colmo, nos montamos en el coche y me chiva El Cachorro:

– Pablito está enamorado de dos chicas.
– ¿Cómo? ¿Qué dos chicas? – miro por el retrovisor a Don Bimbas, que está tan campante. Le importa tres pitos que estemos hablando del tema.
– Pues una que va a clase de Adara…
– Pero, vamos a ver, me estás hablando de chicas de tu edad – tres años mayores que el ínclito personajillo.
– Sí.
– ¿Y Pablo está enamorado, dices? ¿De quién?
– De Patricia. Pero también de otra.
– ¿Y por qué crees que está enamorado?
– Porque a la otra le cogió de la mano y le dio un besito en la mano. Pablo da besitos a las que le gustan –. Y Don Bimbas, lo dicho, tan ufano en su silla del coche. ¡Sin confirmar ni desmentir nada! Y, digo yo, que me lo conozco, que si fuera mentira, bien que hubiera protestado.

Tengo que indagar y reflexionar sobre este tema…

Hasta el píloro, me tienen

Mira, por si no tengo bastante con los dictados semanales en inglés que hay que preparar, así como los controles, y por si no me vuelvo majara perdida con lo de “se me ocurre que podéis investigar sobre países”, que implica hacer un trabajo cada dos semanas para que el crío exponga, hoy leo esto…

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Lo-que-me-faltaba.

¿¿Pero está gente del colegio se piensa que el fin de semana no hacemos planes?? ¿¿Que estamos esperando en la puerta a que lleguen nuestros hijos del cole para asaltar ansiosamente sus mochilas, así salivando, como bestias rabiosas que llevan una semana sin hincarle el diente a un trozo carne, como psicópatas, ávidos por saber qué ha pensado la profesora para que hagamos, como enfermos desaforados que quieren que alguien les dé quehaceres porque si no se frustran y marchitan, como ABSURDOS DE LA VIDA??

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“Tened los fogones preparados, dice”, ¿¿será posible?? ¿¿Y qué estoy, sin hacer un maldito plan ningún fin de semana, por si acaso mi hijo aparece el viernes con la ardilla de las narices??

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¡JODER QUÉ ESTRÉS ME PRODUCE EL COLEGIO DE MIS HIJOS, COÑO! ¡DEJADME EN PAZ YA! ¡TENGO DEMASIADO TRABAJO! ¡NO QUIERO TENER NADA QUE HACER EL FIN DE SEMANA! ¡¡NADA DE NADA!! ¡¡¡NA-DA!!! ¡BASTA!

¿Estas cosas solo me pasan a mí?

Me llaman del cole. Don Bimbas tiene 39º de fiebre y tengo que ir a recogerlo. No me sorprende, pues esta mañana, al despertarlo, lo he notado caliente. El termómetro marcaba 37,7º (ayer lo llevamos en bici con pantalón corto porque creía que el día iba a “caldear”, y resulta que se puso a hacer otoño). Decía que estaba “malito”, pero le había dado un chute confiando en que se le pasara. Y no.

Y menos mal que estoy en paro. Estas son las típicas cosas que te revientan el día y hacen que te miren con el ojo torcido en el trabajo, por tener que largarte.

Voy a por él y llegamos a casa a las tres y diez. Llamo a la chica que trabaja en casa para avisarle de que hoy, cuando vaya a las seis al cole a recoger a mis dos niños de las extraescolares, solo deberá ir a por uno. Cuando cuelgo me doy cuenta de que hoy es el día que viene antes a casa, a las cuatro, que lo hago así para que le dé tiempo a limpiar la casa un poco antes de que tenga que recoger a mis pimpollos, y que se lo podía haber dicho de viva voz en un ratejo. Y a ella, por lo visto, le ha dado corte decírmelo.

Llega la chica a casa y se pone a limpiar. Le reitero que me quedo en casa con el pequeño mientras ella va a por el mayor. A los diez minutos caigo en que yo, a las seis, tengo rehabilitación. ¡Horror! Y mi hijo sale a las seis. Y no tengo el don de la ubicuidad.

Pero no puedo mandar a la chica en bus porque Don Bimbas no puede moverse de casa en su estado. O al menos, no con el trajín que implica ir y volver en autobús de línea. Tengo que ir yo.

Así que voy y aviso en el fisio de que llegaré tarde.

En el cole, precisamente hoy, abren la puerta a las 18:05 en vez de a en punto, como deben. De todas las extraescolares, precisamente faltan los de judo, a la que hoy va mi hijo. Los veo aparecer en lontananza. Caminan como si les pesaran los pies siete kilos cada uno. Y no veo a El Cachorro. Me dirijo a la profe.

