Niño truculento

– Mira qué chulo estoy – me dice Don Bimbas.
– Estás muy chuleta, cariño, sí.

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No puede estar más encantado con su chándal de esqueleto. Le privan los esqueletos, las calaveras… Tú le preguntas cuál es su color favorito y te contesta: “Mi color favorito es el nengro”. Yo, hasta Don Bimbas, no había conocido a ningún niño que su color favorito fuera el negro.

Me va a salir gótico.

Todo lo ve desde su perspectiva terrorífica. Me pilla yéndome de casa…

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– Me voy.
– ¿Te vas al trabajo?
– Me voy a mi curso de payaso – estoy haciendo un curso de Clown.
– ¿De payaso zombi?

Madre mía qué obcecación tiene con los zombis. Y si le dejas Youtube, enganchado perdido a las canciones de Halloween, tipo “cuando el reloj, marca las tres, los esqueletos se vuelven del revés, chumba lacachumba chumbalá”. Ya lo dice él, lo que más le gusta en esta vida es Jalogüin.

Tenemos a un nuevo maestro del terror. El nuevo Stephen King. Además, tiene “Rey” por apellido. King es un rato.

Prueba definitiva

Esto viene un poco a colación de lo que os conté ayer, lo de que Don Bimbas fue al cole a medio vestir.

Mirad si tiene carisma mi canijo, si provoca en los demás el deseo irrefrenable de hacer que se sienta bien, feliz, que cae en sus redes hasta el más pintado.

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Hay un niño de la edad de mi hijo mayor, muy cercano a nuestro entorno, que, bueno, digamos que tiene comportamientos despóticos en numerosas ocasiones. A algunos críos, generalmente más pequeños que él, se lo ha hecho pasar mal. Incluso a mi hijo mayor. Chincha a los demás, solo juega a lo que quiere jugar él, miente… En cuanto a las mamás de los críos con los que se relaciona… a algunas las respeta, pero a las que no, les hace burla directamente.

Ayer Don Bimbas iba corriendo hacia el cole con la sudadera recién puesta y la mochilita y el abrigo en la mano, que me negué a llevárselos yo. En un momento dado, se le cayó al suelo el abrigo. Pues fijaos hasta dónde llega el poder de Don Bimbas ¡que el niño este que os cuento, el que parte el bacalao y procura hacer el mal siempre que puede, le llevó el abrigo!

Ambos se adoran, la verdad. Es verse y se funden en un abrazo. Increíble además lo que ese niño cuida de mi pequeño. Lo dicho, la prueba irrefutable de que el poder de atracción de Don Bimbas es infalible.

Hasta aquí hemos llegado

Se me inflan los ovarios de que Don Bimbas no me haga ni puñetero caso ya de par de mañana, y que ni se quiera lavar los dientes ni ponerse el babi ni darse prisa ni recoger ni nada, y le digo: “¡Pues hala, descalzo!”

madre 7 (1)

La cara…

A ver si aprende. Voy a hacer esto hasta que espabile. Ya me he hartado, uno, de repetirle mil veces las cosas, de ir detrás de él, y dos, de que encima me tome por el pito del sereno.

Ya le llevo amenazando con que va a ir en pijama al cole unos cuantos días. Y el tío se deshueva. Pues hoy ha sido medio descalzo y la sudadera y el abrigo sin poner. Ya se puede dar vidilla porque a Dios pongo por testigo que, como me siga toreando y no le dé la gana de vestirse, lo llevo en pijama.

Es que, qué tortura de mañanas. Lo visto, que ya está bien, porque debería hacerlo solo, pero es más lento que el Tarazonilla, y cuando le digo “ponte el babi”, se tira al suelo boca abajo y que no. Va y le da por que no. Otro día que sí. Pero otros, como hoy, que no.

– A ver, Pabler, ¿para qué haces eso? Sabes que te lo vas a acabar poniendo. ¿Por qué la montas de par de mañana? ¿No es más fácil decir “vale, mamá”, te lo pones, y empezamos todos bien el día? – Él hace como que no me oye. Ni se mueve. Su padre, que está a punto de salir de casa: “Déjalo, ya se lo pondrá”. Bien, pienso, luego contraataco.

