Mechas

Llevo a los niños a cortar el pelo. Su padre, al ver la foto que le envío, opina que El Cachorro está muy mayor.

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Leñe, creo que tiene razón.

Del corte de Don Bimbas rescato unos pelos. Mirad.

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Me fascina su rubiez. Ya lo sabéis. Hago post de vez en cuando en exclusiva de este tema. Pero es que, según qué mecha cojas, parece el pelo de la Barbie.

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La peluquera también comenta que qué pelo más bonito. Es de surfero total. El color, las mechas… un pelazo.

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Y cojo yo y se lo corto…

Y también parece mayor.

Yo… ¿para qué voy a la peluquería?

La alianza entre el (puñetero) cosmos y mi hijo pequeño

¿Veis estas dos sábanas, la que acabo de recoger y la que está tendida?

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Acabo de poner una lavadora con edredón, bajera, empapador, sábana y funda de almohada, así como con pijama. La segunda lavadora consecutiva con el mismo contenido.

Hace dos noches, se estaban poniendo mis hijos el pijama.

– Espera – le dije a Don Bimbas – tu pañal.

Don Bimbas se pone pañal por la noche pero hace tiempo que no se hace pis nunca. Se hizo, ¿recordáis?, para hacerme a mí la puñeta cuando volvió de sus vacaciones sin nosotros en Cataluña, a principios de verano, y especialmente la noche anterior a nuestro vuelo a Vietnam, y en nuestra cama, para más inri. Y después, no más. En Vietnam, 21 días de viaje, nasti de plasti. Y en Madrid, tampoco. Hasta que en septiembre le dije:

– Mira, cariño, te voy a poner el pañal hasta pasada la primera semana de cole, y si sigues sin hacerte pis, porque no te estás haciendo en absoluto, te lo quito.

Dicho y hecho. Se lo quité una semana después de haber empezado el cole. ¿Y qué hizo él? Mearse ESA MISMA NOCHE. ¿Y después? MEARSE LA SIGUIENTE NOCHE. A la tercera que lo hizo, terceras sábanas a la lavadora, volví a colocarle el pañal.

Lleva con pañal todas las noches y, ¿adivináis qué? No se hace pis JA-MÁS. De hecho, le pongo el mismo algunas noches seguidas, claro. Con lo caros que están, hay que reciclar.

Pero a mi niño, allá donde estuviera antes de nacer, lo diseñaron para hacerme la puñeta. Esto es así, lo mires por donde lo mires. Dormir una noche seguida para mí es una quimera. Porque si no son sus dolores de rodillas es el picor de piel, y si no es que se ha meado, o se pone a gritar de la nada o, como suele hacer y está haciendo últimamente casi todas las noches, viene a mi cama y se me cuela.

En cualquier caso, la puñeta, ya os digo. Lo de quitarle el pañal después de que no se le salga ni una gota de pis en mes y medio, y mearse, lo hace para joder. Ya está.

¿Y sabéis qué hace también? Esperar al cambio las sábanas. Cuando les cambio las sábanas, que además hago lo propio con los pijamitas, para que esté todo recién limpito y se metan a gustito en la cama, ese día, ESE JODIDO PRECISO MALDITO DÍA, me la lía. La chica que me ayuda en casa con la limpieza LO FLIPA.

Cambio las sábanas y, zas, se hace pis con el pañal puesto pero se sobra. Y hay que quitarlo todo y poner otras nuevas. Y si el nivel de jodimiento está en plena forma, ocurre lo mismo la noche siguiente.

Pero, ah, ¿qué sucede cuando yo quiero especialmente dormir? ¿Cuando estar descansada una determinada noche es MUY importante para mí? Pues que Don Bimbas ya me tiene preparada “La Noche Especial”.

Hace dos noches yo tenía mucho interés en dormir bien. Tenía al día siguiente mucho que hacer y, además, por la noche, que presentar la premier de un cortometraje de Cosmo realizado para su campaña contra la violencia de género en el Palacio de la Prensa. Quería estar más o menos descansada y con la mente despierta.

Acosté a los niños y, como os decía, advertí que Don Bimbas no se había puesto su pañal.

– Espera – le dije – tu pañal.

Como las sábanas estaban recién puestas, tenía todo para estrenar. El pijama y pañal nuevos. Como era nuevo, no me fijé dónde iba la parte trasera y dónde la frontal. Y se lo puse como pensé que iba. A la vez, coincidencia, le dije:

– Que yo creo, cariño, que habrá que quitarte el pañal, ¿no? Porque como ya no te haces pis…

Poco imaginaba que se estaba produciendo una conjunción de ingredientes (sábanas nuevas, pijama nuevo, pañal a estrenar, comentario acerca de que ya no se hace pis, ganas tremendas de dormir por mi parte) que despertaba al cosmos, a Murphy y al subconsciente de mi hijo para que mi propósito de dormir como una bendita, se fuera al traste.

