Soy, evidentemente, una infeliz

En los últimos tiempos ando peleando con Don Bimbas para que se lave los dientes. Con el cepillo ya en la mano y yo al lado, con mirada amenazante, siempre se le ocurren mil excusas, que si me pica esto, que si tengo pis, que me duele la pierna, que… Cualquier cosa, con tal de demorar ese momento. Me pone de los nervios y andamos a la gresca.

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Por otro lado, es que es el niño que menos tendría que dejar de lavarse los dientes, pues ha salido laminero como yo, y le gusta más un dulce o un chocolate que las mujeres a Julio Iglesias. Por supuesto, yo esta afición se la ando controlando. Come más que yo cuando era pequeña, pero no creo que coma mucho, no se lo suelo consentir. Y, desde luego, no cuando a él se le antoje ni porque sí. Eso no quita para que me proponga comer chuches o cualquier otra guarrería con azúcar a todas horas, en cuanto ve una o se acuerda.

Ve una bolsa de m&m’s. Y me ronda:

– Ya no comemos de eso – suele ser muy sutil – ¿Puedo comer?
– Si luego te lavas los dientes bien, bien, bien, ¿vale? – le digo tantas veces que no, que hoy decido que sí. Pero con esa condición. A ver si, así, además consigo que se lave los dientes sin gresca previa.
– Vale.

Y salta El Cachorro:

– ¿En serio vas a confiar otra vez en él?

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Jaajajaa. Es que, recientemente, le dije lo mismo: “Si te dejo ahora comer esto, luego te lavas los dientes muy bien, ¿hecho?” Nos dimos la mano y todo. Y a la hora de la verdad, el canijo, me dijo que tururú. Y a El Cachorro esas afrentas no se le olvidan tan fácilmente…

Proezas

Llegamos, oh milagro, antes de tiempo al cole. Así que dejo que mis peques se diviertan en el parque de al lado. Y como no hay más niños con los que se distraigan, todo es un “¡mamá, mamá, mírame!”, por parte de los dos.

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El pequeño se desliza por dos barras y me dice: “¡Mamá, mira lo que hago difícil que ninguno de mis amigos puede hacer!” Y estoy segura de que ninguno, a su edad, hace algo igual. Se está dando cuenta de lo crack que es.

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¿Y el otro? No baja, no. ¡Sube por la barra!

Y se cuelga como un mono.

Y así me dice la gente que son mis hijos. “Como monos”.

Y como Induráin… Estoy flipanding con El Cachorro. Acomete una cuesta (arriba) con la bici, que se las trae, entera. Pero es que su bici es muy básica, muy chiqui, y, por supuesto, no tiene marchas. Pues no ha hecho ni levantar el culo del sillín.

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¿De dónde sacan tanta fuerza? ¿Cómo son tan atléticos? ¿Por qué tienen tanta energía para todo… menos para cuando digo que tienen que hacer deberes, que les entra la debilidad total?

Un tipo muy legal

Tengo un hijo (El Cachorro) con mucho honor. Es impecable, el tío.

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Resulta que llegamos a la zona donde los críos hacen fila, por clase, a la espera de que llegue su profe y se metan, en fila, a clase. Lo de “en fila” es por decir, porque a los críos se la pela quién esté primero o después. No es una fila rígida, no es una fila que tenga que estar perfectamente hecha, no es una fila donde tenga importancia la posición ni el orden de llegada… están los críos un poco a rebullón y la fila que se forma, se hace de manera natural. Entonces, como digo, llegamos a la zona donde se depositan a los críos y El Cachorro y yo iniciamos nuestras carantoñas de despedida. “¡Un beso, mamá!”, “¡espera, otro beso!”, y así. En esto que las clases ya han empezado a entrar al cole, y pasa la profe de la suya, seguida de sus compañeritos. Le dice: “Venga, Simón, ven”, y él, en vez de unirse y hacer caso a la invitación de su profe, se queda quieto.

– ¡Pero venga, cariño, entra! – le animo.
– ¡Tengo que ser el último! – me replica – ¡Yo no me cuelo!

¿Habéis visto mayor integridad que esa?

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Vergüenza de madre

¿Pues no bajamos en el cole al patio de los pequeños, donde están las clases de infantil, llevo a Don Bimbas en brazos (mientras pueda cogerlo, le digo que sí, que le cojo, de mil amores, cada vez que me echa los brazos – que no os penséis que son muchas –) y en cuanto nos acercamos a su clase y hay amiguitos merodeando, se me escabulle y me dice: “¡No me cojas!”?

¡Argh! ¡Se avergüenza de mí!

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Qué palo, madre mía. Acostumbrada a El Cachorro, que me colma de besos y de mimos hasta hoy, a tres meses de cumplir ocho años, que a este mico le entre vergüenza porque su mamá le coja, me parte en dos. ¡Maldito crío!

Expresión plástica

Nada más llegar del cole con la chica, Don Bimbas empieza a liarla. Hoy le han dado a El Cachorro en clase de música una flauta, y está encantado. Y el pequeño la quiere perpetrar tocar también. Pero el mayor, propietario del instrumento, no se la quiere dejar. Y hay lloros.