– ¡Ah! Es que no encontraba su calzado y se ha quedado buscándolo – me dice.
– ¿Dónde?
– En el polideportivo.

Voy. Al acercarme, veo que El Cachorro se asoma por la puerta, me ve y desaparece. Entro. Está como escondido. Le grito.

– ¿¡Se puede saber qué haces!?
– ¡Buscar las zapatillas!
– ¿Escondido?
– ¡No! ¡Es que estaban por aquí!
– ¿Dónde las has dejado?
– ¡Por aquí!
– ¡¿Y por qué narices no están?!
– ¡No sé!
– ¿¡CÓMO SE PUEDEN PERDER UNAS ZAPATILLAS?! ¿¡PRECISAMENTE HOY!?

Me pongo a sortear, encaramarme a, brincar en y levantar colchonetas. Las encuentro por fin. Llevo un cabreo mayúsculo. Salimos al patio. El Cachorro detrás de mí, que voy flechada con una uva fina, perdiendo el resuello. No hay ni Blas. Es un escenario post ataque nuclear. Voy hacia la verja.

– Estará cerrada – se atreve a observar El Cachorro.
– Ya – contesto escueta y tajantemente.

Pero un chaval sube desde la verja. Es quien la acaba de cerrar.

– ¡Hola, ¿me abres?!
– Uff, ¿no te importa salir por la otra puerta? Por no volver a abrir… – Está a dos pasos de la verja, el desgraciado.
– ¿Por qué puerta?
– Por la principal. – que está JUSTO EN LA OTRA PUNTA.
– ¿Por dónde voy?
– Por el colegio.

O sea, atravesándolo ENTERO por dentro.

Entro, jurando el arameo.

– Hoy, ¡me la tenías que organizar precisamente hoy! – cargo contra El Cachorro.

Nos topamos con una chica de la limpieza.

– Perdone, ¿adónde va? – Me pregunta de manera un tanto seca, que le ha faltado decir: “¿Adónde cree que va, lista de las narices?”
– A la puerta, para salir.
– ¿Por qué no sale por la verja?
– Porque quien la ha cerrado no ha querido volverla a abrir.

Dicho en un tono que creo que ha comprendido que no estaba el horno para bollos. Así que se ha echado a un lado y he podido seguir mi camino refunfuñando.

Hoy, precisamente hoy, que había llegado antes que nunca, que había aparcado justo enfrente de la verja de salida, por primera vez en cuatro años tengo que hacer turismo escolar y salir por la otra puerta, y que andar, mucho.

Yo tenía que estar saliendo del cole a las 18:01h y son las 18:21h.

Voy a casa follada como alma que lleva el Diablo.

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Le digo a El Cachorro que suba corriendo él solo. Y de ahí, al fisio. Que, cuando entro a la sala, como a las 18:37h, me dice la muchacha:

– Llegas un poquito tarde… – así, como con sorna.
– He avisado.
– ¡Ah! Es que no me han dicho nada.

¡Pues a pastar! Cooooño ya con el diíta.

Masajista particular

Me ve El Cachorro un poco hecha polvo, tendida en el sofá, que además me he estado quejando de lo mucho que trabajo y tal, y se pone a hacerme un masaje en los hombros y el cuello…

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Vaya chollo que tengo con el crío. Y no se le da mal. Qué vidorra me espera.

Pero soy agradecida y muy buena pagadora. ¿Cómo le devuelvo el favor?

Mirad, en el cole, aparte de los trabajos que tiene que hacer El Cachorro, y de los deberes, que ya empiezan a caer, la profesora sugiere que se investigue sobre un país. Como cada dos o tres semanas.

Este curso va a ser de lo más durito…

Tocaba Suiza. Pues me he cascado una especie de diorama chusco para representar al país.

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Bien mono me ha quedado…

Lo que no me puedo aguantar ahora es el antojo de queso fundido que me ha entrado. Masajes y queso, un plan perfecto.

El Whatsapp de padres

Mirad que hay muchos colegios, y numerosos profesores, que lo advierten: “Cuidado con el Whatsapp de padres, que debe ser para cosas del cole, pero enseguida hay quien lo utiliza para desprestigiar a un profesor, para meterse con alguien, para montar alguna movida…”

Y, CHÁNAN, CHÁNAN, adivinad de qué va a ir el post de hoy…

El Whatsapp de padres no es algo que me haga especial ilusión, pero le veo su utilidad. Sobre todo, si se tiene unos hijos como los míos, que ni se enteran de lo que hay que hacer en el cole ni les importa. Así que, gracias a él, he sabido qué deberes tenían que entregar, por ejemplo, y qué se cocía en clase. Además, bien llevado, puede resultar un oasis en el que respirar amabilidad y educación. Normalmente todos comienzan así. La gente que no se conoce entre ella pero que tiene algo en común, en este caso unos hijos, desea ser correcta y causar buena impresión. ¿Pero qué Whatsapp de padres del cole está bien llevado? ¿Cuántos de ellos no se acaban malogrando?