A esto se suma que yo estaba convencida de que iba a dormir bien. Ya me había despertado un par de noches con sus historias, y normalmente son dos noches en guerra y una de tregua. Esta tocaba la de tregua. Y él estaba cansadito y de muy buenas. No se había quejado de ningún dolor ni se rascaba. Prometía ser una noche ideal…

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A las 3:25 de la mañana, me despierta desde su cuarto la voz de Don Bimbas:

– Mamáááá, estoy mojado…

Eso que te despiertas con el dolor de cabeza puesto, porque, como soy boba, me había acostado, no cuando debo, sino a la una de la madrugada, y viajas hacia la consciencia desde un lugar muy lejano.

– Mñsbsbs… tápate – le dije.

Porque, mira, pensé, si está sudado, que se tape y punto, porque si me despierto ahora y le cambio de pijama y tal, me desvelo. Y como estoy obsesionada con que tengo que dormir, no habrá manera de que vuelva a caer. Y estoy en fase REM y no puedo ni abrir un párpado sin que me duela hasta en el coxis.

Se hizo un poco de silencio. Pero Don Bimbas volvió a atacar:

– Mamiiiiiii, me he hecho piiiissss.

No. No me lo podía creer. ¿¿Pis?? ¡Era imposible! Vamos a ver, lleva sin hacerse pis como dos meses. Dos meses que ni una gota. ¿Y se va a hacer pis? ¿Con el pañal puesto, además?

Estuve a punto de decirle también “da igual, tápate”, pero me pareció demasiado. Así que me levanté y fui. Toqué. En efecto, estaba mojado. ¡Pero cabía la posibilidad de que fuera sudor! ¡Tenía que ser sudor! Olí. No era sudor. Era pis.

Mecagüentodoloquesemenea. Hale, a quitar todas las sábanas, el pijama del pequeño, llevarlo hacia la ducha y darle al agua caliente. Mientras, tirar el pañal rebosante de pis, poner la lavadora, volver al baño, duchar al pequeño, secarlo, ponerle un pijama nuevo, un pañal (entonces sí que no tenía sentido, porque se había meado lo más grande y era imposible que quedara nada de líquido en su interior), llevarlo a mi cama, pues me negaba a ponerme a hacerle su cama, y apagar la luz.

A las cinco de la mañana, desesperada, le enviaba un mensaje al Señor de las Bestias, que lleva más de dos semanas fuera rodando, no para que lo leyera en ese momento, ya que es imposible despertarlo con un mensaje, sino para desahogarme y que viera en qué condiciones estaba.

No podía dormir de ninguna de las maneras. Don Bimbas, a todo esto, buscaba el contacto conmigo mientras roncaba. Y yo acabé mirando el móvil.

Creo que me venció el sueño a eso de las seis y pico de la mañana, levantándome a las 7:27. Es decir, el día que quería dormir, lo hice dos horas a principio de la noche, y una al final. Menos que ninguna otra noche.

Pensé en llevar a los niños al cole y volver a la cama. Pero me lie más que nunca. Hice compra importante en el súper, curré en este diario/blog, hice cosas de bancos, me fui a la peluquería de un centro comercial, allí compré un modelito para lo de la noche, compré medias, compré regalos para el cumple de mis hijos, volví a casa justo cuando llegaron del cole, me puse a hacer deberes con El Cachorro, los preparé para llevárselos a una vecina, me pinté y vestí y fui al evento que tenía que presentar.

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No os imagináis lo devorada que estaba. Esto terminó tarde y llegaba a casa pasada la medianoche. Tuve que ir a por mis niños, bajar al pequeño aúpa y a El Cachorro de la mano, como un zombi, acostarlos, y yo prepararme para hacer lo propio. Pero, claro, estaba muy despierta. No tenía sueño. Además, había que desmaquillarse, que me daba una pereza inmensa, porque no estoy acostumbrada a maquillarme casi nunca, pero jamás me he metido en la cama con la cara pintada. Total, que me acostaba hacia las dos de la mañana. Muy dispuesta, sin embargo, a aprovechar las pocas horas de sueño a muerte, a dormirlas con todas mis ganas.

Sí, lo habéis adivinado. A las cinco de la mañana…: “Mamááá, me he hecho piiis”.

