¿A qué edad pueden salir los niños solos a la calle?

Bien, vamos con un GRAN TEMA. ¿A qué edad consideráis que se puede dejar que los niños salgan solos a la calle? Por supuesto, hay factores que intervienen, como la autonomía del niño, su grado de temeridad… Pero, si se da la circunstancia de que hay disposición y ganas, de que la zona es conocida… ¿cuándo se ha de confiar en que un niño se sabe manejar solo o no? ¿Es una inconsciencia esperar que, independientemente de eso, no vaya a haber ningún malnacido aprovechando la circunstancia ahí fuera? ¿Hay que vivir con miedo y ser prudente o dejar que el ser humanos se desarrolle, poniéndolo a prueba, pueda pasar lo que pueda pasar?

Yo, hoy, he dejado que mis hijos de 7 y 4 años, en Madrid, fueran solos al supermercado a hacer la compra.

Como lo leéis. Sé que no es común. Pero yo lo he hecho. Intento someter a mis niños a experiencias vitales para ver si se saben manejar, para comprobar si pueden ser autosuficientes, para que ellos mismos también se pongan a prueba, para que pierdan ciertos miedos, para que descubran que, enfrentándose a según qué situaciones, son capaces de buscar soluciones y salir adelante.

Hace un tiempo tenía que ir a comprar una cosa al súper y Don Bimbas estaba vestido pero El Cachorro no. Había estado evitando prepararse, en su línea, hasta que yo ya no pude más. Bueno, habría podido, pero quise en ese momento aprovechar la circunstancia para presentarle una nueva situación: “Cariño, me voy a hacer una compra. En ese tiempo, tú tienes que haberte duchado y vestido, y si lo has hecho para cuando vuelva, puedes bajar a jugar con los amigos”. Por supuesto, tuvo sus dudas y sus reticencias. Me dijo que tendría miedo de quedarse solo en casa (era de día total y hacía un sol de escándalo). Yo le dije que me podía llamar cuando quisiera y que, si tenía miedo, yo volvía corriendo. Así que tenía ese salvavidas. Pareció quedarse más o menos conforme. Salí de casa con el pequeño y, nada más cerrarse la puerta del portal, recibí su llamada. Quería saber dónde estaba. “Cariño, pues han pasado dos minutos, así que no puedo andar muy lejos, estoy saliendo de casa”. En cualquier caso, a él le tranquilizó ver que yo estaba al otro lado del teléfono y me colgó. Al volver a casa, me lo encontré duchado, vestido y peinado. Y más contento que contento, por haber sido capaz de quedarse solito en casa. (Ver post día 13 de abril).

Desde hacía ya varios días, no sé si porque yo le dejé caer que algún día le mandaría a él a por el pan o a qué vino, El Cachorro estaba deseando que le dejara salir a la calle solo. Antes de ayer, le dije que podía ir a tirar el cartón al contenedor, que está justo enfrente del portal. Él, como no podía ser de otra manera, se llevó a Don Bimbas. Uno, porque una cosa es ir solo a la calle sin adultos, y otra ir solo solo a la calle. Y eso, no. Y dos, porque su hermano pequeño va donde va él, porque su hermano pequeño solo tiene una máxima en su vida, y es: “Yo quiero con Simón”. Tiene que estar pegado a El Cachorro y hacer lo que hace él.

Así que bajaron y los vi, desde el primer piso en el que vivimos, cómo cruzaban la calle mirando y se las ingeniaban para saltar encima del cartón, que no entraba en el hueco del contenedor, para aplanarlo y poder tirarlo.