El de mi hijo mayor ha pinchado hoy. Y además lo he sufrido en mis propias carnes. Os cuento.

Estoy preparándome para salir de casa, cuando en el grupo se recibe un mensaje.

No me doy cuenta de que es de una madre cuya hija este año ya no viene al cole. Generalmente los mensajes del cole los leo a velocidad de vértigo y por encima. El caso, aparece en el Whatsapp y empieza a soltar una serie de advertencias, que lo primero que pienso es “ay, leñe, qué me he perdido, que parece que está habiendo secuestros o algo así…” Pero ¡cuánto me equivocaba!

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Me quedo HELADA.

Pero helada.

Y, antes de seguir, os pongo en antecedentes. En el post de la discordia, publicado el día anterior, cuento que una niña del cole de El Cachorro se me acerca para decirme que va a clase de mi hijo. Yo, al apreciar su altura y su verborrea, le replico: “No, bonita, no, a clase de mi hijo, no, será a su mismo cole”. Pero, en efecto, va a la misma clase. Se da la circunstancia de que mis hijos son ambos de diciembre y que, además, su padre no es Tachenko precisamente. Un par de condiciones que repercuten directamente en que haya mucha diferencia de altura entre ellos y otros compañeros de clase. Además, a esta circunstancia se une que mis hijos no son de hablar mucho, o no son muy claros, con lo que, cuando me encuentro con una niña tan espabilada, no puedo creer que sea de la misma quinta que mi hijo.

En el post “reproduzco”, y lo pongo entre comillas porque la intención no era ser fidedigna, lo que me suelta la cría de carrerilla, que era cuántas hermanas tiene, que una vive con su padre o no sé qué historias me soltó… A mí me divierte y asombra la composición, o la exposición, del mundo que hace. Admiro el desparpajo y cómo explica, con toda la naturalidad, quién es y su vida y también algo que es de lo más natural, su situación familiar (que no sé si es así, si oí mal o se la inventó). Será que a mí las separaciones no me escandalizan (yo misma las he sufrido), como no me escandalizan muchas cosas, pues soy de asustarme poco. Y por eso lo narro (y lo cuento mal, no ajustándome al dato real, porque ya digo que lo de menos era el mensaje). No porque tuviera ningún ánimo de cotilleo. Cualquiera que me conozca sabe que no me entero de nada, que todavía no conozco a los padres del cole y que la vida de los demás no me interesa en absoluto.

Y en el post, cuando cuento todo esto, utilizo una exageración humorística, que a mí al menos me hace gracia y que es obvio que no está describiendo una realidad. Insisto, se trata de una clara, por bestia que es, exageración humorística.

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Digo que parece que está menstruando. Si hubiera sido un chico, habría dicho que seguramente ya tenía pelos en los huevos. Son cosas que son imposibles. Son expresiones evidente y deliberadamente burdas y alejadas de la realidad, utilizadas para provocar sonrisas.

Tengo un monólogo que habla de que en la tele soy tan pringada que a mis estupendas compañeras las sacan en “Interviú” y a mí en “Jara y Sedal”. Y que cuando quedamos para hacer el reportaje, a mí me visten de camuflaje y maquillan al jabalí. En ese monólogo llamo zorra a una Miss España (cualquiera). Tengo otro en el que digo que las compresas posparto son como encajarte entre los muslos una almohada cervical. Que son de algodón puro, que te da la sensación de estar cabalgando una oveja.

Que podrá hacer gracia o no, pero es humor. Humor construido a través de la exageración.

Está claro entonces que lo de decir que lo menos la cría estaba menstruando, se trataba también de otra. Porque ninguna niña con cinco años (el blog va con un año de retraso, ya lo sabéis, con lo que, dado que lo del Whatsapp sucede un año después de ocurrida la anécdota, y hoy hace un año de lo del Whatsapp, la cría tendría cinco o seis años a lo sumo), retomo, ninguna niña de cinco años tiene la regla.

Decir que a 1º de Primaria hay quien lleva adolescentes es un remate al hilo de lo expuesto, de nuevo basado en la exageración más evidente.