“No me lo puedo creer, de verdad, ¡no me lo puedo creer!” Y, LA MISMA HISTORIA, solo que solo se oían mis lamentos. Hala, ducha al crío, mete todo en la lavadora, mete a Don Bimbas en mi cama y… mantén los ojos como platos.

Así que por eso tengo dos juegos de sábanas en el tendedero, y no descarto que haya un tercero esta noche…

P.D.1. Sí, hubo un tercero. Lo que mejoró es que mi niño se dio cuenta de que se había hecho pis DESPUÉS de sonarme el despertador, así que, al menos, la noche la dormí seguida.

P.D.2. Mierda de pañales que no sirven para nada.

En paro

Llevo en paro desde el 12 de julio. Cuatro mesacos ya, que se dice pronto. Y sin visos de que la cosa cambie próximamente. También es verdad que ni me he puesto a buscar. Estoy a la espera de que el programa que llevo haciendo los últimos tres años (con parones), renueve una temporada más. Para ser televisión, es cómodo. Cumples horarios, no digo más. Eso es un milagro en mi sector. Y lo hago con la gorra. Cero estrés. Me compensa.

Lo malo de estar en paro, y eso que esta vez cobro la prestación, es que te descapitalizas. El dinero no dará la felicidad, pero da mucha tranquilidad. Y eso es lo que no tengo.

PERO. Soy de las que creen que es mejor adaptarte a las circunstancias y sacar lo positivo de ellas. Y a mí no me cuesta NADA sacar cosas positivas al paro. Primero, hay que decir que es un estado al que estoy más que hecha. Mi vida laboral transcurre entre periodos de trabajo y periodos de paro. Ya tengo la costumbre afianzada y, digo más, no sé si me haría a un trabajo seguido y con tan pocos días de vacaciones… Y segundo: yo no paro de hacer cosas. Tengo mucho que hacer, todos los días. No me aburro ni un segundo. Pero lo mejor de todo es, sin duda, ESTAR CON MIS HIJOS.

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Suelo leer a la que gestiona una página de FB, que, siempre que puede, cuenta las bondades de su trabajo. Es autónoma y trabaja en casa. Y dice que así puede estar con sus hijos, que es lo que los hijos necesitan, que esté su madre, o su padre, en casa, ocupándose de ellos, y no que los críe la asistenta. A mí me da mucha rabia leerla cuando tengo trabajo, porque reconozco que nuestros niños nos ven poco el pelo y, en el fondo, creo que tiene razón. Pero mi trabajo es así. Y también es verdad que me gusta mi trabajo. Y más verdad aún, que necesitamos dos sueldos en esta casa.

Por eso cuando estoy en paro, saco partido a esta situación. Me pongo al día con las cosas que hacen y necesitan mis niños. Estoy presente. Los dejo en el cole. Estoy cuando salen. Les pregunto qué tal les ha ido. Me cuentan cosas sobre sus amigos o lo que ha ocurrido. Saben que estoy disponible. Se sienten seguros y respaldados. Además, El Cachorro está en Tercero de Primaria, que tiene tela el curso, porque hay exámenes cada dos por tres. Y deberes a punta pala (bueno, en casa tiene que hacer lo que no le ha dado tiempo en clase). Así que ahí estoy yo, encima, preguntando a diario qué tiene que hacer, porque, si por él fuera, no tiene nunca nada y ya habría repetido curso sin siquiera haberlo acabado.

Estado en casa estoy más encima de ellos. Les recuerdo que tienen que masticar con la boca cerrada, que tienen que recoger las cosas, que ser ordenados, que lavarse los dientes después de comer, etc. Erre que erre. Y os digo una verdad: se nota. Aún queda lo más grande, sí, pero desde que estoy pendiente de educarles, guiarles (más pendiente, se entiende. Siempre lo estoy, pero ahora puedo invertir más tiempo), aconsejarles… ellos están mejorando en actitud y responsabilidad a ojos vista.

Entremos en Tiger a cotillear pichorradas, y al pasar por una mano articulada que tienen, exclama El Cachorro: “¡Uh! ¡Qué maleducados son!”

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¿No os digo, lo bien enseñaditos que los tengo? (Sobre todo al mayor)

Creo que es absolutamente necesario que esté en casa. Positivo que te rilas. Es magnífico. Por eso estoy en paro pero contenta.