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Al volver, el voladizo de la cornisa no me dejaba ver cómo llegaban al portal. Me metí en casa para esperar el toque del telefonillo, pero el telefonillo no sonaba. En ese momento caigo en que jamás han llamado desde la calle a casa. Sí desde el portal de dentro, y saben perfectamente qué botón es y también, al menos El Cachorro, el piso en el que viven. Pero jamás del portal de fuera, en el que el telefonillo tiene unos códigos para cada piso, al que se le asigna un número que no tiene nada que ver con el real y hay que darle luego al botón de la campanilla. Así que bajé a por ellos. Un poco nerviosa. No sabía qué estarían haciendo, si gritando hacia nuestro balcón, llorando en el portal o llamando a todos los pisos. Me encontré a Don Bimbas sosteniendo la puerta abierta (ni idea de cómo la abrieron o quién se la abrió) pero ni rastro de El Cachorro. Don Bimbas estaba tan pancho, todo hay que decirlo.

– ¿Dónde está Simón?
– No sé.
– ¿¡Cómo que no sabes!? ¿¡Por dónde se ha ido!?
– Por ahí – me señala hacia la izquierda.

Deduje que le había dado por doblar la esquina por si me veía en el balcón, o que había querido dar la vuelta a la manzana (es una señora manzana) por alguna ocurrencia suya. Y mis nervios aumentaron. “Joé, para una cosa que tienen que hacer enfrente. Y yo, boba total, que no les explico lo del telefonillo. Y dónde estará ahora. Mierda, mierda y mierda”. Pero, en seguida, apareció.

– ¿¡Dónde estabas!?
– Ahí.
– ¿Ahí, dónde?

Se había metido al bar de abajo, donde estaba un vecino del grupo de amigos trabajando. Supongo que le habría hecho gestos para que entrara y, en efecto, acto seguido recibí su foto con mi hijo.

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No obstante, le tuve que decir a El Cachorro que mejor no se entretuviera, porque yo les estaba viendo por el balcón hasta que dejé de verlos y que, como tardaban, me había preocupado. Y, ya que estábamos ahí abajo, aproveché para explicarle cómo tenían que llamar a nuestro piso.

En fin, que el reto, con sus más y sus menos, se superó. Y, desde luego, nos sirvió como lección tanto a ellos como a mí.

Pero El Cachorro quería más. Insistía en ir a hacer la compra él solo.

Total, que hoy, cocinando macarrones, veo que no tengo los suficientes… “Tate”, me digo, “pues ha llegado el momento de que mi hijo pueda por fin hacer este recado”.

Sí, tiene siete años, pero en diciembre cumple ocho. Así que se podría decir que, a efectos, ya tiene ocho. Ejem. Y veníamos de haber visto en Vietnam a críos que no levantaban un palmo del suelo, ir por los caminos vendiendo pulseras o pastoreando búfalos.

“Estamos añorgando, sobreprotegiendo, moñeando y debilitando a nuestros hijos, convirtiéndoles en inútiles que no saben valerse por sí mismos para nada”. Esa es mi idea principal. Así que, decidida a espabilar a mis críos, digo en alto: “¡Aaaaargh, no tengo suficientes macarrones…!”, y dice El Cachorro: “¡¡Ay, voy yo, voy yo, mamá, yo los compro!!” Ya digo que andaba rumiando esa posibilidad unos días.

– Bien – le digo – vale, pues vístete que te voy a dejar ir.
– ¿¿De verdad?? ¡¡Bieeeeeeen!! Pero con Pablito.

Hum, si quiero que vaya, solo solo no va a ir. Va a tener, no solo que ocuparse de hacerlo todo bien (ir solo, cruzar sin que le atropellen, hacer bien la compra, no asustarse), sino también de su hermano. Pero ir con su hermano le infunde valor y sé que se va a tomar muy en serio que a él no le pase nada.

– Venga, vale. Vestíos los dos.

Llueve a cántaros, a todo esto. Una vez vestidos…

– ¡Y el paraguas, mamá, el paraguas!
– ¡¡Sí, el paraguas!! – Don Bimbas, apostillando.
– Nooo, el paraguas no, porque bastante vais a tener con hacer todo lo que tenéis que hacer, y traer la compra, que pesará, como para llevar paraguas encima.

