Un grande

Hoy Don Bimbas no tiene su extraescolar y lo tengo que recoger del cole antes que a El Cachorro. Aprovecho y me lo llevo a hacer la compra al súper. Aparco al lado y le digo que venga conmigo. Y dice que no.

– Acompáñame, anda – le pido.
– ¡Que ya sabes dónde está! (el súper) ¡Al lado del coche!

Jaaaajaja. Por si no lo había visto.

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Lo convenzo, muerta de la risa, y hacemos la compra. Cuando volvemos, lo coloco todo, incluido a él en su sillita y, como me ha dicho que tiene hambre, le doy una gelatina que, siendo lo más previsora que se puede ser siendo yo, se me ha ocurrido coger de casa por si le entraba el hambre. Se la abro y voy a tirar la tapa a una papelera. Al volver le doy, por inercia, al botón de las llaves y cierro el coche. Tiro de la manilla de la puerta y, claro, no puedo entrar. Cuando vuelvo a darle al cierre centralizado y abro, el tipo:

– Jaaa ja, ja, ja, ja… – en plan “chincha rabia”.
– ¿Qué pasa?
– Que te has quedado encerrada afueraaaaa.

ENCERRADA AFUERA. Está sembrado.

Por cierto que, si os habéis fijado, habréis visto que está vestido de chulapo. Iban así los críos al cole.

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Y, chica, qué quieres que te diga, el traje de chulapo es como de pastor, tiene cero glamour. Pero, ojo, a mis críos les sienta bien cualquier cosita que les pongas…

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¿Sí o no?

A las bravas

En Calatañazor hemos comprado a los críos sendas ballestas. Creo que son el arma que les faltaba de todas las que hay en un cajón específico de su cuarto, que actúa como armería, donde hay pistolas, revólveres, espadas, catanas, arcos, tirachinas, fusiles…

Por supuesto, toca utilizarlas. El Señor de las Bestias coloca latas como blanco. Don Bimbas es un negado y no puede tumbar la lata ni poniéndose a dos centímetros, y se enfada y, por supuesto, lo habéis adivinado, se cabrea, se cruza y se bloquea.

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Pero de lo lindo, se cabrea.

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Frunce el ceño que parece que le han hecho la frente de la piel del lomo de un Shar Pei, aprieta los morros, y grita.

Y no atiende a razones. Ya le puedes explicar que con los enfados las latas van a seguir sin moverse, ya le puedes intentar convencer de que no merece la pena que lo pase así de mal, ya le puedes decir que esa no es manera de jugar, ya le puedes razonar que, para conseguir resultados, hay que esforzarse… que no hay forma. Pero algo de mella hacemos en él, o es que se aburre de estar enfadado, y relaja. Para volver a intentarlo.

En una de estas, ¡sí!, da en el blanco, pero la lata se tambalea y no cae. Así que, con toda la determinación del mundo, coge la flecha, se acerca a la lata desafiante y hace ¡¡ZASSS!!, le arrea a la lata un señor guarrazo. La lata a tomar viento. “¡Bien!”, exclama victorioso.

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Y tan contento. ¿¿Pero es un artista o no es un artista??

TODOS de excursión

Hoy tenemos excursión al Monasterio de Piedra con unos amigos. Y al pollamen (ese bicho que recogí ayer de la acera) dice el Señor de las Bestias que, hombre claro, nos lo tenemos que llevar con nosotros. Así que yo le encuentro otra caja de zapatos más pequeña, a la sazón una de nuestros hijos, y la destino a casa portátil del palomo cojo este. Manda huevos, que nos no nos podemos desprender de él ni un segundo.

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Nuestros amigos… se descojonan. Pero no se sorprenden. Nos conocemos desde hace poco, pero nos conocemos demasiado bien. Están curados de espantos y de situaciones estrafalarias.

Llegamos al Monasterio de Piedra y no nos dejan dejar en la sombra la furgoneta en la que hemos viajado todos, donde pretendíamos dejar al pollo con las ventanas abiertas, y eso que había un sitio al lado que iba a ocupar el coche de atrás y que el tipo que organizaba el aparcamiento estaba siendo debidamente informado por nosotros. Cuánta estrechez de miras. Así que decidimos llevarnos al palomo dentro de su caja portátil, en la mochila, para no encontrárnoslo a l’ast a nuestra vuelta.

