Mi héroe

“¿Qué queréis para el cumple?”, pregunto a mis hijos, como llevo haciendo de unos días para acá, ahora que acechan sus cumples y la Navidad…

“Un cinturón con bolitas”, dice El Cachorro. ¿Cómo? Esto es nuevo. Siempre dice que no sabe. “Bien”, me digo, “al fin tenemos algo tangible”.

– Pero cómo, el cinturón – necesito pistas.
– Pues un cinturón así, con bolitas por todo.
– Pero… ¿de superhéroes? ¿Las bolitas son proyectiles?
– Nooo.
– ¿Pues cómo, con bolitas?
– Ven, que te lo enseño.

Eso me escama. ¿Tenemos algo parecido en casa? Y caigo. ¡Está pidiendo un cinturón para mí! A mitad de semana le dije al Señor de las Bestias que yo quería un cinturón que sustituyese a uno que tengo, este:

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… que me encanta y lo tengo desde que era adolescente. Así está, que se cae a trozos. Y le cuento que me cuesta mogollón encontrar uno así, que no tienen esta anchura, que son feos, que…

Y todo esto se lo cuento en presencia de El Cachorro.

Así que el cinturón que pide con bolitas es el mío de agujeritos. “Para dártelo”.

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¿CÓMO ES MI NIÑO, POR FAVOR? ¿CÓMO ES?

Yo pensando en si será uno de superhéroes, las bolitas proyectiles… ANDA YA.

Debí haberlo sospechado desde el principio. Cuando me solicita algo y yo le contesto: “Tengo mucho trabajo”, me dice él: “Yo lo voy a impedir. Voy a ir a tu trabajo, me voy a disfrazar de tu jefe y voy a decir que no tenéis trabajo por mil días”.

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Ojalá…

Siempre intenta ayudarme. Siempre está al quite. Siempre quiere serme útil. Si mi vida dependiera de El Cachorro, ¡iba a ser ideal!

Atracción fatal

Llevo a los niños al cole. Cuando se aleja El Cachorro, le grito: “¡Y no te olvides de la carta!” Se va asintiendo y diciéndome adiós.

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Cuando me dispongo a salir, la mujer que actúa como conserje se me acerca y me dice: “¿Sabes que hay una niña enamoradísima de tu hijo?” “Qué me vas a contar”, le replico.

Me dice que ayer la cría se pegó media mañana llorando. Que su profesora alucinaba.

“¿En serio?” Madre del amor hermoso. Esto es más grave de que lo creía. ¡Esto es Atracción Fatal!

Y no sé yo si había que preocuparse por que una niña de esta edad se muestre tan despechada…

Total, que no veo la hora de recoger de nuevo a los críos para que El Cachorro me cuente qué ha sucedido.

Al salir, le digo:

– Bueno, qué, qué ha ocurrido. ¿Lo habéis arreglado?
– Sí. Me ha dicho: “Es que ayer estaba muy nerviosa” y yo le he dicho: “Ah, vale”.
– (…) ¿Y?
– Eso.
– ¿Cómo? ¿Ella se te ha acercado a ti?
– Sí.
– Tú a ella no.
– No.
– ¿Y te ha dicho que ayer se puso nerviosa?
– Sí.
– ¿Y tú que le has dicho?
– “Ah, vale”.
– ¿Solo eso?
– Sí.
– ¿Y la carta? ¿Se la has dado?
– No.
– ¡¡¡Pero buenooooooooooooooo!!!

No hay manera, con este hijo mío.

– ¿Pero por qué no se la has dado? ¡Luego te quejas de lo mucho que te costó escribirla!

Me toca pegarme todo el fin de semana haciendo hincapié en que no hay necesidad de que alguien se quede con una idea equivocada de algo, que hay que explicar las cosas, que lo tiene que arreglar del todo y que ha de ser valiente en general, tanto con ella como delante de sus amigos.

