Los Reyes Magos existen

Llevo desde ayer en Pamplona. A mi padre le ingresaron en la UCI el día 3 y andamos preocupados y angustiados. Estoy con mi madre y con mi hermano.

Las fechas se las traen. Hoy es la cabalgata de Reyes y mañana día de Reyes, el momento más mágico del año para mí y el que más disfruto. Y me da pena no vivirlo con mis hijos. Creo que les va a gustar lo que les van a traer Sus Majestades. Y no lo voy a ver. Pero las cosas vienen como vienen, qué se le va a hacer.

Visitamos a mi padre en la sesión de la una de la tarde (solo se le puede ver dos veces al día), con el corazón en un puño. Anda intubado y sedado. Y salimos del hospital en un sinvivir. Sugiero a mi madre que nos vayamos a comprarnos algo esta tarde para poner nuestro zapato por la noche y tener ambas un detallito y celebrar así los Reyes (mi hermano, que vive en San Sebastián, lógicamente se volverá con su familia para esta noche), pero dice que ni hablar.

Llegamos a casa, y en lo que estoy desvistiéndome para lavarme las manos y sentarme a comer, miro el móvil. El Señor de las Bestias me ha enviado esta foto:

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Y un vídeo de mis dos hijos en ese balcón preguntándome que cómo está el abuelo.

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A ver, yo veo esa foto y logro distinguir, perfectamente, lo que es una calle del casco antiguo de Pamplona. ¡Pero no puede ser! ¿¿O sí?? Llamo. Me dicen que están en un restaurante de un pueblo de Madrid. Pero, vaya, ningún pueblo de toda la Comunidad de Madrid tiene un empedrado así, de eso estoy segura. Ningún pueblo de toda la Comunidad de Madrid tiene esa luz. Vamos, que no es Madrid. ¡Pero no puede ser!

El Señor de las Bestias me pide que mire el otro vídeo. En esta ocasión, El Cachorro coge el móvil y lo lleva hasta el balcón, y me enseña la calle… ¡¡es la Estafeta!! ¡¡AY, MADRE, ESTÁN AQUÍ!!

Me echo a llorar.

Y di que la emoción no me deja dejar de preocuparme del panorama…: ¿No como en casa? Di que está mi hermano con mi madre. ¿Pero dónde duermen el Señor de las Bestias y mis hijos, si es que se van a quedar, que deduzco que sí? Porque en casa, imposible. A mi madre es lo que le falta, tener que encargarse y agobiarse con más cosas. Ay, ¡¿cómo es el tema?!

Voy corriendo a donde se encuentran. Quedamos en un bar del que el Señor de las Bestias es fan de sus fritos de pimiento. Llego y me los como a besos a los tres. Comemos fritos. De ahí, nos vamos a una terraza de la Plaza del Castillo. Resulta que hace sol y no sopla viento, con lo que el día es espléndido. Ahí caen unas rabas y otros fritos.

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Y, de repente, veo a un montón de familias con niños pequeños que atraviesan la plaza y se dirigen como hacia el ayuntamiento…

– ¿Qué pasará? ¿Por qué va tanta gente por ahí?
– Irán a comer a casa – dice el Señor de las Bestias. Pero, no, no puede ser, hombre.

Casualmente, mirando recorrido y horario de la Cabalgata de hoy, encuentro que los Reyes Magos antes entran por el Portal de Francia de la ciudad y van al ayuntamiento a hablar con las autoridades. ¡La bienvenida a Sus Majestades! Un acto al que ningún año he ido. Y tiene que ser muy bonito. Muchos dicen que lo prefieren a la Cabalgata. Así que vamos.

Me encuentro con amistades de toda la vida. Cogemos sitio…

¡Y pasan los Reyes Magos montando en camellos y dromedarios! Emocionantísimo. Muy chulo.

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Acabado el evento, nos vamos al hotel que ha cogido el Señor de las Bestias. No os lo vais a creer. El Hotel que ha reservado es, nada más y nada menos, que el hotel La Perla, el cinco estrellas de más solera de la capital navarra.

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Y ha pillado dos habitaciones, a falta de una. Lo digo porque, al entrar, veo en una de las habitaciones una cama de matrimonio kilométrica, más amplia que mi salón, y le digo: “Vamos a ver, si conseguimos dormir los cuatro en nuestra mísera cama de 1,35 m, ¿no íbamos a ser capaces de dormir aquí? ¿Para qué te gastas la pasta en dos habitaciones?”

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Pero bueno, entre que él es así, y que no sé si en La Perla iban a permitir que convirtiéramos una de sus habitaciones en un piso patera, no le doy más vueltas y disfruto de las circunstancias.

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Tras un ratito, me largo. La visita a mi padre es a las siete y media de la tarde. Los dejo deseándoles que disfruten de la Cabalgata. Y vaya si lo van a hacer. Tienen la mejor vista de la ciudad para eso…

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Después de ver a mi padre, volvemos mi madre y yo a casa. Han dado ya las nueve y el centro sigue cerrado por el momento Reyes, pero yo decido meterme por los aledaños, en busca de una panadería o pastelería donde nos puedan vender un roscón. Porque es tradición y porque no quiero que la pobre se quede sin catarlo. “Bueno, de ilusión también se vive”, dice mi madre. En Pamplona no se estila eso de abrir fuera del horario de comercio tradicional del norte, ese que va de 9 a 13:30/14:00 y abre de 17 a 19:30/20h, y menos en días de fiesta. “Chica, si se andan con ojo, tendrán roscos disponibles para esas familias que vuelven a casa después de ver la Cabalgata…”, sostengo. A mi madre no le convence mi argumento, pero me guía hacia una pastelería que ella conoce. Y… ay, ahí hay luz (y de paso enseño a quien no sepa distinguir, cómo se escribe “ay”, “ahí” y “hay”). Pero hay una chica barriendo y está medio en penumbra. Llevaran cinco minutos cerrados. PERO, inasequible al desaliento, dejo tirado el coche con mi madre dentro en un vado, dado que en esa calle estrecha repleta de vehículos es inviable una segunda fila, y voy corriendo hacia la puerta…

¿Pues sabéis qué? Me venden un roscón de nata.

¿No os digo que es la noche más mágica del año?

En casa mi madre decide congelar un trozo para cuando mi padre salga de la que está metido. Y después de cenar algo rápido con ella, voy corriendo con mis chicos.

Los encuentro saliendo de cenar y le digo al Señor de las Bestias que por qué no vamos a otro de los bares míticos de mi ciudad a por un vino.

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Vamos y mis niños pequeños, que, lógicamente, se dedican a dar por saco, son los únicos niños que hay, tanto en el bar, como en la calle. Solo nosotros hacemos estos sinsentidos. Pero quiero exprimir el día, la noche, Pamplona, el momento, todo.

Volvemos al hotel pasada la medianoche. Acostamos a los críos. Y dejamos que los Reyes actúen…

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