Así que volvamos al momento en el que se me para el corazón al leer ese fabuloso Whatsapp que esta madre ofendida tiene a bien colgar en el chat de los padres del cole. El momento en el que se me hiela la sangre. Y me ocurre, primero, porque siento en el alma haberla agraviado. La anécdota que reflejaba se la conté personalmente a ella en el momento en que ocurrió, y ambas nos reímos. Y me produce impotencia que se quede con una idea equivocada y que crea que quiero atacarla a ella o a su hija. Y segundo, por la virulencia con que exhibe el caso, dando por hecho, públicamente, mi supuesta inquina. Hay cosas que son obvias en la vida, y creo que es de cajón que yo no escribo posts para que gente con la que trato (aunque sea poco, porque mis amistades no están en el cole de mis hijos) se incomode o se sienta herida. Pensar, de entrada, que alguien (yo, o cualquiera), así, de la nada, porque sí, deliberadamente, quiera importunar a otra persona, es pensar muy mal.

Pero el caso es que sucede y esto se lo ha tomado de la peor manera posible. Y ha actuado de la peor manera posible. Sin embargo, yo en este momento no pienso así. En ese momento solo siento tristeza por haber violentado a una madre, máxime una con la que había encontrado cierta afinidad, aunque hubiera sido sin intención.

También entono el mea culpa. Soy empática y tampoco sé a ciencia cierta cómo hubiera actuado yo si leo algo así. Comprendo que se pueda haber sentido molesta. Me pregunto si erré con la forma de contar la anécdota y reconozco que quizá no estuve muy acertada. De pocas cosas tengo seguridad y certeza absolutas, y esta es una de las que no. Y soy una tipa generalmente conciliadora, así que solo pienso en intentar hacer que se sienta mejor. En solucionar su disgusto e indignación. En disculparme y ofrecerle todas las explicaciones pertinentes.

Así que, de inmediato, lo primero que hago es lo que me sale del cuerpo: llamarla. Pero no me coge. “Debe estar muy enfadada y dolida”, pienso. Así que, acto seguido, por inercia, contesto en el grupo, ante quienes esta señora me ha expuesto. Y escribo lo siguiente:

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Como ha soltado lo que ha soltado y se ha marchado del grupo, procedo a hacer capturas de mi mensaje y enviárselas por Whatsapp. Para que vea que asumo mis posibles responsabilidades y que hago frente a las cosas tal y como me las presentan. Para que compruebe que me disculpo con ella públicamente.

Y después le dejo un audio de dos minutos y medio deshaciéndome en más disculpas. Que lamento mucho que se haya sentido así, que no era mi intención en absoluto, que reconozco mi torpeza y que comprendo que se sienta herida… Le digo que me duele horrores haber causado esta incomodidad, que la aprecio mucho, que puedo entender que no me quiera coger pero que sepa que me pongo a su disposición y que, más adelante, si ella quiere también, estaré dispuesta a pedirle perdón.

Y, para acabar, como no tengo especial interés en mantener algo que provoca un conflicto, y entiendo que es de lo poco que está en mi mano para mitigar de alguna manera el dolor provocado, borro el post de marras.

Más no puedo hacer.

Dicha madre no contesta a ninguno de mis mensajes. Y no lo hace porque, como deduzco al rato, dado que no aparece el doble check azul de Whatsapp, ME HA BLOQUEADO.

(Una semana más tarde la descubro con un amigo/vecino/familiar escondiéndose corriendo tras las estanterías del supermercado en el que coincidimos (pues también somos vecinas), hasta en tres ocasiones, agachándose y todo, para evitar cruzarse conmigo. Con lo que, no sé quién metió más la pata, o yo con el post o ella con el Whatsapp. Yo, desde luego, y como veis, no me escondo).

De cualquier forma, creo que mi disgusto es patente y palpable, que lo que se desprende de todo lo que hago tanto en privado como en público es que solo tengo ánimo de pedir disculpas y en este punto, las cosas como son, que he actuado de manera impecable. Y, salvo que la madre que ha iniciado todo esto no quiera pronunciarse de alguna manera, doy el tema por zanjado.

Pero quedamos en que este post va sobre el Whatsapp de padres del cole, con que… ¿qué creéis? ¿Que se iban a mantener todos elegante y discretamente al margen? Ya os lo digo yo: NO.