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También pienso que algunas de las cosas que ocurren en la vida, donde incluyo las malas, o en este caso me refiero a ellas, no son malas del todo (si no son graves, como es el caso). Suceden en el momento en el que tienen que suceder. Y está bien encararlas, darles la vuelta y aprovecharlas. No tengo trabajo, pero ni busco. Estoy donde tengo que estar ahora mismo, donde soy más necesaria, donde quiero. Estoy disfrutando de la edad maravillosa de mis hijos, que no volverá.

A todo esto… ¿Alguien en la sala que me contrate como periodista a distancia? ¿Como guionista? ¿Como correctora de textos? ¿Como mejoradora de monólogos?

Leche, cacao, avellanas y azúcar: MORCILLA

Llego a casa, abro la puerta, y está Don Bimbas tirado en el suelo del hall enfurruñadísimo y gritando. Me dice la chica que ha llegado dormido en el autobús que lo trae de la extraescolar de natación. Uff, pues ya me lo veo. Está cansado y se pone insoportéibol. Le pregunto que qué le pasa, y dice que quiere morcilla.

– Cariño, no tengo morcilla, hijo.
– ¡¡Sí tienes!!
– ¡Que no, vida, que no tengo!
– ¡¡Sí tienes!!
– ¡Cariño, que no! ¡Busca tú si quieres!
– ¡Quiero morcilla!

A ver, el domingo hice arroz al horno, que lleva morcilla, y me pidió algún trocito más. Al día siguiente, cenamos morcilla. Lo que no sabía es que le gustara tantísimo como para exigirla con tanta perseverancia y ahínco.

– No hay morcilla, cielo, pero no te preocupes que mañana mismo compro, venga.
– ¡Sí hay morcillaaaaaaa!

Hasta que caigo… ¡¡me está pidiendo Nocilla!! Jaaajajajajaaj. ¡Siempre llama morcilla a la Nocilla y se me había olvidado!

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Pero es que resulta que le tengo dicho a la chica, desde la semana pasada, que cuando lleguen a casa de las extraescolares, no les dé merienda, que se hace muy tarde y luego no cenan. Que prefiero que cenen pronto directamente. Que ya les dará la merienda los días que no tienen extraescolares. (A ver, y Don Bimbas, como hay dos días que El Cachorro tiene judo y lo tiene más tarde de lo normal, él se queda a “Últimos del cole” donde le dan merienda, así que el único día que no merienda pronto es hoy martes).

Y por eso estaba mi niño enfadadísimo perdido, porque quería comer pero no quería la cena, quería Nocilla, claro. Porque donde esté la Nocilla, que se quite la morcilla, el morcillo y cualquier otra cosa sin chocolate.

A las cartas

Han traído mis padres un juego de cartas, hemos jugado todos, y están los críos deseando volver a echar otra partida.

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Sus abuelos se han ido por la mañana y esta tarde ya me han liado El Cachorro y Don Bimbas para que juguemos los tres.

Huelga decir que estoy encantada de la vida. No se me ocurre mejor manera de pasar el tiempo con ellos.

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A ver si cogen el tino y comenzamos con las del póker, que me tienen que sacar de pobre y, con los estudios, todo apunta a que mal vamos.

Me gusta la gabardina de ese escaparate con pancartas

Esta frase del título del post de hoy, he de confesar que me cuesta leerla bien.

Os cuento.

Dice mi madre que le encanta que Don Bimbas le pida que le haga tostadas con “manquetilla”. Le ha hecho mucha ilusión comprobar que no ha perdido esa palabra (hacía mucho que no se veían y “mantequilla” no es algo que digas habitualmente en una conversación normal por teléfono…)

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Y claro que le hace ilusión. Ella es la reina de transformar palabras. Le encanta decir “bragardina”, “cambión”, “carambelo”, “camparta” y “escarapate”. Lo malo, ya lo reconoce, es que de decirlo tantas veces haciendo el tonto, a la hora de la verdad, no le sale decirlo bien. Y lo peor, es que me lo pega.

A colación de la “manquetilla”, hoy mi madre ha recordado qué palabra dije yo mal durante mucho tiempo. De hecho, creo que lo confesé yo misma cuando descubrí, al fijarme mejor al leerla, cómo se decía realmente. Y es la palabra “transeúnte”. No es muy común, pero yo leía mucho, muchos cómics, sobre todo, y creo que salía a menudo en “Mortadelo y Filemón”. No sé por qué extraña razón, incluso al leerla, mi mente la convertía. Yo, hasta bien entrada la adolescencia, creía que se decía “trausente”.

Imaginad cómo podría ser una frase en nuestra familia: “Un trausente en bragardina observa un escarapate de manquetillas y carambelos”. Tra tra.

