La profesora

Quiere El Cachorro tener una profesora agradable. La suya del año pasado se ha ido a otro cole y a él ella le encantaba.

Yo lo que quiero este año es que mi hijo preste un poquito más de atención y no se despiste tanto, que lo suyo es increíble.

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Los voy a buscar a la salida:

– ¿Qué tal el cole? – pregunto expectante.
– Bien – me dice El Cachorro. Tan explícito como siempre.
– ¿Y la profe? ¿Es maja?
– Sí…
– Parece, ¿no?
– Sí.
– ¿Cómo se llama?
– No sé.

Hemos empezado fantásticamente bien, oiga. Ya le pregunté esto hace siete días, y hace cuatro días, y seguimos igual.

Pablo al cubo

A los padres de la clase de mi hijo Pablo los guardo como COLE PABLO + nombre del padre + nombre del hijo. Mi hijo no es el único que se llama Pablo y resulta que el padre de otro Pablo también se llama así. Me ha quedado:

COLE PABLO Pablo – Pablo

Ya veis qué tontuna. Pero me ha hecho gracia.

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A todo esto, en el grupo de Whatsapp del pequeño hemos empezado a darle brío más o menos cuando ha comenzado el cole. ¿Pero los padres de la clase del mayor? El cole empezaba el lunes 9 y el grupo de WhatsApp despertó de su letargo y comenzó a dar la matraca el día 4. Ya con presentaciones de padres, lista de profesores, circulares de inicio de curso… ¿¿A santo de qué?? ¿¿Pero no os podéis esperar a que empecemos?? Yo creo que hay padres que tienen mono o algo… Mal rayo los parta.

P.D. A ver, que yo veo ya que empiezan la actividad cinco días antes y me entran los siete males, pero bien es verdad que es información útil y que, quien la inició, me cae bien 😉 Pero en los post son más graciosas las quejas, ¿o no?

Gremlins

Les prometemos ver una peli a los críos. Yo me echo a temblar, porque me apetece tirarme el último tramo del domingo frente a la tele, pero para disfrutar de lo que veo, no para tragarme algún bodrio infantil. En esto, se me ocurre volver a tirar de los clásicos. Ya sabéis que conmigo mis hijos han visto “Los Goonies”, “Los Cazafantasmas”, “El chip prodigioso”… Tenía ganas de que vieran “Los Gremlins”. Ya los busqué en todas las plataformas que tenemos, y creo que las tenemos todas, y ni rastro. La dos, sí, pero no la primera. Así que la alquilamos.

Ellos consienten. Creo que han visto que las pelis viejunas que le gustan a su mamá, tienen su encanto.

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No se puede decir que haya envejecido muy bien, la verdad sea dicha. Pero El Cachorro no protesta. Y Don Bimbas se queda dormido. En esto que, cuando ya ha ocurrido la catástrofe de que las decenas de bichos malos están haciendo de las suyas en el pueblo en plena Nochebuena, vemos que hay varios atacando a un Papá Noel. En la peli comentan algo así como: “Mira, están atacando a David, que siempre hace de Papá Noel”. El Señor de las Bestias me mira de reojo. Me mira de muy reojo. Pero que muy de reojo. La escena del desgraciado y puñetero Papá Noel nos parece que dura una eternidad. Y El Cachorro, ese ser que no se entera de nada más que de lo que no se tiene que enterar, que ahí, no sé por qué milagro vital, se entera siempre, no quita ojo de la pantalla. El Señor de las Bestias me mira de nuevo así muy fijamente de nuevo, cuando acaba la secuencia. Esa mirada me está diciendo, literalmente: “¿En serio te parece un contenido apropiado para un menor? ¿Saber que Papá Noel es un señor disfrazado, es adecuado? Por no hablar de ver a los Gremlins matando gente, fumando, bebiendo y demás”. Todo eso me estaba diciendo el Señor de las Bestias con la mirada.

