En danza a la hora de comer

¿Os he contado que Don Bimbas tiene un poder? Tiene el poder de hacer que se nos enfríe la comida a todos los adultos de la mesa. Seamos cuantos seamos.

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A ver, os cuento. Nos vamos a comer mis padres, mi hermano y su familia y yo con estos dos mendrugos. Y Don Bimbas la empieza a liar… No come, no para, tira cosas… Yo ya hiperventilando, negra. ¡Es que me saca de mis casillas!

Y como no podemos seguir dando el espectáculo en el restaurante, salgo con él y lo llevo castigado al coche. Que lo meto y lo ato en su silla y lo encierro, y me quedo al lado esperando que me suplique que lo saque, y el otro TAN PICHI. ¡¡¡Deeeee mis casillaaaaaaaaassss, me saca!!!

Llego a un trato con él (me autoengaño para pensar que ha sido un trato y que yo no he terminado claudicando) y volvemos. Que se va a portar bien, dice. Y le dura la cosa seis minutos. Seis. Creo que no llega.

Monto en cólera y mi hermano intenta aplacar ánimos llevándoselo él fuera del restaurante. Al rato (al mucho rato, pues Don Bimbas no es fácil de doblegar), vuelve. Mi hermano, que es un poco cándido, está convencido de que con su buen hacer ha conseguido cambiar el comportamiento de Don Bimbas radicalmente. Está seguro de que esta vez sí que sí. De que esta vez estamos ante un niño nuevo, que no va a armar ningún pifostio y que se lo va a comer todo. Claro que ahí está Don Bimbas, listo para tirar por tierra toda esa ilusión a los cinco minutos de haber entrado. Cinco. Creo que no llega.

Entonces es mi padre quien toma el relevo. Y hace la misma jugada que mi hermano y mía. Con prácticamente idéntico resultado…

Y yo entonces observo que los que están comiendo fuera, en la terraza, deben alucinar. No hacen más que ver la misma escena:

1. Sale un niño enrabietado, armándola, en brazos de alguien.
2. Desaparecen un rato.
3. Vuelve el niño cariacontecido, más calmado y con pinta de formal.
4. A los pocos minutos, vuelve a salir el niño llorando y pataleando.
5. No se sabe nada de él en otro rato.
6. Vuelve de nuevo serio pero calmado.
7. Etc.

Y alucinan porque todas las veces se trata del mismo niño diabólico; lo que cambia es el adulto que lo lleva en volandas.

Un adulto que, como el resto de adultos de la mesa, come frío.

Escalafón

Desayunando en casa de los abuelos, El Cachorro me hace saber:

– Me ha dicho la abuela que puedo tomar la tostada sin mantequilla ni nada, tostada sola.
– De eso nada, te pongo una con mantequilla y mermelada.
– ¿Quién manda en esta casa? – me desafía.
– Yo mando sobre ti estemos donde estemos.
– Y la abuela sobre ti.

Tiene clarísimo el escalafón.

Hay otra lid en la que me gana mi madre. En la que nos gana a todos, todo sea dicho. Porque NADIE COCINA COMO MI MADRE.

Sí, es la típica frase que decimos todos. Pero no estoy de acuerdo con eso de que para cada uno su madre es la que mejor cocina. Bueno, pueden pensarlo, sí, pero no están en lo cierto. Yo sí lo estoy. Que mi madre es la que mejor cocina del mundo es INCONTESTABLE. Y hoy me lo ha confirmado mi propio hijo. ¿Pues no coge y me salta: “Eh, tú no cocines aquí que hace más rico la abuela”?

Mi madre no tiene rival.

Más vale que donde El Cachorro nos iguala a todos, es en el amor.

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Solo se ha olvidado del perro.

Por la espalda

El chiquitico no sabía con quién se las estaba viendo cuando le plantaba a su padre su galleta en la boca.

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Porque es un señor que no tiene contemplaciones. Así que coge y se la jala. ENTERA. Don Bimbas está que no sabe por dónde le ha soplado el aire. Yo hago como que no me doy cuenta, no digo nada, y poco después le pregunto: “¡Pero bueno! ¿Y tu galleta?”

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Y he ahí el dedico acusador. Y la cara de “no estoy dando crédito”.

Nunca es tarde para que aprenda que no se debe fiar ni de su padre. Sobre todo de su padre.

Y si te pones, ni de su abuelo.

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Esta es la prueba fehaciente de que por muchos años que cumplas, si quieres puedes seguir siendo como un niño.