Ni nos enteramos de su presencia. Está tan formal durante la excursión.

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Una excursión que está siendo una chulada.

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Paramos a comer. Hacemos picnic.

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Y el palomo también ha de comer, claro. Entonces surge una duda: “¿Cuál es su nombre?” Carlos, nuestro creativo amigo, a quien podéis ver actuar en Gran Vía y adoraréis sin parar, a él y a sus dos compinches, en “Corta el cable rojo”*, decide rápido que el pollo se tiene que llamar, obviamente, Victoria. Es la marca de zapatos de la caja en la que viaja. Así que, ea, Victoria.

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Porque además es imposible saber (al menos para nosotros), si es macho o es hembra. Para nosotros es hermafrodita, porque lo mismo nos referimos a él como “el pollo”, que como “Victoria”. Con la moda de ahora, no descarto terminar llamándole, para respetar la perspectiva de género, “palome”…

Total, que veo a la paloma totalmente integrada en nuestra familia y en nuestro ambiente. Ya tiene nombre. ¿Cómo puede ser que se haya colado con tal facilidad entre nosotros? Auguro una época interesante…

* Este post NO está patrocinado por “Corta el cable rojo”. No sé muy bien por qué, ahora que lo pienso.

Lentejas para comer, lentejas para cenar

No, aunque lo parezca, el post no va de “pues si no te las comes en la comida, te las pongo para cenar”.

En mi casa, no sé cómo narices lo hacemos, pero si planeamos las cenas, coinciden siempre con lo que han comido en el cole. Bueno, mejor dicho, de planear, nada. Si planeáramos, no nos pasaría esto que nos pasa. El caso es que improvisamos. Y en numerosas ocasiones, dice El Cachorro:

– Es que esto hemos comido hoy…

Tengo un ojo que, vamos…

Hoy, no iba a ser menos. No he hecho ni mirar el menú del cole. Lo cambio cada mes y lo cuelgo en la nevera para hacerme la madre responsable que tiene todo muy presente, pero no lo miro NUNCA. Así que he hecho lentejas.

Tengo turno de tarde y llegaré a las once de la noche a casa, así que aviso por Whatsapp al Señor de las Bestias de que hoy hay cena hecha.

Cuando el padre de mis criaturas llega a casa, me escribe lo siguiente.

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Creo que se piensa que hoy es 26, y de ahí la captura. Le llamo: “Pero ¿cuándo han comido lentejas, hoy o ayer?” Entonces se fija.

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Me confirma que ayer. “¡Pues estos cabritos me han dicho que habían comido hoy lentejas!”

En fin, hoy nos hemos librado por un día. Pero ya nos huele…

Vivir en un primero

Cuando descubrimos a dónde daba nuestro alojamiento, cargar el coche nunca fue tan fácil.

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Es cuestión de tirar todo por la ventana y rellenar el maletero.

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En esta vida hay que ser práctico… Además, este sistema cuenta con ventajas. Los niños colaboran de lo lindo. Lo único que hay que tener un poquillo de cuidado para no tirarles encima las botas de esquiar. Por lo demás, todo en orden.

La coletilla definitiva y la voz de la conciencia

Me parto porque, cada vez que Don Bimbas pregunta con cierta suspicacia qué comida es la que sea, cuando le contesto, siempre añado después “que te gusta”, porque me lo veo venir.

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Por ejemplo hoy, con su almuerzo para el cole. Toca fruta, y he troceado una pera que he metido en un táper. Es uno nuevo y le enseño cómo abrirlo. Pero está más atento al interior, así que cuando termino, ataca:

– Mamá – así con su vocecita tan dulce – ¿esto qué es?
– Pues perita, cariño, QUE TE GUSTA…

Y es entonces cuando se queda como pillao, yo creo que procesando: “O sea, que me gusta”…

Quien que sí sabe qué le gusta y qué no, es El Cachorro. Es más, también sabe qué le conviene. Cuando preparo a los niños su almuerzo para el cole, para no ir a lo fácil ni ser una mala madre, procuro seguir las directrices que se establecen en Infantil (pero para los dos, y así llevan lo mismo). Los lunes, galletas, los martes, bocadillo, los miércoles, fruta…

El viernes el almuerzo es libre y yo tengo prisa. Así que les estoy envolviendo en papel de plata unos cereales de chocolate.

