Narración de un accidente

Le veo una herida a mi pequeño. Procedo a interrogarle.

– Cariño, ¿y esa heridita de la nariz?
Espaba coriendo así, así, iba bápiro y me he dado con na masura y me he caído con una bici así y me he dado contra e suelo.
– ¿Y eso cuando ha sido?
– Mañana…

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El día que me deje de contar así las cosas, me llevo un disgusto.

La playa como lienzo

El mar inspira a Don Bimbas. Ahí lo tenéis, dibujando con pluma.

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Se le da basssssstante mejor que con los lápices, los rotuladores, las ceras… Al final, resulta que había que buscar el instrumento y el soporte adecuados.

Lo malo es que las olas le borran sus creaciones.

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La segunda vez que le ha ocurrido, ¡menudo cabreo se ha pillado! Porque él, cuando se enfada, no discrimina. Le da igual si es con su madre, con su primo o con el mar entero.

Tartamudeo y eco

Hace ya tiempo que notamos que Don Bimbas, a veces, se atasca a la hora de hablar. Al arrancar, generalmente. Hoy: “Am, am, am, am, am, am, am, am, am, a mí me gusta la paya (la playa)”

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Por su parte El Cachorro hace algo que el Señor de las Bestias asegura que es desde siempre (yo no me había fijado, pero desde que me lo dijo, lo hago… ¡y sí!), y es que dice algo, y acto seguido lo repite, pero sin sonido, solo vocalizándolo. Como para fijar en su mente lo que ha dicho. Como para asimilarlo. Rarísimo. No conozco caso igual.

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¡Vaya dos!

Cada uno a su estilo, tienen una forma de expresarse muy peculiar. Ah, y me hace gracia que, a la hora de exclamar o de expresar sorpresa, se parecen, pero no son iguales. “¡Ostra!”, dice El Cachorro.

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“¡Ostris!”, Don Bimbas.

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Un ejemplo que no solo se percibe en su vocabulario…

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Mirad las formas de beber. El lado del que lo hace Don Bimbas…

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Y el lado del que lo hace El Cachorro…

¿A que vosotros también tenéis un lado por el que os resulta más fácil beber de un grifo?

Dos perlas, tengo yo.

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Anti IG

Vamos de excursión a una fabulosa cueva del Algarve, en la playa de Benagil. Con una pequeña playa dentro, ha sido considerada como una de las cuevas más bonitas del mundo.

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Hemos alquilado una tabla de paddle surf para acceder (no se puede ir andando), con el mar no demasiado tranquilo, y he de confesar que con un poco de canguelo también, con los críos encima haciendo equilibrios. Se habían agotado los kayak y no quedaba otra opción para ir. Y ya sabéis que somos una familia de navarros…

Y no quedaban kayaks porque, claro, ver una de las cuevas más bonitas del mundo es algo que, a todo el mundo, valga la redundancia, le apetece ver. Sobre todo en julio y agosto.

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Una vez ahí, para sacar fotos interesantes, es decir, para intentar evitar lo máximo posible la aglomeración de gente, hay que trabajarse mucho el ángulo.

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Por ejemplo, saliendo así:

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Soy bastante experta.

O sacando la foto:

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Y luego recortándola:

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Entre toda la gente que estábamos, había por ahí alguna instagrammer suelta. Alguna aspirante a influencer.

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Así que imaginad las poses y posturitas que tuvimos que ver. La risión. Yo creo que, si ellas mismas se vieran desde fuera, querrían que les tragase la tierra. O no, o no. Que también está visto que las nuevas generaciones tienen una alta autoestima y un muy bajo sentido del ridículo.

El caso es que, una vez localizado su rinconcito donde arquear la espalda, ponerse de puntillas, sacar pecho y glúteos, entreabrir la boca y hacer caidita de ojos, con lo que no contaban las muchachas era con ver cómo dos centollos que escalaban por todo se colaban en su “set” en plan sorpresa y les reventaban la puesta en escena.