Hora y pico más tarde, vuelve a haber movimiento en el Whatsapp. Hace acto de presencia una madre. Tras haber leído mi mensaje, ¿de qué naturaleza diríais que es el suyo? ¿Amable, comprensivo? ¿Pensáis que desea aportar desinteresadamente su imprescindible granito de arena en pos de la crítica constructiva, que se trata de un comentario edificante y compasivo? ¿Que intenta acercar posiciones? Fijaos:

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Qué encanto, ¿eh? Un primor de mujer. Supertierna. Que no digo que le tenga que parecer bien mi publicación, pero ¿esta intervención?

Esta madre tenía tres opciones.

– No meterse donde no le llaman, confiando en que la madre ofendida y la que le ha pedido perdón a ella públicamente y se lo ha pedido al resto, reconociendo posibles errores, resuelvan el conflicto entre ellas. O incluso esperando que no lo resuelvan y mantenerse al margen.
– Resultar conciliadora, apaciguar ánimos y aportar algo positivo.
– Echar más leña al fuego y actuar de manera, digamos, entre agresiva y ruin.

Y optó por lo último. Porque, la pobre, si habéis leído bien, lo ha intentado, pero no se ha podido controlar. Porque resulta que hay gente que lleva mal contener sus impulsos más primarios. Gente que cree que el mundo no puede seguir girando sobre su propio eje si no se conoce su opinión. Hay gente que, cuando ve que alguien se disculpa y se muestra en perfil bajo, se viene arriba para atacar con aún más virulencia, porque le pone hacer leña del árbol caído. Hay gente que, ante la oportunidad de avivar una polémica, se lanza en plancha como un cerdo sediento en agosto a un lodazal. Esta mujer.

Ante el lógico temor de que se abra la veda, la administradora del grupo interviene para pedir disculpas a su vez por haber agregado a una madre que ya no pertenecía a la clase de nuestros hijos y apunta, con toda la cordura del mundo, que esto se debe resolver fuera del chat. Como es lógico.

Además, evidentemente, muchos participantes del grupo se tienen que sentir violentos teniendo que leer todo esto.

Ah, pero de nuevo hay quien siente la extrema necesidad de exponer su parecer y lanzar alguna advertencia. Por lo que pueda pasar.

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Como si el post hubiera ido a hacer chanza de los atributos físicos o psíquicos de una niña, en vez de hacer hincapié en la diferencia que hay entre niños de la misma clase, que es de lo que realmente hablaba. ¿¿Alguien se ha dado cuenta de que me refiero a mi propio hijo como a un alfeñique?? Son dos niños normales, por el amor de Dios. Pero si los pones juntos, es patente que una es grande y el otro canijo. Solo se describe el contraste. Nada más. La comprensión lectora del personal es limitada.

Otro sonidito. Venga, fenomenal. La cosa se anima. Porque, dejarlo estar, ¿para qué? Así que a estas alturas ya me espero que se genere un debate porque un aburrido domingo, con un poquito de sangre, es menos… domingo.

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Se trata de otra mamá que aplaude esta última intervención. Hay que posicionarse rápido, no vaya a ser.

Yo ya tengo el ánimo tocado y el estómago revuelto.

Y es entonces cuando, desde la distancia, porque anda rodando en Fuerteventura, el Señor de las Bestias, interviene.

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Es un tío que evita los conflictos y cree que yo me valgo y me sobro para resolver mis líos solita. Pero ha debido intuir, con las intervenciones que se van produciendo a cuentagotas, en efecto, por dónde podían acabar yendo los tiros, cómo me podía encontrar yo cuando me han querido tirar a los leones, y ha querido mostrarme su apoyo, sin que le faltara un ápice de razón. Se lo agradezco INFINITO. No es plato de gusto que madres de compañeros de mi hijo quieran, fehacientemente, humillarme, atacarme, poner en duda lo que digo, dirigirse a mí con esa rabia y, directamente, hacer alusión a denuncias.

Es despreciable que alguien se meta de forma áspera y desagradable con una persona que se está disculpando ante todo el mundo. Vomitivo, diría yo.

Entonces responde esta, la que sentía dar su opinión pero igualmente la ha dado, la directamente aludida:

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EA, CON TODO SU PAPO.

Vamos a ver, decir que tienes mala baba no es un insulto. Es una descripción de un hecho objetivo. Has arremetido contra alguien que dice que lo lamenta, se muestra arrepentida y lo hace extensible al resto de padres (entre los que tú te encuentras). Ante un acto de contrición público, respondes de forma furibunda sugiriendo que se me perjudique aún más. Tu actuación ha sido indiscutiblemente cizañera y lamentable. Eso, para empezar. Y para terminar… ¿¿TÚ SÍ PUEDES EXPRESAR LO QUE TE PAREZCA PÚBLICAMENTE, PERO A TI SE TE HA DE CONTESTAR EN PRIVADO?? Ole tú, chata.