– ¿Puedes ponerme para el almuerzo fruta? ¿O verdura? – me pide El Cachorro.

Flipo.

– ¿Fruta o verdura?
– Sí, porque estamos comiendo fatal. Mira, una galleta para desayunar… Crispis… – Eso es lo que les ha caído hoy, sí.

Así que le digo que puede llevarse una zanahoria y, acto seguido, se encarga él mismo de pelarla.

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Menos mal que mira él por su salud… Y qué bendición que no tengo que decir “toma, zanahoria QUE TE GUSTA”, porque le gusta de verdad.

La prueba del espejo

Me vienen a buscar los chicos a la estación de tren. Don Bimbas me enseña algo que ha hecho “para los dos”. Es un corazón por San Valentín. Por detrás va firmado. Pero totalmente al revés. Una escritura espejo absoluta.

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De hecho, hago la prueba en el retrovisor…

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El Cachorro también tenía escritura espejo, tanto en letras como en números. Y ahora, Don Bimbas, le va a la zaga. No sé si incluso lo supera. No sé a qué se debe y no sirve para nada, pero me fascina que hagan esto.

Venir para quedarse

Cuando Don Bimbas viene de noche, me pide hueco y acurruca su cuerpecito contra el mío… y siento pegada contra mi pecho su respiración… eso es gloria.

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Y me pregunto cuánto echaré de menos esto cuando sea ya un mozo. No puedo imaginar que mi bebé se haga tan grande como para no estar así conmigo, como para que no quepa en mi regazo, como para que no sienta que el mejor plan del mundo sea estar con su mamá.

La vida es cruel.

Indirectas

“¿Alguien me deja agua?” – pregunta Don Bimbas.

Me encanta esa indirecta, muy en plan “aquí huele a muerto, pues yo no he sido”. “Alguien”, dice. Cuando estamos los dos solos en la cocina y está claro que solo puedo ser yo quien se la dé.

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Porque suele acontecer así la cosa. Pregunta si “alguien” le echa una mano, no entre un grupo de gente, no en el patio con mayores y amiguitos, no, cuando estamos El Cachorro y yo, por ejemplo. Suelta ese “alguien” impersonal e indirecto. Como si no se atreviera a dirigirse directamente a nosotros, por si no recibimos bien la petición y pasamos de satisfacerle o, más bien, como para que nosotros decidamos por él quién tiene el honor de servirle. Como lo cuco que es.

Diseñador

El Cachorro: “Mira, te he hecho con vestidazo”.

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O sea, que tengo un diseñador en ciernes.

“Y esa es la parte con la que puedes volar”. Ya decía yo que esos alerones tenían que tener alguna función…

O sea, tengo a un diseñador DE TRAJES DE SUPERHÉROE en ciernes.

Y luego viene el otro con otro retrato mío…

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Yo para mí que lo ha hecho a mala leche, el canijo. Mirad qué cara pone (aunque esté la foto movida, se nota PERFECTAMENTE).

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Ahí, como de “te he dibujado atractiva, ¿eh?”

Y de nuevo, como se ve que no puede detener el torrente creativo, El Cachorro contraataca con otro modelo…

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Que ya no sé si algo de lo que llevo tiene también superpoderes o si soy una especie de tirolesa.

Ay, pero el dibujo que me encanta es este de familia:

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Con el coche favorito de El Cachorro, el Santana, y un río (¿que se supone cruzará el coche?) Muy descriptivo todo.

Pero, para estampa buena, buena, estampa de ME MUERO POR TODOS LOS POROS, esta:

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Los hermanísimos. Qué fan soy de ellos, madre mía.