Soy, evidentemente, una infeliz

En los últimos tiempos ando peleando con Don Bimbas para que se lave los dientes. Con el cepillo ya en la mano y yo al lado, con mirada amenazante, siempre se le ocurren mil excusas, que si me pica esto, que si tengo pis, que me duele la pierna, que… Cualquier cosa, con tal de demorar ese momento. Me pone de los nervios y andamos a la gresca.

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Por otro lado, es que es el niño que menos tendría que dejar de lavarse los dientes, pues ha salido laminero como yo, y le gusta más un dulce o un chocolate que las mujeres a Julio Iglesias. Por supuesto, yo esta afición se la ando controlando. Come más que yo cuando era pequeña, pero no creo que coma mucho, no se lo suelo consentir. Y, desde luego, no cuando a él se le antoje ni porque sí. Eso no quita para que me proponga comer chuches o cualquier otra guarrería con azúcar a todas horas, en cuanto ve una o se acuerda.

Ve una bolsa de m&m’s. Y me ronda:

– Ya no comemos de eso – suele ser muy sutil – ¿Puedo comer?
– Si luego te lavas los dientes bien, bien, bien, ¿vale? – le digo tantas veces que no, que hoy decido que sí. Pero con esa condición. A ver si, así, además consigo que se lave los dientes sin gresca previa.
– Vale.

Y salta El Cachorro:

– ¿En serio vas a confiar otra vez en él?

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Jaajajaa. Es que, recientemente, le dije lo mismo: “Si te dejo ahora comer esto, luego te lavas los dientes muy bien, ¿hecho?” Nos dimos la mano y todo. Y a la hora de la verdad, el canijo, me dijo que tururú. Y a El Cachorro esas afrentas no se le olvidan tan fácilmente…


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