Sigue la peli, y llega el momento en el que la chica que le gusta al protagonista, a la que no le gusta nada de nada la Navidad, se pone en modo confesión y quiere contar por qué odia la Navidad. Y empieza diciendo algo así como: “Estábamos esperando a mi padre para la cena de Nochebuena y se retrasaba…” Y ahí, a mí, que no tengo memoria alguna, que a duras penas recuerdo cómo me llamo, me viene toda esa historia a la cabeza y le apremio al Señor de las Bestias. “¡¡Coge el mando y pasa rápido esta escena!! ¡¡Corre!! ¡¡Ahora!! ¡¡Dale para delante!!” Él ve mi cara de pánico y tira para delante, parando de vez en cuando, dejando oír cosas como: “… escuchamos ruido en la chimenea… creíamos que era un gato…”, y yo: “¡¡Que la pases toda enteraaaa!!” El otro me miraba que no daba crédito. Y El Cachorro no paraba de preguntar que por qué y por qué.

¿Sabéis por qué? Porque la tipa contaba que su padre se retrasó porque se vistió de Papá Noel y se metió en la chimenea, y se quedó atascado, y lo encontraron unos días después moñeco. Algo así, porque lo pasamos rápido y no escuché cómo era la narración exactamente. O SEA, imaginad si El Cachorro llega a escuchar eso. ¡La habríamos cagado totalmente!

De verdad, no sé en qué pensaba cuando decidí que “Los Gremlins” era una buena idea. En mi descargo diré que no recordaba muy bien cómo era la peli. Pero al menos estuve rápida con lo de echar p’alante el momento crítico…

En fin, que os puedo asegurar que es película es DE MIEDO auténtico.

Ya empezamos con el Whatsapp de padres

Primera semana de cole y, ZAS, ya se nos empieza a ofender el personal…

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Parece una pregunta inocente, ¿verdad? Su hijo le ha dicho que su profe le da galletas si se queda con hambre y ella tiene esa “simple” curiosidad sin importancia. Pero nada más lejos…

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Que qué es eso de que la profe de galletas a quien no ha llevado desayuno. Ya empezamos. ¡Ni que estuviera pasando speed!

Menos mal que todavía queda algo de cordura.

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PERO, ya hay una iniciativa, sana, inclusiva, vegana y políticamente correcta… Consiste en que cada día, un niño lleve el almuerzo para todos. Almuerzo consistente en fruta. De manera que TODOS LOS DÍAS los niños, en su almuerzo, no hagan como hacemos muchos, que seguimos la sugerencia del cole y les ponemos galletas los lunes, bocadillo los martes, fruta los miércoles, lácteo los jueves y lo que se nos ocurra los viernes, sino que coman fruta y fruta y más fruta.

Que, oye, mal no me parece. La fruta es sana y está fenomenal. Aunque creo que es más estimulante que cada día tengan algo distinto, para que no se atiborren de lo mismo y se cansen, y para que se alimenten de forma variada y que aporte nutrientes distintos y específicos, pues no veo que un bocadillo o un lácteo sean perjudiciales para la salud, ni mucho menos.

Bien, la cosa queda entonces en que algunas opinamos que no está mal, yo incluso que, de hecho, está muy bien que la profe tenga unas galletas por si a algún padre se nos ha olvidado meterle el almuerzo a nuestro hijo. Y, como decía mi querido Chapulín Colorado, que “no panda el cúnico”, puesto que la profe no va a obligar a ningún niño a comer galletas.