Lucha a muerte

Se ponen El Cachorro y su abuela a luchar con espadas.

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– Uy, vaya cara de malo – observa la abuela.

– No soy malo, soy bueno pero enfadao – le aclara el nieto.

 

El Cachorro decide que él y su hermano son los buenos y mi madre y yo las malas.

 

Por la noche, uno de los buenos, de lo bueno que es, recibe una reprimenda.

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¡Por fin le pillo uno de sus pucheros, que son mundiales! Nunca me da tiempo, duran tan poco… Pero en esta ocasión tenía el móvil en la mano y el canijo lo ha mantenido el tiempo suficiente…

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Ay, qué rico, por favor. Dan ganas de hacerle llorar sin parar.

 

Pero su secuaz, en clara venganza, coge su espada y ataca al causante del puchero de su hermano… y lo mata.

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El abuelo casi no lo ha visto venir. Es que El Cachorro es un gran espadachín.

 

 

 

 

Quien se marea unido…

Montamos a El Cachorro en un tiovivo. Uno de los cacharritos es infernal. No contentos con que el tema dé vueltas de por sí, el artilugio en cuestión da vueltas también sobre sí mismo. Demasiado pa’ mi body, que ya me mareo solo con ver una peonza en acción.

Mi hijo quiere que suba con él. Yo rechazo la invitación:
– No, que me mareo.
– Joooooo, yo quiero marearme contigoooo.

Jaajajajajjaa.

Pues mira, me monté. Un poco. Salí con el estómago revuelto.

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(No, si encima esperaréis que la autofoto esté enfocada y todo).

Qué sacrificadas somos las madres.

Programación infantil para abuelos

Ha aparecido El Cachorro en plan amenazador…

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Y se ha llevado una buena reprimenda…:

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Y Don Bimbas también, por complicidad y colaboracionismo.
Bueno, como veis mis padres están en mi casa. Estamos pasando la tarde en el salón y les ponemos los dibujos a los peques. Ellos andan leyendo periódicos y revistas.

En esto que da comienzo el capítulo de una serie.

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Y salta mi madre: “Uy, qué bien, esas ovejas son muy divertidas”. Mi padre lo aprueba. Me parto. A fuerza de ver programación de dibujos animados con los nietos, se han enganchado y ya tienen sus favoritos.

Lo de “para todos los públicos” es más que cierto.

Oooolé

¿Cómo es posible, con lo que cansa la playa, que pasas el día tiradaza en la arena y acabas baldada, que el pequeñito no pare quieto ni un segundo y tenga energía como la de la mitad de los veraneantes del lugar juntos?

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Salta, corre, pasea, trepa… Un no parar.

 

Aquí, haciendo unas cuantas verónicas con Don Bimbas colgando del capote…

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Vueltas y vueltas. Pues no se ha reído ni nada, el tipo. Yo me he pillado un mareo importante.

 

Va a acabar conmigo.

 

Bueno, no del todo. Aún tengo fuerzas al final del día para…

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Yo preguntándome por qué a mis hijos les flipa lo de ponerse a trepar. No sé de qué me extraño.

 

(Sí, subí la media de edad del usuario medio de la atracción unos cuantos años. Ahora, ninguno, y repito, NINGUNO, se manejó con más destreza y agilidad que yo. Aún queda mucha Amaya por delante…)

 

No, no sé de qué me extraño.

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Porque tampoco tienen al típico abuelo que les dice “¡bájate de ahí ahora mismo!” Al revés, se queda mirando orgulloso.

 

De casta le viene al galgo.

Somos cinco

Mientras se hace el puré del pequeño, propone mi madre dar una vuelta ella, mi padre y El Cachorro con Sila, el perro. “Nos vamos los tres”, me dice mi madre, mientras yo me quedo en la cocina.
En esto que El Cachorro, que lo oye, se queda como extrañado. Viene a la cocina:

– ¿Por qué dice “labuela” que somos tres, si somos cinco? Mira: uno, mamá…
– (¡Bien, en primer lugar!) – pienso.
– Dos, labuela, tres, elabuelo, cuatro, Sila, y cinco, Simón (él).
– ¿Y Pablo?
– Ah, bueno, entonces seis.

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No solo pone al perro por delante de su hermano, sino que lo ha desplazado del todo. A ver si ahora, cuando se vuelvan los abuelos, les hace el cambiazo y se llevan a Don Bimbas mientras nos quedamos con el peludo… Qué tío.

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