Más tarde, cuando salgo de la ducha, voy en su busca. Me lo encuentro en su cuarto, que ha sacado TODOS los cochecitos, y puede que haya 60, y se ha puesto a jugar en el parking.

– Nooooononononono – digo mientras los recojo. – Primero, lo que tienes que hacer, y después, si hay tiempo, juegas.

Así que le pido que se lave los dientes. Pues otra cosa que pasa de hacer. Esto sucede de manera muy frecuente, lo de no querer cepillarse. Así que, tras pedirle que se lave cuatro o cinco veces, para variar, decido que en vez de abrirle la boca por la fuerza y meterle el cepillo hasta las amígdalas, para enseñarle que, si hay que lavarse los dientes, se los va a lavar quiera él o no, como suelo hacer, probar otra estrategia. Lo dejo estar y me muestro decepcionada.

Él observa mi decepción y… se larga del baño con una sonrisa, tan feliz.

– ¡Ponte el babi! – le grito.

No quiero rendirme con todo a la vez.

Salgo del baño y sigue sin ponérselo.

– Como no te pongas el babi, tampoco te pones las zapatillas y te vas tal cual al cole – le amenazo.

Se ríe en mi cara (esto lo hace bastante también). Intenta ponerse las zapatillas porque, como son nuevas, eso parece que de momento le ilusiona. Se las arrebato.

– Primero, el babi. Luego, las zapatillas.

Y me voy a seguir con mis abluciones mañaneras. Miro la hora y ya vamos megapillados.

– ¡Venga, al cole! – les apremio.

Me encuentro a Don Bimbas en el salón, abrazado a OTRAS zapatillas que le compramos, estas aún con la etiqueta. Ha pensado: “Me quita las que acabo de estrenar, pues pillo estas”. Bueno, no sabe con quién se las está viendo… Se las quito.

– Ni lo sueñes.

El tiempo corre inexorable.

– ¡¡Vengaaaa, vamoooosssss!!

Los dos están en su cuarto pillando los abrigos (bueno, eso El Cachorro, porque el otro yo ya no sé qué narices está haciendo), y yo ando recogiendo una cosa en la cocina. Y ya empiezo a escuchar a Don Bimbas llorando con el llanto de cuando el otro le está haciendo rabiar. COOOOOOÑIO. Voy hacia su habitación, como si fuera el minotauro, con unos humos de cuidado, y es tanta la mala energía que desprendo, que me resbalo y me caigo al suelo golpeándome un poquito en lo que viene siendo POR TODO.

madre 7 (2)

– ¡¡¡MECAGÜEN TODO!!! – exclamo hecha una furia – ¡¡¡MECAGÜEEEEEEEEEEEEEEEEENNNN!!!
– ¿Qué pasa, mamá? – se preocupa El Cachorro. Porque el otro sigue con su teatro, tirado boca abajo en el suelo.
– ¡¡Que me caigo porque me la liais a todas horas y en los peores momentos!! ¡¡Que me ponéis de mala leche porque estáis todo el santo día haciendo el mono!! ¡¡Que ese enano no hace NI PUÑETERO CASO A NI UNA MALDITA COSA QUE LE DIGO!! ¡¡Y tú vas y le haces rabiar, en vez de ayudar!! ¡¡Que me ponéis MALA!! ¡¡Que me he hecho MOGOLLÓN de daño, porque tengo que venir a ver qué narices pasa en vez de estar tranquila porque hacéis las cosas bien!! ¡¡YA ESTÁ BIEN!! ¡¡VENGA, NOS LARGAMOS!!

Don Bimbas, que ha considerado oportuno cejar de hacer el mongolo con el llanto, ya se está poniendo el bendito babi.

– ¡¡No da tiempo, majo!! ¡¡Agarra las cosas y te las pones cuando buenamente puedas!! ¡¡Que YA ESTÁ BIEN!! – (otra vez).

Así que se va con el babi a medio atar, con una zapatilla puesta y con la otra en la mano. Y le dejo en el hall el abrigo, que también tiene que recoger y llevar todo en la chepa.

En el descansillo, llamamos al ascensor, que tarda.

– ¡¡Pues aprovecha el tiempo y ponte la otra zapatilla!! – le abronco.

