Periscopio

Bien, le hemos comprado a El Cachorro una funda de agua para su dedo vendado. Pues, a pesar de que le he dicho que se meta en la piscina donde no cubre y con el brazo en alto, él se ha empeñado en nadar.

Por más que le he gritado que volviera donde debía, y no sé si haciéndose el sordo o no oyéndome por tener las orejas bajo el agua, al final se ha terminado cascando el largo de esta guisa.

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Parece el periscopio de un submarino.

Porque es navarro, y cuando un navarro dice que puede, puede. ¡Pues ya tiene mérito!

Y lo alimenta. Quince días más tarde (qué gran ventaja esto de publicar lo ocurrido hace un año, que puedo adelantar información… o hacer spoilers), echo una carrera con él a braza, yo con mis dos brazos operativos… ¡¡y me gana!! ¡Me gana con solo un brazo! Un crack cómo va de rápido. Asombra a propios y extraños. Simon Phelps.

Ambidiestro a la fuerza

Hoy es el último día de Mayra, la chica que tengo en casa trabajando. Se va todo el verano, hasta septiembre. Les digo a los niños que le hagan un dibujo. Y se ponen raudos.

No se me escapa que El Cachorro no protesta. En teoría, él no puede dibujar porque está con la mano a la virulé. Pero ahí que va.

Al poco, viene con su hoja: “¡Mamá, soy ambidiestro!”

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Lo ha dibujado con la izquierda.

Vuelve a venir:

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¡Y ha escrito su nombre con la izquierda!

Pues va a ser que sí, que lo es. Le ha brotado una nueva virtud.

Sobre acusar con pruebas y sobre rebobinar castigos

“¡Ya estamos con el “Echaculpas”!”, se queja El Cachorro de su hermano. Don Bimbas le está acusando de romperle un palito. Y él lo niega.

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Así que, acto seguido, él dice: “Pablito me ha pisadoooo”. Don Bimbas: “Nooooooo, nooooo”, y El Cachorro: “¿Ves, cómo no hay que decir cosas sin pruebas?”

Qué didáctico. Qué gran fiscal se está fraguando.

Tampoco se le da mal inventar alias. “Echaculpas”, dice.

Bueno, el caso es que, por hache o por be, nuestros días transcurren con tres o cuatro enfados como mínimo, que se reparten entre mis dos chilindrines.

Ahora le toca a El Cachorro. Desaparece de mi vista, indignado.

Al poco…

– ¡¡¡Mamá, mamá, abre!!! – lo oigo desde el salón.

Cuando me asomo, está asomado a la ventana… desde fuera.

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– Qué haces ahí?
– Me he encerrado para no estar con vosotros y ahora quiero hacer pis.

Si es que… hay que conservar fría la cabeza en los enfados, para sopesar los pros y contras de lo que se hace en caliente…

Sobre gustos…

Vamos a comer El Cachorro, Don Bimbas y yo. No tengo casi nada para componer una ensalada, solo tomate, pepino y aguacate. Pues bien, estos son los tres platos que he tenido que hacer.

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El Cachorro, adora el pepino y le gusta el tomate. Don Bimbas dice que solo pepino, cada vez come menos este crío. Y yo odio el pepino (menos en el gazpacho) y adoro el aguacate. Pues hale, con tres ingredientes, marchando tres ensaladas distintas.

Algo horrible

Estoy desvistiéndome en mi cuarto, para ponerme ropa de casa, habiendo despedido ya al Señor de las Bestias, que se va trabajar. En esto que coge la puerta para irse Y OIGO UNOS GRITOS TERRIBLES por parte de El Cachoro. Y al Señor de las Bestias, desquiciado: “¡¡¡¡ME CAGO EN DIOSSSSSSSSSS!!!! ¡¡¡¡ME CAGO EN DIOOOOOOOOOOOOSSSSSS!!!!”

– ¿¡Qué pasa, qué pasa!? – voy corriendo, desnuda.
– ¡¡¡DIOSSSSSSS!!! ¡¡¡DIOSSSSSSSSSSS!!!
– ¡¡¡Por favor!!! ¡¡¡Qué pasa!!!

Tenía El Cachorro un dedo en el quicio de la puerta blindada de casa, donde las bisagras, y Don Bimbas la ha cerrado de un portazo.

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– ¡¡¡SE HA ROTO EL DEDO, SE HA ROTO!!!

Dios Santo, lo cogía El Señor de las Bestias de tal manera, estaba tan alterado, que pensaba que se le había desprendido. El pobre crío gritaba.

Me voy al cuarto temblando para vestirme con lo primero que pillo, chanclas, camiseta y un pantalón corto que había por ahí tirado. Salgo como alma que lleva el diablo. El Cachorro gritando… ¡cómo gritaba mi niño!

– ¡Aaaaaaaah, noooooooooo! ¡Pablo, malo, malo! ¡¡Aaaaaaah!!