Así que les planto los chubasqueros.

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– A ver, atención. He escrito aquí lo que tenéis que comprar – lo leo en alto.
– Vale.
– Las Coca Colas, pesan. Así que traed alguna y ya está. Los huevos, los que consideres, cariño, porque si me pongo a explicarte que si media docena, que si normales o ecológicos, te vas a armar lío.
– Vale.
– Los macarrones, mira este paquete – le enseño el paquete de macarrones que tengo en casa – se llaman “plumas”. Y quiero las del número 6. Fíjate dónde lo pone. ¿Sabes dónde están?
– Sí – lo dudo. Pero ya los buscarán.
– Vale. Y, mira, te doy 20 euros.
– ¿Puedo coger mi cartera?

Vamos a por un monederito que lleva un siglo en el cajón y ya no recuerdo quién se lo regaló. Meto ahí el billete.

– Cariño, no te va costar 20 euros, te tienen que devolver. A ver, si todo cuesta 8 euros, ¿cuánto te tienen que devolver?
– ¿Ocho?
– No.
– ¿Veintiocho? – ¿¿Veis?? Es desesperante.
– A ver, cariño, ¿¡cómo narices te van a dar más dinero que el que llevas!?
– Ah, ¿ocho?
– Nooooooo, cielo, si te cuesta ocho, ¿cuánto te tienen que devolver? ¡Le tienes que quitar 8 a 20!
– ¿Restar?
– Sí. Pero que pueden ser 8,43 €, por ejemplo. ¿Cuánto te tendrían que devolver?

Pero en seguida, veo que, si seguimos por este camino, moriremos de inanición.

– Bueno, venga, va. Ve. Que sepas que no te va a costar 20 euros y que te tienen que devolver dinero – aquí solo me queda confiar en la nobleza del cajero.

Y los despido en la puerta.

Acto seguido, me voy a la ventana y me subo en una silla para observarlos. Y ya me estoy arrepintiendo. “Ay”, pienso, “creo que he pecado de confianza”. Creo que me he precipitado, creo que les puede pasar cualquier cosa. Intento calmarme pensando en que, si alguien los quiere secuestrar, igual le echa para atrás la idea de que son dos, pero que lo mismo pilla a los dos y que me quedo sin mis hijos de un plumazo. Pienso en que tienen cinco carreteras que cruzar, cuatro de ellas con semáforo, y que igual son demasiadas para estar lo atentos que tienen que estar en todas, y pienso también en que igual hacen lo que hago yo con ellos cuando he comprado más de lo que pensaba y estoy cargada como una mula, y decido cruzar por donde no debo para atajar. Todo esto lo pienso cuando todavía no han aparecido en mi campo de visión. Y aparecen. Y cruzan la primera calle. Y una pareja de cuarentones se les queda mirando y veo que se ponen a hablar con ellos.

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“Mierda”, me digo, “lo mismo a estos dos les da por indignarse por cómo una madre ha dejado que unos niños vayan solos por la calle y me denuncian a la poli”. Veo cómo mis hijos les dicen algo y ellos miran hacia mi ventana, donde se me ve con un tamaño descomunal, pues estoy subida a la silla. Y tiran.

Huelga decir que mis hijos están también aleccionados con eso de que, si un desconocido les dice que vayan con él a algún sitio, que les va a enseñar unos cachorritos, o darles unos caramelos, por muy simpático que sea, NO VAYAN. Pero, a-migo, por mucho que me repitan siempre que saben que no han de ir, vete tú a saber cómo actuarían en caliente o en según qué contexto…

Los árboles me tapan el resto del recorrido hasta el súper. Solo puedo ver algún cacho y, ahí subida en la silla, después del gran rato (el camino, bajo la lluvia y con tanto semáforo, a pesar de que desde mi casa puedo ver -o adivinar, a través de las hojas- el súper, resulta largo) me parece ver sus piernecillas en el penúltimo semáforo.