Al cabo del tiempo, como digo, ha sido decirlo mal tantas veces aposta, que no somos muy capaces de decir bien la frase.

Mañanas alegres

Han venido mis padres a pasar un par de días en mi casa, lo cual significa que me puedo quedar un poquito más en la cama por la mañana, porque ellos se encargan de los guindillas de mis hijos cuando se levantan pronto y exigen su desayuno.

No obstante, como, por mucho que se lo repita, es imposible que hablen bajito en casa cuando hay alguien durmiendo, yo estoy en la cama pero no pego ojo. Menos aun cuando aparece El Cachorro y me pregunta que cuando me levanto:

– Pues no sé, cariño. Quiero dormir un poco –. Estoy hecha polvo porque Don Bimbas, en su línea, no me dejó dormir con lloros varios por dolores varios que ya no sé si son imaginarios o qué.
– Bueno, pues cuando te levantes, me avisas.

Vuelve al poco.

– ¿Estás durmiendo?
– ¡Cariño, con vosotros es imposible, y menos contigo entrando y saliendo cada dos por tres!

Así que decido petardear un poco más en Twitter y salir a los cinco minutos. Sé que algo bueno me espera, porque esa insistencia de El Cachorro implica que ha hecho algo para alegrarme. Creo que eso bueno está en la cocina. Desde el pasillo, a todo esto, veo las camas de su cuarto hechas. Y bastante bien. Deduzco que ha sido mi madre, que mira que le digo que no haga nada en mi casa.

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Aparece El Cachorro. “Mira, ven”, y me dirige a su habitación. ¡¡Las camas las ha hecho él!!

SORPRESÓN TOTAL. Nunca las ha hecho y, cuando lo ha intentado, ha sido casi peor el remedio que la enfermedad. Pero hoy se ha esmerado…

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Y lo que más disfruto no es eso. Lo que más disfruto es lo mucho que disfruta él contentando a los demás. Yo me he debido portar muy bien en otra vida para que tenga un regalo así de hijo.

Intrusos en la cama de mamá

Cuando vienen mis padres a casa, les dejo mi cama y me traslado yo a la de invitados. También se hace matrimonio, pero es más cómoda la mía. Además, si solo estoy yo, como es el caso, dado que el Señor de las Bestias está de viaje, la dejo tal cual en una cama de 90, sin ampliarla, y andando, menos lío.

Claro que, algunos, en medio de la noche, ni se acuerdan de que los abuelos están en casa ni se han enterado del cambio. Así que Don Bimbas ha hecho lo que suele hacer: ha abierto la puerta de mi habitación (no sé cómo no le ha escamado esto directamente, puesto que yo duermo con la puerta abierta), ha llegado a la cama y se ha metido, acurrucándose contra su abuelo.

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Ya era casi por la mañana, así que ha dormido poquito. Pero al despertar y encontrarse a su abuelo, le pregunta, en referencia a quien dormía a su lado: “¿Esa es mi mamá?” Jaa, ja, ja. “No, es la abuela”. Y ya se ha levantado…

Muero de amor con todo.

Baches

Al bestiajez de Don Bimbas, ahí lo tenéis.

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Como lo de andar sin ruedines lo lleva haciendo más de año y medio e incluso monta la bici de su hermano, esta se le debe quedar pequeña en todos los sentidos y anda buscándole las cosquillas.

Y su ángel de la guarda ganándose el jornal cosa mala.

Con trazo

Me enseña El Cachorro el principio de un dibujo: “¿A que he mejorado mucho?”

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Oye, y, sí, ¡muchísimo! Está dejando de hacer monigotes. Hasta ahora, los dibujos eran como este precioso autorretrato (una cosa no quita la otra) que tiene en su colgador del cole…

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Parece que empieza a dibujar cosas con un poquito más de entidad. De hecho, yo ya voy siendo más yo.

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Estamos en una cafetería, y El Cachorro, que me tiene enfrente, se inspira. Y, claro, es lanzarse él y, cómo no, Don Bimbas va detrás.

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Entonces El Cachorro se viene arriba y me dibuja más veces.

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El último él mismo lo describe así: “Mamá el niño gordo”. O sea, que me ha puesto cara pan y me representa como un niño gordo.

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Y que jijí y que jajá. Pero luego el jijí y el jajá van a más, están los dos tronchados, y me parece demasiado para lo de mi careto redondo. Me enseñan el verdadero motivo:

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Han encontrado en el suelo esta tarjeta de las asiáticas que dan masajes en Usera. Y están encantados de ver eso. Se les ha pasado toda la inspiración.