El otro, que ya ha visto que no le conviene seguir haciendo tonterías, se sienta en el suelo e intenta ponérsela. Pero llega el ascensor.

– ¡¡Levanta!!

Se levanta con la zapatilla en la mano, deja el abrigo en el suelo.

– ¡¡El abrigo!!

Lo coge, se mete en el ascensor. Y así, hasta la calle, como habéis visto.

Una vez en el coche, se logra poner la zapatilla. Yo voy hablando con El Cachorro, que hoy expone un trabajo. A punto de llegar al cole, el pequeño, con vocecilla:

– Mamááá…

No le contesto.

– Mamááá – prueba suerte otra vez.

Ni caso.

– Mamááá.
– ¡Qué! – Un “qué” alto, seco y cortante.
– Que Eva me ha disho – (no sé quién narices es Eva) – que con estas zapatillas puedo volá y pamién puedo nadá.
– Pues no, no puedes volar con esas zapatillas –. ¿Puedo ser más borde? Pero esto él lo hace mucho, llevarme al límite, cabrearme todo lo posible, y luego hacer como si nada, transformándose en el niño más cariñosito y obediente del mundo. Y hoy no le cuela.

Cuando estoy aparcando, nos encontramos con los vecinos que van al mismo cole, que nos saludan contentos.

– Venga, desátate y sal – le digo a El Cachorro.
– Yo no puedo, mamita – me dice, de nuevo con vocecilla, Don Bimbas. “Mamita”, tú. Está COMO LA SEDA.

Así que bajo, lo desato, y le pido que se ponga la sudadera y el abrigo. La vecina madre dice que va tirando con El Cachorro, que se aleja mirándome con cara de pena:

– Enseguida voy, cariño. Os alcanzo.

Ayudo a Don Bimbas con la sudadera, que, obediente, está procediendo a hacer todo lo que le digo pero mal, y si dejo que lo siga haciendo él solo nos dan las uvas, y vamos corriendo a la entrada.

Dejamos a El Cachorro en su fila y acompaño a mi pequeño tormento a su clase.

– Anda, dame un beso.

Y me ha dado un beso muy tiernito (qué rico es, el jodido). Y yo me pregunto si lo de hoy le habrá calado o si mañana irá al cole en calzoncillos. Seguiré reportando.

Merienda amarga

Recojo a los niños de la ruta que los trae de sus extraescolares, de tenis (El Cachorro) y de natación (Don Bimbas), que viene dormido y hay que despertarlo. Justo enfrente de la parada hay una pastelería, y ambos me piden ir a merendar ahí. “¿A santo de qué?”, digo. Pero me acuerdo de que la última vez los llevó el Señor de las Bestias, ese papá que hace cosas molonas, no como su mamá, que no quiere darles caprichos continuamente ni que se alimenten mal y que por lo tanto no es, ni de lejos, tan divertida. Y también pienso en que en tres días me voy unos días a Pamplona sin ellos, y que los voy a echar de menos, y que igual puedo dejar de ser una malrollera por una tarde. “Venga, vamos, que os invito a merendar”.

Entramos y se ponen a mirar el mostrador de bollos y pasteles:

– ¡Yo quiero éte! – dice Don Bimbas.
– ¿Ese? ¡Pero si es muy grande! – Es un cafetero con doble ración de trufa – ¿Ya te lo vas a acabar?
– ¡Sí! – Así que se lo pido. – ¿Y tú? – le pregunto a su hermano mayor.
– Yo este y…
– ¿Cómo, “y”? – le digo.
– Pues que quiero dos –. Los dos que estaba señalando tenían el tamaño de una plaza de toros.
– De dos nada, majo, uno y vas que chutas – le replico.
– Pues con papá son dos –. Tócate los pies, con su papá.
– ¡Que de dos nada, hombre ya, ¿de qué vamos? ¡Y para vosotros nada es suficiente! ¡Ya con el morro torcido, pero bueno! Elige ya o nos largamos y santas pascuas. – El malrollismo me puede.