Están él y su padre en el baño. El Señor de las Bestias le ha puesto algodón y abre su mano para medio enseñarme el dedo, y me mira como dándome a entender que lo va a perder o que lo ha perdido ya y que tengo que ir a buscar el trozo que falta por el suelo. Yo no veo demasiado, más que sangre y un burruño con una uña colgando y no sé si creo ver un poco de hueso… Una impresión que te cagas.

Voy hacia Don Bimbas temblando, que está inmóvil con cara de susto. Le pongo los zapatos: “Corre, cariño, ¡corre!” Y cojo el relevo con El Cachorro, agarrándole la mano y apretando o sosteniendo el dedo. Me parece ver al Señor de las Bestias como buscando algo por el suelo y no sé si es un trozo de dedo o qué. Madre mía, ¡madre mía! Nos vamos.

¿Y os creeríais que, una vez nos montamos en el coche en el garaje, el Señor de las Bestias descubre que se ha dejado las llaves en casa?

Más gritos de El Cachorro. Se lamenta: “¡¡Todo me pasa a míííí!! ¡¡Aaaaaaah!! ¡¡Aaaaaaah!! ¿¿Por qué tengo que tener tantas heridas??¡¡POR QUÉ!! ¡¡AAAAAAAAH!!”

Por el camino, El Cachorro sigue llorando y gritando, pero no tanto como creo que lo haría yo en su lugar. Yo no hago más que intentar calmarlo: “Te van curar, cariño, tranquilo, que te curan”. Él solo grita y me dice todo el rato que me quiere (no sé por qué le da por ahí, ni que le hubieran dicho que le quedan minutos de vida). Y echa pestes de su hermano:

– ¡Y todo por culpa de Pablo, que ha cerrado la puertaaaaa! ¡¡Y no me ha pedido perdóóónnn!

Me da pena Don Bimbas, que va que no se atreve ni a moverse. Está todo el rato como en segundo plano.

– Cariño, tu hermano ha cerrado la puerta, pero no sabía que estaba tu dedo, no es culpa suya. Y si no dice nada es porque el pobre está asustado. Nos hemos asustado todos, pero ahora vamos a llegar al hospital… ¡¡Tato, que te saltes ese semáforo!!… y te van a arreglar el dedo.

Como no sé qué exactamente qué chandrío se ha hecho, y si perderá la falange, no hago sino rememorar a mi amigo y vecino el actor, que le falta una parte de dedo, y la mano del tío mayor de mis hijos, a cuyo dedo también le falta un trozo por el mordisco de un lobo. Pienso que, por suerte, tenemos referencias o ejemplos cercanos y que eso ayudará a El Cachorro en el caso de que suceda lo peor.

– No te preocupes, cielo, ahora llegamos. Y a ver cómo tienes el dedo, mi vida, ellos te van a curar, no te preocupes, y luego el dedo… – me veo en la obligación de empezar a prepararlo – … yo qué sé, a ver, igual queda original. Ahora nos dicen, pero esto enseguida se pasa, cariño.

No le doy lo que pueden ser falsas esperanzas por si las moscas. Con mis hijos soy bastante realista.

Llegamos y entramos directos a urgencias. Una vez tumban a mi hijo, me dicen que espere fuera con Don Bimbas, que eso a él también le puede afectar, verlo y tal. Así que nos salimos.

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Ahí ya puedo centrarme en el peque, que lleva el susto metido en el cuerpo. Y también hago que no se sienta culpable, porque cree que es el responsable de lo que ha ocurrido y está entre impresionado, enfadado y triste. Y le leo algún cuento.

Me llaman para volver a entrar. Veo la mano de El Cachorro vendada. Estamos esperando a la radiografía para ver el alcance de lo que ha ocurrido. Pero ya me dicen que de perder algo del dedo, nada de nada. Y él está tranquilo. Ya no grita. Y le van a administrar un gas que lo va a relajar. Cuando lo hacen, la pediatra le explica qué le va a ocurrir, y le advierte de que hay niños a los que les entra la risa cuando respiran por la mascarilla. Y es EXACTAMENTE lo que le ocurre a mi hijo, que le da un ataque de risa. Así que, cuando me piden que vuelva a irme, lo hago mucho más tranquila.

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De vuelta en la sala de espera del hospital, contesto el Whatsapp de un amigo que me había consultado algo hacía ya un rato, contándole lo que estaba pasando.

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Este diálogo es para enmarcar.

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Creo que no hay que evitar reírnos hasta en este tipo de ocasiones.