PEEEERO, ya me estoy viendo que sucederá a continuación. Sucederá que la profesora, en unos días, nos informará de que ya no lleva galletas a clase. Y lo hará “porque una madre se ha quejado”, que es el motivo por el que ya no nos puede enviar las fotos que nos enviaba sobre lo que hacían los críos en clase, “porque un padre se ha quejado”, o el motivo por el que la fiesta del agua de fin de curso se anuló, “porque una madre se ha quejado”. Y es por eso por lo que mis hijos no nos hacen nada el día del padre o de la madre, “porque hay niños que no tienen padre/madre o tienen dos padres o dos madres”. Y supongo que es por eso por lo que la primera circular del año ha consistido en explicarnos que, a partir de ahora, los que cumplan años no podrán traer el almuerzo para todos, consistente en galletas y zumos o batidos, como se ha hecho hasta ahora, porque algún padre (¿será la misma que ha dado la voz de alarma ahora?) se ha quejado. Y por eso sucede todo lo que está sucediendo, que hoy día vivimos en una sociedad de ofendidos, de adalides de la opinión verdadera, salvaguardas de lo que debemos hacer o decir, y comer, fiscalizadores de cómo hemos de vivir, vigilantes de que nadie haga sufrir a sus hijos con la pura realidad de las cosas, y no se pueden herir susceptibilidades de ninguna manera. Pasa que nos quejamos de todo lo que no se ajusta de manera perfecta a nuestro gusto recto y adecuado, de todo lo que sea susceptible de originar una decepción, una lágrima o un resfriado. Ocurre que criamos a nuestros hijos en un cuarto con las paredes acolchadas.

Y ocurre porque los del cole, y, como es público, igual es cosa de la administración (peor aún) son unos papanatas que tienen que hacer caso a cualquiera con un poco de escozor en vez de mandarlos a hacer puñetas.

Y cuánto estamos perdiendo, de verdad. La libertad, por ejemplo, de que un día un crío pudiera traer a clase el bizcocho casero que ha hecho con su mamá para compartir entre todos, que mira que están ricos los bizcochos caseros, porque tiene azúcar, gluten, no es kosher, puede contener trazas de nuez, no es equilibrado ni sano, puede ofender a algún crio cuyos padres no sepan cocinar, se puede asociar a alguna festividad de tipo religioso, etc.

De verdad, ¿qué tipo de sociedad melindres estamos creando? ¿Por qué todo sienta mal? ¿Y por qué se da pábulo a todo lo que dicen los amargados que se quejan sin parar?

Hasta el **ño me tienen.

Ventajas de no saber matemáticas

Intentar que siga comiendo el pequeño requiere mucho esfuerzo y paciencia. Llega un punto en el que hay que negociar. Yo siempre le propongo un número de bocados, en plan: “Venga, tres más y terminas”. Y suele transigir.

Ahora, entonces, se sucede el siguiente regateo:

– No quiero más.
– Venga, cuatro – le aprieto.
– ¡No, cinco! – dice todo indignado y resuelto.

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Jaaajjaja. Su afán por llevarme la contraria y por salirse con la suya, le empuja a hacer estas cosas que le salen regular. Ay, madre mía, que dure esto, ¡que dure!

Componiendo con lexemas que es gerundio, sustituyendo que es vagancia y recortando que es precaución

– ¿Alguien ha untado mejor el alcurry que yo? – pregunta El Cachorro.

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“Alcurry”. Claro, lo llamo “pollo AL CURRY” y aquí mi hijo, que tiende a juntar palabras, cree que se llama así. Es como cuando me pregunta: “¿Qué hay de depostre?”, porque ha oído siempre “qué queréis DE POSTRE”.

Luego me sorprendo cuando, en los dictados, junta todas las palabras que puede, en plan “derepente”, “teas” en vez de te has y “poregenplo”.

Después está el otro, que ha desarrollado una especie de fobia a la ele. Vamos, que la ha desterrado definitivamente de su vocabulario. Bueno, mejor dicho, jamás la incluyó. Y por mucho que le corrija y que insista, no-hay-manera.

La ele se le atraganta, no la pronuncia, y dice “ango”, “sango”, “cumpa”… Si queréis saber qué dice en realidad, sustituid las enes y la eme por una ele…

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“¡Mira, un cancetín!”, exclama. “Esto está amrrevés”, asegura. Y es que, lo que hace, es unir las palabras. No “al revés”, sino “amrrevés”

Y veo complicadillo que lo logre decir bien, ¿eh?

