Es todo amor

Quero pucho Katerín”, me dice Don Bimbas. Que quiere mucho a la chica que le cuida. “Y Bori quero pucho”. Esta es la mujer que le cuidaba antes. Y luego añade “Manina y Calito quero pucho”. Esos son sus vecinos Marina y Carlitos. Y “quero pucho acuela y acuelo”, a sus abuelos. Y suelta una retahíla de gente. Nombra a más vecinos, por supuesto a su hermano…

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Y me hace gracia. Porque de repente le dan estos prontos. Está tan tranquilo y de pronto le entra la cariñada, se me acerca y me suelta: “Acuela quero pucho”.

Es todo amor.

Limpiacristales

No falla. Es limpiar los cristales y, o llueve, o van los malandrines de mis hijos a plantar sus manazas.

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Pero El Cachorro tiene 6 años, o sea, que ya puede ir solucionando lo que estropea por sí solo. Le insto para que arregle el desaguisado.

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Qué bien.

La cosa empieza a adquirir mala pinta cuando aparece el pequeño para colaborar con un fluflús de algo de jardinería que ha encontrado en el lugar de los aperos de jardinería de la terraza (mira que tiene recursos, el tipo).

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No sé cómo le logro convencer de que no haga uso de él. Pero él quiere limpiar como hace su hermano me ponga yo como me ponga.

Ha sido más tarde cuando se ha salido con la suya. Cuando El Cachorro ha soltado los instrumentos de limpieza. Los ha trincado él y ha procedido.

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¡No iba a ser menos! Y, por la cara que pone, está de lo más concentrado y hacendoso.

Ahora, que tengo que limpiar más que lo que tenía que limpiar un ratín antes, sí; eso no me lo quita nadie.

La estructura de la frase según Don Bimbas

Mi chiquitico tiene una forma peculiar de hablar. Por varias razones, pero además porque coloca el posesivo al final de las preguntas. Por ejemplo, vienen los vecinos a casa y dice: “Los chicos gritan en la casa mía”. O ve que se me estropea el móvil y pregunta: “¿No sushiona (funciona) movi tuya?” (Tampoco domina los géneros, es más, los cambia siempre). O me pregunta:

– ¿Papá none eztá?
– Trabajando.
– ¿No viene casa mía?

Señala mi coche: “Es coche tuya”. No es que cambie los géneros, sino que todos los posesivos son femeninos. Qué curioso. Me parto.

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Pero no solo lo hace con los posesivos. Intento que siga durmiendo la siesta y me dice: “Yo no congo (tengo) sueño más”. Jaajajajaaj. Pero no os lo perdáis, que normalmente me dice “no congo sueño más yo”. Los pronombres personales, también al final.

¡Es fantástico!

Po qué

Los críos lo preguntan todo. Todo es por qué esto y por qué aquello. Y me obligan a discurrir lo más grande. Porque todo va en cadena. Por ejemplo, Don Bimbas:

– ¿Duele e pie?
– Sí.
– ¿? – Siempre repite tus afirmaciones o negaciones, como para asegurarse de que ha sido eso lo que he contestado.
– Sí, cariño.
– ¿Duele pucho?
– Sí, mucho.
– ¿?
– Sí.
– ¿Po qué?
– Pues porque me han operado.
– ¿Po qué?
– Pues porque tenía el pie mal.
– ¿Po qué?
– Por caminar con tacones.
– ¿Po qué?

Yo creo que ya lo hace por inercia, porque dudo que sepa ni qué es un tacón. Es más, no sabe ya ni qué narices está preguntando, ni cómo empezó todo, ni cómo ha llegado hasta ahí.

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Pregunta por ejemplo también:

– ¿Eto qué e?
– Un pájaro.
– ¿Po qué?
– Porque vuela y pone huevos.
– ¿Po qué?
– Porque tiene alas y puede volar.
– ¿Po qué?
– Porque hay muchos tipos de animales en el mundo, y están los mamíferos, los reptiles, los peces, los pájaros…
– ¿Po qué?

Y aquí es cuando meto a Dios. Porque yo qué coño sé por qué.

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Por otra parte, he escrito los porqués entre interrogantes cuando, tratándose de Don Bimbas, en realidad pregunta como exigiendo: “Po qué” (pondría doble tilde en la e, si existiera). O sea, lo hace en plan “a santo de qué” o “nadie ha preguntado mi opinión al respecto”. “¡PO QUÉ!”

Pero lo más cachondo del asunto es cuando te preguntan por qué, en cosas que no tienen respuesta. Pongamos:

– ¿Ezo qué e?
– Una silla.
– ¡PO QUÉ!