Como era de esperar, recordad que los Whatsapp de padres son una bomba latente a la espera de que una pequeña chispa los haga estallar, las palmeras de estas dos no tardan en aparecer.

Una invitó a mi hijo al cumpleaños del suyo el día anterior. Una que es muy amiga de la que ha armado lo que ha armado, que también estuvo en el cumpleaños. A ese cumpleaños fue el Señor de las Bestias y nadie se le acercó para decirle “oye, tu mujer, de qué va”. Por lo que me contó, estuvo el grupito pitití pitití, patatá, patatá, en corrillo, no descarto que comentando el asunto y orquestando su sabrosa venganza. Porque es mejor actuar de manera sibilina que a la cara.

Total, que la del cumpleaños dice:

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“Que podía haber sido el nuestro”. Halaaaa, venga el melodrama. Y, claro, también ha de determinar, así, “sin más”, desde su superioridad moral, que la que ha iniciado todo esto no ha actuado de forma mezquina. Pues otros opinamos que bastante. Y rastrera. Y como opiniones, como culos, tenemos todos, pues el resto también nos pronunciamos (en este caso yo, hoy, aquí).

Pero, no se vayan todavía, aún hay más:

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¿¿”Con tanta elegancia”?? ¿¿Elegancia?? ¿¿Ese mensaje??

Los estándares sobre la elegancia que tienen estas personas están muy, pero que muy alejados de los míos. Ese mensaje no es elegante ni en la forma ni en el tono, tampoco en el fondo. Y cada vez me va quedando más claro en qué consideración tengo que tomarme las apreciaciones de quienes creen que es un mensaje con clase.

Para rematar:

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¡¡¡”Víctima”!!! Han cantado bingo, señores. Víctima, tú. Venga, que falta que salgan las palabras “bullyin”, “acoso” y “suicidio”. No sé qué se toma esta gente, pero me parece que está adulterado. “Víctima”, tú, y se queda tan ancha.

POR FORTUNA, ¿sabéis qué vi finalmente? Que habían entrado a opinar cinco personas. Habían entrado a defender la actuación de esa madre, c-i-n-c-o personas. El resto tuvo la decencia de abstenerse.

Y lo que no saben las c-i-n-c-o personas que colaboraron en expresarme su rechazo, es que otras personas también me escribieron, solo que de forma privada. Lo hicieron para comentarme que no estaban en absoluto de acuerdo en cómo había actuado la madre agraviada que ya no estaba en el colegio (donde, descubro que, por muy popular que pareciera, tan sociable y siempre metida en todos los ajos, no todo el mundo le guardaba el mayor de los cariños) ni mucho menos en cómo estaban interviniendo en el chat las que lo estaban haciendo (precisamente, de la misma “cuadrilla”). Recibí apoyo y, esta vez sí, de manera elegante. Y reconforta comprobar que aún queda bastante gente que sabe estar en su sitio…

Señoras que me escribisteis – porque fueron todas mujeres -, no para juzgar si mi post fue o no apropiado, incluso pensando que no lo era, sino para apoyarme ante una manara vil de hacer las cosas, GRACIAS.

No voy a entrar en si el post estaba bien o mal, no por nada, sino porque este ya está lo suficientemente largo y porque aquí cada uno lo ve y lo percibe a su manera. No niego que podía haber contado las cosas de otra forma (aunque manteniendo lo de la menstruación y lo de que a 1º de Primaria algunas llevan adolescentes, que me sigue haciendo gracia, y probablemente me faltó añadir “y otras, niños de teta”) y que es perfectamente factible y comprensible que quien se sienta aludido, se pueda tomar a mal lo expuesto. Lo asumo y lo siento. Y, como decía en mis disculpas públicas, en otra ocasión intentaré hacerlo de otra manera. Pero quien aquí vea un ataque a menores pienso que tiene un problema grave de percepción de las cosas y/o una mente enrevesada y enferma.

Por último, unas últimas confesiones, impresiones y consideraciones:

– Admito que, de todos los que pude cometer, sí incurrí en un error muy claro: Contestar al mensaje de Whatsapp.

– Seguro que la cría no se equivocó a la hora de contarme su vida, pero más seguro aún es que yo no le presté atención a eso. Y más aún que, como la intención no era que se supiera quién era la cría, escribí algo parecido, pero no real. Y lamento no haber inventado algo diametralmente opuesto. Aunque no sé muy bien si eso hubiera sentado peor, pues al ser factible que se pudiera identificar a la cría a la que me refería, posiblemente me hubiera acusado de difamación.

