Viaje accidentado y eterno

Vamos a irnos de viaje a Asturias. Los niños se han levantado hiperpronto, lo cual es un fastidio la mayoría de las veces pero en esta ocasión nos viene hasta bien, para así poder acabar de cerrar maletas y salir enseguida.

 

Enseguida, en nuestro estándar, viene siendo mediodía (generalmente hacemos planes y salimos de casa a la una y media de la tarde). Yo no sé en qué narices nos entretenemos. El caso es que salimos pero antes pasamos por “El Corte Inglés” para cambiar unas zapatillas de luces que le han caído al peque por su cumple, que le quedan pequeñas. A la que subo, aprovecho para pasarme por la sección de hombres y adquirir un abrigo que cuando compramos las zapatillas de El Cachorro fichó el Señor de las Bestias. Se lo quiero comprar para Reyes, porque justo ayer me dijo que por lo visto estaba a un 30% de descuento. Me informan de que lo del descuento sí empieza hoy pero por la tarde (¿Ein? ¿Y esa originalidad?) y que es para los que tienen tarjeta de “El Corte Inglés”. Mierda. Yo no la tengo. Así que invierto tiempo en la tienda, porque si no en el coche me oye el agasajado, llamando a gente que creo que la tiene para ver si puede venir a comprar el dichoso abrigo. No encuentro a nadie. Mierda doble.

 

Bajo, invento una excusa por haber tardado tanto y salimos de Madrid. Pero no así tan campantes, no… Atascazo en la Carretera de La Coruña.

 

Decidimos parar a comer en Valladolid, pero llegamos tardísimo. Vamos, que hacemos un “lunck” (que es el acrónimo a partir de la unión de lunch (comida) y snack (merienda) y que me acabo de inventar en este instante). Lo bueno es que consiste en unos pinchos de bastante nivel.

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Creyendo aún y todo que íbamos fenomenal de tiempo, que al hotel en Asturias llegamos en un pispás, remoloneamos por la ciudad en busca de una pastelería para el postre. No encontramos (porque la buscábamos por los aledaños, no era cuestión de pasar ahí la tarde). Así que tiempo perdido.

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Continuamos viaje. Se hace de noche. El Señor de las Bestias lleva tiempo al volante, así que pillo yo el coche. Insisto en que es de noche. Y, justo cuando arranco y llevo dos kilómetros, se echa una niebla infame encima. Pero de las de no ver un pijo. Hacía tiempo que no conducía tan a ciegas. La tensión con que lo hago es máxima. En una de estas, en una curva me parece que un coche me echa las luces, y entiendo por qué una milésima de segundo después… ¡cuando casi me como uno de los dos caballos que están en medio de la carretera! Frenazo que te crío con chirriar de ruedas y todo. Sustazo. El corazón a mil quinientos.

 

Continúo a los mandos del coche un rato más, pero el tembleque y la inseguridad persisten, y le cedo el volante al Señor de las Bestias. En cuanto él lo coge… ¡la niebla se esfuma! ¿¿Cómo es que tiene tanta suerte?? Pero mejor, claro, porque estamos yendo por una carretera de montaña angosta y con curvas cerrada, mal asfaltada, a dos por hora.

 

Los niños ya están megacansados, aburridos y lloricosos. Se quejan sin parar. (Y recuerdo que son unos niños que viajan a pelo, sin pelis ni nada). Menos mal que, aunque nos parezca mentira, tiene pinta de que vamos a llegar pronto. Vamos cantándole tiempos a El Cachorro conforme nos lo va chivando el navegador: Faltan 32 minutos para entrar por la puerta del hotel. Faltan 25. Faltan 18. Dios, se está haciendo más largo que un día sin pan. Cuando por fin llegamos, nos metemos en una carreterucha empinada y… ni rastro del hotel rural. Y el Señor de las Bestias confiesa cuál es la cruda realidad: ¡ha introducido el nombre del pueblo pero ha puesto Cantabria en vez de Asturias! Horror. ¡¡AÚN FALTA HORA Y MEDIA!! Nos desesperamos.

 

El Señor de las Bestias entonces se pone a conducir con prisa por esas carreteras con vericuetos. Los niños redoblan sus quejas, sus gritos y sus lloros. ¿Y qué es lo siguiente? Que Don Bimbas vomita. Pero como si fuera una manguera. (Menos mal que parece todo agua, porque si no, a ver quién aguanta los tropezones y el olor). Está chito. Madreeeeee del Amor Hermoso, a ver qué hacemos ahora aquí, en medio de la oscuridad y de la nada.

 

Al ratillo, oh milagro, encontramos un pueblito en el borde de esta carretera que atraviesa un desfiladero. Aparcamos donde podemos (cuando digo “en el borde de la carretera”, me refiero literalmente al borde de la carretera). Abrimos el maletero. Me pongo a despanzurrar maletas. Agarro los primeros camiseta, body, pantalón y jersey que aparecen para el peque. Nos metemos en el bar que hay al lado. Le cambio de ropa. Los paisanos son majos y nos ayudan. Y me reconcilio con la vida. Continuamos viaje.

 

Contra todo pronóstico, llegamos, por fin. Llegamos a las mil y monas… ¡¡habiéndonos levantado A LAS SIETE DE LA MAÑANA!!

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Hay días largos. Y luego está este. Curvas, niebla, oscuridad, caballos fantasma, casas rurales desubicadas, vómitos… Este día ha sido eterno y lo recordaremos por siempre jamás.


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