Tócate los pies.

El Cachorro entonces se monda, porque yo contesto indignada, así de seguido, como con incontinencia verbal: “¿¿Cóóómo que “po qué”?? ¡Pues porque es una silla! ¡Ahí va, el otro! ¡Una silla es una silla! ¡No es una mesa ni una manzana ni un camello bailando claqué! ¡Una silla es una silla! ¿¡Cómo “po qué”? ¡Para sentarse! ¡Una silla! ¡Silla! Anda, tira…”

No solo hago este teatro para hacerles reír. Tengo que hacerlo para parar los porqués. Así se les va la pinza y ya se han olvidado de las dudas que querían resolver.

Visita al hospital

Me han operado de hallux rigidus, dedo rígido. Nada, una movida por llevar tacones. No puedo doblar bien el dedo gordo del pie y me duele. Ando medio coja. Y es un fastidio. Ya me operé de ambos pies en 2012 y esta, entonces, es la segunda vez que lo hago del pie izquierdo, a la espera de que lo haga también del derecho.

El caso es que por la tarde aparecen mis niños. Los trae su padre. Y bien traídos.

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En cuanto Don Bimbas me extiende la Caja Roja de Nestlé, me dice: “¿Pero (puedo) comé bombón?” Jaaajajajaj. No veía la hora. Le he dicho que sí.

El Cachorro por su parte, le pregunta a su padre: “¿Vamos ahora a por el regalo?” “¿Qué regalo?”, indago. Y es uno que les ha prometido si venían a veme. O sea, tengo unos hijos que, o se les soborna, o pasan de su impedida y dolorida madre. Qué guay haberlos parido entre terribles sufrimientos. Compensa mogollón.

Con Don Bimbas masticando bombones, El Cachorro se pone pesado: “¿Vamos a por el regalo? ¿Nos vamos a por el regalo?” Hasta que su padre pierde la paciencia y le dice que como pregunte una sola vez más algo acerca del regalo se queda sin regalo y sin móvil y sin tele. Así que pregunta: “¿Cuánto nos vamos?” Le mira el Señor de las Bestias con rictus furibundo y salta El Cachorro: “¿¡Qué!? ¡No he dicho nada de regalo!”

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Un pelín más tarde abre la puerta del baño y le pilla el pie a Don Bimbas. Y Don Bimbas reacciona como si le hubiera pisado un elefante. No en vano, ya que andaba descalzo. O sea que imaginad el dolor. Se pone a gritar y a llorar de manera harto escandalosa. Para más INRI, El Cachorro le secunda intentando defender su inocencia: “¡¡Ha sido sin quereeeeeeeeeeeerrrr!!” Intentar callarlos es imposible. Estoy convencida de que han sido capaces de despertar de un coma de veinte años a algún tipo de la última planta del hospital.

Calmados los ánimos, y para evitar males mayores, les digo que pueden irse a casa. Los peques se ponen los zapatos, también las cazadoras, vienen a darme un besito y salta Don Bimbas, con esa vocecita inocentona y tierna que pone, echando mano a los bombones, a ver si cuela…: “¿A llevá a caza?”

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¿¿Habéis visto hijos más interesados que los míos?? Qué gusto, oye.

Ojo

Ojo, nunca mejor dicho, al primerísimo primer plano que me ha sacado El Cachorro.

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Cuando me ha venido con el móvil y me ha enfocado, para rato pensé en que estaba haciendo semejante zoom. Yo posando con mi sonrisa superestudiada. Y luego me enseña la foto y veo esto.

Tiene un don. No me canso de decirlo.

P.D. ¿Veis? ¿¿Veis, como no tengo los ojos marrones??

Sin pijama

Hemos venido a casa de mis padres, a Pamplona. Me he olvidado los pijamas de los críos en Madrid. Cachis en la mar. Tengo que buscar una solución. ¿Qué les planto? Aquí no hay nada de su tamaño.

Busco y rebusco y encuentro unas camisetas mías del año catapún. Unas camisetas que compré talla XXL cuando estuve de adolescente con una familia norteamericana en Estados Unidos. Allí todo era grande y yo estaba en esa época en la que me parecía que tenía mejor aspecto enterrando mi cuerpo bajo kilos de tela. Era un fardel, pero hoy, mis hijos… ¡están geniales!