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Estén atentos a su IG. Es probable que, detrás de alguna adolescente sugerente en la cueva de Benagil, salgan mis hijos encaramados a una roca.

Que se note

“Quiero sená helaro, poque he momiro mucho”. Aquí, quien echa siesta tiene premio, y Don Bimbas lo reclama, claro. Que nadie le quite su helado. Por él, desayunaría, comería y cenaría (como dice) helado.

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Adivinad quién le ha dicho que no va a comer helado… al menos hasta después de la cena.

“Mamá, estoy enfadaro contigo”. No hace falta que lo jure. Se nota. Es un niño sin problemas para exteriorizar sentimientos. De enfado, de alegría… de lo que sea.

Pero de lo que más se preocupa que te enteres, es de sus enfados. Casualmente.

Por no hablar de que no me tiene respeto alguno. Mirad este plano contraplano de un tipejo abusador.

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¿Vosotros os creéis, lo que tengo que aguantar?

Playa nudista

Le propongo a El Cachorro ir a dar un paseo por la costa, como hicimos ayer. Se apunta. Pero esta vez tiramos para la derecha, en vez de hacia la izquierda, y lo que no sabes es que, un kilómetro más allá, la playa es nudista.

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Cuando llegamos al área naturista, El Cachorro empieza a extrañarse: “¿Qué broma es esta? ¡Están todos desnudos!”

Jaa, ja, ja, ja.

Y como si no estuviera acostumbrado a verme a mí continuamente en bolingas por casa…

Le propongo quitarse el bañador. “No, se van a reír de mí “. Ya estamos.

– No se van a reír de ti.
– Sí.
– No.
– Sí.
– No. Fíjate si estoy segura que te propongo una cosa: si alguien se ríe de ti, puedes no volver nunca al colegio (que lo odia).

Pues ni por esas. No sé qué tipo de trauma arrastra con lo de que se van a reír de él. “Y, además, yo también me quito el bañador”. Ahí ha dudado.

Al final, ¿quién se ha bañado en pelotas y quién con el bañador puesto? Lo habéis adivinado. Y luego resulta que va por casa enseñando el pito a todas horas, a mí y a sus vecinos. Todos con el pito al aire, muertos de la risa. Pero en la zona de pitos, ahí no.

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En otro momento, ya en la playa corriente y moliente, me meto al agua en top less y voy hacia Don Bimbas, que me ve y dice: “¿Estás con tetas?” Jaaajaha. Sí, acostumbro a llevarlas conmigo.

Al día siguiente, tengo la parte de arriba del bikini mojada y, cuando me la quito para cambiarme, tengo las tetas heladas. Las toca el pequeñajo: “¿Estás pucho fío e nas tetas?”

Esta obsesión le viene de pequeño. Hasta los ocho meses no hubo forma de desengancharlo ni de que ingiriera otra cosa que no fuera leche de mi teta, en mi teta. Me tuve que ir de viaje para que transigiera. Hoy, asoman algunos coletazos de su fascinación por ellas…

La deshonra de la familia

Que dice El Cachorro que no le gustan unos tortellini que he llevado para comer en la playa. Están rellenos de ternera.

Desde hace tiempo lo de comer un filete le cuesta la misma vida.

Hace poco me vino con que matar a los animales para comérnoslos le daba pena. (Hay que decir que hay muchas cosas que le dan pena, como canciones, que, cuando suenan, las tenemos que quitar por ese motivo).

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… ¿A QUE ME SALE VEGETARIANO?

Qué vergüenza, por favor. Qué deshonra para la familia.

Luego está el otro. El otro acaba de beber un batido de chocolate (no ha parado desde que ha visto como lo metía en la mininevera), se ha zampado los tortellini y ahora solo quiere ventilarse mis patatas fritas. Problemas éticos, ninguno.