Un rollo todo

Estoy lo que viene siendo un tanto HASTA EL MOÑO de que El Cachorro se queje siempre de todo.

Viajamos en coche. Vale, yo entiendo que sí que es un rollo, porque además yo soy la típica madre Rottenmeier que no les pongo pelis a mis sufridos hijos ni les dejo juegos ni nada de nada. Pero por eso luego ellos pueden venirme con estas:

– ¡Mira, un robot! – exclama El Cachorro.
– ¡Dónde, dónde! – pregunto.
– ¡Allí!
– ¿Dónde?
– ¡Allííííí!

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No veo ni torta. Me señala otro.

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Ay, sí, jopé. Qué poca vista que tengo.

Bien, pues eso, que hay que aprender a entretenerse. Pero El Cachorro aprende a quejarse mucho, también. Como si no supiera hacerlo ya de diez.

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Total, que llegamos a Valencia, que hemos venido a visitar a un amigo y su mujer que acaban de ser padres. Un amigo que es un encanto y que adora a mis hijos y que siempre juega con ellos y les hace regalazos chulos, por cierto.

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Decidimos ir hacia la playa, y cuando llegamos, vamos a entrar a un parking. Y salta El Cachorro:

– Esto es un rollo
– O dejas de decir que todo es un rollo o nos volvemos a Madrid.

Breve pausa y…:

– ¡Esto es muy guay!

Que ha dicho eso porque sabe que esta es una etapa del viaje a nuestro lugar de destino vacacional, que es la playa, que adora. Porque si no, capaz hubiera sido de seguir con lo del rollo para ver si volvía a casa, el muy cafre.

Pero me gusta su sentido del humor. Esa pausa después de mi advertencia y el giro cómico que realiza. Es muy guay.


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