En cambio, las palabrotas las pronuncia de miedo, el jodío. Ahí no se confunde ni queriendo. Una dicción estupenda. Sin embargo, su hermano mayor es más educado y respetuoso. Me priva cuando me quiere contar que un niño o su hermano ha dicho una palabrota, pero no la quiere decir por si le cae bronca de rebote.

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Así que viene El Cachorro y me dice: “Pablo ha dicho ‘pu’ y lo que sigue”. Porque las palabrotas, a medias, son menos palabrotas.

Estropicios

Mi muñeco está dañado. Es que no puede tener más raspones y postillas.

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Con lo bonito que es, y parece que es arrastrado por el asfalto desde un coche todos los días dos o tres veces.

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Su hermano no se queda atrás. En serio, entre los dos, me andan manchándose la ropa a diario. Me desespera. Primero, porque a veces se quedan sin camisetas, y segundo, porque es un no parar de poner lavadoras y de planchar.

– Vienes guarrillo – observo. Pienso que, si se lo hago notar, lo mismo pone más cuidado la próxima vez (ya ha pasado cinco cursos escolares y no he tenido ningún éxito, pero la esperanza es lo último que se pierde).
– Esto es sangre, es naturaleza – me contesta.

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Jaaaa. Como si la sangre fuera menos sucia. Es lo que se conoce como “suciedad justificada”. Mira, me he tenido que reír. Ah, ¿y soy demasiado mala madre si no le he preguntado de qué era la sangre? Es que mis hijos se hacen heridas con sangre TODOS LOS DÍAS. Tienen el cuerpo hecho un cromo. No me preocupa lo más mínimo.

Por cierto, tercer día de cole y aún no sabe cómo se llama su profesora… Pero, de verdad, este ser humano, que NO SE ENTERA de NA-DA, ¿cómo narices ha llegado hasta aquí?

Tíos con encanto

Mi hijo, repeinado, tiene su punto…

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… y mi pequeñito porteando mi silla de la pisci enseñando la raja del culete, también.

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Qué peligrito, madre.

El pequeño, demasiado. Salen del baño y les pido que se peinen. Aparece Don Bimbas con el pelo como echado para atrás, hecho un dandy. Y me dice: “¿A que estoy muy guapo?”

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A mí, desde luego, me ha megaconquistado.

El caso es que, ahora, le gusta peinarse él y con el pelo hacia atrás.

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Va faltando gomina por aquí…

Dudas existenciales

Acuesto a mis pequeños. Pero a El Cachorro, ese ser que se arrastra muerto de sueño cada mañana cuando hay cole y, cuando no, se despierta a las mil, pero que cuando hay que dormir le entran ganas de pajarear, siente un deseo irrefrenable- (oh, sorpresa) de conversar.

– Pienso en la muerte.
– ¿Ah, sí? ¿Y qué piensas?
– Sí es bonita, si es fea… como un retrete oscuro…
– Aaaah.
– Y si estará ahí Dios y los dioses de Vietnam, el dios del agua…
– Bueno, veremos. Aunque nosotros creemos que solo hay un Dios.
– ¿Solo hay un Dios?
– Parece… – ay, yo qué sé.

¿Son todos los niños así a la hora de dormir?

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Aunque, al tema de la muerte, este le da vueltas a todas horas, a su manera. Hace como un mes, le da por reflexionar…: “Mamá, no quiero hacerme mayor. Primero porque moriré y no quiero. Y también porque tengo que hacer cosas como estar en el ordenador y no estaré jugando todo el rato”.

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Es lo que mayoritariamente me ve hacer a mí, “estar en el ordenador”, y obvio que le parece lo más aburrido del mundo. Estamos de acuerdo.

También en lo de que no me quiero hacer mayor. Ni morirme.