Así que El Cachorro elige un donut (más grande que su cabeza) de chocolate.

madre 6 (1)

– ¿Y ahora qué queréis, Cola Cao?
– Yo sí – dice El Cachorro.
– Yo quiero un batido de chocolate – dice Don Bimbas.
– Simón, ¿quieres tú también batido o prefieres el Cola Cao?
– Cola Cao – reitera El Cachorro.

Total, que pido. Y de paso una especie de teja doble rellena de chocolate y un té para mí. Sirven lo de los críos.

– Joooooooooooooooooooooo – dice El Cachorro, con ese tono lastimero rayano en el lloriqueo que me saca de quicio. – Yo quería lo de Pabloooooooooo.
– Simón, vamos a ver, te he preguntado no una, sino DOS veces, si querías Cola Cao o batido. Y has dicho Cola Cao.
– Pero yo no sabía que era esoooooooooooooo.
– Pues te aguantas.
– JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, NOOOOOOOOOOOOOOO.
– ¡¡Simón!! ¡Te aguantas! ¡Ya lo sabes para la próxima vez!
– ¡¡JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!
– ¡¡¡MECAGÜEN TODO!!! O TERMINAS DE QUEJARTE O COGEMOS Y NOS VAMOS AL COCHE TAL QUE YA.

Se calla.

– Que ya está bien, hombre, ya está bien. Que me convencéis para venir, que es un premio, y desde que entramos no hacéis más que quejaros. – (En realidad es solo El Cachorro, alias Don Protestón, quien lo hace) –. Y me pongo de los nervios, ¿eh?, pero de los nervios.

madre 6 (2)

En esto, veo al de la O.R.A. observando mi coche, al que no le he puesto tique porque no pensaba ir a merendar.

– ¡Quedaos aquí un segundo que muevo el coche! – les ordeno a los críos.

Y salgo pitando para cambiarlo enfrente, que es zona de residente y yo lo soy. Y cuando vuelvo, a los dos minutos, ya me la habían empezado a liar. Veo a El Cachorro DUCHADO en polvos de Cola Cao.

– ¡Pero bueno! ¿Qué ha pasado? ¿No puede pasar un segundo sin que la lieis?

madre 6 (3)

Las de la pastelería se descojonan. Entre risa y risa me sacuden once euros y yo ya estoy escandalizada perdida: “¡Si es el precio de un menú con café y postre!”. Cojo el té refunfuñando y me dispongo a darme la vuelta para enfilar la mesa. Y en ese preciso instante… ¡CRASH!

El Cachorro le ha metido un codazo a mi pastel y lo ha tirado, junto con el plato donde reposaba plácidamente a la espera de ser comido, al suelo, haciendo añicos pastel y plato. Las de la pastelería ya no se ríen tanto.

– ¿¡Pero cómo es posible esto!? – exclamo.

Por favor, es una pesadilla. No lo entiendo. No sé cómo no podemos merendar en plan normal, sin sobresaltos y sin enfados y sin gritos y sin estrés.

Don Bimbas, por su parte, ya está moneando por ahí. Y veo su pastel. El que me había asegurado que se iba a comer entero. Entero está. Solo que en el plato y destrozado. Pero entero. Como mucho le falta un bocao.

– Pablo, ¿y el pastel?
– No quiero maáááááás.
– Vamos a ver, Pablo, ¡me has dicho que querías ese y que te lo ibas a comer! ¡Come!
– No me guta.

¿Qué hago, me lo cargo? Para colmo, a mí, con lo laminera que soy, NO ME GUSTA LA TRUFA. O sea, que ni siquiera lo puedo aprovechar. Me dirijo a El Cachorro, que ya está en un sofá viendo una tele que hay ahí puesta.

– Oye, cómete el pastel de tu hermano.
– No.
– ¿Cómo que no? ¿Por qué no? ¡Si es de chocolate, como querías!
– No me gusta.
– ¿Cómo narices no te va a gustar?
– No me gusta.
– No digas tonterías, Don Papá Es Que Nos Compra Dos Pasteles. Aquí tienes el segundo.
– ¡Que no quiero!
– ¡¡Que comas!!

Así que viene con cara de resignación y pena suprema y le meto un trozo. Ahora pone cara como si le hubiera metido en la boca vómito de rata.

– ¿No te gusta?
– No.