– Soy perfectamente consciente, aunque a la hora de publicar el post quizá no lo fui tanto, de que las referencias externas a nuestros hijos nos afectan y, si percibimos o nos da la impresión de que no son amables, nos hieren. La cosa adquiere más gravedad cuando los comentarios que se vierten inciden directamente contra alguno de nuestros complejos o fantasmas, si es que se tienen y es lo que intuyo. Cada una tenemos los nuestros, nuestros puntos débiles, y comentarios ajenos que originalmente son inocentes, se convierten en agresiones directas extremadamente dañinas contra las que arremetemos con toda nuestra furia.

– Cuando nos enfadamos con alguien, y sobre todo si nos enfadamos mucho, embestimos contra esa persona casi sin pensar. Sin pensar en el alcance de lo que hacemos y sin pensar en lo ridículo de lo que decimos. Personalmente, el ataque de esta persona me parece cada día que pasa más absurdo. Y estoy segura de que, si me hubiera llamado directamente para pedirme explicaciones, incluso de malas formas, pero entre ella y yo, las cosas hubiesen ido por otros derroteros más sanos para todo el mundo. Pero entiendo que es producto de la rabia y que, de ahí, no suelen salir cosas buenas ni lógicas. Entiendo que lo que quiere es intentar devolverme el daño que cree que yo le he hecho deliberadamente y, aunque no me parece bien, tampoco me parece mal, no sé si me explico. Son cosas de la naturaleza humana y la naturaleza humana y sus formas de actuar no me son ajenas y no me resulta difícil excusarlas. Vamos, que no se lo tendría en cuenta en caso (improbable) de reconciliación.

– Sigo manteniendo mis disculpas y el audio que envié a esta madre, que nunca escuchó, lo sigo teniendo en mi Whatsapp. A pesar de haber transcurrido un año desde estos penosos hechos, sé separar las cosas y, sin volver a oírlo, puedo reenviar hoy el audio tal cual lo grabé sin ningún problema.

Si lo quieres, te lo envío.

La lástima es que no tengo manera de trasladarte mi ofrecimiento más que a través de este soporífero blog que, inexplicablemente, mantiene Cosmo desde hace SIETE AÑOS, y como” no lo lee ni Dios”, no te enterarás.

¿O… sí?

– Tengo un blog. Que es más bien un diario. La gente que me rodea es susceptible de salir en él. Nunca podrá ser identificable por los ajenos a mi entorno, pero cabe la posibilidad de que lo sea para quienes lo frecuentan. Cuento las anécdotas de lo que nos ocurre día a día, creedme que sin maldad, pero sí con retranca. Como es lógico, todo se cuenta con el filtro de mi criterio. Es como cuando, salvando las distancias (por el formato y por la categoría) un articulista cuenta qué le ha ocurrido en la playa, con un dependiente, con la mujer a la que le abrió galantemente la puerta. Con el padre cuyo hijo se vistió de princesa con el que se cruzó por la calle, con lo que le parecen las declaraciones de cierto alcalde, con el camarero de su bar favorito, del que da señas. Quienes escribimos, nos nutrimos de lo que vivimos.

Y os cuento un secreto… No hay nada como que ocurran cosas como esta para que nos den literatura. Además, las polémicas siempre obtienen más clics…

Ya empezamos

Me pongo mala con lo de los trabajos. Encima me lo dan el viernes para que lo presente el lunes. ¿Me han preguntado si tengo planes este fin de semana? No, ¿no? Pues los tengo. Y no entra lo de cascarme un trabajo que no es propio de un niño de 3 años.

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Qué manía con los puñeteros trabajos.

Porque cuando digo, “me lo dan” o “me lo mandan”, es porque siento que es a mí a quien le ponen deberes. Bueno, no es una cuestión de sensaciones, es que mi hijo no está capacitado para hacer nada de esto. No sabe lo que son los Juegos Olímpicos, ni cuando yo le haga su trabajo lo va a saber. No sabe dónde estaba Olimpia, ni dónde está Grecia, ni España, ni Madrid. No sabe calcular el tiempo. No sabe dibujar nada, ni escribir. No sabe hacer manualidades. Es decir, me mandan deberes directamente a mí.