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Esto me recuerda a la anécdota que me cuenta siempre mi madre, de cuando me dejaron en casa de sus padres siendo yo pequeña porque ellos se fueron de viaje. Tampoco tenía pijama, y se les ocurrió plantarme una camiseta interior del abuelo. Y con las pintas que tenía, enterrada en esa camiseta, y con la carica con la que les debía mirar, se tronchaban y no podían parar. Y cada vez que se acordaban, vuelta a las carcajadas. Se ríe hasta mi madre siempre que me lo cuenta, y eso que ella no estaba…

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Seguro que, si hubieran visto a mis niños, me hubieran contado cuando sucedió conmigo. Ah, qué pena me da no haberlos disfrutado apenas…

Salomón

Coge El Cachorro de un armario la pizarra para dibujar, y cuando lo hace tira de paso y sin querer un par de juguetes al suelo. Le pido que los recoja.

– ¡Espera! Después de dibujar.
– No, ahora. Y luego dibujas. Qué manía tienes de que cada vez que te digo que hagas algo, no lo hagas nunca en el momento. Venga.

Así que se pone a la tarea y aparece Don Bimbas.

– ¿Pedo dibujaaaaaaa?
– Sí, puedes solo mientras tu hermano recoge, porque ha cogido él la pizarra.
– Vale.

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Me voy de la habitación. Por supuesto, no vale. Oigo forcejeos y a Don Bimbas llorando desesperado, montando un escándalo. Y El Cachorro protestando. Cuando me asomo, veo que están ambos intentando coger el “boli” que viene atado a la pizarra, tirando de él de mala manera.

– A veeeer, a veeeeeeer, venga, soltad.

Ni caso.

– ¡Soltad ya, hombre! ¡Se va a romper el cordel del boli!

Y es El Cachorro el que lo suelta ipso facto, echándose a llorar de impotencia. Lo ha hecho, obviamente, por preservar la integridad del juguete. Se ha sacrificado (siempre lo hace). Igual que la verdadera madre del hijo en disputa que presentaron ante el rey Salomón, que prefirió que se lo quedara la falsa con tal de que no lo partieran en dos con una espada.

Qué mono es, por favor.

Así que le quito la pizarra a Don Bimbas, recordándole que la había cogido antes El Cachorro, Don Bimbas retoma el lloro desconsolado, cojo a El Cachorro de la mano y me lo llevo al salón. Pongo la pizarra en la mesa y lo dejo dibujando en ella.

Vuelvo a la habitación y abrazo a Don Bimbas, que se calma. Y al minuto, aparece El Cachorro con la pizarra.

– Toma.

Y se la da a Don Bimbas, a quien se le ilumina la cara.

Sé que lo hace porque le da pena. Porque se conmueve con los lloros de los demás.

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Y entonces cojo a El Cachorro y lo abrazo fuerte, y le digo: “Eres más bonito…” Porque es un niño increíble.

Madre malrollera

Una madre malrollera es una madre malrollera a tiempo completo.

Esta semana tengo turno de tarde en el trabajo, ergo no veré a mis hijos a la hora de cenar y acostarlos. Ni, obviamente, en el previo. Me fastidian estos turnos porque me los pierdo, y bastante poco los veo. Pero bueno.

El caso es que hoy el Cachorro comete el error de llamarme. En Semana Santa le hice aprenderse mi móvil y ahora, albricias, me suele pegar algún toque. Y yo encantada.

En cambio, igual deja de hacerlo, porque aprovecho para pedirle que me pase con su padre y le indico qué tarea le tiene que dar para que haga. Y al otro, a Don Bimbas, que no tiene tareas, también le cae algo que hacer. Recuerdo que hay por ahí suelta alguna ficha de cuando su hermano era pequeño, y lo pongo también (a distancia) a dar el callo.

El Señor de las Bestias me envía esta foto:

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Lo dicho, estaban tan felices hasta que me han llamado. Creo que El Cachorro va a desaprender mi teléfono en un pispás.

Artista incomprendido

“Mira lo que he hecho, ¡un reno!”, me enseña El Cachorro.

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“Y una silla”.

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Y así anda, formando figuras.

Y luego va el cafre de Don Bimbas y le destroza todo.

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“¡Jo, Pablo, estás estropeando mis obras!” Y el otro, lejos de compungirse ni de arrepentirse, se troncha. Disfruta haciendo el mal a limpia carcajada. Es que le echas la bronca, además, y te hace: “Ja-ja jajajá” (no es onomatopeya, es así dicho, ja-ja, jajajá, con las jaes muy marcadas, en plan “mira cómo me la pela que me abronques”).

Pobre artista mío, lo que tiene que sufrir con su hermano pequeño. No sé cómo no le acaba poniendo el juguete de sombrero.