Así que lo libero. Me cago en todo lo que se menea. EN TOOODOOOOO.

Don Bimbas, que descubro tiene los pantalones pringados de chocolate (hurra), se pone a saltar en los sillones de la pastelería.

– ¡Ven aquí! ¿Qué te crees que es esto, un parque de bolas?

Cuando voy a por él, se descojona en mi cara y se escapa.

– ¡Ven aquí!

Más risas.

– ¡Qué vengas!

Más risas y más esquivarme.

– ¡¡Para quieto!!

Lo agarro por el brazo y solo se lo quiero arrancar. Él, que es inmune al dolor, porque sí que le agarro como para arrancarle el brazo, sigue meado de la risa y haciéndome burla. ¡QUE-LO-ESTAMPOOOOOO!

Por favor, ¿cómo es posible que me hayan tocado estos niños? Ponen a prueba la paciencia del más pintado.

– ¡Poneos los abrigos, que nos largamos!

Y nos vamos. Nos montamos en el coche y llama el Señor de las Bestias. Le cuento en altavoz, para a la vez echar la peta a los nuestros dos morroskos, la supermerienda que me han dado. Y le digo que esto no puede seguir así…: “Lo malo de los críos de hoy en día es que viven en un premio constante. A mí, como mucho, me compraban un pastel una vez al mes. Ir a merendar fuera era algo especial. ¡Para estos, parece que es una obligación!” Igual que la “modita” esa de “es que los domingos se desayuna fuera””. El Señor de las Bestias se pega ese capricho y se lleva a los dos monicacos, y el último domingo, que les preparé el desayuno en casa, los dos de morros, venga protestar y venga exigir: “¡Es domingo! ¡Se desayuna fuera!” ¿¿PERO DE QUÉ VAMOS??

Por lo pronto, aquí con la menda lerenda les va a costar un tiempito volver a una pastelería…

Pérdida de diente

Llevaba El Cachorro un par de días moviéndose el diente con la lengua, que daba grima total.

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Y muy preocupado por si comía y se tragaba el diente. “Pues si te lo tragas, ya saldrá, hijo, no te preocupes”. Pero andaba intranquilo.

Esta mañana, para colmo, de merienda, en vez de ponerle un bizcocho, o un sándwich con pan Bimbo, cojo y le preparo un bocadillo con pan de ayer de jamón y queso.

– ¿Bocadillo con pan? ¡Nooooooo! ¡Se me va a caer el dienteeee!
– Pues vamos con prisa, hermoso. No me da tiempo a hacer otra cosa.
– ¿Y si me lo trago?

Total, que hemos ido al cole y, por la tarde, voy a verlo jugar a tenis, que hay jornada de puertas abiertas. Y en esto que me fijo… ¡y no tiene diente!

– ¡Simóóón! – le grito – ¡Se te ha caído el diente!

Viene corriendo para que lo vea más de cerca.

– ¡Síííí! ¡Se me ha caído mordiéndole el culo a Rodrigo!

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O sea, de verdad. No mordiendo el bocata, no… ¡mordiendo un culo! ¿Cómo es posible que no tenga hijos normales? ¡Es que me dan literatura de más para el blog! Porque me corto, pero podría colgar doble post al día.

Luego me enseña la genialidad de su profe. Se ha encargado de que mi hijo no perdiera su diente (él tenía ese miedo, yo tenía ese miedo y su profesora, que es plenamente consciente de su despiste, tenía ese miedo).

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Y la nota es estupenda.

Esta noche habrá visita del Ratoncito Pérez…

Maravillosas coincidencias

Ay, lo siento por mis hijos, que se lo van a perder, pero hoy, en la reunión del segundo trimestre de la clase de El Cachorro, donde he visto qué tipo de superhéroe le gustaría ser…

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… me he enterado de que, en la semana en la que nos vamos a esquiar, se celebra carnaval. Es decir, me libro de lo de “lunes en pijama, martes disfrazado de papá, miércoles con algo en la cabeza…”, el trajín que vivimos todos los años por estas fechas y… ¡soy bastante feliz, la verdad!

En la parra… según

Atención al mensaje que me envía la profesora de El Cachorro.