(Por cierto, y ahora voy a hacer una lectura de adultos por si sirve para adultos, que algunos tienen reacciones de críos…: La manera de proceder de ella tampoco fue la más adecuada. Porque escribir a alguien y citarle no implica que esa persona esté obligada a acudir. A ver, que no es el caso, PARA NADA. Pero imagina que vas a alguien que no sabes si tiene interés en ti o no y le escribes proponiéndole una cita. Esa persona podrá ser libre de elegir si va o no va, ¿verdad? Y si decide no acudir, pues nada, has quemado ese cartucho, por lo menos no te quedas con las ganas de haberlo intentado, y además por fin te cercioras de los verdaderos sentimientos que despiertas en esa persona; y lo que tienes que hacer es asumirlo todo, y no ir y tirarle nada a la cara entre lágrimas. Esa persona no tiene la culpa.)

Corazón partío

Bueno. Bueno, bueno, bueno la tragedia.

Voy a recoger a los niños al cole y El Cachorro me dice: “Jimena y yo ya no somos novios”.

– ¿¡Cómo!?
– Pues eso.
– ¡Pero bueno, ¿qué ha ocurrido?!
– No sé.
– Bueno, algo habrá pasado, porque si ayer te escribe una carta con un corazón, algo ha tenido que suceder.
– No sé. Ha venido llorando y me ha tirado esta pelota de papel en la cara.

Abro el papel.

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BUENO, BUENO, BUENO. ¡¡Un corazón roto!! Esta niña es de un gráfico (y un trágico) que no se puede aguantar. Y también ha debido de ver muchas películas. Y no sé si estoy preparada para tan precoces escenas de desamor…

– Vamos a ver, ¿así, de la nada, ha venido y te ha tirado esto? ¿A la cara?
– Sí.
– ¿Tú le has dado tu carta?
– No.
– Ahí va, ¿¿por qué no??

No contesta.

– A ver – hay que sacárselo todo con sacacorchos –. ¿Has llegado a hablar con ella antes?
– No.
– ¿La has visto?
– Sí.
– ¿Y la has saludado?
– No. – Ya estamos.
– ¿Y por qué no la has saludado?
– Porque estaba con mis amigos.
– ¿¿Y??
– Me daba vergüenza.
– Jo, ya, cariño, pero entiende que ella te ha escrito una carta superbonita y se supone que sois novios, y resulta que al día siguiente ni la saludas, imagina cómo se tiene que sentir… ¿Por qué no le has dado la carta?
– Porque no he podido ir a la biblioteca…
– ¿¡Cómo!? ¿¡Que no has aparecido en la cita!?
– ¡No, porque tenía Educación Física y estábamos en otro patio! – Madre mía, qué sucesión de contratiempos, dignos de una peli romántico-dramática de primer orden.
– ¡Acabáramos! ¡Pero hombre, piensa cómo tiene que estar! ¡Te escribe una carta, te dice de veros y al día siguiente ni la saludas ni vas!
– ¡Que no he podidoooo! – Está disgustado.
– Ya, ya lo sé, cariño. No te preocupes, que tiene solución. Mañana vas y le explicas lo sucedido, y le das la carta.

También le digo lo de que no hay que avergonzarse ni de novias, ni de amigos, ni de hermanos ni de nada.

– Ya, pero es que le dije un secreto a Alberto (nombre ficticio) – que es su mejor amigo – que es que tenía novia, y se lo dijo a Bruno (nombre ficticio).
– Pues dile a tu amigo que los secretos no se cuentan, a ver si se entera.

Madre mía, cuántos frentes abiertos tenemos.

En fin, a ver si mañana empezamos a desfacer este entuerto, porque, vaya.

El pulso

Don Bimbas tiene carácter, sí. Y me echa pulsos sin parar. Primero, cuando le llamo y no viene. Eso ya sabéis que es su especialidad. Se la pela lo que le diga, o lo que se pierda, si no se quiere mover porque está chinado perdido, no se mueve.

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Pero últimamente, cuando ve que le compensa venir, pero no quiere dar su brazo a torcer, si le digo “ven”, me dice “no, ven tú”. Y tengo que ir, claro.

Tengo que acercarme hasta donde está él y, entonces sí, consiente en venir conmigo y hacer lo que le digo. Claro, que a mí también me revienta que ese canijo me mande, así que alguna vez (me sobran dedos de una mano si las cuento), contraataco diciéndole yo: “No, tú, ven tú”, y él no viene y mi enfado va in crescendo, le riño y me largo y él pierde las cuerdas vocales gritando, y así pasamos el gran rato, la mar de bien.

“No, ven tú”. Con dos cojones, mi niño.