Es que, ojo al nivel del libro de texto que tiene. Insisto, mi hijo calza tres añitos. En su caso, además, cumplidos en diciembre. Pero, vamos, ni aunque tuviera seis. Atención:

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¿Hola? Ni yo sé cómo se llaman estos objetos, y eso que me gusta la arqueología y la historia. Es TAN absurdo…

Pero bueno, no me queda otra que apechugar. ¿Cuándo? Yesssssssss: el domingo a las 23 h. A ver qué trabajito ideo…

Ya a principios de curso, en previsión, se me ocurrió acumular en una caja objetos susceptibles de ser usados en trabajos.

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El cartón de los rollos de papel higiénico o del de cocina, chinchetas, maderas, cartones duros… Al final, sé que les encontraré alguna utilidad.

Hallo la parte de arriba de una botella de leche que cortó el Señor de las Bestias en su día para fabricar un tirachinas: le encajas un globo en la boca pequeña y, cuando le metes una piedra y estiras, sueltas y voilá, zurriagazo que metes (aquí, dando ideas). La uno al cartón de un rollo de papel de cocina y lo forro con papel de plata.

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De cartones de rollos de papel higiénico hago llamas:

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Y me fabrico una antorcha olímpica.

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En cuanto al origen y la actualidad de los JJ.OO., en un panel de cartón dibujo lo mismo, pero con sutiles diferencias…

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Qué lástima, con lo bien que dibujaba yo y ahora resulta que sí que parece que lo ha hecho mi hijo de 3 años…

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El de 6 también podría hacer los trabajos de su hermano.

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No hay como ser madre (y llevar a tus hijos a un cole que manda deberes –“trabajos”, los llaman ahora- como por un tubo) para regresar a la infancia.

No habla

“Vuestro hijo no habla”, es lo primero que nos suelta la tutora de Don Bimbas a su padre y a mí.

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Reprimiéndome las ganas de soltarle un “¿¡Cómo!? ¿¡Qué habéis hecho con él!? ¡En casa recita a Shakespeare!”, le confirmo que sí, que no habla. Que ya me había percatado. O, bueno, sí que habla, pero en su idioma, que no hay quien entienda. Yo tengo que hacer de intérprete siempre y no de todo lo que dice, pues la mitad no se lo pillo.

Como sabéis quienes me leéis, yo no estaba preocupada en absoluto. Tampoco es que lo esté ahora… mucho. Pero es que su profesora nos lo ha planteado como si fuera un problema. Nuestro hijo de dos años y casi diez meses se expresa como un niño de uno. Nuestro hijo (que es el más pequeño de sus compañeros) es el único que no habla de toda la clase, porque hay una niña que tampoco destaca por su verborrea pero al menos construye frases de dos palabras: verbo y sustantivo, como “quiero agua”, y no solo “ába”, como dice mi hijo.

“Bueno, él también utiliza dos palabras, porque “Inao” significa “he terminado””, intento defenderlo. Pero no ha colado. Así que nos ha encomendado la tarea de obligarle a decir más cosas.

Obligarle. A mi hijo… ¡JA!

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Ahí es cuando su padre y yo le hemos tenido que poner al corriente de cómo es, del carácter que tiene, de lo difícil que nos resulta lidiar con él a pesar de no haber sido unos padres permisivos de los que intentar calmar las rabietas de su retoño dándole lo que está pidiendo a gritos y lloros.

En cualquier caso, yo de todo tomo nota y ya he empezado a trabajar. Don Bimbas me ha soltado un “¿itá?” (¿Dónde está?), yo le he hecho decir “dónde” por un lado (“one”) y “está” por el otro (“etá”), y cuando le pido que repita “dónde está”, ¿qué creéis que ha dicho? Exacto: “¿Itá?” Así, siete veces. Nos va a costar.

(Yo tengo la teoría que el que está alargando esta situación es el propio Bimbín. Creo que ve la cara de bobalicona que pongo cuando lo oigo hablar como habla: “Mammá, éte, atí”, que se pone de un tierno que me arrobo por nanosegundos, que le imito y todo y me lo zampo a besos, y me parece que ha decidido que le compensa no hablar normal para seguir teniéndome derretida ante él como una pava.

Ceporrismo mañanero

¿Pues no estoy llevando a mis niños al cole y se me apaga mi pequeñajo?

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Pues guay, porque llegamos tarde y tendré que subir la cuesta de entrada al cole, sí, esa que parece el Tourmalet, con mi bolso, la mochila de mi hijo mayor y la mochila de mi hijo menor colgando, y con mi hijo menor aúpa. Corriendo.

Estoy segura de que si en el cole descubrieran que esto supone mi entrenamiento diario y lo mucho que estoy ejercitando brazos y piernas, me cobraría una cuota.