Vergüenza ajena

Nos habíamos dejado la leche del bebé en el coche y había que bajar a por ella para hacerle el biberón de la noche, solo que estábamos ya en pijama. Me postulo. Así que me cambio los pantalones por unos vaqueros y me dispongo a bajar. Y El Cachorro se escandaliza: «¡Pero no bajes en pijama!» Me defiendo diciéndole que me he puesto unos vaqueros y él insiste en que la gente me a ver con la parte de arriba del pijama. Yo le tranquilizo poniéndome una cazadora. «¿Ves? Así ya no me ven». Y eso que la parte de arriba de mi pijama consiste en una sudadera corriente y moliente, de calle, vamos. (Pero pierdo menos tiempo ocultándola que dando explicaciones a mi hijo).

Manda huevos que haya pasado siempre de lo que me ha dicho mi madre con respecto a mi aspecto, haya pasado hasta de mí misma, y a estas alturas tenga que tener miramientos con un moco de tres años.

Menos mal que al otro, por el momento, ese tema se la pela.

bebé

No sé qué voy a hacer con este sentido del ridículo tan acentuado y distorsionado que tiene El Cachorro. Siempre pensando en que la gente se ríe de todo, en que sus amigos o el resto de los niños o la humanidad en general, se ríe de él. ¿Demasiado pronto para un psicólogo?


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