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Lo dicho, ¡un caso! O sea, vive, directamente, en otra dimensión. De lo poco que se entera, que mira que es poco, no sé ni cómo lo hace.

La profe flipa con él. Me cuenta estas cosas porque no da creditito.

Pero, en cambio, bien que se cosca para otras cosas. Ayer el Señor de las Bestias me comentaba casi al oído algo que seguramente ocasionaría una pelea entre nuestros hijos, cuando El Cachorro nos vino con que qué andábamos de secretitos. Si, dentro de su campo de visión, ve algo sospechoso, aparece como un perro de presa, a ver qué acontece. No se puede resistir a un secreto. Tiene alma de cotilla. Y, digo, yo, ¿qué extraño funcionamiento ha lugar en su mente, cuando las cosas que se le explican directamente y le atañen pasan sin pena ni gloria, y las que han de serle ajenas, que por supuesto no se le dicen directamente, incluso se le esconden, ocupan toda su atención?

Gatadas

Entro a la cocina y Don Bimbas se esconde detrás de la puerta y se tapa la cara, todo pillo. Resulta que ha cogido unas chuches sin permiso. Y tiene la boca llena.

¿Comer chuches a escondidas? Es algo que a El Cachorro, JA-MÁS se le hubiera ocurrido hacer. Es tipo yo. Yo tenía que hacerlo todo con permiso. Si no, NI DE COÑA. Así, vivía unas trifulcas de cuidado, porque soy muy de lucharlo todo, en vez de ser más lista y hacer las cosas a escondidas.

De El Cachorro me puedo fiar, pero Don Bimbas es un granuja de mucho cuidado.

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Voy al pasillo y sale a todo correr del cuarto de estudio. Veo el desaguisado en mi ordenador. Afortunadamente el destrozo no ha consistido más que en darle al intro sin parar. Aunque eso no lo sabía y podía haberle dado al delete y haber borrado todo el trabajo que estaba haciendo yo. El estropicio podía haber sido magnífico. Así que le casco una bronca de impresión. Broncas que no os creáis que me parezca que le hacen mucha mella… Pero me preocupa. Me preocupa que tenga que estar atenta con este bichejo, que está todo el rato pendiente de cómo hacer de las suyas.

… Y que se come mis chuches.

La errrrre

No sé por qué razón, de hace bastante tiempo a esta parte, Don Bimbas marca las erres como lo hace.

Dice cosas como: “Quiero un coche ne carrerras”, “dámelo ahorra”…

madre 1 (1)

Y no sé si ha sido poseído por un mafioso ruso, pero me está empezando a imponer un poco… Aunque, de momento, su dialecto lo que me produce es una gracia inmensa. No es ya la pronunciación, es la sintaxis.

Vamos al zoo y, de las mil anécdotas que puede haber habido, la que me encanta es la que se produce cuando salimos.

madre 1 (2)

Don Bimbas ficha a una niña, que va comiendo un helado:

– Se ha comido un helado ne fresa y es morra – me dice.
– ¿Es morra o tiene morro?

Ja, ja, ja. Con eso de que este niño habla “bimbés”, que es un dialecto del español, es un no parar de conversaciones simpáticas.

Ahora, lo dicho, que se ande con ojo la cría, que si mi pequeño ya considera que “es morrrrrrrrra”, puede que seguidamente selle su destino con un vaso de vodka.

Numeración según U2

Tras ochocientos garabatos y rayajos en la minipizarra, para los que me pregunta que qué me parecen, “pues que no te has esforzado mucho, hijo, que digamos”, le propongo a Don Bimbas que dibuje a la familia.

– Primero a papá.

Muy bien. Se pone a dibujarlo. Le hace los dedos de la mano.

– ¡Mamá, siete!
– Cariño, son cinco.

Hace oídos sordos. Y termina. Me pide atención y se pone a contarlos:

– Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, ¡cacorce! ¡Tiene cacorce!

Ja, ja, ja. Es que me meo con él. Parece Bono en el principio de “Vertigo”.

madre 31 (1)

Observa su obra y dice: “Mira cómo está papá de chulito”. Jaaajajaa. Es un no parar. Es que, como tipo salao, del uno al diez yo le doy un catorce como una casa.

Ahora a ver cuántos dedos me planta a mí…