Entonces me pide los patines que son de su hermano y que ayer este rescató del olvido. Los tiene desde hace tres años y ayer fue la segunda vez que se los puso, y con poco éxito, pues los descuajeringó. Su padre los arregló por la noche y Don Bimbas los quiere probar. Pero los quiere ahora. Y yo le digo que ahora, que no son ni las cuatro de la tarde y estoy trabajando, no. Que luego, cuando bajemos al patio. Y llora. Y grita. Exige que ahora. Y yo le digo que como siga por ese camino, ni ahora ni después.

Y se enfada (más).

Así que abre el armario donde tengo cosas de papelería, coge unos rotuladores y dice, enfurruñado: “Te voy a hacer un dibujo”.

Me sorprende que me quiera agasajar con un dibujo, la verdad. Sus enfados no suelen ir aparejados a gestos altruistas de cariño ni a regalos.

Al ratito vuelve y me da su dibujo con sonrisa traviesa.

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Menos mal que su hermano está al lado y me dice de qué se trata, porque yo, sinceramente, lo veo como todos los demás que suele hacer. “Te ha dibujado con pelos de loca”. ¡Ah, que soy yo!

– Fea – amplia Don Bimbas la información. Y se ríe.
– Aaaanda, con que esas tenemos.
– Sí, pelos de loca.

Y se va tan contento, saboreando su venganza.

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“Pelos de loca y fea”. Pero qué malvado, ¿no?

Y justo

Don Bimbas, cada vez que interviene en una conversación o quiere apostillar algo, dice: “Y justo, que… (lo que sea)”.

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No sé de dónde habrá sacado eso de “y justo”, pero lo suelta SIEMPRE, todo el rato. Yo sé que lo digo mucho (“¡Vaaaaya, justo ahora me tienes que venir con esas!” o “¡Basta que lo friegue, para que piséis justo ahí!”), pero lo utilizo cuando debo. Este ya no hay frase que no inicie con un “y justo que…”

Dónde está la garantía

Aquí un padre sorprendiéndose del rosario de heridas que tiene su hijo en la pierna.

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“Yo te hice unas piernas nuevas ¡y mira cómo las tienes!”, le echa en cara. “¿No te puedes cuidar un poquito más?”

Es verdad que anda el peque espectacularmente dañado. Tiene demasiados rasguños, muchos rasponazos, gran cantidad de moratones, tremendos golpes, chichones, heridas, cicatrices, pellejos… Él a las postillas les llama “cortezas”, jajaja. Mira, hasta le encuentro sentido. A este paso le va a salir corteza por todo el cuerpo.

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(Aquí, mostrándome una de sus “cortezas” en el dedo. “Ya se la he enseñado a Leo” -su amiguito del cole-, me dice).

Y el Señor de las Bestias, que últimamente tiene mucho trabajo y para poco por casa, con lo que no es testigo de la cantidad de veces que se toña, ahora el tema le pilla de sorpresa.

Su indignación la comparto. Jopé, nos hemos esforzado trayendo al mundo a un tipo muy mono, un muñeco, un querubín, para que ahora él mismo se autolesione estropeándose tanto a sí mismo. Le deberíamos reclamar daños y perjuicios.

Bueno, igual mejor nos callamos, porque también nos ocurre que, estando en un restaurante terminando de comer, El Cachorro, el chocolatero numer one, pide su postre favorito, que es el volcán. Don Bimbas, que hace todo lo que hace su hermano mayor, también lo pide. Lo sirven. Mete la cuchara, sale el chocolate caliente derretido y dice: “Esto arde como la moto”.

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Ja, ja, ja. Menudo trauma le quedó al pobre de cuando se quemó con mi Harley hace poco más de un año (¿os acordáis, cuando su padre lo montó el día que nos íbamos de vacaciones, y se quemó en el tobillo cosa mala?). Así que si no se hace él daño a sí mismo, ya se lo hacemos nosotros.

Ahora, como veis, utiliza la moto como medida de calor.

¡Míralo!

La mente de El Cachorro es un misterio en sí misma. No retiene nada de lo del cole e incluso olvida las operaciones más básicas aprendidas hace tres años, a partir de las cuales se realiza el resto. Tampoco se sabe el nombre de su profesora hasta pasada una semana, y porque me he empeñado en que se lo aprenda, que si no acaba el curso y no se entera. Pero, de repente, ahora mismo, va y se acuerda de que un millón de dongs, la moneda vietnamita, eran 40 €. Y eso que no hemos vuelto a hablar de eso desde que hemos vuelto de Vietnam. ¡Y yo no me acordaba ni del nombre de la divisa, lo juro! Muuuuucho menos, del cambio. Vamos, yo, ha sido volver y borrar toda esa información útil de mi cerebro. No retengo NA-DA.

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¿Cómo puede ser que mi hijo tenga siempre un despiste tan, tan grande, que esté yo absolutamente preocupada a ese respecto, y por otro lado se acuerde de cosas que ni recuerdo haberle explicado ni mucho menos insistido en que las recuerde?

Me fascina el misterio de su mente.

Mujer trabajadora, ama de casa y madre

Las mujeres atareadas nos pintamos las uñas mientras hablamos por teléfono, hacemos trabajos infantiles mientras vemos la tele y pelamos alubias verdes mientras vigilamos a los críos con las vecinas en el patio de casa. Aprovechar el tiempo, se llama.

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Os dejo, que tengo que hacer la cena mientras tiendo una lavadora. #marujer #forever