Un cabezota y un aliado

Acuesto a los peques pero, como de costumbre, lo de que ambos se me duerman a la vez y a la primera, es una quimera absoluta. Don Bimbas siempre reclama su bibe (“bebe”, lo llama) tumbado sobre su almohada y a veces se duerme una vez tomado y otras veces se vuelve a levantar y aparece en el salón.

Últimamente, las más son las que se duerme (yupiiii). Cuando acaba con el bibe, de leche, cereales y ColaCao hasta arriba, grita para que le recoja el recipiente. Y si no atiendo a su llamada, le sale al quite su hermano mayor: “Mamaaaaaá, ven a por el bibe, que ya ha terminadoooo”. Por suerte cuenta Don Bimbas con alguien que vela por su bienestar.

Bien, hasta aquí la rutina nocturna. Y ahora, lo que ha pasado hoy. Antes que nada, recordar la idiosincrasia de este pequeño. Este señorito es de ideas fijas. Un cabezota de tomo y lomo. Navarro hasta la médula. Tiene sus costumbres. Y sus manías. Y son inamovibles.

Pues bien, Don Bimbas siempre utiliza el mismo tipo de biberones, de la misma marca, y una determinada tetina. No lo sacas de ese modelo ni a tiros. Un día compramos unas de la misma marca pero con distinta forma y ahí las teníamos, muertas de la risa. Pero hoy la habitual que nos quedaba estaba ya como para tirar, como con hongos, y hemos decidido recurrir a aquellas. ¡Bueno! Pues no había forma… “Cariño, el bibe es el mismo de siempre, mira, hay leche, cereales y “cao”, solo cambia el color de la tetina”, le explico a Don Bimbas. Él me responde cerrando los ojos, como para ver si así desaparecemos el biberón ese de mierda y yo. Y yo me pongo del hígado: “Hijo, de verdad, deja de hacer el bobo, ¡es el mismo biberón de siempre!”, y me he puesto a beber yo de él para que viera que no estaba envenenado (porque es lo que parecía que pensaba), seguidamente se lo he intentado meter en la boca a traición para que comprobara que sabía igual que los de todas las noches… y nada. Pinchaba en hueso sin parar. Así que, airada, le he dicho un “tú verás”, y me he largado.

Tres minutos después se ha puesto a gritar, llamándome, y cuando voy a la habitación y entro, ¡lo encuentro dormido! Es que hace unas cosas muy extrañas, este crío. El Cachorro: “Hola”, me saluda en un susurro. E iniciamos una conversación hablando bajito.

– Hola, cariño. ¿Qué hace el peque? ¿Está dormido?
– Sí, está dormido.
– Pero si gritaba…
– Sí, cuando no estás grita, y se calla cuando tú estás.
– Bueno, voy a aprovechar para darle el bibe.

Se lo acerco a los labios sin mucha fe y él, en su nebulosa, lo coge… ¡¡y se lo mete en la boca!! ¡¡Y se lo empieza a tomar!! Yo me pongo a hacer gestos triunfales. El Cachorro sonríe.

– Aaaaay – digo – ¿por qué no me haréis caso cuando os digo las cosas?

Y El Cachorro, no sé si temiendo que encima le fuera a caer a él un discursito de lo bien que le iba a ir en la vida si hiciera caso a su madre desde un principio, me salta: “Corre, vete antes de que se despierte”.

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Y me he tenido que ir no sin antes darle un superbeso y decirle que le quería como no se podía ni imaginar. Me recontrachifla cuando se alía conmigo para ayudarme con el cenutrio de su hermano. Es lo más.

Ah, y ya que los tengo en la cama, a ver si alguien arroja un poco de luz a lo siguiente… Yo los meto en la cama. Los tapo. Los arropo. Y los dejo así.

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Cuando llega la hora de acostarme, paso por delante de su cuarto y me los encuentro de esta guisa.

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No me explico este desparrame nocturno… ¿¿A santo de qué se me desbaratan tanto??


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