Al rato, aparecen padre e hijo. El Cachorro dice que no siente la mano y está tan contento. Bueno, dentro de lo que cabe, porque enseguida protesta porque se le ha fastidiado todo, porque no se va a poder bañar en la piscina…

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Y es el momento de reflexionar y de conciliar ánimos. El Cachorro sigue culpando a Don Bimbas, pero, ahora que no le duele el dedo (ya le dolerá, cuando se le pase la anestesia), aprovecho para decirle que la culpa, en todo caso, sería suya, por tener el dedo donde no debe. “¿Cuántas veces os he dicho lo de las puertas, que tengáis cuidado, que ni las toquéis?” Bueno, sin ir más lejos, tres minutos antes de la pillada. Subíamos en ascensor desde el garaje y ya andaban los dos apoyándose en la puerta y poniendo la mano. Es de esas puertas que se deslizan hacia uno de los lados cuando se abren y que pueden pillar dedos sin ningún problema entre ambas mitades, cuando se superponen. A mí me da un miedo de mucho cuidado. Pues cojo, les advierto con cara de pocos amigos que NI SE OS OCURRA TOCAR LA MALDITA PUERTA, HOMBRE YA, CUÁNTAS VECES MÁS OS LO TENGO QUE DECIR, y a los tres minutos, tres, el tiempo que me había llevado desvestirme, zas, el accidente.

En fin, ahora tenemos que volver dentro de dos días para ver cómo empieza a responder el dedo. Y me pregunto qué narices vamos a hacer con nuestros planes vacacionales…

Pasaporte

Nos hemos ido la familia a renovar el pasaporte. La que los hace en comisaría, entabla conversación con El Cachorro.

– ¿Y adónde vas?
– A… Asia.
– ¿Ah, sí? ¿Y a qué país?
– Hummm… no me acuerdo.
– ¿A Tailandia?

Yo intervengo para decir que no, que está cerquita…

– Vie…
– ¡Vietnam! – dice El Cachorro. Y continúa la conversación.

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– ¡Anda, qué suerte! ¿Y cuántos días?
– 20 – le informa El Cachorro – bueno, 22 con el viaje.
– ¡Uy! – dice la funcionaria – ¿Y no te vas a aburrir, tantos días, sin tu cama… sin tus juguetes…?

¡Pero bueno! ¿SERÁ ZORRA? ¡¿No estoy yo dudando en si hemos hecho lo correcto, en si aguantarán el viaje, en si les enamorará o les volverá del revés, para que venga esta a sembrar desazón en mi crío?! ¿¡Y en mí!?

Acoso

Últimamente, cada vez que mis hijos juegan juntos en cualquier parque, viene El Cachorro a quejárseme:

– ¡Jo, es que Pablo me persigue!

Y es verdad que va detrás de él todo el rato. Por supuesto, haciendo lo que hace él.

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Luego aparece Don Bimbas.

– Jo, es que Simón no quiere que le persiga.
– Pues ve a jugar a otro lado, mi vida.
– ¡Es que yo quiero estar con Simón!

Y vuelve a correr tras él. Porque si el pequeño quiere algo, lo hace. Y ando yo intentando hacerle entender que no se puede obligar a las personas a estar con nadie, pero me va a costar…

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De momento, no hay tu tía. Con Simón quiere ir y con Simón va. Que, por cierto, por si no fuera suficiente la escalada, hale, ¡a saltos!

De milagro sigo teniendo hijos. De milagro.

Tallas

Los peligros de comprar ropa igual.

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Y ellos… no os creáis que se sienten raros, no. Lo ven tan normal. ¡Y no es la primera vez que les pasa!

Que digo yo que, bueno, el pequeño es natural que no se sienta raro. ¿¡Pero el mayor, que se tiene que meter haciendo contorsionismo!? ¿Que luego va por la vida sin poder expandir sus pulmones? Qué tío. Vaya cabeza.

Aunque no estoy yo para hablar mucho… Sí, veo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Por ejemplo el otro día, que me da por compadecer al vecino cuyo coche vi siendo remolcado por una grúa, cuando yo acababa de dejar en el cole a mi hijo con un polo de manga larga (la máxima de aquel día era de 30º), olvidándoseme las llaves dentro de casa.

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Soy experta en esto. Un caso.

Faltón

Jugando a pillar con Don Bimbas, me dice: “Es que cuando me persigues casi digo una palabrota…”

Confiesa lo que pudo pasar y no fue. Esto parece “Minority Report”. ¿Qué hago, lo abronco o no?

Por esto, no. Es broma. Pero por lo que sucede a continuación, le va a caer un castigo de los gordos.

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Coge y me salta:

– Tienes el culo gordo.
– No.
– ¿Un poquito gordo? – insiste.
– No.
– Hummm… ¿Tienes el culo flaco?
– Eeeeso es.

¡Joé, para una cosa que no soy, culona, viene este a minar mi autoestima!

La paloma se independiza

Ayer Victoria salió a la terraza…

Y se fue.

¿Y ese niño que pregunta continuamente por su pollo? ¿Ese niño que sale a la terraza a gritar “Victoria”? Me estoy refiriendo a El Cachorro. Madre mía, desgarrador.

Y se lamenta también por lo siguiente: “Yo que había dicho que teníamos 401 animales con ella…”

Su padre, así, redondeando, tiene 400 animales. Pues El Cachorro, con Victoria, estaba todo orgulloso afirmando que tenía 401.

En fin, que nos ha dejado y yo solo miro la última foto que tengo de ella…

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Ya no tengo tres hijos.