Ya no puedo ver más. Me bajo de la silla y tengo un nudo en el estómago. Miro la hora e intento hacer un cálculo del tiempo que les puede llevar hacer esto, para ver a qué hora tendría que empezar a preocuparme de verdad si no aparecen. Luego pienso en que no debería hacer eso. En que es mejor distraerse. Termino de hacer camas, recojo, friego… hago de todo para mantener la cabeza ocupada.

Caigo en que aún voy en pijama. “Debería ducharme”, me digo, “no vaya a ser que tenga que salir pitando de casa a por ellos… o que venga algún adulto – o la policía – que me los traiga a la puerta”. Ay, pero no puedo, porque… ¿Y si vienen mis hijos cuando estoy en la ducha y no oigo el timbre? Ahí sí que se iban a preocupar, los pobres. Madre mía, no me atrevo a ponerme bajo el agua. Nada, nada, si ocurre algo tendré que ir por la vida oliendo a choto.

¿Soy una descerebrada por haber soltado a mis polluelos en la jungla de la ciudad? Si al menos viviéramos en un pueblo… Pero, no, en la ciudad más grande que hay, vivimos. Claro que… a Yéremi Vargas se lo llevaron de un pueblo. Uff. El mal está en todas partes. Ay, y ese pobre crío tenía la edad de El Cachorro. “Aaaaaayyyyyy, que soy imbécil”. Me tengo que contener para no lanzarme a la calle a por ellos. En pijama.

Cuando pasa tiempo, bastante, pero lógico, decido asomarme a ver si los veo. Y, oye, ya digo que suelo tener intuición, por un lado, y un reloj interno, por otro, y bastante lógica, de aderezo, porque resulta que, justo cuando me asomo, los veo aparecer.

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¡¡Qué alegría!! Van hablando con una pareja y su hija. Son vecinos míos. Tienen que estar flipando. Voy a ser la comidilla de la urbanización.

Suben a casa.

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Ahí están, los dos, cada uno con una bolsa, más orgullosos que ni qué.

– ¡¡Aaaay, qué alegría!! – les digo – ¿¿qué tal os ha ido??
– ¡Bien! ¡Hemos ido solos, lloviendo y sin nadie en la calle! – esto es mérito extra, pues ya sabéis lo nerviosito que se pone El Cachorro cuando no ve gente.
– ¡¡Guau!! ¡Qué pasada! ¿Y habéis hecho toda la compra? ¿Sabíais dónde se encontraba todo?
– ¡Sí!
– ¿Pero todo, todo? ¿No habéis tenido que pedir ayuda?
– ¡No!
– ¿Lo habéis hecho todo solos?
– No hemos pedido ayuda para NA-DA. Bueno, hemos subido a un bote donde suben las esto para coger cosas y nos hemos subido para coger las Coca-Colas.

Es decir, al ver que no llegaban a las latas, han reparado en uno de esos escalones que utilizan los empleados para colocar género, lo han pillado y lo han usado para sus fines.

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¿Se saben apañar o no se sabe apañar? ¡Tíos con recursos!

– Oye, ¿y no habéis tenido miedo ni nada?
– No. Nada. Bueno, en un semáforo me ha dado miedo cruzar – continúa contándome El Cachorro.
– Anda, ¿y eso?
– Porque no había nadie.

A mi chiquillo, de toda la vida, le da pavor no ver gente. Si circulamos por una carretera y no hay coches, se pone fatal. “¡Estamos solos!” No digamos si, además, es de noche.

– ¿Y qué más da que no hubiera nadie?
– ¿Y si nos pasa algo, y nadie nos ve?

Luego me cuenta que, en el último tramo, se han parado a descansar porque les pesaban las bolsas. Ha sido ahí cuando se han topado con nuestros vecinos, que les han acompañado hasta el portal.