¿Qué por qué me compensa no tirarlo por la ventana? Porque es un experto en amor verdadero. Porque cuando lo acompaño a la cama…:

– Te quiero – le digo.
– Te quiero yo a ti.

(Ya, ya sé que hay un post en el que contaba esto, que él siempre responde: “Te quiero a ti”. Hoy ha introducido la variable del “yo” y me ha parecido oportuno volver a sacar el tema. Más que nada porque me priva y me enamora y quiero sacarle partido antes de que se le pase esta vena tan amorosa).

De verdad que no hay nada en el mundo que supere esto.

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Me recontrachifla este lenguaje como de yo Tarzán, tú Jane.

Me estalla el corazón.

Me reconcilia con él y él sabe que así consigue una especie de salvoconducto para cuando me pone de los nervios y me reta.

¿Las apariencias engañan?

Señala el pequeño un número cuatro y dice «ato».

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¿Será cierto que reconoce los números? ¿Son las ganas o es coincidencia? ¿O es algo normal y yo me estoy empalmando por nada?

Luego se sientan en la mesa y me surge otra duda:

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Esto de los abrazos ¿lo hacen de verdad, porque se aman con locura, o porque saben que yo me pongo moñas y me quieren tener contenta…? ¿Es postureo?

Diantre, qué sensación me está entrando hoy como de si me estuvieran tomando la cabellera…

Día minion de los enamorados y amor en el portal

Dibuja El Cachorro lo siguiente:

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“¿Qué es, cariño?”, le pregunto. “Un minion enamorado de un plátano”.

Vamos, es que está CLARÍSIMO.

A expresar conceptos con dibujos esquemáticos NO-LE-GANA-NADIE.

Hoy, por si no lo sabéis, que bien puede pasar, porque apenas se habla de ello, es el día de los enamorados. Hoy llego a casa del cole con los críos y el portero me da un ramo de flores que ha dejado un repartidor a mi nombre.

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El Cachorro indaga:

– ¿Quién te lo ha regalado?
– Un admirador secreto – le digo.
– ¿¿Te lo ha regalado el portero??

JA, JA, JA, JA.

Love is in the air.

Marisco lover post banquete

Hace poco, en un viaje al norte, comiendo notamos que Don Bimbas se inclinaba por las gambas. Vamos, se inclinaba literal, lanzándose en plancha.

 

Ayer le tuve que pelar todas las gambas del arroz que hizo mi madre.

 

Esta noche la paso separada de mis hijos. Están en Madrid con el Señor de las Bestias, quien me cuenta que el pequeñito se ha puesto morado de bígaros, cigalas y gambas. Más tarde me manda esta foto:

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Está como una boa, haciendo la digestión.

 

Don Bimbas y esta perra se han hecho grandes amigos.

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Me temo que se va a levantar con el bracico izquierdo dormido.

In fraganti

A Don Bimbas no le dejamos atosigar a Sila, que está mayor y, si se le pilla sin esperarlo, tiende a revolverse y puede pegar un traskao. Le pedimos sin parar al peque que no se acerque y que lo deje tranquilo, ¡sobre todo si está dormido!

 

Pero Don Bimbas es mucho Don Bimbas, es decir, de ideas fijas.

 

Don Bimbas ingenia nuevas maneras de acercarse a él y acariciarlo.

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Y ahí lo tenéis. Intenta burlar nuestra vigilancia y seguir cogiéndolo de improviso, que es lo verdaderamente gracioso, ver cómo el Sila da respingos.

 

Vaya cruz le ha caído al bicho…

 

Merienda sobre plano

Me enseña El Cachorro una palmera de chocolate que en principio sostenía era una «sompresa» para mí.

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Pintón. Me relamo.

 

Pero luego dice que él quiere palmera con la leche de la merienda. Y cuando le reclamo: «¿Pero no era para mí?», me dice que para mí, para él, para papá y para Pablo (ya está intentado contentar a todo el mundo, maldición). Que la tengo que partir por la mitad. Y luego por la mitad también. Y acto seguido, por si las moscas, que me conoce como si me hubiera parido él a mí, me traza una especie de plano:

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«Mira, así la tienes que partir».

 

Para que me quede bien clarito y no haya escapatoria.

 

Odio que yo sea tan previsible y que él tan listo.