Viajar en avión con niños

Viajamos a República Dominicana. Eso implica avión. Y bien de horas.

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El Cachorro eso más o menos se lo sabe, aunque no se acuerda. Fue con cuatro meses a Nueva York, con cinco a Nápoles y con seis a Lanzarote. Muy buenas experiencias. Pero, lo dicho, para él, ahora que es verdaderamente consciente, es su primera vez. Y, aunque hasta ahora con él ha ido bien, más que nada porque ha viajado siendo un bebé que ponía las cosas muy fáciles, en estos momentos tiene cuatro años y se puede llegar a aburrir. ¡Me aburro yo, y sé leer!

Pero el que me da miedo es Don Bimbas. Es un crío que no puede parar quieto. Lo contrario a un bebé reposado y tranquilo. Parece que se ha tragado una lagartija. Así que… ¿cómo vamos a hacer para que esté sentado en nuestras piernas NUEVE HORAZAS? ¡Si es imposible que se esté quieto ni nueve segundos! En fin, todo un reto.

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Lo primero que percibe alguien que viaja con niños es cómo le mira el resto del pasaje. Sabe que todo el mundo reza fervientemente para que no le toques al lado. Yo, desde luego, siempre lo hacía. Si me tocaba un niño pequeño cerca, me cagaba en tó.

Una vez en el avión, lo primero que aprende el bebé es a soltarse el cinturón de seguridad.

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Como es un conquistador nato, de verdad, digno de admiración, ya liga antes de despegar siquiera. Una azafata que pasa por su lado ni siquiera le amonesta por no ir atado. Se prenda de él, nos lo coge y se lo lleva. Yo lo veo alejarse con ella y siento como una liberación y pienso, ¡no caerá esa breva!

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Y no cae, no. Nos lo devuelve. Lo bautiza como “el bebé del avión”. Parece que en el buen sentido.

Malo es que descubrimos que ese avión no cuenta con televisión individual con pelis y juegos y tal, que es lo que actualmente llevan casi todos los que realizan viajes largos. Y yo habiendo obligado al Señor de las Bestias a dejar la tablet en casa… ¡Nueve horacas que nos vamos a chupar así, a pelo! Más difícil todavía.

El Cachorro, entusiasmado. ¿Cuándo despegamos? ¿Cuándo despegamos? Y, a la hora de la verdad, cuando el avión anda rodando buscando pista…

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Se pone a roncar. Qué oportuno.
Yo me empeño en despertarlo porque no quiero que se pierda el despegue, porque para una cosa emocionante que va a ocurrir en todo el viaje… Pero se hace difícil rescatarlo de los brazos de Morfeo. Al fin parece que lo espabilo, pero él está como en una nebulosa, y creo que lo de abandonar tierra en un avión va a creer que lo ha soñado. ¿Y qué pasa entonces, una vez en el aire? Que se me desvela. Empezamos bien.

Y entonces empieza a petardear, claro. Se mete por debajo del asiento, que casi le pisa la cabeza la de delante. Se restriega por toda una moqueta que han pisado millones de pies malolientes. Por favor, qué asco. Prefiero no pensarlo.

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El pequeño se nos revuelve un poco y pega unos cuantos gritos. Lo de estar quieto es algo nuevo que rechaza de plano. Pero por fortuna aún somos un poco (pero un poco) más fuertes que él (este niño tiene una fuerza inusitada) y lo logramos inmovilizar. Un rato después, y tras otros cuantos placajes, conseguimos que se duerma.

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En nueve horas da tiempo a que el pequeño se despierte, coma, se desespere, pasee (asustando al pasaje, porque más que pasear, lo que hace es correr los cien metros lisos por el pasillo, y el personal echando la mano para detenerlo pensando en que se va a abrir la cabeza) y se vuelva a dormir.

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Los momentos de crisis (los de quejas, lloros y gritos) los llevo yo un tanto mal. La gente duerme y sé lo que molesta el tema. Pero es verdad que tengo un niño que no es un pesado para eso. Es verdad que lo que a mí me parece mucho tiempo (cuando lo pasas mal todo parece durar más que lo que ha durado), al final es anecdótico. Terminado el vuelo todas las azafatas, ya rendidas al completo a Don Bimbas, alaban lo bien que se ha portado.

Ah, y la escena final es la caña. ¿Os podéis creer que las azafatas hacen corro para despedir al enano? ¿Que una viene desde la otra punta del avión preguntando si se había ido ya el bebé, que lo quería ver? ¿Y que otra nos pregunta qué día volvemos para cambiar el turno con otra compañera y coincidir en el vuelo de vuelta con nosotros?
De verdad que este niño enamora. Que lo que ocurre a su alrededor es un fenómeno digno de ver.

Por cierto, no sé si os habéis dado cuenta, pero hemos aterrizado…


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