– Oye, y os han hablado por la calle, ¿verdad?
– Sí, tooooooodo el mundo.
– ¿Y qué os decían?
– Que dónde estaban nuestros papás, que si íbamos solos…

A ver, por un lado me da algo de apuro porque todo el mundo habrá pensado que son hijos de una yonki que no se ocupa de ellos y están medio abandonados. Por otro lado, me consuela saber que la gente nos ocupamos de los demás, y que si vemos a dos niños solos nos interesamos sobre la razón por la que están solos, por si hay que tomar algún tipo de medidas o no. Y eso está bien, que seamos adultos vigilantes que se preocupan.

En cuanto a la compra, veo que han traído el paquete de macarrones un poco roto, que las Coca-Colas están confundidas (quería Light CON cafeína, y mira que le he dicho a El Cachorro que solo las que tenían gris) y que hay tres huevos rotos.

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Pero, oye, me parece que han hecho la compra FE-NO-ME-NAL.

Así que todo ha sido muy satisfactorio para todos. Aunque, de todas las cosas que pienso y de las que tengo dudas, que son muchas, creo que cometí un error, que fue no consultar con su padre sobre si los dejaba salir solos a hacer compra o no. En principio, porque sé que me hubiera dicho que sí. Si yo soy feliciana, él también. Pero, ah, si a los críos les llega a suceder algo, él no me lo hubiera perdonado. O sí. Es bastante práctico y comprensivo. Yo, al revés, seguramente no lo haría… “¿¡¡¡Cómo se te ocurre mandar a mis niños solos a la calle!!!?” O sí. Yo qué sé.

En fin, no ha ocurrido nada ni tiene por qué ocurrir. El experimento ha sido un éxito. Ahora, el rato en tensión que he pasado no sé si me compensa…

Sin encajar

Pues nada. Que, a la hora de apuntar a Don Bimbas a algún tipo de iniciación al esquí, tuvimos que mentir sobre la edad…

– La edad mínima son cuatro años. ¿Tiene cuatro años?
– Este… no. Pero ya ha esquiado.
– Pero no se puede.
– ¿No hacéis ninguna excepción con un niño de tres años avanzado?
– ¿Pero qué tres años tiene? ¿Porque no es lo mismo que los acabe de cumplir que que tenga tres años y medio…
– Ah, pues… ¿en qué mes estamos? – yo ahí haciendo tiempo para calcular tres años y medio. Y casi antes de que me dijera “marzo”, para que no se notara que lo he calculado justo, le digo – a ver, él es de septiembre.
– Ah, bueno, pues eso hacen tres años y medio, y si me dices que ya se ha puesto los esquíes…
– Sí, sí, sin problema – ahí sí que no mentía.

Pues bien, gracias a la caca que he dado, logra acceder al jardín de nieve el martes, donde admiten niños de 4 a 8 años, y hoy jueves ya me dicen que mejor contratemos un profesor particular, porque ahí ya no va a aprender más.

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Mi esquiadorazo.

El zombi payaso

Uno tomándose la lucha con sable láser superenserio…

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… y el otro haciendo el payaso.

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Poniendo caretos mirando a cámara.

La forma de encarar las luchas del pequeño son la bomba. Y a veces le sale de miedo…

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Teníais que verle en directo morir tras un disparo y volver a levantarse como un zombi.

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Y volver a morir y volver a levantarse.

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Ahí con los brazos estirados, la lengüica fuera y dicendo: “Eeeeeeeeeh”, en plan miedo.

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Cómo un zombi me puede despertar esta ternura.

Y al otro, imaginación, no le falta tampoco…

Me trae Papá Noel un colgante. El Cachorro que lo ve: “Oh, qué brillante. Todos los piratas vendrán hacia ti”.

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A mí que esta manera del ver el mundo me encanta… Me pregunto en qué momento perdí yo esa capacidad para inventar, asombrarme, vivir en plena fantasía.